miércoles, 30 de marzo de 2011

Rebirth

Todas las casas, todos los mundos, todos los días y las brisas. Las casas son de sal, los mundos se niegan y se anegan, los días son el vaho amargo que flota en la boca por las mañanas.
Y la brisa, que despierta el instinto, hace temblar las pestañas.

A fin de cuentas
no soy más que un par de moléculas vacías.

(Ayer recordé que tenía un blog. Quizás regrese a los estratos para experimentar nuevamente la superficialidad).



viernes, 4 de marzo de 2011



Nor dread nor hope attend
A dying animal;
A man awaits his end
Dreading and hoping all;
Many times he died,
Many times rose again.
A great man in his pride
Confronting murderous men
Casts derision upon
Supersession of breath;
He knows death to the bone
Man has created death. 

W. B. Yeats

jueves, 3 de marzo de 2011

"Hace poco una californiana me escribió una carta en la que detallaba las razones por las cuales ella creía que un relato mío debía tirarse a la basura, sobre todo debido a lo que ella consideraba sus múltiples contenidos censurables: la infidelidad matrimonial, la violencia conyugal, la desesperanza, la confusión moral, la ambigüedad textual. Por supuesto, no me gustó enterarme de su disgusto. Preferiría que todos los que lean un relato mío encuentren algo que les guste o que admiren o que pueda resultarles útil. Pero enseguida le escribí a esa lectora insatisfecha para acusar recibo de sus sentimientos, pero también para expresarle mi satisfacción fundamental de que hubiera leído mi relato de cabo a rabo. A lo mejor, supuse (aunque no se lo dije), su experiencia desagradable al leerme le había clarificado algo importante; quizá le había mostrado precisamente la clase de persona que ella no era, ahorrándole así algún quebranto importante en el futuro. De todos modos, no iba a discutir la actitud que ella había adoptado después de leer mi cuento, pues eso seguía siendo secundario comparado con el hecho más importante: que había leído lo que yo había escrito."
Richard Ford

domingo, 27 de febrero de 2011

Cajón de abajo



Los recuerdos son látigos. Hoy, presente, este momento, ahora… Nos ponemos a recordar hechos pretéritos que nos resultan mejores que al momento en que acontecieron, por más que hubiesen sido hechos inocuos, sin importancia. Hoy, cualquier hecho banal –una llamada telefónica de la chica que te gusta, un beso en la mejilla, un vaso de cerveza derramado, mierda de perro pisada en una plaza–acaban cobrando importancia por acción del lento roer de la nostalgia, de nuestra inútil aprehensión hacia lo que fue. Somos presa de un aroma a tarta de chocolate, del perfume que usábamos en las fiestas de cumpleaños, de la melodía de la canción que nos ayudó a apoyar el torso por primera vez en un par de tetas. Cualquier suceso anterior es mejor que el “ahora”, que “este momento”. Todo parece ser pasado. Hoy es una palabra tan etérea que no debería existir. Habría que borrarla de mentes y diccionarios, borrara del universo. Hoy es el resultado de nuestra manera de evocar los recuerdos. Recuerdos látigos que destrozan la espalda hasta dejarla en carne viva.


Las fotografías que guardamos en antiguos muebles son el mango de esos látigos. Revolvemos cajones para buscar un certificado, una llave Allen y ¡zas! nos topamos con esas imágenes sepiadas, con las esquinas rotas, y nos la quedamos mirando, alelados. De inmediato se nos activa la máquina de la añoranza: evocamos sonidos, aromas y texturas con más intensidad de la que tenían cuando habíamos vivido esos momentos. Así, la representación de la vida acaba siendo más real que la vida misma. ¿Por qué llorar ante una imagen y no haber sentido nada en el momento en que esa imagen fue obtenida? Porque esa representación del pasado contiene al mismo tiempo la ausencia y la presencia, nos recuerda lo que ya no es ni jamás volverá a ser.


lunes, 7 de febrero de 2011

BCN Flâneur / 11




La cola salía del edificio, llegaba hasta el final de la plaza y doblaba la esquina, hasta la calle Camp del Ferro. Se contaban por cientos los que esperaban el ascensor para ocupar por primera vez aquel nuevo bloque de pladur, hierro y parquet plástico. Los flamantes moradores avanzaban algunos centímetros por minuto arrastrando mesas, lavadoras, estanterías, cuadros, cajas con libros, televisores… Con timidez pero henchido de entusiasmo me sumé a la cola, empujando mi pequeña nevera, y con una caja con enseres básicos encima. El resto lo traería durante la semana en taxi, porque todas mis pertenencias cabían en un par de cajas. Me situé delante de un chico que vestía una remera negra que decía Manowar y llevaba una barba hasta el pecho. Pasaron diez minutos sin que la cola se moviese. Decidí iniciar la conversación: era un buen momento para entablar amistad.
–Hola. ¿Qué planta te ha tocado?–. Le regalé una sonrisa al barbudo, que estaba flanqueado por una nevera el doble de grande que la mía y el estuche de una guitarra.
–Octava… Puerta diecisiete.
Me respondió de lado, sin girarse del todo. Asentí con complacencia.
–Menos mal que tenemos ascensores –tartamudeé–. Encima a todo el mundo se le ocurre mudarse el mismo día. –Y agregué un estúpido:– ¡Je!
El tipo me devolvió una sonrisa de cortesía, pero de inmediato se giró hacia su nevera.
Siete minutos después la cola volvió a moverse. Quince o veinte centímetros. En ese momento escuché que el barbudo se ponía a hablar con la rubia de delante.
–Hola. Y a ti, ¿qué planta te ha tocado?
Cuarto tercera, le contestó.
Fantaseé con que el efecto dominó llegaría a la mismísima puerta automática del ascensor. Gracias a mi iniciativa todos se pondrían a charlar. Yo había dado el pie perfecto para generar amistades. Sólo era cuestión de empujar la primera ficha, el resto caería solo. Sí, era posible: podríamos llegar a formar una gran comunidad de vecinos, una cofradía dispuesta a compartirlo todo, a escucharnos, a prestarnos ese destornillador que falta para acabar la mesa Malmö o el armario Kullen, a organizar cenas cada semana, a no tener necesidad de pedir que bajen la música porque todos querremos escuchar la misma música, a que no nos molesten los ruidos del piso de al lado porque estaremos casi siempre en el piso de al lado, compartiendo buenos momentos…
Pero la rubia ni se interesó en hablar con el de delante, y la fantasía terminó allí. Pasaron otros diez minutos y me quedaban veinte metros para atravesar la puerta de entrada al edificio. Debía ser un día maravilloso, todos estábamos a punto de comenzar una nueva vida, de tomar posesión de nuestro morada, de imaginar con ilusión cómo se llenarían de color las paredes vacías. Sin embargo, parecía la cola a una cámara de gas. Los pasos sobre la arenisca me aturdían, alguna tos, alguna ambulancia que tajaba el silencio allá a lo lejos. Volví a intentarlo con el de atrás. Era un joven de gafas gruesas que llevaba algunos libros en una mano y empujaba un ventilador. Mi sonrisa tembló, pero sumé el fervor para preguntar:
–Hola… ¿Te quedan muchas cosas por traer? ¿Está lejos tu antiguo piso?
Me miró como quien mira una moneda de un céntimo en el suelo y me respondió:
–Sí. –…y no llegué a entender si esa respuesta era para la primera, para la segunda pregunta o para ambas.
Esta vez el gafopasto ni siquiera atinó a girarse para iniciar el efecto dominó hacia el lado contrario. Cohibido, me hundí en las solapas de mi camisa y sólo me dediqué a empujar la nevera. Decidí no emitir ni una palabra más, impertérrito, mirando sólo hacia delante, respirando gruesos chorros de aire y dando pasos cortos. “Es un día maravilloso”, me repetí. Una hora después –hora de largos silencios, de fricción de muebles sobre el suelo, de miradas esquivas– por fin alcancé la puerta del ascensor. Empujé mi nevera hacia dentro del recinto sin ayuda de nadie. Se me cayó la caja al suelo, se me desparramaron los cubiertos, libros, ropa, cedés y un paquete de galletas que venía comiendo en el camino, y nadie me ayudó a recogerlos. Me tomé mi tiempo para meter cuidadosamente todo en la caja, y detrás oí bufidos de diferentes tenores. Por fin entré y pulsé el botón de la sexta planta. Lo último que vi al cerrarse las puertas automáticas fueron los ojos de rabia de un calvo, la blusa verde de una morena, la montura del gafopasto y detrás, su mirada de fastidio.
Las puertas se cerraron y emprendí el ascenso. Pero el aparato, quizás agotado por haber subido y bajado todo el día, tras haber acarreado durante horas sofás, plasmas, lavadoras o sillas Stefan, se detuvo con un golpe seco en la mitad de la tercera y la cuarta planta. Sentí olor a cable quemado y un chispazo apagó las luces. Me aterré, apoyé las manos en las paredes y busqué el botón de emergencia. Lo apreté, salió un pitido, pero nadie contestó. Busqué mi móvil, pero no había señal. Me apoyé en la nevera, a pensar. Cinco. Diez minutos. Hundido en esa negrura, más bien flotando en esa sucesión de placas oscuras allí donde mirase, aquella infantil expectativa de escuchar el crujido de la puerta de mi nuevo piso, dio paso al suave sonido de mi espalda deslizándose sobre el espejo del ascensor. Me senté en el suelo, volví a respirar grueso. Cinco. Diez minutos, pero sin pensar. Suavemente estiré la mano y palpé el paquete de galletas. Comí un par, me supieron mejor que antes. No pensé en gritar, ni siquiera quise golpear la puerta para pedir auxilio. El ascensor estaba calentito y tenía el espacio suficiente para estirar las piernas. Me dormí con la cabeza sobre la nevera, sin esperar que nada ocurriera. 



     

jueves, 3 de febrero de 2011

BCN Flâneur / 10



Odio las esquinas del Eixample. Tan amplias, tan complicadas de girar… Cada día las odio más. ¡Cuánto tiempo me ahorraría si fuesen rectas! Me cago en Ildefons Cerdá y en la madre que lo parió. ¿A quién se le ocurre? Girar a la derecha, que esperar el semáforo, el paso de cebra, llegar a la otra manzana, volver a girar, seguir. Ayer lo he calculado: gasto un promedio de un minuto y dieciséis segundo por esquina. A razón de quince esquinas de ida y quince de vuelta, treinta y cinco minutos diarios. Treinta y seis horas al mes. Dieciocho días al año desperdiciados… ¡Dieciocho! ¿Os parece que una persona de mi edad pueda estar perdiendo el tiempo de esta manera estúpida? Antonio siempre me dice: “Joder, quiero verte viviendo en el Guinardó a ver cómo te quejas con la pendiente”. Jordi señala: “Pues vente en bicicleta, coño, y la atas en el palo de luz”. Para enervarme del todo, tras la barra, Obdulio repite: “¿Y por qué no te buscas un bar más cerca de tu barrio, viejo cabezota?”. Pero no, hace cuarenta años que vengo a este bar andando, a tomar  mi carajillo y mi Soberano, y voy a seguir viniendo cueste lo que cueste. Qué es eso de cambiar de costumbres… Yo soy así, siempre he sido así y al que no le guste que se joda. No es mi culpa que año tras año las calles se hagan más anchas, las putas esquinas sean más amplias y el bar Cantonada me quede a cada vez más calles de distancia. No sé por qué todo se me hace más lejano cada día, pero qué más da. Yo seguiré igual hasta que me muera. Con dos cojones.


     

viernes, 28 de enero de 2011

BCN Flâneur / 9



López Catalán es quizás la calle menos conocida de Barcelona. Muchas cosas no tiene y muchas otras sí. No tiene salida. No tiene tiendas. No tiene aceras. Ni siquiera un cartel que indique que se llama López Catalán. Pero muchas otras cosas sí tiene: tiene sesenta metros de longitud, un cartel en la entrada que indica que es contradirección, el pavimento levantado y sólo un edificio con sólo un balcón. Allí, en ese único balcón de ese único edificio, Joaquín Flores Ribera se bebe una manzanilla aguachenta mientras balancea la pierna izquierda sobre la derecha. Estira el cuello Joaquín, mira el asfalto desde esos veinte metros de altura –gris el asfalto– y cree que es hierba eso verde que brota entre las grietas. Por la entrada a la calle divisa, lejanas, unas formas blanquecinas. Se incorpora con la misma velocidad que las rajaduras ramificándose en la pared. Unos huesos crujen. Entra en la habitación ya vacía, sólo queda la cama, el colchón y un olor a amoníaco. Se gira hacia la cocina, abre la nevera desenchufada. El frío de la superficie le devuelve aquel punzante dolor en los dedos. Un guiso de arroz de quién sabe cuándo, medio limón seco, una caja de vino, dos huevos. Un solo edificio. Se dirige al salón, el suelo de azulejos está igual de levantado que el asfalto allí fuera. Camina por encima y suena como xilofón. Reclina la espalda sobre la pared descascarada e intenta recordar. Frente a sí tiene veinte metros cuadrados para recordar. Pero ahora Joaquín sólo es capaz de recordar de la misma manera que se estruja un paño viejo. El paño está seco, se deshilacha. Un solo edificio, un solo piso habitado. Joaquín Flores Ribera deja caer sus caderas enclenques contra la única silla de la casa. Ya sin pensar, ya sin estrujar. En la nevera, mientras, el musgo se entromete entre los granos de arroz. Bajo la cáscara de uno de los huevos, un par de enzimas devoran la yema. El amoníaco penetra los poros del suelo de la habitación. La rajadura del balcón se extiende medio milímetro. Y allí fuera, sobre las grietas verdosas de López Catalán –la calle menos conocida de Barcelona– dos hombres de blanco golpean la puerta de entrada. No importa ya lo que tenga o no López Catalán, porque pronto no quedará cama, colchón ni amoníaco. No quedará Joaquín, musgo ni paño estrujado. Ni una grieta, ni el recuerdo, ni siquiera estas letras apáticas, ni nadie que siga contando esta historia sin salida.

    

viernes, 21 de enero de 2011

BCN Flâneur / 8







El día que decidí matar a Miguel lo invité a tomar un vino al bar Zodíaco de la calle Margarit. Le dije que pagaría yo y me miró extrañado. No sé si por el ofrecimiento o por el tono como lo dije.
Entramos, nos sentamos y pedimos. Una gota de sudor me cosquilleó la espalda. Miguel se arropó con su chaqueta de fieltro, como si el viento de la calle se hubiese colado bajo sus solapas.
Escondí los dientes tras los labios y ensayé una sonrisa ante sus ojos, más abiertos de lo normal. Él también trató de sonreír. Entrelacé los dedos sobre la mesa, él se puso a juguetear con el cenicero. Nadie se animaba a romper el silencio. Sin esperármelo, traicionado por mis bríos, formulé la pregunta que había reservado para el final:
–Quiero saber por qué te empeñas en despreciar cada texto que te enseño.
Tenía intenciones de comenzar con un prolegómeno, con algún tema absurdo de esos que hacen expulsar un suave chorro de aire por la nariz y motivan a bajar los hombros. Pero mi frase lo puso sobre aviso de que no iba a ser una tarde normal, porque tragó saliva y se inclinó hacia atrás.
Esa frase disparó en mí el magma de odio que estuve acumulando durante todo el año. Las mejillas se me enrojecieron, las orejas me vibraron, rechiné los dientes. Recordé todos los momentos desagradables que me había hecho vivir desde que concertamos nuestros encuentros sabatinos. Cada sábado por la tarde acudía a su habitación de la calle Tapioles para hablar sobre nuestros textos. Mi ímpetu siempre me empujaba a comenzar. Él escuchaba mi recitación y yo de reojo veía que, al avanzar la lectura, amontonaba los dedos de ambas manos, hasta convertirlos en un puño que martillaba sobre sus piernas. Después me disponía a escuchar su crítica. Y él, mordiéndose el labio inferior, lanzaba su invariable sarta de descalificativos. Los mejores días elegía adjetivos como inconstante, principiante, débil, irrelevante o inverosímil. Los más salvajes, ignorante, inhábil, ineficaz, idiota. Los seis días restantes me esforzaba en superar los errores señalados, tratando de concatenar las palabras adecuadas, evitando absurdas figuras retóricas, eligiendo el argumento justo y vistiendo de forma coherente a los personajes. Y el sábado siguiente regresaba a la calle Tapioles con mayor seguridad, para someter mi historia a su ojo adiestrado. Pero las respuestas, desde hacía un año, eran siempre las mismas.
Esa tarde en el bar Zodíaco, frente a dos copas de vino, se cumplía un año de nuestro primer encuentro.
La furia contenida me movió a largar una ardiente exhalación. Las manos me temblaron. Para simular mi furia las metí en los bolsillos de la americana, pero la mano derecha me recordó que, allí, la pistola esperaba su turno. Miguel insinuó un movimiento parecido, casi calcado. También largo aire caliente de la boca, lo sentí, también rechinó los dientes, lo oí. Ambas mandíbulas temblaron. Se inclinó hacia delante. Con espuma en la boca me respondió:
–Y yo quiero saber por qué te anticipas a todas mis ideas. Siempre que me traes un texto es exactamente el mismo que yo había imaginado la noche anterior.
Me levanté de la silla. Él también. Saqué la pistola justo antes que él sacara la suya tras la solapa de su chaqueta de fieltro. Le metí un balazo en el medio de la frente, justo antes de que él me diera en el pecho. Escapé por la calle Blai, seguramente la misma calle que él hubiera escogido para huir.



     

domingo, 16 de enero de 2011

BCN Flâneur / 7



Bogatell amanece con una garúa cosquilleante, de esas con gotitas que se te meten tras la oreja. Ahora lo sé: no hay en otros sitios garúas así. El mar arruga las rocas y despeina los caminos de arena falsa que conducen a algún tobogán curvo, de los que me gustan, o a esas sogas enlazadas para trepar que me dan tanto vértigo. Me paso la lengua por los labios y trago sal. Zamarreo de la chaqueta a mamá, pero no me habla. Ella se limita a mirarme. Se agacha, me besa. Me mira con sus ojos marmolados, sus párpados tiemblan al ritmo de las olas rabiosas. El viento filoso mueve sus rizos y la veo aún más hermosa. Insiste el viento, levanta la bufanda con elefantitos que me cubre la boca, y yo la sujeto para que no se me escape. Pero el viento me la arranca del cuello. Y a mamá también se la lleva. Estiro mis bracitos, me esfuerzo en llorar, pero sólo me cae garúa de los ojos. Me levanto las solapas de la chaqueta y corro a por un taxi. Creo que iré espaciando estas visitas. Cada vez me cuesta más quitar la sal de estos labios, la humedad tras las orejas.

    

miércoles, 12 de enero de 2011

BCN Flâneur / 6



–De hecho, ahora mismo, en este preciso momento, cientos de litros de semen están siendo derramados gracias a mí.
Y largó una risita estudiada antes de tomarse el campari. Jeannette, o mejor dicho Esther –como me acababa de confesar– lo dijo con la despreocupación de un banquero que sella talonarios. Suspiré y le miré las tetas, tan a la intemperie en pleno diciembre.
–¿Me llevas a comer antes?– propuso. Tardé unos segundos en decirle que sí.
Me cogió del brazo y atravesamos la calle Espaseria. Parecía ser ella la que establecía el camino. La cena no estaba incluida. Me puse firme:
–Espera, giremos por la Rambla del Borne.
Aunque iba cubierta hasta los pies con el tapado de armiño sintético, todos sin excepción se giraban para ver su exhuberancia. Debería haberle pedido más discreción.
Después del rodeo absurdo fuimos al restaurante que ella quería, Caputxes. Se pidió un plato de mariscos de cincuenta euros que ni siquiera tocó. Al menos le dio un par de sorbos al Protos.
–Bueno, ¿vamos?
Pero yo no quería dejar el Borne aún. La invité a un trago en Borneo, en la otra punta del barrio.
–Veo que te gusta caminar, papi.
Nos sentamos frente a la ventana. Ella se quitó el tapado y volvió a exponer sus tetazas a la concurrencia. Me crispé levemente. Se pidió otro campari. Yo un Jameson’s.
–Bueno, como te estaba contando… porque seguramente estás esperando mis anécdotas… mi record son trece tíos. En una misma cama, trece, sí. ¿Que te extraña? Me habrás visto, seguramente. Fue duro sí, pero cobré buena pasta. Lo más jodido es la sequedad, te tienes que poner una de esas cremitas hidratantes en el coño cada media hora. ¿Qué te sorprendes? ¿Te imaginas que te estén dando por cada agujero sin pausa durante seis horas? Ese director era un cabrón, Jeff se hacía llamar y era de Cádiz, quería que lo rodáramos todo en una tarde. Encima, seguramente lo sabes, antes de una escena así debes vivir a agua durante días, apenas comer fruta, ¿cómo piensas que te pueden dar por culo así de fácil, entonces? Y corten, y la cremita, y los tíos que aguantan la eyaculación para la siguiente toma, y otra toma. Pero lo peor de todo son las lámparas del plató, todo el día frente a esos focos te dejan la piel hecha polvo. Mira, mira que cuarteado tengo entre teta y teta.
 Le pedí que no hiciera lo que estaba por hacer y volvió a reír como antes. De repente me di cuenta de que las últimas palabras las escuché, sí, pero difuminadas entre medio de palabras ahuecadas que rebotaban como en el corredor de un castillo gótico.
–Bueno, cuenta tú algo, que aparte de follar puedo escuchar también. –Otra vez la risita–. ¿Así que recibiste buena pasta del finiquito?
Iba a responder que sí, que sesenta mil euros, que había pensado en hacer un viaje de esos que duran seis meses, pero que cuando me di cuenta de que a los tres días estaría de vuelta desistí, que hace mucho tiempo que me masturbo viendo su página, que su coño es demasiado falso, que en internet son todos iguales los coños, tan falsamente depilados, cuántas en este bar tienen el coño depilado, quizás la camarera solamente, que no tengo dónde ir más que encerrarme en casa, que no he cambiado las sábanas para esta noche, que mi habitación huele a encierro, que he pedido prestada esta chaqueta a un amigo, que hace diez años que no follo y no sé si funciono con mujeres de carne y hueso, que la próstata ya me da igual…
En ese momento fui consciente de que le estaba acariciando la mano. Sin hablar, sin mirarla siquiera. En realidad ardía en deseos de abrazarla y olerle el perfume que desprendía su cuello. Ella me dejaba hacer mientras mandaba mensajes por el móvil con la otra mano. No llegué a responder su pregunta.
–¿Bueno, quieres dar otra vuelta o vamos a lo que vamos? –Noté cierto tono de fastidio en su voz.
–¿Te molesta si damos otra vuelta?
–Tu mandas, papi. Es tu noche ¿no?
En calle Picasso me aferre a su mano y acerqué mi nariz a su cuello. De repente, sin esperarlo, sentí una emoción tan adolescente que no pude contener las ganas de llorar. Me moría por abrazarla, el contacto con la piel femenina fue más fuerte de lo que pensaba.
Sólo abrazarla.
Ella dio un paso hacia atrás y me dio un empujón con asco. Me cogió del brazo y me llevó hasta calle Princesa, seguramente para coger un taxi y completar el trato en mi casa.
El taxi llegó de inmediato, como en las películas. Faltaba que cayera una garúa y era todavía más película. Antes de que subiera al taxi le bloqueé la entrada con el brazo derecho. Saqué la cartera y le di cien euros más.
–Vete.
Me subí al taxi yo solo y le indiqué la dirección de casa al chofer. Antes de que cogiera Vía Laietana me resistí a echarle un último vistazo. Tenía conmigo el aroma de su cuello. Cuando llegué a a casa lo primero que hice fue encender el ordenador. Me masturbé  mirando sus tetas sobre las sábanas que no había llegado a cambiar.

sábado, 8 de enero de 2011

BCN Flâneur / 5




       Todas las tardes, en Plaça d’Osca, te espero. Todas sin saltar ninguna, en nuestra banca. Festivos, lluviosos, cuando la Festa Major, cuando Sant Joan. Mi camisa de raso, mis zapatos Barrett, mi lazo de esmoquin, mi sombrero Fedora.
       Nuestra banca.
       Pero hoy los huesos me escuecen. Hoy a los pies de la cama, te espero.


    


martes, 4 de enero de 2011

BCN Flâneur / 4




En el balcón que da a Passatge de Sert un ciudadano hindú llamado Ammitan consiguió levitar unos milímetros. En la esquina con Sant Pere Més Alt, a unos metros, Marien daba el primer beso de su vida, y se sorprendió de sentir aquella clase de asco. En el bar Josep, Màrius bebía un cortado y miraba España Directo, mientras en la pantalla, tras la multitud frente al periodista que preguntaba sobre un vertido tóxico en el Duero, distinguió a su hija Joanna, fugada de casa seis años atrás. Justo en ese momento Tarik salió del bar llevando en la mano un ramo de flores secas, y el en visor del móvil encontró doce llamadas perdidas desde Islamabad. Pasó frente a la librería Pròleg, donde Carmen Somonzano presentaba su libro Agua de tu sangre con sólo nueve asistentes, libro que años después sería considerado de culto. A unos pasos Anna creía romper aguas mientras leía la contraportada de Mrs. Dalloway, edición revisada y anotada. Tras el mostrador, la cajera llamada Esther se equivocaba por tercera vez en su primer día de trabajo al dar el cambio. Enfrente, al cruzar la puerta del local denominado Crixmina Lluís se enganchó el pantalón arreglado por su madre, muerta una semana atrás. Héctor encontró diez euros, Jaime abrió un email con el asunto Despedida, Montse se cambió la compresa en el baño equivocado, Agustín volvió a tocarse con la lengua el diente flojo, María se jactó de no haberle hecho caso a la previsión del tiempo mientras abría su paraguas de tres euros, y Joaquim, apenas salir de casa tras cuatro días de gripe, sintió que el umbral de la puerta era el mismísimo borde del mundo.