viernes, 31 de diciembre de 2010

BCN Flâneur / 3


 Vuelvo a mirarlo, el mapa de Europa en la pared. Quién lo habrá traído, alguno de los que duermen aquí, quizás del contenedor, hay mucha gente aquí, el mapa de Europa, la tierra se angosta de este a oeste. Con la vista, una línea recta entre la costa norte de Polonia y la sur de Grecia. La distancia entre el norte y el sur de Francia. La lengua sale, la lengua marrón hacia fuera, la lengua chupa tímidamente la mancha azul del oeste, de la izquierda. Unas líneas cruzan el azul, se emborronan con las arrugas del papel. Cuento las islas, no las más grandes sino las que no se ven, me sé algunos nombres, Guernsey, Lampedusa, Sao Miguel, Vormsi... Vormsi, una isla frente a Estonia, podría viajar allí algún día. Europa una península de Asia. Iberia una isla adherida por montañas. Cataluña una isla adherida a esa otra isla por una franja. Barcelona una isla unida por un cordón de tierra y dos líneas azules. El Raval también, una isla unida o separada de todo por calles anchas. Mi habitación aislada por cuatro paredes descascaradas. Yo, separado del mundo por esta piel arrugada y un salpullido verdoso. Me toco el salpullido, miro el azul a la izquierda del mapa. Me levanto y me pongo los zapatos y la chaqueta de solapas gordas. Salgo de casa con un molesto crujir de tripas, afuera el viento se escurre tras las solapas. Atravieso del Carme, giro por Egipciaques, continúo por Hospital hasta llegar a la Plaça Sant Agustí. Me pongo en la cola, me jode llegar tan tarde. En la espera miro a todos con desconfianza, con odio más bien, odio con estas tripas crujientes a los que están delante, odio con todas mis tripas a los que están detrás, que me odian por la misma razón que yo odio a los primeros. Los primeros allí delante se pelean, se zamarrean y otros los separan. Vienen a las cuatro de la mañana, seguro. Son como las garrapatas, cambian de techo cuando quieren, total con una manta ya se arreglan, yo no, me separo de ellos, los desprecio. Por fin las monjitas abren la puerta y la cola avanza. Lenta avanza. El viejo de delante no se mueve, no se entera, lo empujo y lo escupo, pero no se entera. Por fin lo hago arrastrar los pies. Detrás, un par de barbudos huelen tan mal como el resto, caminan arrastrando los pies como el resto. Todos son barbudos. Intento mantener la distancia suficiente entre uno y otro, miro las piedritas bajo el suelo y quisiera tirarlas a los de delante para que se den prisa. Las tripas saben que estoy cerca y pinchan más. Doy los pasos al ritmo del barbudo de delante, siento ganas de volver a escupirlo. Por fin atravieso la puerta, una monjita arrugada me saluda, ni siquiera la miro. Entro al comedor y en la mesa sólo queda un espacio libre junto a un tipo con americana y zapatos negros y brillantes. Me sonríe con sus ocho dientes, lo miro con odio, cojo mi plato humeante y me voy al patio, no me importa el frío, no me importan los cubiertos. Como rápido, hundo los dedos y toda la palma en la montaña de arroz hirviendo, la piel me arde. El arroz quema como lava, quisiera mantener los granos en la boca y sentir como bajan por la garganta, pero termino en un par de minutos y me chupo la palma sucia, me seco en el pantalón y dejo el plato en el suelo, junto al árbol de manzanas. Un suave hilo de aire me sale lentamente de la nariz, y se transforma en humo de invierno. Abro los ojos, arranco un par de manzanas verdes, me la meto en el bolsillo. Salgo de ahí sin mirar a la monjita arrugada ni a los hambrientos que aún no se han acabado ni la mitad de su plato. Ahora me siento más despierto, todos me miran, fruncen la nariz. Corro a una fuente y bebo agua con violencia, me mojo las manos y me lavo la cara, yo también tengo barba. Me hundo tras mis solapas gordas y corro otra vez hasta calle del Carme, todos me miran, todos todos sin excepción. Subo los últimos veinte escalones con un nuevo dolor en las tripas, abro la puerta de la habitación y compruebo que por suerte nadie ocupó mi colchón. Me duermo abrazado a mis dos manzanas, mientras los contornos de la costa portuguesa se emborronan como migas de pan en el agua.


  

martes, 28 de diciembre de 2010

BCN Flâneur / 2



En la panadería María de la calle Rector Triadó hacen el mejor pan de Viena de Barcelona. No sé qué le pondrán, si algún ingrediente secreto, componentes sobrenaturales, un elixir mágico o será un pan que realmente traen de Viena. Lo cierto es que me convertí en un adicto al pan de Viena de María. Siempre que me cruzo con alguien del barrio no pierdo la oportunidad de recordárselo: “¿De verdad no lo has probado?”. Mi día empezaba una vez que tenía mi vienita bajo el brazo, a las siete de la mañana. Cruzaba corriendo para conseguir la primera de la jornada, la crujiente, esa que le sale el humito apenas se muerde. Entraba al local y, sin apenas saludarnos, venía la invariable pregunta de María:
–¿La vienita de siempre?
Me la envolvía en un papel sin más respuesta que mi sonrisa.
Antes de puentes o días festivos compraba dos o tres barras, que almacenaba en bolsas de tela. Y si se ponían duras, un golpe de horno y quedaban como nuevas.
Nunca hablábamos con María, pero varias veces estuve tentado de preguntarle cuál era su secreto, cómo podía ser que le salieran así. He probado su espiga, el pa de pagès o el de leña, pero nada se compara con su mano para las vienas.
Esa vez hacía semanas que no visitaba a María. Durante el viaje de vuelta en tren sólo pensaba que al día siguiente me iba a levantar pronto para mi rutina de las siete, decidido a preguntarle su secreto. Bajé raudo por Sant Nicolau, giré por Triadó y entré al local. Me recibió el típico vaho crujiente y espumoso que salía de los hornos. Alguien desde el fondo me gritó “Ya va”. Miré las canastas y ahí estaban las primeras del día. En ese momento se movieron las cortinas que separan los hornos con el local y salió una persona bajita, de pelo negro y liso, de ojos rasgados.
Levanté las cejas y permanecí en silencio. Estiré el cuello hacia los hornos, pero no vi que se asomara nadie más. En ese momento barrí de un vistazo el local. Permanecí un momento en silencio, esperando algo, no sé qué.
La panadera bajita se me quedó mirando.
–¿Sí?
Le pedí la viena, le pagué y me marché. En el camino le mordí la punta. Estaba crujiente, le salió el humito. Tenía el sabor de siempre.

    

sábado, 25 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 10

Sin dudar ni un segundo, María de los Reyes fusionó en un solo testimonio el día más feliz, el día más triste y la anécdota –testimonio que, más bien, consistía en una denuncia–, para llevarse una curiosa edición de la Biblia, conocida como La Biblia del Oso. Deseosa de llevarse otro título, volvió a su barrio para reclutar a algún conocido que se prestara a compartir una anécdota. Regresó una hora después, sola, y me rogó que le regalara otro ejemplar, que el testimonio me lo daría por teléfono, me lo mandaría por e-mail, volvería otro día y me lo traería escrito... Inclaudicable, le recordé:
–Las normas son las normas.
Me insistió durante diez minutos más. Quince. Veinte. Media hora. La paciencia me venció. Tanto, que permití que incluso se llevara La invención de lo humano, de Harold Bloom.

martes, 21 de diciembre de 2010

BCN Flâneur / 1



Mario vive hace veintidós años en la sexta planta sin ascensor de su piso de Gran de Gràcia al 200. Mario se levanta a las tres de la tarde, se acuesta a las cinco de la mañana, se bebe dos botellas de Viña del Mar y una de cava al día, se pule sendos paquetes de Ducados –el primero de 15:00 a 23:00, el segundo de 00:00 a 04:00–, se cocina algo frito. Si la cosecha de la terraza va bien, todo el día fumando hierba. Tanto, que se olvida lo que va a buscar cada vez que abre la nevera. 

Mario tiene cincuenta y cuatro años y dieciséis dientes. Aún guarda la esperanza de que su hija de doce lo venga a visitar, y que su úlcera en el estómago siga así como está. Antonio y Jordi, dos cincuentones como él, lo visitan cada noche de viernes. Se encierran en el salón, comen pizzas descongeladas y a los postres aspiran speed sobre un trozo de mármol. Después vienen los gritos, las risotadas, alguna partida de póker, alguna pelea, la música a todo volumen y a veces vomitan. Antonio y Jordi se quedan durmiendo en el salón hasta el domingo por la noche, incapaces de bajar los ochenta y pico de escalones que los separan de Gran de Gràcia.
Durante la semana, de las doce horas que permanece despierto, Mario dedica ocho a mirar sus programas favoritos en la tele de la cocina, tertulias vespertinas, cocina de Argiñano, realitishóus. Los mira con el volumen a tope, y aún así tiene que acercarse para escuchar mejor.

Mario cobra una pensión vitalicia de cuatrocientos euros porque, dicen, no está capacitado para trabajar. Depresión, ineptitud social o algo así. El resto de sus ingresos se los doy yo, por la habitación que le alquilo junto a la cocina desde hace un año y medio.

Por las noches, desde mi habitación, suelo escuchar los gritos de Mario cuando discute por teléfono con su ex mujer, o sino la voz de Mercedes Milá, o las risas de Jordi, o los eructos de Antonio.
Cuando llego cansado por las noches y me preparo algo de cenar, Mario me cuenta su día con vozarrón de lija y olor a sudor. Me sonríe, me ve comer, me pregunta:
–¿Y qué tal tu día?
Y le cuento mi día. No sé si me escucha, no sé si le interesa lo que le digo, pero siempre me devuelve una sonrisa agujereada y me da una cálida palmada en la espalda.

    

lunes, 20 de diciembre de 2010

BCN Flâneur

El proceso de irse no acaba cuando uno abandona un lugar. Uno se va en cuerpo, pero para marcharse en alma debe pasar un tiempo prudencial. Meses, años, toda una vida. El espíritu –la mente– nos fuerza a clavar las uñas en el pasado y nos hace avanzar con lentitud, funambulistas sobre una cuerda hecha de vísceras. Ahora mismo estoy empezando el proceso de abandonar Barcelona. Sin embargo, un trozo bien grande de alma se me queda aquí. Ocho años habitando ocho barrios diferentes. Un nómada entre sedentarios. Por eso, a manera de exorcismo, en las próximas ocho entradas publicaré ocho pequeñas historias –o quizás más– relacionadas con esos barrios, con cada uno de esos trocitos de vísceras que fui tirando por ahí. Aunque supongo que las marcas de las uñas se quedarán estampadas durante bastante tiempo en alguna calle de la Sagrera, o en cierto bar del Poble Sec, o en una desangelada plaza del Borne.

    

domingo, 19 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 9




El turno de Emma, y esos viajes que te cambian la vida. A continuación, una anécdota espeluznante cuya sombra todavía la persigue, digna del más terrorífico cuento de Poe. Como premio, Emma se llevó un pequeño y curioso volumen sobre los diferentes alfabetos de la historia.




jueves, 16 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 8




Las palabras de Guido, y uno de esos días cuya fecha exacta recuerdas por siempre. Y la anécdota de un día lluvioso, aunque flota la duda de qué clase de lluvia se trataba. Como recompensa, Guido se fue con El proceso de Kafka bajo el brazo.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 7




Ignacio se llevó Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, como premio a relatarme una anécdota en la que salió doblemente golpeado.



viernes, 10 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 6



La 'road movie' de Mili nos sugiere que, hoy día, quien no sale en los medios no existe. Y el verdadero significado de la palabra poder. A cambio, Rayuela, de Cortázar.



martes, 7 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 5


La "bildungsromántica" anécdota que me trajo Rafael está directamente relacionada con el día más feliz de su existencia. Día más feliz, de momento.   


Como recompensa se llevó la edición de Alianza de La deshumanización del arte y otros ensayos de estética, de José Ortega y Gasset.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 4

Gael revolvió y revolvió, y al final se llevó El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares. A cambio, resumió sus días, meses y años más felices de su vida a partir de un hecho mágico. Y continuación compartió un momento memorable que, sin embargo, no había empezado muy bien...




domingo, 28 de noviembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 3




Núria me trajo un día determinante en su vida, más una anécdota sobre la tolerancia, y se llevó la versión ilustrada de El extranjero, de Camus.




 

viernes, 26 de noviembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 2


A cambio de la versión italiana de Carta al padre, de Kafka, Alex me narró en pocas palabras el día más triste de su vida, y a continuación una anécdota sobre lo pequeño del mundo.

 

domingo, 21 de noviembre de 2010

Te doy un libro, me das tus palabras / 1

¡Por fin! Después de una larga lucha con la tecnología, finalmente he conseguido descargar los comentarios recogidos tras la campaña "Te doy un libro, me das tus palabras". Muy a mi pesar, y a raíz de estos inconvenientes, varios testimonios se han perdido... Pero como aún me quedan libros, en algún momento volveré a la calle a intercambiar palabras escritas por orales.

Comienzo la serie con el primer testimonio, el de mi amigo Palimp quien, a cambio del libro Liquidación, de Imre Kertesz,  narró brevemente el día más feliz de su vida. O, mejor dicho, los dos días más felices de su vida:

 


Bonus track. La propuesta también consistía en narrar una anécdota interesante a cambio del libro, a fin de que este servidor transformara esa historia oral en escrita. Aunque la anécdota de Palimp pronto será tranformada en texto, en este caso me permito añadir su testimonio oral. Su manera de narrarla lo amerita:



   

lunes, 15 de noviembre de 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

     
Hace unos años, un autor francés contemporáneo reflexionó:


Natsume Soseki es el fundador de la novela japonesa moderna. Su cara es una de las más conocidas en su país: figura en el billete de mil yenes desde hace veinte años. Circula de mano en mano, dibujada a ambos lados de un pequeño rectángulo de papel que lleva el sello del Banco de Japón. Es la única cara de escritor encargada de representar a todos los japoneses entre otras caras de príncipes, ministros y demás figuras oficiales de la historia nacional. Pero los escritores de verdad –y esta regla no tiene excepción– parecen cualquier cosa menos escritores. A menudo diríamos que son banqueros, profesores, médicos. O bien altos funcionarios que administran cómodamente los asuntos del Estado en cualquier despacho un poco secreto. Si no hubiera existido el minúsculo e insignificante azar que otros llaman vocación, ejercerían cualquier oficio y les daría lo mismo. Nada hay más risible que un escritor con aspecto de escritor, que acentúa el ridículo con orgullo. La habitual y neurótica profesión de fe del mal novelista, el poeta mediocre que confiesa escribir por necesidad, que tal ocupación es indispensable para su equilibro y supervivencia… Yo me atengo a este principio: nunca confiar en un escritor que habría sido incapaz de ser también cirujano, magistrado, piloto de línea, o que lo hubiera rechazado si las circunstancias se lo hubieran presentado.  

 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Nota aclaratoria...


En respuesta a la pregunta de ciertas personas respecto a los testimonios grabados y recogidos en el happening de hace algunas semanas –cuando regalé mis libros– , estoy intentando resolver un problema técnico (no esperado) que me permita bajar la información de un soporte digital a otro. La tecnología a veces suele fagocitarme de esta manera. Anhelo que esta solución llegue pronto. De todos modos, disculpas por las molestias ocasionadas. Estamos trabajando para usted.
Atentamente,

Comisión Reguladora de Decati Sonde Teibol


    

sábado, 30 de octubre de 2010

  


Graham Green dijo:
Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo hacen los que no escriben, no componen o pintan para escapar de la locura, la melancolía y el miedo inherentes a la condición humana.


David Lodge reflexionó, años después: 
La realidad es que la mayoría de las personas sobreviven sin ser artistas, así que quizá los artistas sean inevitablemente neuróticos o maníaco depresivos (hay suficientes evidencias para sostener algo así) que tienen el privilegio de convertir una experiencia negativa, como quedarse sordo, en algo positivo, una obra de arte que puede proporcionar placer a otros semejantes y aumentar su autoestima. Eso si la obra triunfa, porque si fracasa sólo servirá para empeorar la situación inicial del autor.

    

domingo, 3 de octubre de 2010

Uno, el universo y los premios



De casualidad, hace unos días di con un diario de 2008 que anunciaba “La SGAE propone a Delibes, Ayala y Sabato como candidatos al Nobel de Literatura de este año”. La justicia no ha caído sobre los dos primeros, recientemente fallecidos. El tercero, casi centenario, espera una reparación histórica de no morir formando parte de esa lúgubre categoría llamada “eterno candidato al Nobel”.



Y así pasan los años, y los Philip Roth, los Vargas Llosa, los Amoz Oz o los Carlos Fuentes continúan en la sala de espera del consultorio, mascando chicle, hojeando revistas del corazón como Qué Leer, Granta, Vuelta o The New Yorker Review, y fumando y fumando (en esta sala de espera sí te permiten fumar, hasta que mueras incluso).

Algunos por su grandeza, otros por sus años remando, y otros por ocurrencias del mercado. Ellos esperan que canten el último número que les permita gritar cartón lleno antes de que la palmen. Si nos aventuramos a un análisis de los antecedentes de la última década, me atrevo a decir que en 2010 tenemos dos alternativas: o estadounidense hombre o mujer de país exótico (entendiendo como exótico a toda aquella cultura que vemos en documentales). Ésa es mi porra para este año.

Un premio es eso. Doce o quince o veinte tipos te leen, te hojean más bien, dicen qué grande eres, y esa opinión se polariza al resto de los mortales al elegirte. Entonces pasas a ser el mejor para todo individuo que está más allá de tu piel. O al menos eso te crees tú.

Un premio te hace inflar el pecho, te allana el camino, te hace ver con altivez a los que no ganaron nada. De inmediato encargas estampar tus iniciales en la alfombrilla de la entrada a tu casa. Ya no hace falta decir quién eres en reuniones sociales, porque todos ya saben quién eres. Ahora tus opiniones reciben una mejor consideración por parte de los grupos que frecuentas, tanto si crees que el transrealismo es la única alternativa poética que queda como si afirmar que Pujol le cometió penalti a Sergio Ramos.

¿Qué le importa todo eso a un tipo de cien años? De hecho, estoy casi seguro de que a Delibes o a Ayala les hubiese fastidiado enormemente redactar un discurso de agradecimiento. Amén de, por supuesto, viajar a Estocolmo en pleno diciembre.

En más de una ocasión, Sabato confesó que no se considera un escritor profesional. “Detesto la literatura y los literatos”, suele repetir. Don Ernesto no es más que un científico que escribió tres novelas descomunales y varios ensayos. Me lo imagino el próximo jueves –cuando se anuncie al ganador del Nobel de Literatura de este año–, sentado en su mecedora, en su casita de Santos Lugares, disfrutando de uno de esos amaneceres nublados de la primavera porteña, tomándose unos buenos mates. Importándole un pito lo que se decida a veinte mil kilómetros de ahí.

Por eso espero que no te lo den, Ernesto. Me fastidiaría un huevo anteponer la fórmula “el Nobel” a tu apellido, como con Saramago, Cela o Xingjian. ¿Que te pongan en el mapa a los cien años? Hay muchos otros escritores por ahí esperando su reparación histórica. Que los elijan a ellos. 

  

viernes, 1 de octubre de 2010

¡ATENCIÓN!
Aún sigo regalando mis libros...





Perdón por avisar tarde. Pero si esta f****ng gripe me lo permite, mañana seguiré desprendiéndome de mis preciados libros. Todavía queda materia, pero como aún no sé dónde plantarme, si te encuentras paseando por estos dos lugares que ahora detallaré, estaré ávido de darte un ejemplar a cambio de tus palabras.

Dependiendo de mi estado de ánimo, quizás me siente en una banca de la Plaça Revolució del barrio de Gràcia, o bien en una banca a la mitad de la Rambla del Raval. Dos sitios muy desparejos, lo sé, que responden a mi camaleónico estado actual.

Para quienes me lo han preguntado, lo sucedido en Plaça Virreina la semana pasada fue realmente curioso. He recogido testimonios de todo tipo, algunos fueron un certero cross a la mandíbula, otros derrocharon sinceridad, otros me dibujaron una sonrisa, y otros algo cohibidos por el hecho de ofrecer una anécdota original in situ. Y, también, he recogido más de una mirada aviesa. Quienes miraban y seguían de largo habrán pensado que escondía algo oculto, que en realidad era un vendedor de Biblias (de hecho, a una lectora le regalé La Biblia del Oso), o que era un despreciable yonki con piel de lector. Puede que sea un poco de todo.

Pronto empezaré a colgar los testimonios grabados. Si alguien se ofende por haber publicado su voz, acepto y entiendo cualquier tipo de reclamo: o quito tu testimonio del aire o deformo la voz digitalmente. Pero espero que eso no pase.

Gracias y (quizás) nos vemos mañana.
Atchís.

Sin(an)estesia



Hoy me como los colores, me dejo hechizar por el olor del do menor, siento las ásperas caricias del sabor de un limón maduro.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Spoiler / 4
Quneitra





Quneitra es una ciudad abandonada del sur de Siria, destruida en 1967 por el ejército israelí al finalizar la Guerra de los Seis Días. Muchas personas perecieron bajo las bombas, mientras que los sobrevivientes escaparon hacia la capital o al norte del país. Desde entonces, a fin de dejar testimonio de la destrucción causada, el gobierno sirio ha decidido mantener las ruinas tal cual quedaron después de los bombardeos, y conminó a los sobrevivientes a que no volvieran a pisar la ciudad.
Quneitra solía tener veinte mil habitantes. En Siria era conocida como un destacado punto de aprovisionamiento a mitad de camino entre Damasco y el Mar de Galilea. Hoy, cuarenta y tres años después, Qunaitra no es más que una infinita pila de cascotes aquí y allá, gigantesco museo del horror a cielo abierto. Según dicen, hoy Quneitra carece de población civil. Sólo la frecuentan algunas patrullas de la ONU que van y vienen, amén de soldados sirios.
No sé por qué hice caso a aquel impulso. Pero en ciertos momentos un mensaje cósmico acaba cobrando forma de empujón en la conciencia, sin sentido aparente casi, que me hace tomar decisiones espontáneas, eruptivas. Me asomé por la ventana. El chofer de la 4x4 que había contratado en Damasco sudaba a chorros mientras cambiaba el neumático. Le ofrecí ayuda, pero me la negó rotundamente con un La Rid Msad!”. Bajé del vehículo y encontré un cartel a la vera de la carretera, si es que a esa hilera de baches se la podía llamar así. Comparé las grafías del cartel con mi diccionario. Sí, era a veinte kilómetros al sur. Abrí la boca, sentí un cosquilleo en la nuca. Regresé a mi transpirado chofer, le metí tres mil libras en el bolsillo de su camisa empapada, y con un tono que me sorprendió incluso a mí, le indiqué:
–Cambiaremos el recorrido. Pasaremos por Quneitra.
Me miró con la nariz fruncida.
–¡Quneitra, Quneitra!– grité, como si gritar fuera un lengua franca.
Refunfuñó durante minutos. No le entendí, pero me juego el pellejo que sus refunfuños se habrán cagado en la extravagancia o la falta de sentido común de los extranjeros. Me daba igual. Yo quería conocer ese pueblo fantasma, aunque hubiera restricciones del ejército, aunque los cascos azules o quienes allí estuvieran nos devolvieran de vuelta. Al menos quería intentarlo.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Apuntes en tinta / 7
Actor secundario


Me pasa siempre igual. Mientras escribo algo y caigo en la cuenta de que es algo que me entusiasma y es una historia en la que creo, deposito allí todas mis esperanzas de liberación para salvarme de la muerte; meto allí, en esa bolsa atestada de ilusiones narrativas, un océano de creencias, quiero que el personaje lo diga todo en pocas líneas, que sus sentencias sean más contundentes que las de Edipo Rey o Macbeth o la señora Bovary. Entonces cae sobre mí una crisis, un embotamiento mental y el mundo se congela, salgo a la calle a respirar y las partículas de polvo no vuelan, están firmes, las hojas se detienen en el aire a punto de caer. Entonces, para liberarme, comienzo un nuevo texto que plasme esos mismos sentimientos, experiencias paradójicas, esa falta de liberación creada por este encierro autoimpuesto, y así nace otra cosa, un texto secundario que no tendrá intenciones de futuro, que no querrá traspasar ninguna puerta, y salen letras frescas, son algodón mojado, caminar descalzo sobre un colchón y saltar sobre ese colchón, es reír a carcajadas en la calle sin vergüenza, es hacerme cosquillas con una pluma en la planta del pie. Termino ese supuesto texto secundario, y quizás salga un tercer texto secundario, mientras aquel primero, aquella torre de babel no llega ni siquiera a las primeras nubes, algún día lo acabaré, pero ahora regreso a mis modestas letritas que cuentan historias banales, mías, secundarias.

Y así el hijo abandona la casa paterna y acaba la carrera que el padre no pudo. Habrás acertado, querido lector. Éste es uno de esos múltiples textitos secundarios que se entrometen en la creación de algo, supuestamente, grande.

A veces me entristezco al pensar que viajo a los confines del mundo sólo para ver un amanecer infinito, inolvidable. Y no me doy cuenta de que ese amanecer está aquí mismo, tras esta ventana descolorida.

    

sábado, 18 de septiembre de 2010

¡ATENCIÓN!
Evento callejero de Decati Sonde Teibol:
REGALO TODOS MIS LIBROS




Sí, así como lees. Decati Sonde Teibol sale a la calle. Si quieres llamarlo happening, pues llámalo happening.

Resulta que ya estoy hasta el moño de lo material, por eso quiero desligarme de todo. Incluso de mis libros más preciados. Por eso te los regalo. Y no es broma.

No son libros cualquiera. Hay títulos como el Decamerón de Bocaccio, el famoso ensayo de Harold Bloom sobre Shakespeare, Los Pilares de la Tierra o Las enseñanzas de Don Juan. Hay Gombrowickz, hay Henry Miller, hay Hesse, hay Kertész, hay Camus. Hay materia.

Por eso estaré el próximo sábado 25 a las 18 horas, en la Plaça Virreina del barrio de Gràcia, de Barcelona, regalando mis libros. Pasas, eliges, coges, te vas.

Algunos ejemplares tienen mis anotaciones, otros algo rotos. Espero que no te importe. Quizás te preguntes por qué hago esto, regalar mis libros. Es que ya está, ya los leí, ya me sirvieron, no los quiero para que decoren estantes y tenerlos sólo para acariciarles el lomo. Fetichismo puro. Basta. Y si quiero releer, tengo buenas bibliotecas por ahí.

Pero ojo. No te va a resultar tan fácil esto. Te pongo tres condiciones:
  1. Que una vez acabes de leer el libro escogido, se lo pases a una persona que pueda interesarle.
  2. Que me cuentes una anécdota interesante de tu vida. Con ella me comprometo a escribir un cuento y publicarlo en esta misma bitácora.
  3. Que me narres en breves palabras el día más feliz o el más triste de tu vida. Esas palabras las registraré en una grabadora y las iré colgando a diario en este blog.
Lo sé, podría haber hecho BookCrossing o regalarlos a algún centro cultural. Pero bueno, se me ha ocurrido esto. Por eso, si la poli no me echa y si Barcelona no dista a más de diez km de tu casa, te espero el próximo sábado 25 desde las 18 horas en Plaça Virreina.

Allí nos vemos, pues.
Gracias por tu atención.

   

Imagen tomada en una calle peatonal de Tokio, una sofocante noche de agosto


La foto ya viene con título incluido, así que en esta ocasión no voy a darle al lector la posibilidad de elegir, como sí he hecho aquí, aquí, aquí, aquí o aquí.

    

jueves, 16 de septiembre de 2010

Felicidades, coma




Odio los números redondos. Aún no puedo entender el por qué. Alguna paranoia de la infancia, una exigencia escolar, el sufrir para alcanzar el absurdo diez en el boletín de calificaciones, para qué un diez si siempre seguiré siendo un infeliz inconformista. Qué sé yo, pero esa rareza vertió en mí una inexplicable fascinación por los números quebrados, primos, pi por radio al cuadrado, suspirar al ver cifras a la derecha de la coma. En cierta ocasión intenté psicoanalizarme para comprender el origen de esta manía, pero desistí al ver que la tarifa del analista era de 50 euros la sesión, y no 49,90 como hubiese querido.

En fin. Este es el post número 198 de Decati Sonde Teibol. Además se cumple un año y once meses desde que este blog está en servicio. Entre aquel primer post y éste, entre aquel lejano octubre de 2008 y hoy, varios abandonos, risas, descalabros, proyectos truncados, alegrías, satisfacciones y nebulosas han pasado. Menos pelo, más barriga, más experiencias, menos paciencia. Pero aquí estoy. 

Por eso me digo felicidades. Quizás mañana vuelva a festejarlo, antes de llegar al ingrato 200, a los detestables dos años.

     

martes, 14 de septiembre de 2010

...

Mamá se topó con papá. Papá empezó a cortejarla. Mamá no le hizo caso. Papá insistió. Mamá se hartó. Mamá rechazó a papá. Mamá dio media vuelta y se marchó. Papá nunca más volvió a ver a mamá. Yo no existo en realidad. Este cuento no existe. Fin de la historia.


     

sábado, 11 de septiembre de 2010

Spoiler / 3
Minsk


Belarús es el país con más alta tasa de suicidio del mundo. La gran mayoría de los que se quitan la vida son hombres, víctimas que generalmente pasan por la etapa previa del alcoholismo. El estilo preferido de suicidio es arrojarse desde un puente o edificio. Asimismo, su tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo, la fertilidad ha caído a límites jamás vistos y, por si fuera poco, muchos de los habitantes que quedan con ánimos se largan del país, emigrando generalmente a estados vecinos como Polonia o Rusia. Quienes huyen son, en su mayoría, mano de obra joven y masculina. 
Una y otra vez repasaba esta estadística en mis informes para comprenderlo, mientras oteaba la plaza de enfrente a través de la ventana del hotel, en la que huestes de solitarias féminas y cincuentonas de pañuelo en la cabeza iban y venían sin aparente destino, como pétalos secos. Hacía ya algunas semanas que me encontraba en Minsk, capital de la Rusia Blanca, por cuestiones de trabajo. Con frecuencia, después de mis burócratas ocupaciones, elegía perderme en solitario por el caótico trazado de sus calles, o vulikas, como un ovillo de lana que cae rodando sin rumbo, deja una estela de hiladas huellas bajo el asfalto sucio y humedecido por el rocío, y acaba chocando violentamente contra algún obstáculo, distraído ante tanto paisaje blondo e histriónico.
Bajé a la calle. El humo que vomitaban los tubos de desagüe se amalgamaba en mi campo visual a las moles constructivistas y al vapor que me salía de la boca. En la Prospekt Janky Kupaly me detuve a contemplar las siluetas de los árboles del parque Hurkaha. La vegetación se recortaba entre altas chimeneas zigzagueantes, y el contraste me transmitió la sensación de estar rodeado de montañas, aunque en esa llanura no existe elevación a cientos de kilómetros a la redonda. Me encendí un Pall Mall ruso y el humo del tabaco se entremezcló con el vapor de la boca. 
Minsk es una ciudad ruidosa y silenciosa a la vez. Quienes murmullan son los coches con sus caños de escape, o algún claxon antipático, pero la gente camina en silencio con la vista pegada al pavimento, cual pequeños soldados programados. La gran mayoría de los transeúntes son mujeres. A diferencia de las semanas anteriores, se empezaban a ver menos minifaldas, menos zapatos con los dedos al aire, dedos pintados laboriosamente de rojo, rosa o azul. Ahora, esos muslos al viento, esas rodillas graciosas se estaban cubriendo de tejanos polacos, de botas con interior de piel sintética. Cuán agradable era escuchar a mis espaldas el repiqueteo de unos zapatos filosos, y el aminorar la marcha para contemplar con disimulo el alejarse de alguna ninfa de pelo dorado, su falda de flores, sus nalgas gloriosas, sus piernas infinitas. 
  

martes, 7 de septiembre de 2010

Spoiler / 2
Funafuti


Tuvalu es un pequeñísimo conjunto de islas que salpican el océano Pacífico a la altura de Filipinas. Es un estado independiente, habitado por no más de diez mil almas, que se inunda con cada vez más frecuencia debido a la subida de los mares, consecuencia del cambio climático. Algunos especialistas afirman que en cincuenta años Tuvalu desaparecerá, se borrará del mapa como quien limpia una mancha de tinta con el codo.
Por tal motivo, los tuvaluanos están intentando convencer al gobierno de Australia para que les permitan habitar algún trozo de su territorio, y así huir antes de que se los engulla el mar. Hasta el momento poco han conseguido. Los australianos, se ve, son bastante egoístas, ya que para un país tan grande y con tan poca población no sería demasiado problema. “Pero que se jodan los tuvaluanos”, se rumorea que declaró cierto ministro.
Tuvalu, de todos modos, intenta salir a flote, nunca mejor dicho. Como suele ocurrir en estos países tan pequeños y de tan escasos recursos, los ingresos provienen de la emisión de sellos postales, de las remesas de dinero de los expatriados y de las limosnas de las superpotencias.
Pero en los últimos años surgió una insospechada fuente de recursos. Resulta que el dominio de Internet de Tuvalu es .tv. Sí, ni más ni menos que punto tv. Miles de cadenas de televisión, centenares de holding mediáticos y millares de sitios pornográficos acudieron en masa a pedir permiso al gobierno tuvaluano para la utilización del dominio. Hoy podemos decir que los hospitales y escuelas tuvaluanos se mantienen gracias los réditos obtenidos por sitios como sex.tv, fuck.tv o blowjob.tv.
Para más curiosidad, el deporte nacional de Tuvalu es una especie de voleibol llamado ano. Se juega con dos bolas de doce centímetros de diámetro cada una, y es mayormente popular entre las chicas.
Da vértigo ver a Tuvalu en el mapa. Sus islas son tan estrechas que apenas caben las pistas de los aeropuertos. Uno podría imaginar que la gente se cae al mar con sólo estornudar, o que cuando los niños juegan al fútbol no pueden chutar muy fuerte por miedo a que la pelota caiga al mar.
De todo esto me enteré no gracias a Wikipedia, ni siquiera gracias a la página The World Factbook de la CIA. Durante algunos meses estuve chateando con una chica llamada Elvira, que resultó ser de Funafuti, la minúscula capital de Tuvalu. Se trataba de una morena de pelo liso como el cielo al atardecer, ojos de nuez y rostro de piel suave, aunque algo pixelada a través de la webcam. El primer día que hablamos, Elvira me contó que tenía los pies mojados porque se le estaba inundando la casa. Aunque lo confesó de una forma tan despreocupada que entendí que era algo habitual. Días después me envió fotos de ella misma posando con su trofeo tras haber ganado un torneo de ano. Así empezamos a contarnos nuestras vidas durante días y semanas. Le confesé que andaba solo, y que hasta el momento no había podido encontrar a la mujer de mis sueños en mi propio país. Elvira me sonreía con complicidad, al mismo tiempo que subía los pies sobre la silla para no mojárselos.
Puesto que vivía en un atolón, el terreno donde se asentaba su morada era tan estrecho que podía verse el mar desde ambos lados de la casa. Me lo enseñó girando su webcam, y así descubrí el techo de paja y las paredes de bambú.
–¿Qué se siente al vivir sobre una superficie hecha por seres vivos?– le pregunté en cierta ocasión, en referencia a su isla de arrecifes de coral.
–Como una pulga que hace equilibrio sobre un perro sarnoso– respondió con media sonrisa.
Varias fotos me envió Elvira. Elvira en bikini, Elvira cocinando bananas, Elvira jugando ano.
Un día tardó en conectarse porque venía de una fiesta callejera. Gracias a que los ingresos del diminuto estado habían crecido a causa del uso del dominio punto tv, un patrocinador quiso agradecer a la población con un ágape, con vino, sándwiches y danzas tradicionales. Ese día me comentó:
–Sí, la fiesta muy bonita. Pero lo que todavía no entiendo es a qué se dedica la empresa que pagó todo, que se llama “milf.tv”.
No podía negarlo: empezaba a enamorarme de Elvira. Me habría encantado que aquel patrocinador le hubiese dado algo de ese dinero para que viniera a visitarme.
–Un barco de doce horas hasta Fiji –respondió a mi ocurrencia–. De allí un avión de seis horas a Sydney. Después, un vuelo de casi un día a Londres. Y algunas horas más a Barcelona. Ni siquiera el presidente del país ha hecho un viaje semejante.

Los días pasaban, aunque las conexiones empezaron a hacerse menos frecuentes. Un día le pregunté por qué temblaba y estornudaba tanto.
–Hoy el agua me llega a las rodillas.
Los días posteriores me envió algunas fotos más: Elvira con sus padres, Elvira en bikini, Elvira con vestimenta típica, Elvira jugando ano.
Qué guapa, Elvira.
De súbito perdimos el contacto. Hace semanas que espero que se vuelva a conectar. Noches enteras despierto con la única ilusión de leer el mensaje “Elvira ha iniciado sesión”.
Hoy es noche lluviosa. La luna se refleja en los charcos bajo los árboles, allí frente a la plaza. Mientras miro unas fotos colgadas en la pared impresas en mi Epson chorro de tinta, dudo si beberme este vaso de whisky a la salud de la industria pornográfica o del ingrato egoísmo australiano.

    

viernes, 20 de agosto de 2010

Spoiler / 1
Bergen





Me gustan las películas horribles. Me gusta hojear revistas sobre cine y sólo dirigir mi atención a las críticas que tienen dos, una o media estrella. Me encanta ir al cine con ese prejuicio y desgranar con mi propia percepción aquello que le ha molestado al periodista que dedicó su tiempo en describir esa supuesta basura. Veo la película, sí, pero también puedo leer las frustraciones personales de aquel periodista. Cuando rechazamos algo, más bien rechazamos cosas de nosotros mismos que nos molestan, “yo lo hubiese hecho así”, “esto no tiene sentido”, “mis parámetros estéticos están por encima de esto que estoy viendo”… Cierta tarde fui a la biblioteca y me dirigí directamente a las revistas de cine. Allí encontré un ejemplar de Cinerama, un fanzine más que una revista, y leí la crítica de un tal (o una tal) Mustafá Star sobre una cinta llamada Ventanas mojadas. Se trataba de una película noruega cuya directora, por supuesto, se apellidaba Olsen (con la O tachada, pero no sé cómo se escribe la O tachada en este teclado).

El o la tal Mustafá destrozó la película a destajo, con calificativos como “prepotente”, “insultante”, “desprolija” y hasta se atrevió con un “vomitiva”. “Esto promete”, me dije. La busqué en las últimas páginas de El Periódico. Solamente la proyectaban en el Wilson, típico cine de barrio donde sólo dan películas para entendidos. Quien no es entendido (sobre finanzas) es el dueño del cine, porque siempre solía estar vacío. En efecto, cuando entré a la Sala 1 justo antes del comienzo, sólo encontré una pareja que se manoseaba, un viejo con un sombrero y una silueta en primera fila que parecía ser una mujer. Me senté detrás de todo. Las luces se apagaron y empezó la proyección (lo bueno es que aquí  no te meten publicidad). La película versaba sobre la relación de Arne y Freyja en Bergen, ciudad en la que llueve 300 días al año (supongo que de ahí el nombre de la peli). De inmediato advertí que era cámara en mano, y conjeturé que la directora (la mano que llevaba la cámara era de la directora) estaba resfriada, ya que a cada rato el pulso le temblaba al estornudar. Arne era heroinómano, Freyje muy cristiana y muy noruega, fría como un salmón pero de tetas firmes. En Bergen parece que no hay sitio donde ir, si no se es turista no hay más que mirar el paisaje por la ventana. La cinta navega por los descalabros vaginales de Freyja y la vena izquierda del rubio corpulento. Imágenes demasiado obvias: una cruz hecha de jeringuillas, un beso tras la ventana (mojada), gotas de sangre que caían de la vena izquierda sobre un fular. Y ahora el spoiler: antes de que Freyja abandonara a Arne, éste le clava la jeringuilla y la hace más adicta que él. Ambos acaban rezando juntos ante un cristo colgado de una pared sin pintar. Terminó la proyección y advertí que había quedado yo solo en la sala. La pareja se habrá ido a follar por ahí, el viejo del sombrero habrá muerto, la que parecía una mujer quizás no era mujer ni humano. Me quedé contemplando los créditos y encendieron las luces para que me marchara. Pero me quedé por cojones. Me gusta ver las letritas que suben mientras reflexiono sobre lo visto. La película era horrible, sí. Desprolija, también. Vomitiva, probablemente. Pero lo bueno es que al salir del cine me encontré un billete de diez en el suelo. Tengo ganas de llamar a Mustafá y proponerle discutir sobre la peli café de por medio. Espero que Mustafá sea mujer.

lunes, 16 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 7

Los domingos por la tarde, pienso, son los peores momentos en la vida de una persona para comenzar algo, para dar el pistoletazo de salida a proyectos que conlleven un cierto tiempo para su proceso. Son, incluso, momentos nefastos también para pensar. Momentos que de tan vacíos se tornan inexistentes. Por tanto ¿cómo pensar durante un momento que no existe? Hoy me convenzo de que nunca tengo que proponerme a iniciar algo cuyo proceso implique cierta duración, durante un domingo por la tarde. O bien me espero al lunes a la mañana o durante cualquier otro día. Pareciera que todo lo que se inicia un domingo por la tarde tiene destino de fracaso, un noviazgo, un rodaje, una pintura, esculpir, firmar un contrato, comenzar a leer un libro, o a escribirlo, montar una repisa, hacer un piercing, lavar la terraza, concebir un hijo, practicar sexo anal por primera vez, llorar, amar, odiar... Hoy es un día gris, frío, las chispas de agua caen sobre mis mejillas como escupidas por un spray y me cosquillean la nariz. Absorbo mis mocos y me convenzo de que los domingos por la tarde no sirven para comenzar algo. Sólo son útiles para acabarlos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 6

    
De hecho todo el sistema está planificado para que el domingo por la tarde tengas que encerrarte en tu cueva y olvidarte del mundo. O, más bien, que el mundo se olvide de ti. Si no tienes un puto trozo de pan, o la nevera está despoblada, comprar algo en el pakistaní de enfrente te sale el doble que en los supermercados normales durante la semana. El cine está en su día más caro. Los bares están llenos y los que no lo están te cobran un suplemento por vete a saber tú qué mierda. Los parques están invadidos de molestos e insoportables niños que gritan, corretean y tocan los cojones. Las aceras, por viejas teñidas y menopáusicas que pasean minúsculos perritos peludos. En televisión sólo hay películas que son un coñazo o puto fútbol o insoportables carreras de coche. Por eso pienso que todo está dirigido a que acabe el domingo por la tarde tirado en mi cama llena de pulgas, escuchando mis discos de King Crimson y fumando chocolate o, con suerte, pinchándome en la vena de siempre. Por eso te pregunto: si estás en un sitio que no te gusta, ¿qué haces? ¿te piras de allí, no? Entonces si el mundo te parece una mierda, escápate de él, vete corriendo de él. Y con más razón si es domingo por la tarde.

       

lunes, 9 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 5

Phillipe está por morir en un decadente hospital de Mulhouse. Alain va a visitar a su hermano Remy que vive en las afueras, en una casa descascarada junto a su esposa y su hija. Alain y Remy mantienen una discusión vacía, de hermanos. Phillipe no puede con sí mismo. Gime y llora porque nadie lo va a visitar al hospital. Pulsé el botón PAUSE y me levanté a mear. Aprecié mis ojeras en el reflejo del agua amarillenta del retrete. Me vino a la mente la noche anterior. Había intentado volver a hablar con Nadia, pero no me cogía el teléfono. Fui a su casa y no me abrió la puerta. Herido en mi orgullo, cambié de planes y decidí acudir a aquella fiesta que me había invitado Guate. Llegué con seis latas de cerveza bajo el brazo. Había un montón de gente en la fiesta. Me pregunté cómo coño iba a hacer Guate al día siguiente para limpiar toda la guarrada que le dejaran. Que lo jodan, pensé. Las luces eran rojas, tenues. Había dos sofás y varias chicas sentadas en ese sofá. Dos de ellas vestían minifalda. Fui a la cocina a coger una cerveza y me topé con una rubia que se preparaba un gin tonic. Nos pusimos a hablar “a quién conoces - de dónde vienes - ya no se hacen tantas fiestas como antes…”. La empecé a adular, el pelo, la ropa, los ojos. No tenía intenciones de disimular que le miraba las tetas, cubiertas con una camiseta que decía London. Noté que las dos letras o se estiraban más que el resto. Noté que se sintió ahogada, quizás me había acercado mucho al hablarle. Dio un paso hacia atrás. Sospechando perderla, la arrinconé a la mesa. Me dio un leve empujón –un empujón de desprecio, más bien– y volvió al salón. Allí intenté tres o cuatro o cinco veces tirarme a alguna de las tías de esa fiesta. Ya en casa, terminé masturbándome sobre las sábanas que había cambiado esa misma mañana. Regresé a la habitación y apreté PLAY. No es una buena idea ver una película francesa un domingo por la tarde. Y menos si es un domingo nublado.

viernes, 6 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 4

Hoy encontré una T10 en el suelo que le quedaba un viaje. Fue una señal. Miré en el mapa del metro cuál era la estación más lejana y hasta allí fui: Can Cuiás. Caminé por las calles suburbanas, llenas de caras ojerosas, perros que paseaban solos, baches y bares que despedían olor a grasa. Los pies se me pegaban al asfalto mojado por la garúa y el barro que dejaban camionetas y autobuses. Era domingo por la tarde y yo caminaba solo mientras me ajustaba la bufanda cada dos por tres, hacía frío y viento allí arriba en comparación a la calle Asturias. Me metí en uno de esos bares, el olor a grasa se mezclaba con el de arroz, en la tele sobre la verde hierba corrían Jerez-Zaragoza, creo. Me pedí una caña y la espuma se entremezcló con el humo del tabaco que fumaban los cuatro o cinco viejos que jugaban dominó, gritaban desaforadamente u hojeaban el Mundo Deportivo con las hojas manchadas de grasa. Volví a la calle, encontré un recodo desde el que se veía toda la ciudad. La mancha gris detrás, y delante el azul mediterráneo. Me quedé ahí sin moverme durante un largo rato, quizás una hora, contemplando la silueta de Barcelona. Las mangas me goteaban, la garúa resbalaba con insistencia por la superficie porosa de la chaqueta. Ante esa vista de pájaro intenté adivinar dónde estaba mi casa, pero me sentí cansado. Volví a la estación del metro y me fui a dormir, para esperar encerrado en mi gueto la llegada del evasivo lunes por la mañana. 

martes, 27 de julio de 2010

Efecto domingo por la tarde / 3




Phillipe aspiró del porro y apretó el botón Pause. La cinta VHS se congeló y unas rayas atravesaron la pantalla. Estuve a punto de protestar, pero sentí la mandíbula elástica. Phillipe se me adelantó con elocuencia:
–¿Nunca pensaste que en las películas, detrás de la escena principal, allí donde De Niro o Brad Pitt o Billy Cristal discuten sobre sus vidas en un bar lleno de gente y se esfuerzan en respetar el guión, allí detrás, donde conversan todos esos extras, se puede estar desarrollando otra película? Míralos, allí al fondo, esos dos tipos vestidos de negro que beben su café, desenfocados para que sólo resalten De Niro, Pitt o Cristal. Míralos, aparentemente interpretan sus papeles de extras, pero esos dos individuos pueden estar siendo filmados por otro director, puede que se hayan aprendido otro libreto y hablen de mecánica cuántica, y puede que De Niro, Pitt o Cristal sean los figurantes, los rellenos inservibles. Y así puede suceder en cualquier escena, hasta el infinito. Películas dentro de películas, vidas y muertes de progresiva multiplicación, como un laberinto de espejos. –Señaló hacia la ventana de la calle, subió el tono de voz–. ¿Qué tan importante es nuestra vida más que la de aquel viejo que camina ahí abajo, con su boina y su bastón? ¿Es aquel viejo un extra de mi película o yo de la suya?
Me pasó el porro y le dio al Play. Las rayas de la pantalla desaparecieron. 

viernes, 23 de julio de 2010

Historias de gente normal / 6
Un día cualquiera



“Estoy hasta los cojones de ser el padre de la familia”.
Eso pensé cuando volví de trabajar. Eso me dije en ese momento. Nadie me entendía. Yo era el único que trabajaba tantas horas, que estaba tanto tiempo fuera de casa, el que realmente traía el “dinero importante”, el que pagaba la mayoría de las cuentas, el que solucionaba los problemas familiares más gordos, el que tenía que cargar con las histerias de mamá, con los caprichos de Cecilia, con la vagancia de Luis, con las chorradas de Sebastián. Estaba hasta los cojones, al menos esa noche. Había tenido un día para olvidar, como tantos que son para olvidar y son los que más recuerdo. Lo único que quería era coger mis cosas y volar a casa de Patricia, donde también me esperaba la pesada de su madre y sus preguntas molestas –sólo pensando en el dinero y en su posición, por eso quiere que nos casemos–, pero allí al menos el clima era mucho más calmado que en casa.

Antes de meter la llave, desde el agujero de la cerradura pude escuchar los gritos de mamá. Cecilia le recriminaba que no la dejaba salir, que no le daba dinero ni siquiera para ir al centro comercial a comprarse un pantalón nuevo.
–¿Lo quieres? Lo ganas.

En ese momento pensé con qué facilidad somos capaces de perder la calma. No sospechamos cuán sencillo es respirar y reflexionar lo que vamos a decir.
–¡Te vas a la mierda!– gritó Cecilia sin respirar.
–¿Otra vez la misma escena de siempre?– Prorrumpí como todas las noches a las nueve de la noche. Era una coreografía ensayada durante semanas, ya que los movimientos siempre se repetían de la misma manera, aunque a veces cambiaban los insultos entre las dos mujeres de la casa: yo entraba, abría la puerta, dejaba la chaqueta en el colgador, la maleta en el sofá, me desajustaba la corbata, entraba a la cocina con los ojos entrecerrados, olía la fritanga de mamá (después de que murió papá siempre hacía fritanga) y casi sin mirar dónde se encontraban, las separaba lentamente con los dorsos de ambas manos, con total inercia, la izquierda para separar a mamá, la derecha para Cecilia. E invariablemente, con el mismo tono, los mismos gestos, venía mi estúpida:

martes, 20 de julio de 2010

Decati Sonde Teibol, Premio Dardo y Blog de Oro


La escritora Marina Sanmartín –a través de su Fallera Cósmica– ha seleccionado a Decati Sonde Teibol como uno de sus diez merecedores de este singular premio, todo un premio viral, ya que ahora me toca a mí efectuar una selección de diez blogs que, aparte de recomendarlos, considero que a mi criterio se lo merecen. ¡1000 gracias Marina!

And the winners are...
El último peatón, de José Ignacio García Martín
Cuchitril literario, de Juan Pablo Fuentes (Palimp)
El blog de Pablo Gonz, de, por supuesto, Pablo Gonz
Objeto de deseo: la Ciencia, de Serafín González León (SGL)
Micromios, de Carme Carles
Me encantó bailar contigo, de la insigne Isabel Verdú
The Microstories, de Carlos de la Parra
De la Tierra al Cielo, de Gin Hindew 1.1.0
Teoría del Mínimo Relato, de Fernando Remitente
13 libras, de Almorro

¡Y a seguir con el Butterfly Effect!