Sunday, 29 November 2009

Mañana...

Mañana, 30 de noviembre de 2009, será el último día del último mes del último año de la primera década del tercer milenio de la historia moderna. Tanta coincidencia no puede ser menor. Mañana podría representar una jornada determinante, definitiva, descomunal, desequilibrada. Saldré con tiento de casa, miraré cuidadosamente no dos, sino cuatro veces la calle antes de cruzar. Controlaré con mayor atención las fechas de caducidad del atún o del yogurt que compre. Me aseguraré de cargar la batería del teléfono. No iré a comer fuera por precaución, ni siquiera tomaré café, no vaya a ser que caiga una gota de algo nocivo. Antes de sentarme en una silla, la tantearé para comprobar que no está rota. No usaré sal, ni azúcar, no escucharé música muy fuerte por si acaso tenga que prestar atención a sirenas de bombero o gritos de advertencia. Llevaré pañuelos desechables en el bolsillo, el número de emergencias a mano, un blister de Ibuprofeno y otro de Almax. Me iré a dormir pronto, con la puerta cerrada con doble llave, la ventana trabada, el gas y el agua bloqueados, y hasta la electricidad cortada. Me cubriré no con dos, sino con cuatro mantas. Y cuando esté a punto de conciliar el sueño mientras mire mi reloj digital, a las 23:59, llenaré los pulmones de aire hasta que sean las doce. Me dormiré con una suave y dulce sensación de libertad, de eterna seguridad. Y al día siguiente despertaré, cuando todo por fin haya pasado, feliz por haber conseguido sobrevivir.

Wednesday, 25 November 2009

Imagen tomada en el ferrocarril, un sábado de noviembre.



La foto podría titularse "Nostalgias de un pasado glorioso", "Jóvenes éramos los de antes" o "Qué pastilla me tocaba hoy", pero dejo la elección a criterio del lector.

(Por si no se lee, en el sombrero del abuelito aparece la inscripción "Viva Stalin").

Wednesday, 18 November 2009

Historias de gente normal / 2
El Señor X



Me llamo Gustavo Cabral Zenteno, soy doctor en Filología Anglosajona, con especialización la obra de William Brian Yeats. Estoy casado con Haydeé Ayala, una respetada endocrinóloga. Tengo tres hijos. Aún hoy, a pesar de todo, me considero un buen padre. Prueba de ello es que Matías, el mayor, se ha apuntado a la Selectividad en la Complutense, y que Natalia, la segunda, quiere seguir los pasos de su madre. Nada sé aún sobre lo que desea de la vida el díscolo Guillermito. Después de trabajar varios años como traductor a tiempo parcial, de colaborar con la embajada española en Dublín (en mi añorado Northumberland Road), de hacer bolos con productoras de cine para subtitular películas, de publicar decenas de ensayos sobre el excéntrico escritor de Georgeville, un par de novelas cortas, varios poemarios, de recibir un doctorado Honoris Causa en Salamanca y en Cork, he conseguido el puesto que, en su momento, consideré el más importante de mi vida: responsable de un departamento en la Real Academia Española. Un colega, Demetrio Jarama, me había convencido de elevar la petición, de que tenía el suficiente currículum para optar por un lugar como académico de número, membresía que me otorgaría el eufemístico título de Inmortal. Él mismo se prestó a confeccionarme la carpeta de presentación de mi candidatura, a completar los formularios correspondientes, y a enviar por correo la documentación necesaria.

(Leer el cuento completo en los comentarios aquí debajo...).

Historias de gente normal / 1
Mi gusano



Rosa en mano, el hombre de gris bajó con paso lento las escaleras de la estación Universitat. De forma indiferente esquivó a las personas que caminaban en sentido contrario. Allí abajo, el panel electrónico indicaba cuatro minutos para la llegada del próximo tren. El hombre de gris posó la rosa sobre uno de los bancos, con parsimonia, como si sus movimientos se ensamblaran a la cuenta atrás del panel. En el extremo de aquel banco, un joven con ropas anchas y gorra de béisbol miraba intrigado la escena. El hombre de gris permaneció de espaldas a la vía, a la vez que susurraba algo, una plegaria quizás. Advirtió la atención del adolescente. Se acomodó la corbata y giró levemente la cabeza. Empezó a hablarle con tono monocorde.
–Dentro de tres minutos llega mi antiguo gusano. Era mío, joven, se lo aseguro. De pequeño solía viajar en un veloz gusano que agujeraba la tierra. Todas las mañanas yo venía a esta estación con madre para ir al parvulario. Lo esperaba aquí mismo, en este banco. Cogía siempre el mismo vagón, el del medio. Y para no molestarlo caminaba en puntillas de pie, para no hacerle cosquillas en el estómago. Mi gusano era un gusano bueno, él acogía a todos en su interior. Según me contaba madre, iba con prisas bajo la tierra para que la gente llegara temprano a su destino. Yo al principio sentía celos de que otras personas se subieran a mi gusano, pero después me fui acostumbrando a compartirlo con gente desconocida. Es más, sentía orgullo de que ayudara a los otros. Pero yo sabía que su función primordial era llevarme a mí. Cuando bajábamos con madre en la estación Marina, veía que una de sus luces parpadeaba en señal de saludo. Yo levantaba la mano y le decía hasta mañana.
»Cierta ocasión, madre me había llevado a dar un paseo en gusano para ir al centro, junto a otros niños y otras madres. Yo estaba orgulloso de que mis amiguitos compartieran conmigo un viaje en mi gusano. Antes de abordarlo, me situé frente a ellos y les expliqué: “Ahora les voy a presentar a mi gusano. Es un gusano que agujerea la tierra, que lleva a la gente bajo la ciudad para que llegue temprano. Ese gusano es mi gusano, pero no estoy celoso de que vosotros subáis en él.” Lo que siguió después prefiero no recordarlo, pero es el motivo por el cual me encuentro aquí. Todos, los niños más grandes, los pequeños, las otras madres, todos empezaron a reírse, todos me señalaban con el dedo a carcajada limpia. Algunos niños me decían “tonto” y las otras madres “qué inocente”. Incluso madre insinuó una sonrisa. Yo quería irme de allí, contuve las lágrimas y cerré los ojos para no ver esas expresiones de burla que hoy, cuarenta años después, aún siguen pinchándome el corazón. Mi gusano llegó un minuto después. Allí dentro, mientras los niños seguían partiéndose de risa dentro del estómago de mi amigo de metal, yo escondía la cabeza bajo la chaqueta de madre, en puntillas de pie, pensando que ya nunca volvería a mirar a mi gusano como solía hacerlo… –El hombre volvió la mirada a su flor–. Y aquí dejo la rosa hoy, en memoria de la inocencia de la que alguna vez fui dueño y que hace cuatro décadas perdí para siempre. Adiós, joven, buenas tardes.
El hombre de gris se giró y desapareció de golpe entre la muchedumbre. El joven permaneció durante algunos segundos observando la rosa sobre el banco, con gesto lúgubre, hasta que la llegada de un nuevo tren lo devolvió de su rapto. Lentamente se levantó y entró al vagón del medio. Lentamente, muy lentamente, y en puntillas de pie.

Tuesday, 17 November 2009

Versionando clásicos versionados hasta el hartazgo.
Hoy: Viejo lobo


No, no, por allí no, mejor el otro atajo, ojo con el leñador, pero por qué no se buscan otro sitio para talar, es tan grande todo esto, juro que cuando esté mejor alimentado me largo de este puto bosque, ya estoy harto de la rutina y de que se me corte la inspiración, malditos bípedos y malditas hachas, vamos viejo, más rápido, ay esta ciática, por qué no seré vegetariano, cuidado el hormiguero los arbustos la serpiente, salta, vamos, el pozo piedras charco pantano ¿y esa casa de chocolate? ¿en qué cuento estoy? la niña dijo que era su abuela, todas las casas de abuelas son iguales, tienen olor a abuela, a ver ese olfato viejito, snif snif, sí, debe ser por ahí, hay un camino, vamos, más rápido, sí, por aquí, snif snif, queda poco tiempo, la niña puede llegar en cualquier momento, pero dónde se cree que va con ese ridículo vestidito rojo, muy lejos no llegarás en la vida así vestida, guapa, snif snif, bien, debe ser ésta, ahí debe vivir la vieja, a ver snif snif, sí, está tumbada como suponía, eso es vida y no mi miseria, ojalá cobrara una pensión como esta vieja haragana, slurp, pero qué hambre tengo, me da igual carne caducada, slurp, me la zampo igual aunque solo sea pellejo, qué hambre y qué cansado estoy, hace un minuto podría haber engullido morcilla fresca, rojita, slurp, pero yo también estoy viejo, mmm, ya no tengo los reflejos de antes, ay qué agitación, toc toc, llamo a la puerta pero no me pensé ninguna coartada, pero qué hambre, snif, pero qué cansancio, slurp, pero qué le digo a la vieja ésta...
–¿Quién es?
(¿Pero qué era lo que tocaba decir ahora?…)
–Ehh… mmm… Para comerte mejor…
Mmmmno, no era eso. Definitivamente, ya no tengo los reflejos de antes.

Friday, 30 October 2009

Otros puntos de vista


Huella de zapato hecho a medida. Muy a medida.





Logotipo del nuevo producto de una importante empresa multinacional, que aún no ha salido al mercado porque todavía sigue esperando la maldita legalización.





Tenedor con un solo diente.





Baño de hombres en Escocia.

Wednesday, 14 October 2009

Conciencia ciega

Anoche me dormí leyendo el poema "El Laberinto", de Borges. Al poco rato de haber sido capturado por los brazos de Morfeo, empecé a soñar que el propio Georgie me leía el texto que algunos minutos atrás había leído yo mismo con la voz de mi conciencia. Un Borges onírico que, por supuesto, sostenía un bastón con la espalda arqueada, mientras miraba absorto (bah, en realidad no miraba, sólo imaginaba) un punto perdido en el horizonte, quizás alguno de sus tantos Alephs...



Me desperté de golpe. Y tuve una sensación extraña... No sé como explicarlo, pero esa voz me había resultado demasiado ajena, impostada. Volví al libro que estaba bajo mi almohada, hallé otra vez el poema en cuestión y –de forma automática– recordé el timbre de voz de aquel viejo soñado. Como un impulso, eché de menos la propia voz de mi conciencia. Voz tosca y burda, monocorde y seca, que escucho cada segundo de mi vida. Voz tan poco atractiva, pero que me resulta tan cálida y familiar.

Leí otra vez el poema para mis adentros, cerré lentamente los ojos. Y volví a dormirme.

Sunday, 11 October 2009

Encuesta agnóstica beligerante

Patrocinada por la Sociedad Agnóstica Totalmente Agresiva No Aceptamos Sotanas (más conocida por su sigla S.A.T.A.N.A.S.)
Tenga a vuestra merced responder sinceramente a las siguientes preguntas. Muchas gracias.







Saturday, 10 October 2009

Anuncios clasificados

Denuncia: grave agresión a la prensa

(Agencia EFE)
Inquirido por el caso de corrupción en el que el Grupo Oca se ha visto involucrado en las últimas semanas, el señor José de las Mercedes Ganso salió al cruce de las acusaciones con serias agresiones a los periodistas que se apersonaron en su domicilio. El mencionado palmípedo se encontraba, en esos momentos, escoltado por dos de sus asesores, quienes se sumaron a los improperios que recibió la prensa, así como de su agente de seguridad, el señor A. V. Struz. Aquí, las imágenes:



La agresión ha sido fuertemente repudiada por la Sociedad de Periodistas Bufarras. Dicho organismo ha reclamado elevar acciones legales en contra del señor Ganso, de sus asesores y del señor Struz, por permanecer pasivo en todo momento.

NO-BEL

**********NO-**********


Doris Lessing


Herta Müller


Harold Pinter


Johannes Jensen


Jean-Marie Le Clezió

Tres preguntas me hago…
¿Quién carajo son?
¿Para quién mierda escriben?
¿Qué mierda van a hacer con el puto dinero que les dan los putos suecos del Nobel?

De algo estoy seguro… Tengo muchas, muchísimas cosas mejores que hacer que perder el tiempo leyendo a estos ignotos escritores.


**********-BEL**********


Joseph Conrad


Franz Kafka


Jorge Luis Borges


Philip K. Dick


Francisco Ayala


Javier Marías

¿Ellos? Ellos no necesitan dinero sucio. Para ellos no hay mejor premio que mis suspiros.

Friday, 9 October 2009

Tuesday, 8 September 2009

Monday, 7 September 2009

Suplemento Ciencia y Tecnología



'Según el doctor William Tupra, decano de biología genética de la Universidad de Palo Alto (California), la esperanza de vida en la próxima década seguirá en aumento. En consecuencia, los países desarrollados contarán con una creciente franja de su población con edades comprendidas entre los 90 y los 100 años. Esto generará masas de personas que no representarán ninguna fuerza laboral pero que, gracias a los ingresos provenientes de sus pensiones, buscarán saciar su tiempo libre a través del turismo, de hobbies varios y de consumo desmedido. Por contrapartida, la falta de fuerza laboral joven y el endurecimiento de las leyes hacia los inmigrantes ilegales (quienes son, en su mayoría, los que cuidan de este colectivo) harán que estas personas entradas en años tengan que valerse por sí solas, al ducharse, al cambiarse los pañales, al bajar las escaleras, al cocinar, al hacer caca, al tirar la cadena después de hacer caca, al tomar la medicación. Los centros geriátricos quedarán colapsados, las plazas plagadas de migas de pan y las obras en construcción apabulladas de público que mira con las manos detrás. Sin embargo, las conclusiones del doctor Tupra y de la investigación que él mismo ha impulsado son más que positivas, ya que tal logro (la longevidad) puede considerarse “como una victoria de la ciencia por sobre el universo y el destino”. “Ahora podremos vivir cuanto queramos”, agregó el facultativo, en la conferencia de prensa.'

Un corto: Placas tectónicas

Tuesday, 1 September 2009

La rebelión de las letras

En las puertas del palacio real de Abecedario la confusión era mayúscula. Bajo la lluvia, un grupo de úes acentuaron su furia, mientras que las eses y las haches sumaron esfuerzos para pedir silencio. Un signo de interrogación fue nombrado delegado para ir a preguntar a los guardias de la puerta (dos fornidos paréntesis) qué se estaba discutiendo intramuros. Ambos caracteres se miraron y hablaron entre ellos al oído; quizás ignoraban la razón de tanto alboroto. Unos puntos suspensivos hicieron acto de presencia para persuadir a la multitud a que se esperen, que tengan paciencia. Entre la masa de enfurecidas grafías, una F silbó en señal de desaprobación, una pequeña coma saltó para ver mejor y una resuelta A lanzó un agudo grito de enfado. Vestidos de cortesanos, por fin salieron los dos puntos para anunciar la inminente salida del rey. Tras varios minutos de espera, se asomó al balcón el monarca, la R, luciendo su corona de asteriscos y flanqueado por sus dos asistentes, dos emperifolladas comillas, una a cada costado. La R carraspeó y habló a la multitud:
–Estimado pueblo Vocablo. Desde hoy, el régimen dará un giro de 360º, con perdón de la expresión. Para fortalecer nuestra presencia sobre una tierra plagada de números e imágenes, dejaremos de ser simples letras sin estilo. Desde hoy, todas y cada una de nosotras pasaremos a ser negritas y cursivas. ¿Sois lo suficientemente valiente como para aceptar el reto?
Se hizo un silencio tan grande que pareció que todas las letras iban a desaparecer. Por fin, una robusta O instó a la masa:
–¡Nosotros lo somos!
A lo que dos signos de admiración añadieron:
–¡Viva nuestro Rey!
Las letras todas comenzaron a gritar con desenfreno a favor de su soberano. Un punto saltó de alegría arriba de su correspondiente coma, un par de diéresis chocaron sus pechos en señal de festejo y una Ç casi pierde el equilibrio. La T mayúscula tomó la posta y dirigió la muchedumbre hacia un derrotero que nadie conocía en realidad, pero que estaban dispuestas a seguir. Paulatinamente, las letras empezaron a inclinarse en dirección al destino que iban a buscar. Nadie pudo escapar a la orden del Rey, nadie. Todas las letras se hicieron cursivas, todas. Henchidas de orgullo, camino a su horizonte de victoria, inflaron el pecho, engordaron, oscurecieron su piel. Y desaparecieron tras el monte a grito pelado. El palacio real de Abecedario se vació por completo. El monte fue invadido por un oscuro silencio. En el balcón real aún permanecía la R, también inclinada hacia delante. Satisfecha por su decisión, intentó cruzar los brazos, pero le fue imposible debido al engrosamiento de su masa corporal. Contrariada y solitaria, dio media vuelta y se retiró a sus aposentos. En el balcón aún permanecían las comillas, con una visible expresión de angustia. Sospechaban que, desde ahora, ya no iba a tener tanto trabajo. En la puerta de entrada, los paréntesis se recogían y entraban lentamente al palacio. Allí, con una enorme llave, esperaba para cerrar las puertas reales, y para siempre, un gordo, torcido y pesado punto final.

Sunday, 30 August 2009

Doce ideas que tengo pensado desarrollar algún día para forjar mi imperio


1. Cigarrillos que se enciendan solos (¿cómo es que todavía no se le ocurrió a nadie?).
2. Ataúdes con un muerto de cera ya incorporado, con cara de madre, abuela o tía, para simulaciones o para alimentar la culpa de los hijos.
3. Terrones de azúcar con sabor a sal.
4. Melocotones y sandías con un sistema que permita pelarse tan fácil como los plátanos.
5. Huevos con ventanita para ver lo que hay adentro.
6. Cursos superrápidos de enseñanza para ser profesor de cursos superrápidos.
7. Set de uñas postizas, con la diferencia de que la uña correspondiente al dedo medio lleve incorporada un pequeño vibrador.
8. Toboganes con un sistema neumático que vuelva a subir a la persona, para que no tenga que regresar a la tan aburrida escalera.
9. Una raza especial de perros que se alimente de su propia caca. Y que esa caca sea su plato favorito.
10. Un tapón para ombligos, para que no se llenen de pelusa.
11. Guillotinas con pequeñas mangueritas en el filo para que absorban la sangre del decapitado, y de esa manera el suelo no se manche.
12. Un rectángulo de plástico con una banda magnética para introducir en una caja de metal con botoncitos y pantalla, y que nos permita sacar la cantidad de dinero que le ordenemos. Creo que ésta sí es una idea increíble. Espero un día ponerla en práctica, antes de que alguien me la robe.

Saturday, 29 August 2009

Tres cosas del cine que ya me tiene harto

1.
Las típicas escenas en las que el protagonista recibe una noticia que lo conmociona e, inmediatamente, corre al baño para vomitar. La toma dentro del lavabo jamás enseña ni una partícula del vómito, entiendo que por cuestiones estéticas, pero no sé, al menos que se aprecie un trocito de pizza, un granito de arroz, unas gotas de café recién expulsado de sus tripas manchando el borde del retrete... Y otra cosa que también me sorprende: ¡qué facilidad que tienen para vomitar! Este tipo de escenas suelen ser prácticamente iguales: el personaje recibe la noticia, su estómago se revuelve de forma automática, corre al lavabo, abre la puerta (que, invariablemente, es de esas puertas tipo "Saloon" del lejano oeste que se cierran y se abren con insistencia), mete su rostro casi dentro del retrete y a continuación expele en típico "buooooo", sin siquiera atinar a introducirse un par de dedos en la boca para ayudar a las amígdalas a contraerse; y finalmente, el personaje sale más aliviado y sin una sola mancha en su comisura, sin un trozo de lechuga entre los labios.

2.
Los créditos iniciales que duran una eternidad me parecen una total falta de respeto al espectador. Películas como la tercera parte de "El Señor de los Anillos", "Ed Wood" o "Los bañeros más locos del mundo 2 (La playa loca)", tienen presentaciones iniciales que –en el caso de la primera– llega a durar hasta 10 minutos. Entiendo que sea el momento ideal para demostrar el despliegue técnico y alardear de la creatividad que se verá en unos minutos, ya que el espectador está impaciente por ver el comienzo de la trama y su atención está pendiente de ello. Pero cuando en las salas de cine se ve que la gente empieza a rebufar, hablar entre sí o moverse en la butaca, imagino que en ese momento todo el mundo estará pensando "cuándo empieza la puta película".

3.
Hay veces que tengo muchas ganas de darles una sonora patada en el culo a las personas encargadas de subtitular las películas. ¿Por qué si Harrison Ford dice "you fuckin' piece of shit", en el texto sobreimpreso ponen "maldito bastardo"? ¿O por qué "fuck off, you asshole" se transforma para esta gente en un inocuo "vete al demonio, estúpido"? A esto también se suman omisiones, errores bestiales o transcripciones equivocadas. Estos subtituladores de pacotilla se piensan que porque la gente no domina el inglés se pueden reír de nosotros en nuestras jetas, hasta el punto de, por ejemplo, llamar "El Notas" en lugar de "Dude" a Jeff Bridges en El Gran Lebowsky. ¿"El Notas"? ¿Why don't you stop bother us, you sucker, faggot, cunt, fuckin' pieces of shit?... En este trabajo lleno de desidia e inoperancia, el castigo que se merecen por tan nefasta tarea es que solamente se dediquen a a cortar y pegar las únicas frases que aparecen en las películas pornográficas, ya que su capacidad parece que no da para más. Frases que, en general, se suelen limitar a "cómo me gusta", "sí, chúpamela", "más, más" o gemidos y onomatopeyas guturales varios. Y después, si evolucionan, que vuelvan al ruedo para subtitular películas de Julio Medem.

Hoy fui al cine y salí rabioso. Me cago en el séptimo arte.

Wednesday, 26 August 2009

Cada vez me pasa más a menudo




*** **** ** *** *** ** ** *** *ierda ********.

(O lo que es lo mismo: hay días en los que no sé que m***** escribir).


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Monday, 24 August 2009

Las aventuras de José María Loucost

José María Loucost se levantó temprano por la mañana de su cama de nombre "Malm", montada por él mismo gracias a los dibujitos para estúpidos de IKEA. Se fue a su ordenador HP de superoferta –sin conexión USB, sin entrada para CD y con pantalla plana pero sucia– comprado en MediaMark (él no es tonto), entró a su conexión Jazztel de 14,99 al mes con fijo incluido y visitó la página principal de Ryanair para ver si conseguía vuelos a Londres (mejor dicho, a Standsted, 100 km al norte) a 1 euro ida y vuelta gastos incluidos impuestos indirectos no incluidos. Sólo encontró una oferta a un pueblo que está cerca de un pueblo un poco más grande cercano a una supuestamente alucinante ciudad de pescadores del norte de Letonia. Lo pensó dos veces mientras se comía un cruasán marca Eroski y se tomaba su café marca Hacendado. Acto seguido se levantó, se quitó su camiseta Quechua que usa para dormir y se fue a la ducha. Cogió su jabón Día ("compra uno, lleva dos") y su shampoo marca Delyplus ("si lleva uno le regalamos el cepillito para la espalda"), mientras seguía pensando donde demonios viajar gastando muy poco, sólo con el fin de hacerse la foto con su nueva cámara digital Sorny comprada de cuarta mano a un comerciante de ojos rasgados. Mientras se afeitaba con su espuma Sorli Discount, descubrió un bulto en su cuello. Un bulto rojo, venoso, que le latía y le dolía. Espantado, José María Loucost abrió los ojos con desesperación. El pulso le comenzó a temblar. De inmediato se untó una crema para ocultar imperfecciones del rostro, comprada en Schlecker ("de regalo, tres rollos de papel higiénico"). Se sintió más tranquilo y salió al trabajo. Dos días después, José María Loucost murió. El diagnóstico: galopante infección de tráquea. Después de muchas deliberaciones, los familiares decidieron no enterrar el cadáver, sino cremarlo: era mucho más barato. Al salir de la sala de cremaciones, una tía gorda se acercó al empleado y le pidió si le podía dar el tiquet por los servicios prestados. Lo necesitaba imperiosamente para juntar puntos y conseguir descuentos en Carrefour.

Thursday, 20 August 2009

Librosvida


Letras tinta hojas cordones que entrecruzan mis ojos labios manos dedos, principio nudo desenlace, y un abismo se abre entre un punto y un aparte, y mis ojos zigzaguean y mi dedo sobre la esquina del papel se niega a pasar página, vuelvo a leer este último párrafo de esta última página, y el nudo se desanuda, el nudo del cordón que me une a estas páginas que baten mi sangre y me dan vida y me asesinarán al acabarlas, sí, al final todas las páginas asesinan a su lector, pero por suerte sé que este proceso vital no acaba, no, el cordón se cortará como los guiones cortan las palabras largas, sí, allí fuera hay más libros que aguardan mi muerte, libros-cordón dispuestos a devolverme la vida una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.

Thursday, 13 August 2009

Noticia de última hora: Se suprime de forma definitiva la B.A.Q.E.P.



De nuestra agencia.
El presidente de la BRIGADA ANTISISTEMA QUE ESCRIBE PAREDES (B.A.Q.E.P), individuo que no quiso revelar su identidad, ha informado a la opinión pública, a través de un comunicado de prensa difundido en la tarde-noche de ayer, que la asociación creada en el post anterior de este blog cesa de forma definitiva sus actividades vandálicas y reivindicativas. El motivo que adujo su presidente fue, en declaraciones a este medio, "que se nos ha acabado la botella de spray que había comprado a cuatro euros en los chinos". Ante la pregunta de si la asociación volvería a la lucha ideológica con otros medios más efectivos, el citado presidente declaró: "Basta, no me toquen más los cojones". Y escapó cubriéndose la cara con el ejemplar del diario La Razón que estaba hojeando.

Wednesday, 12 August 2009

B.A.Q.E.P. (Brigada Antisistema que Escribe Paredes)

El pasado jueves 30 de julio inauguré de forma unipersonal y unilateral la organización B.A.Q.E.P, dedicada a la incursión o intromisión de espacios públicos de manera ilegal e irresponsable, con el fin de modificar ciertas ideas preestablecidas que no hacen más que adormecer conciencias. En general, los objetivos principales estarán enfocados a iglesias, escuelas y oficinas estatales, verdaderos nidos de estupidización social y alelamiento ideológico. He aquí las primeras incursiones llevadas a cabo por este humilde servidor...

4 de agosto. Frente a la Oficina de Empleo de la calle Aragón.


2 de agosto. En una iglesia del siglo XVII de un barrio céntrico.


8 de agosto. En la tapia trasera de una escuela de barrio de clase media.


En un segundo término, las intervenciones tendrán una característica más literaria. El objetivo es que, a medida que la organización crezca, ir sumando mensajes más llenos de contenido, y no meros panfletos vacíos, sin un basamento teórico que convenza. Por tanto, las próximas intervenciones serán:

En un centro educativo del barrio de Sant Gervasi:
"Nunca dejé que la escuela interfiriera en mi educación"
Mark Twain

En un centro evangelista de la calle Rector Triadó:
"Tener fe es no querer saber la verdad"
Friedrich Nietzche

En el Palacio Municipal:
"Un funcionario es al estado lo que una hernia al disco".
Anónimo


Seguiremos informando.
Atentamente,
El presidente honorario del B.A.Q.E.P

Friday, 7 August 2009

Imágenes y demás de las presentaciones del libro Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente

Mañana se cumple (o se conmemora) un mes de la última presentación del nuevo libro de relatos intitulado Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, editado por Hijos del Hule y cuyo autor es este humilde servidor. La promoción y autopromoción incluyó un artículo a página completa en el diario L'Independet de Gràcia, mención en la revista Time Out, en la publicación cultural Literata, recuadro en el matutino El Periódico de Catalunya y hasta una entrevista en la señal barcelonesa COMRadio, entre otras menciones o artículos (algunos están por venir en futuro).

Después de un mes, siento que todo ha sido demasiado rápido, que ha pasado mucho tiempo, que lo tantas veces deseado por fin se ha conseguido, y que ahora lo que toca es enfrentar ese tan extraño y molesto como necesario vacío del "después". Del "¿Y ahora qué?". Mientras aún sigo digiriendo tales elucubraciones, ahora prefiero compartir con la masiva audiencia de este blog las imágenes y palabras que ha dejado esta presentación en sociedad...


Viernes 29 de mayo. La Casa de los Cuentos, Gràcia, Barcelona. La primera de las presentaciones se desarrolló en este tan acogedor y ensoñador espacio. He tenido el honor de ser presentado por el gran escritor José Ignacio García Martín. Nobleza obliga, agradezco también a Daniel Hareg y a Numancia Rojas, por su gran aportación gran.



Lunes 15 de junio. Bar Eléctric, Barcelona. Servidor en plena lectura de uno de los relatos que componen el libro. En esta velada fui acompañado por la acuática y celestial música del fascinante grupo Selva de Mar.


Jueves 9 de julio. Leyendo mi discurso de presentación en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Av. Portal del Ángel, Barcelona, acompañado por Patricia Capdevila, mi estimable presentadora, y Lluc Berga, de Hijos del Hule. La velada fue cerrada por Helena Cuesta, cuentacuentos profesional, quien narró oralmente y de manera magistral algunos de los cuentos de la obra.


En este vínculo, más fotos de cada uno de los tres eventos.

Y a continuación, el discurso que leí en la última presentación del 9 de julio...

En cierta ocasión, el poeta Oliverio Girondo había dicho “un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón”. Yo no sé si este libro-reloj que escribí lleva hoy la hora correcta, o si este libro-salchichón que estamos presentando esta tarde haya superado ya su fecha de caducidad. Pero les puedo asegurar que, en todo el proceso de creación de esta obra, he intentado ponerme siempre el traje de relojero. Aunque aún no sé si estoy cien por ciento de acuerdo con la sentencia de Girondo, hoy trataré de ponerme el traje de charcutero.

Podría hablar sobre muchas cosas esta tarde-noche. Podría contar las penurias que he soportado al peregrinar por varias editoriales para intentar publicar esta obra (con respuestas del tipo “lo sentimos, su manuscrito no se ajusta a nuestra línea editorial”, “lo sentimos, no publicamos relato”, “lo sentimos, no publicamos autores noveles” o “no lo sentimos, váyase de aquí”). Podría explayarme sobre el duro proceso de corrección. Sobre las musas, desventuras o anécdotas que me motivaron a escribir cada uno de los relatos. O también podría recordar que este libro-reloj o este libro-salchichón fue acabado de imprimir el día 24 de abril de 2009. Sí, justamente y muy a mi pesar, un día después de la diada de Sant Jordi.

Muchas anécdotas graciosas, tristes, insignificantes, desagradables o sorprendentes podría contar sobre el proceso de creación de este libro. Un libro que, a priori, podría decirse no tiene todas las de ganar. Porque es de relatos, –considerado hoy día un género menor en el mundo editorial–. Porque su autor tiene un apellido largo y difícil de pronunciar. Porque el título del libro es aún más largo y más complicado. Porque no tiene ninguna cita de recomendación en la contraportada. Y porque, para colmo, es una cosa rara, experimental, con dos portadas, impresa en dos direcciones. ¿Estará mal editado? ¿De un lado en castellano y del otro en catalán?

Entre todas estas cosas que podría contaros, ahora, con precisión de relojero, intentaré explicar un poco de dónde viene el cuentagotas, las gotas blancas y las gotas rojas.

Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente es un libro en el que he buscado encerrar varios sentimientos, producto de mis experiencias y mis elucubraciones en los últimos tiempos, podría decir en los últimos tres años: la ironía, la soledad, las relaciones edípicas, los amores trágicos, la literatura como válvula de escape, la búsqueda del yo, el vacío que deja el sexo… Sin embargo, todas esas musas se engloban en un solo tema principal: la creación y sus consecuencias. Sobre lo que se sufre más de lo que se disfruta durante el proceso de creación; o sobre aquello que sale de nuestro cuerpo y deja de pertenecernos para siempre. Porque crear, como explica el texto del prólogo, crear es sangrar. Es morir un poco: todos los días morimos un poco, pero al crear aceleramos el proceso… Aunque crear también es eyacular, es dar vida, es expulsar al exterior nuestra energía vital para donarla al universo, es sacar al exterior esas ideas que están alojadas en nuestra conciencia. Ideas que nos atraviesan y nos utilizan para tomar forma de texto, de pintura, de escultura o hasta de hijo. Porque, en realidad, toda creación existe incluso antes de que nosotros existiéramos, está viva desde el nacimiento mismo del universo. El artista sólo es el canal, el médium del que se vale esa creación para ver la luz.

Y así, bajo el paraguas de este tema que repica durante todo el libro, gotea una sucesión de relatos que, si bien tienen total independencia entre sí, están conectados por un mismo hilo argumental. Relatos con protagonistas como Aurelio y Glenda, por ejemplo, dos oscuros amantes que utilizan el sexo para olvidar su hartazgo por la vida, pero cuando advierten que ese mismo sexo que practican por hedonismo puede ser su vía de liberación, ya es demasiado tarde; personajes como Leopoldo, al que se le prohíbe la posibilidad de crear; o como Lucero, a quien sus universos paralelos acaban devorándolo; también aparece un mensajero medieval, una mujer que sueña al amor de su vida, un escritor fracasado, un asesino frente a su víctima… Sin embargo, el personaje que sobrevuela todos los relatos, diríamos el verdadero escritor de estas historias, es un tal Gregorio Jebluss, podría decirse el alter ego de este autor, mi antípoda como diría Millás, o mi heterónimo, a la manera de Pessoa y su Álvaro de Campos. Gregorio Jebluss es el personaje que este autor gesta y utiliza adrede para crear estas historias de vida y de muerte, de creación y vacío, de gotas blancas y rojas.

Este tal Gregorio Jebluss se vale de la escritura para descifrar una sensación de vacío y de deja vú permanente que lo persigue durante semanas. Para hallar la respuesta última creando historias, pariendo personajes, eyaculando, sangrando. Hasta morir. O hasta volver a nacer. Y en esa andadura, Jebluss es puesto a prueba en cada página, es condenado a muerte, es víctima de un complot, decide escapar, muere, resucita, experimenta aún más vacío… Y finalmente, cuando encuentra por fin su respuesta vital, se evapora. Y todo vuelve a empezar.

Y ahora, después de haber vomitado las letras que hoy forman parte de esta obra, que están elegantemente encoladas y expuestas en ese librito que está ahí a la venta, ahora soy yo el que siente en carne propia esa sensación de vacío, esa misma sensación a la que sometí a los personajes de cada relato. Y pienso: al final, los muy cabrones de mis personajes se salieron con la suya y consiguieron vengarse...

Pero igualmente soy de los que piensa que cuando algo muere, algo vuelve a nacer. Hoy, jueves 9 de julio de 2009, una parte de mí muere con la presentación de este libro, de este libro reloj o libro salchichón. Pero esa parte de mí que muere, también está naciendo. Estas gotas que están evaporando en esta presentación, muy pronto precipitarán y serán recibidas nuevamente por la tierra, por esta tierra. Y de esta manera, yo también, al igual que todos los que estamos aquí presentes, yo también volveré a nacer.

Para terminar, quiero agradecer a muchas, a muchísimas personas que, en mayor o menor medida, me dieron una gran mano para que este libro sea una realidad. Varias de esas personas están hoy en esta sala, otras se encuentran bastante lejos de aquí. Agradezco muy especialmente a José Ignacio García Martín, que desde el inicio se ha implicado tanto en la lectura del manuscrito, como en la corrección y en la primera presentación. A Patricia Capdevila, aquí a mi lado, por ceder su simpatía y su entendimiento para presentarme esta tarde. A la editorial Hijos del Hule, por darme la posibilidad de publicarlo y de inaugurar la colección Alambique. A Karina González por la paciencia y por la foto que aparece en la solapa. Y a David Padrosa, el diseñador de la portada, por haber sabido interpretar a la perfección el concepto de la obra, y haber traducido en gotas blancas y en gotas rojas lo que cierto día –con varias cervezas de por medio– le había explicado en un garito del barrio Gótico. Sin todos ellos, difícilmente este libro y esta presentación habrían sido posibles.

Y hasta aquí llegan mis palabras. Sólo deseo que el reloj que hoy estamos presentando aún conserve la hora exacta. Y que, durante mucho tiempo, el salchichón no supere su fecha de caducidad. Muchas gracias.

Thursday, 30 July 2009

Mi amigo Keith



Hace un par de semanas acudí a un concierto de jazz, en el que actuaba mi admirado Keith Jarrett. Era la primera vez que iba a ver en directo a este dios del piano y que tantas noches de whisky me había acompañado mientras lo escuchaba adormecido en el frío de mi habitación. Acompañado de Jack de Johnette y Gary Peacock, el concierto navegó por las notas y el virtuosismo innato de estos tres enormes músicos. Pero los tipos, al ser conscientes de lo grandes que son, no le pusieron ni una pizca así de sentimiento. Nada de alma, nada de espíritu. Sólo cumplir horario y marcharse. Seguir el guión, cerrar la tapa del piano y de vuelta pa' casa. Algo defraudado por ver que lo que solía escuchar en mi CD era mejor de lo que estaba presenciando en vivo, me dije "al menos me quiero llevar un souvenir". Entonces saqué mi cámara y comencé a hacerles fotos a los músicos. Debido a a mi cercanía con el escenario (estaba en un sitio que me había costado, dolorosamente, 70 euros), el señor Jarrett llegó a levantar la cabeza del mar de teclas y pudo ver que le estaba tomando varias instantáneas. Automáticamente paró de tocar, se levantó de la butaca y, él y sus dos compañeros, se retiraron de la escena. Segundos después, una voz por megafonía advertía que si el público seguía tomando fotos (o sea, se referían solamente a mí), los músicos no volverían al escenario. De inmediato varios espectadores comenzaron a reprobarme y a insultarme (sí, el público de jazz también sabe insultar). Yo me quedé empequeñecido, no sabía cómo esconderme en mi butaca de 70 euros. Quince minutos después los músicos reaparecieron. El señor Jarrett, se sabe en el ambientillo, es un acérrimo defensor de su imagen personal, y salvo contadas ocasiones, se niega rotundamente a ser fotografiado. Con mala (malísima) gana, continuaron con su repertorio de standards. Su ánimo no volvería a recuperarse. Y si antes del incidente el concierto carecía de alma, lo que vino después fue realmente una cagada.

Salí del Auditorio de Barcelona totalmente decepcionado y avergonzado, con las manos en los bolsillos. Entonces me puse a pensar "¿Quién mierda te crees que eres, Keith Jarrett? Claaaro, porque tocas jazz, porque te llamas Keith, te apellidas Jarrett, naciste en Pennsylvania, eres blanquito y con cara de protestante y anglosajón, porque vienes de los eeuu y, por antonomasia, todo el mundo te ve de una manera un pelín superior al resto? ¿Quién mierda te crees que eres, puto Keith Jarrett? Si te llamaras Zhong Lee, o Anastasi Ngomo o Juan Carlos Giarretti; si tocaras el bongó, las maracas o el mhorin khun (una guitarra mongola de una sola cuerda); si hubieses nacido en Nairobi, en las afueras de Lima o en una isla de Madagascar; o si tuvieras un aspecto aindiado, pelos mota u ojos rasgados; si algunas de esas posibilidades sucedieran... ¿te crees que podrías tener la libertad de actuar como actuaste? Pero claro, te llamas Keith, te apellidas Jarrett y eres anglosajón. ¿Eso te da superioridad? Y que sepas que mi dignidad cuesta más de 70 euros."

Todo eso pensé desde que salí del concierto hasta que llegué a casa. Allí me esperaba mi whisky y el frío de la habitación. Llegué, me acosté en la cama, encendí mi cámara y miré las fotos, esta vez con una mezcla de alivio y venganza. Y para rematarla, fui a mis discos y puse a todo volumen unos tangos de Julio Sosa. Y me dormí.


(El incidente del concierto se detalla en el final de este artículo aparecido en El Periódico de Catalunya).

Tuesday, 21 July 2009

Un cuento: Tres pétalos cayeron




Y de repente, un aire brusco entreabrió el ventanal. Todas las hojas secas que yacían en aquel balcón de la calle Hospital invadieron el interior del salón en un voraz torbellino. Desde el tocadiscos emergió un torrente de notas agudas que hizo temblar la púa sobre el vinilo. Las paredes aún conservaban viejos cuadros con fotografías de personas que ya nadie recuerda, en donde hombres de gruesos bigotes eran flanqueados por mujeres con ojos vacíos. Detrás, el papel pintado se resistía a caer, amenazado por enormes manchas de humedad. Y sobre el aparador, varios portarretratos –con gente más joven y sonriente que aquella que colgaban de la pared– descansaban entre medio del polvo: imágenes de niños sobre la hierba, de adolescentes felices, de padres con bebés en brazos. Esas sí eran a color. Los sones de Nessun Dorma, en tanto, salían del tocadiscos y dibujaban orlas sinuosas entre las motas de polvo, como resistiéndose a salir por la ventana entreabierta. Las motas giraban en ínfimos remolinos junto a un portarretratos apartado del resto, tumbado hacia abajo y cubierto de gruesas capas de hollín. De súbito, unas manos huesudas y resecas lo levantaron. Se vio la imagen en sepia de una joven de cabellos ondulados que presionaba un par de rosas a su pecho y, detrás, un jardín poblado de flores. La joven sonreía, mucho sonreía, mientras varios pétalos se desprendían de una de las rosas. El fotógrafo había capturado la imagen justo cuando tres de los pétalos se alineaban en el aire, casi en línea recta, como si fuesen puntos suspensivos. Las manos que sostenían el portarretratos empezaron a temblar. Con timidez, lo dejaron nuevamente sobre el aparador.
“Las rosas, cómo te gustaban las rosas”.
Las manos eran de Aurelio, el abuelo del sexto segunda. Aurelio se pasó las palmas por el pantalón raído para quitarse el polvo, al tiempo que lanzaba una mirada de hartazgo a sus arrugas. Se dio vuelta con lentitud, como el girar del tocadiscos, y fue hacia el ventanal para cerrarlo. Hizo fuerza, pero el viento era más enérgico que sus huesos. Echó una mirada a la polea adherida a la verja del balcón. Allí, de una soga, colgaba una canasta con comida. Era la compra que algún empleado del supermercado le dejaba a pie de calle semana tras semana, y él izaba a duras penas, con sus músculos casi atrofiados. Sin embargo hacía meses que Aurelio no salía siquiera al balcón. De la canasta emanaba un olor nauseabundo, y montones de moscas revoloteaban sobre lo que parecía ser una bolsa con carne. De repente, una súbita punzada le aguijoneó la nuca y lo empujó a asomarse al exterior, después de tanto tiempo. Sacó la cabeza con timidez y tragó aire. El hedor del balcón encontró resistencia en los pelos de su nariz. Sintió un mareo, se cogió del marco de la ventana, tosió durante minutos, los ojos enrojecieron. Acercó la mano a su pecho y permaneció de pie. Los engranajes de su organismo, oxidados y trémulos, se detuvieron durante unos segundos hasta que los dientes volvieron a encastrar, no sin dificultad, y decidieron seguir girando un poco más, con ritmo cansino. Por fin Aurelio se atrevió a cruzar el ventanal y salir al balcón. Se asomó al abismo. Las seis plantas que lo separaban de la acera le parecieron mucho más altas que aquella última vez que se había atrevido a mirar hacia abajo, varios meses atrás. Echó un vistazo hacia la derecha, allí donde nacía la Rambla del Raval. “¿Qué es todo aquello?”, se preguntó. Los edificios descascarados de enfrente comenzaron a girar de forma frenética, las ventanas vecinas se multiplicaron, el aire se envició aún más. Aurelio sintió ahogo y se sujetó nuevamente al marco de la puerta. Un humor fétido llegó desde la canasta. A pesar de ello, impactado por los rayos de sol, por el viento frío y el ruido callejero, fue invadido por montones de remembranzas que creía aniquiladas: evocó el aroma de un parque que hoy ya no existe, escalones de mármol calcinados por el sol, un jardín con la hierba recién cortada, y unas tímidas arrugas que nacían en la base de unos párpados, los de la joven del portarretratos. Aurelio se sintió ligero, como flotando. Cerró los ojos y sonrió. Los músculos de la cara le dolieron, la piel se estiró, el maxilar crujió. Inspiró aire nuevamente, esta vez los pelos de su nariz se relajaron y dejaron pasar más de esa atmósfera infecta. Abrió los ojos y su rostro volvió al gesto seco de antes. Lentamente, como el rodar del tocadiscos, Aurelio regresó al salón. Allí advirtió el contraste de los aromas que flotaban el ambiente; fuera, la repugnancia de la carne podrida agitada por los gusanos y las moscas, que bailoteaban bajo la bolsa del supermercado; dentro, el tufo encapsulado de polvo, ropa vieja, muebles carcomidos y paredes enmohecidas; y en su mente, aún ondulaban los efluvios adolescentes nacidos de la base de aquellos párpados. Aurelio sacudió la cabeza y caminó hacia el aparador. Echó otra mirada a la joven del portarretratos. Más abajo yacía el viejo teléfono negro que hacía meses no sonaba. Sus ojos dibujaron un paneo por el salón para otear todo lo que le rodeaba: el escritorio, la tinta seca, las cartas que no conseguía acabar, las capas de polvo, la puerta oxidada, el grifo goteando, el suelo gastado, los trozos de techo en el suelo. Y el disco, que se detuvo en el momento exacto. Aurelio oteaba. El tocadiscos. El portarretratos. El jardín florido. Las moscas. Las hojas secas. El ventanal.
“Basta. Me largo”.
Con parsimonia, como contando sus pasos, Aurelio se dirigió hacia la puerta. Antaño, cuando aún conservaba fuerzas para bajar la escalera y dar un paseo, siempre cumplía con la misma rutina: coger las llaves, el bastón, la boina, abrigarse con su sobretodo gris y, antes de abrir la puerta oxidada, mirarse durante un par de segundos al espejo. Aurelio contempló las llaves, el bastón y la boina, rodeados de gordas capas de polvo. Contempló el sobretodo que colgaba del perchero. Se contempló a sí mismo ante el espejo agrietado. Intentó recorrer todas las arrugas que poblaban su cara, notó sus gafas rotas aún más rotas y se tocó el mentón salido hacia fuera. Acercó su mano a la imagen que le devolvía el cristal y ensayó una expresión de asco, de hartazgo, de desprecio a sí mismo. Giró el pomo de la puerta y, como contando sus pasos, salió por fin del piso. Sin llaves, sin bastón, sin boina, sin sobretodo.
El retumbar de la puerta que se cerró tras sus espaldas permaneció durante varios segundos en el hueco de la escalera. Aurelio miró hacia abajo. Eso sí lo recordaba, eran ciento veinticuatro escalones. Lo que no recordaba era la última vez que los había bajado, ni siquiera cómo era el vestíbulo de aquel edificio. ¿Tenía vecinos? “Seguramente me imaginan enterrado en Montjuic”. Con pulso trémulo se acomodó el jersey que hacía semanas no se quitaba, se palpó el pantalón raído y notó que en el bolsillo conservaba una moneda de un euro. Tragó saliva, se cogió de la barandilla y se situó al borde del primer escalón. Como un bebé ante su primer paso, dudó. Las rodillas le temblaron, y sospechó que sus huesos casi centenarios no iban a soportar el peso de aquel cuerpo macilento. Se asió aún más fuerte de la barandilla y posó –o, mejor dicho, dejó caer– el pie derecho en el primer escalón. Hizo lo mismo con el pie izquierdo. Respiró profundo. Vamos, quedan ciento veintitrés. Los pelos de la nariz se abrieron de par en par. Repitió el movimiento. Pie derecho, pie izquierdo. “Sí, así”. Derecho. Izquierdo. Derecho. De pronto, un calambre. Aurelio notó que sus rodillas temblaban como flanes. Sus pies estaban situados en escalones diferentes. Empezó a respirar con agitación. Sudó. “No puedo acabar aquí, a dos palmos de casa”. Cerró los ojos e intentó serenarse. Inspiró un largo hilo de aire y bajó los hombros. Erguido de esa manera extraña, su nariz volvió a sentirse envuelta en una fiesta de esencias, vahos a cabello mojado, aromas que nacían de unos hombros quemándose al sol entre risas, pétalos volantes y dientes bellos como pétalos, olores que penetraban sus sentidos, acariciaban su conciencia y sobrevolaban cada uno de sus alvéolos hasta que, por fin, regresaban al exterior hechos seda, o arco iris, o todo a la vez. Aurelio abrió los ojos. Aún sentía el dolor en la rodilla, pero igualmente bajó el pie izquierdo hasta reunirlo con el derecho. Se envalentó y aumentó la velocidad. Sintió que nada lo detenía, ni los temblores del cuerpo, ni el mareo. Continuó bajando peldaño a peldaño. Perdió el sentido de la ubicación, ya no sabía dónde acababa la escalera. En el segundo o tercer rellano una puerta se abrió. Aurelio enfocó la vista todo lo que le permitían sus gafas cuarteadas. Distinguió unas botas negras, y muy raras. Unos pantalones, también negros, hechos de un material que brillaba y se adhería a la piel, como si ese material fuese la propia piel. La camiseta a tono, con extrañas inscripciones que no pudo comprender. Y más arriba, la expresión de una joven con montones de metales que le colgaban por todo el rostro, en las orejas, en los labios, en la nariz, hasta en la ceja. Aurelio abrió los ojos aún más. Sí, en la ceja había otro de esos metales. Concentró la vista en aquel rostro. No, no parecía una mujer. Tenía pelo largo, pero también barba. Se espantó y buscó la barandilla para asirse. En ese momento, la voz del individuo interrumpió sus conjeturas:
–¿Abuelo, se siente bien?
Aurelio permaneció en silencio. Continuó inspeccionándolo con la poca vista que le quedaba. El joven insistió:
–¿Vive en este edificio? Jamás lo había visto por aquí.
Aurelio callaba.
–¿Lo ayudo a subir?
El joven atinó a agarrarle un brazo. Movió la cabeza, y los pendientes y demás collares que le colgaban emitieron un tintineo estridente. Aurelio se asustó y lanzó un grito. Más que un grito fue un rugido grave, como un estertor doloroso. El joven dio un paso hacia atrás y le espetó una mirada de desprecio.
–Bah, apáñese solo. Y a ver si se ducha, que hace un olor que apesta.
El joven desapareció entre los ángulos de ese espiral de cemento. Aurelio aún se sentía aturdido, hacía meses que no veía tan de cerca a otra persona que no fuera él mismo tras las rajaduras del espejo. Todo volvió a girar a su alrededor. Buscó con desesperación la barandilla. Recordó la técnica para aplacar el mareo que tan bien le había funcionado un par de pisos arriba. Abrió los agujeros de la nariz, dejó pasar bastante más aire que las otras veces y, de manera automática, como deseándolo casi, Aurelio penetró en otro mar de evocaciones: el mismo jardín florido de antes, el mismo día de sol, y sus labios vírgenes que sobrevolaban los rizos de la joven de los pétalos, de pronto una comisura, dos bocas que se abrían, allí dentro las lenguas bailaban una danza caliente, primaveral, los dientes mordían, con timidez al principio y frenesí luego, una de las lenguas entraba y salía, la otra esperaba acurrucada en el fondo, después las bocas se separaron por unos segundos y un Aurelio adolescente observó un rostro que no era real, no, era de otro mundo, delante de él dos ojos vibraban, Aurelio volvió a la carga para recibir más de esos besos, besos narcóticos, la joven se apartó, dejó al descubierto la línea que nacía de sus pechos firmes y envueltos en aquel vestido con rosas estampadas, agitada cogió la mano de Aurelio, quería llevarlo a otro sitio, ¿más paradisíaco aún?, allí delante había otro rosal, todo verde alrededor y en el medio el rosal, que eyectaba un carnaval de aromas, “quisiera tomar otra foto” pensó él, igualmente se dejó llevar, qué mano suave, la joven tiraba de él, él cogía su mano y flotaba, pero la mano de ella se tornó fría, como de metal, giraba para un lado y para otro, Aurelio abrió los ojos y vio que estaba cogiendo el pomo de la puerta de calle. De súbito advirtió que había llegado a ese vestíbulo que hacía meses no pisaba. Inspiró y exhaló una decena de veces para disipar aquellas emociones. Se pasó la mano por la frente. Chasqueó la lengua. Giró el pomo, y con una fuerza desmedida para su estado, tiró. Tiró fuerte con su mano derecha. Sintió que los músculos se desgarraban. Pero Aurelio continuó tirando de aquel pomo, que ya no estaba tan frío como antes. Unos rayos de sol se colaron y le pincharon las mejillas. Por algún motivo que no comprendió, ese repentino calor le dio una pequeña oleada de vitalidad. Dio un paso. Otro. Y otro. Sus pies se arrastraron sobre la acera que seis pisos más arriba parecía una alfombra sucia. De pronto, volvió a sentir tras sus espaldas un temblor seco. El ruido se acopló a sus latidos casi mudos. La puerta de salida se había cerrado.


Una mujer ataviada en un velo azul caminaba rápido por la acera estrecha, con su bebé en brazos y un niño que la seguía detrás. Agitada, movió la cabeza para que el velo no le entorpeciera la vista. Soltó unas palabras indescifrables al pequeño, que más atrás se entretenía mirando un escaparate de Todo a Cien. La mujer repitió la frase anterior, poblada de jotas suaves y haches aspiradas. Visiblemente agobiada, hacía equilibrio con dos bolsas de supermercado en una mano, mientras que en la otra aguantaba al bebé. La mujer se puso nerviosa y le gritó con más jotas y más haches al niño. Al volver a girarse para seguir su camino, se topó con el pobre Aurelio que permanecía de pie, tambaleante, frente al bordillo de la calle Hospital. La mujer se asustó al ver a aquel viejo en pantuflas, con expresión cavernaria. Le pidió disculpas por el leve empujón, pero Aurelio no respondió. Lo creyó perdido, o sedado. Siguió su camino, aunque no pudo evitar volver la cabeza. Después pasó el niño, que lo miró con temor y escapó como flecha hacia el regazo de su madre. Aurelio permaneció allí durante un rato, ondeando en medio de la acera. Había olvidado lo que era caminar sin bastón. Pero esta vez no sintió mareos, estaba maravillado con la cantidad de aire que podía respirar, no recordaba que el mundo de allí fuera –ahora el de aquí fuera– contuviera tanto oxígeno. Poco a poco su vista fue encontrando un tenue foco. Así comprendió que eso que estaba allí enfrente era un supermercado, que aquello azul que se alejaba era una mujer con un bebé, que aquel bulto que se movía al lado era el niño que había pasado a su lado, que esa masa informe era un perro mordisqueando una bolsa de basura. De pronto, una moto pasó rauda a sólo unos metros de sus narices. El vehículo emitió un bramido espantoso, capaz de desgarrar los tímpanos, y dejó flotando un espeso vaho a gasolina. El viejo sintió que se desplomaba. Buscó con desesperación alguna superficie firme en la cual sostenerse, todo giró otra vez, pero aún más que antes, el asfalto, el cielo, la gasolina, los transeúntes, los pasos anónimos. Su mano derecha dibujó en el aire un aleteo, un estertor de supervivencia. Palpó algo firme, una pared quizás, segundos antes de que su enclenque humanidad se desplomara en la acera. Suspiró aliviado. Arqueó la espalda y sus vértebras filosas se vieron aún más filosas. Jadeó. Jadeó y jadeó y de su garganta brotó un hálito caliente, mientras la saliva empezaba a burbujear. El supermercado, el velo azul, el niño, el perro, todo se emborronó y se tornó humo, un humo rosado, del que salieron corriendo dos adolescentes, sí, otra vez en el jardín de aquel día ancestral, los jóvenes reían mientras corrían, las bocas se abrían, las lenguas sudaban, los brazos se multiplicaban, las caricias de él se atrevían a traspasar barreras infranqueables un rato antes, la mano exploraba los recovecos del vestido con rosas estampadas, mientras las otras rosas, las del jardín, eyectaban un aroma capaz de adormecer a una ciudad entera, de pronto el viento sopló y los pétalos trazaron curvas en el cielo, las lenguas eran pétalos envueltos en saliva caliente, los adolescentes cayeron sobre la hierba humedecida, el joven se mordió la lengua. Ay. Aurelio abrió los ojos. Tenía frente a sí su brazo apoyado en la pared, esa piel poblada de arrugas y marcas de soriasis. A pesar de sentirse extremadamente agotado, un fuego interior lo impulsaba a seguir. Empezó a andar, paso a paso, hacia la Rambla del Raval. Recordó aquellas tardes en el mismo banco, su banco, hace ya varios años. Solía sentarse allí para contemplar el final de cada jornada, el sol que desaparecía tras los viejos edificios de hormigón, las palomas que poco a poco abandonaban la explanada para volver a sus nidos. Épocas en las que recibía visitas con frecuencia, el teléfono negro sonaba y los vecinos lo reconocían. Incluso algunos le picaban la puerta para preguntarle si necesitaba algo, pobre viejo aquel, viudo y encima viviendo en un sexto sin ascensor. Aurelio siguió caminando, cada vez con mayor lentitud. La más tenue ventisca amenazaba con voltearlo, su estabilidad era cuestión de suerte y de su propio tesón. Pero él aguantaba, arrastrando los pies y con los brazos en cruz. A su alrededor pasaban perros, niños, vendedores de cerveza, hombres con túnicas blancas. Todos parecían ignorarle. Él andaba, flotaba, tan ligero como las plumas que se desprendían de las palomas que levantaban el vuelo. Ya no se sentía raro ante esos estímulos que hacía años no experimentaba, tanto aire suelto, nubes, gritos, vahos a gasolina. Las carnes flácidas bajo el mentón flamearon con suavidad, acariciadas por el viento que subía de la avenida Drassanes. Aurelio giró levemente la vista. Allí estaba, su antiguo banco. Rodeado de latas vacías de cerveza y excremento de paloma, aún podía distinguirlo del resto de bancos, detrás de un edificio negro que no recordaba. Con lentitud, como el tocadiscos que había abandonado allí arriba, Aurelio depositó su escualidez sobre la madera. Se sentó y sonrió por tercera vez en el día. Lo había conseguido: ser partícipe de otra tarde que se acaba, de la partida de las palomas a sus nidos, del aire otoñal penetrando los pelos de su nariz. Empezó a tararear los sones de Nessun Dorma que su sordera ya no le permitía disfrutar pero que, quizás por inercia, igual se obstinaba en reproducir en su tocadiscos de toda la vida, día tras día desde hacía años. Aurelio cerró los ojos y se adormeció. El sol se desdibujaba tras las penumbras de la tarde. La Rambla empezaba a vaciarse. Y de repente, despertó. Su nariz captó un efluvio conocido, demasiado conocido, proveniente de un lugar que no supo distinguir. Sus sentidos estuvieron a punto de transportarlo otra vez al jardín del portarretratos, a ese día del beso, al único recuerdo que conservaba en su memoria. Movió la cabeza para detectar el origen de la fragancia. Una voz desconocida y monocorde le habló.
–¿Rosa, amigo? Un euro. Un euro, amigo.
Aurelio abrió los ojos, vio las rajaduras de sus gafas, y detrás, el rostro de un hombre de tupida barba, con un sombrero de colores estridentes y un enorme ramo de rosas rojas en la mano. El hombre sonreía. El anciano volvió a escuchar:
–Un euro, amigo. Un euro.

El aroma de las flores era increíblemente intenso. Aurelio no resistió. Su conciencia le tocó el hombro para recordarle que, en el bolsillo, aún conservaba la moneda. Rascó el fondo de la tela. Con pulso trémulo extrajo el euro y se lo dio al vendedor, que le extendió la flor con un gran gesto de satisfacción. Aurelio se apresuró en acercar la flor a su nariz y aspirarla con deleite, con un deseo casi irrefrenable. La apretó a su pecho y entornó los párpados. El vendedor lo miró con melancolía durante unos segundos, con media sonrisa en su rostro, y se alejó.
Aurelio se encorvó, mientras la fragancia de la rosa entraba sin pedir permiso por los pelos de su nariz. Sintió un profundo cansancio y, por fin, se durmió. Un viento gélido comenzó a soplar. Tres pétalos cayeron y dibujaron una línea recta en el aire por una fracción de segundo. El sol se escondió tras los edificios de hormigón. Las palomas volvieron a sus nidos. Y a un par de metros, unas hojas secas levantaron el vuelo para perderse por las calles transversales de la rambla que, a esa hora, ya se había vaciado por completo.

Friday, 17 July 2009

Teledicción

Charla entre amigos en un café. Yo a un lado, en silencio, bebiendo mi cortado.

-Hace dos días que ni siquiera me levanto a comer, no puedo despegarme del ordenador mirando Prison Break.
-Se comenta que quieren hacer una nueva temporada de Lost.
-¿Y Dr. House? Dicen que el actor va a trabajar en una nueva serie.
-Yo me quedo con Heroes.
-Faltan 74 días para que estrenen la peli de Buffy. ¿Alguien se apunta al cine conmigo?
-Leí comentarios sobre lo nuevo que se viene. Ya estoy contando los días para ver American Dad, The Inside y Boston Legal. ¿Quedamos para verlas juntos? ¿Quién se apunta? ¿Eh? ¿Eh?

Me parece que estoy perdiendo mis relaciones sociales. Creo que me voy comprar una tele.

Thursday, 16 July 2009

Un microcuento: Calle del Malnom



En la calle del Malnom te conocí. Jugabas a capturar con una lupa el poco sol que dejaba pasar la estrechez de la calle. Semanas después lo hacías para quemar las cartas que te enviaba a escondidas. En la calle del Malnom, bajo el arco, por fin aprendí a andar en bicicleta sin rueditas. En la calle del Malnom perdí la virginidad y la inocencia con esa mujer carnosa que unos amigos –si hoy los puedo llamar amigos– contrataron a pocas calles de allí. En la calle del Malnom el coche fúnebre se atascó y no pudo salir hasta la llegada de la grúa, y yo pensé que el cajón de mamá caería y se abriría, y cerré los ojos fuerte, muy fuerte. En la calle del Malnom vi los primeros pasos de Mariona. Y dos años después los de Meritxell. En la calle del Malnom te vi girar la esquina, esa esquina que es como un abismo sin fondo porque todo lo que por allí gira nunca más se vuelve a ver. En la calle del Malnom sentí olor a vino, a sudor, a basura, a humo, a pan tostado. Escuché llantos, música, gemidos, risas. Probé ron, tarta de fresas, hachís, saliva. En la calle del Malnom, una tarde de abril, yo también decidí girar la esquina. Lanzarme al abismo para que todo desaparezca, las cartas quemadas, las rueditas de la bici, la señora carnosa, la grúa, la saliva, los pasos de Mariona, el llanto de Meritxell. Y me evaporé durante décadas. Sin embargo y contra todo pronóstico, un día volví a girar esa esquina, aunque en sentido contrario. Me costó más de la cuenta, claro, el bastón, la cojera, los achaques. Y allí volví a encontrarte, encanecida, minúscula, agachada a duras penas y con tu antigua lupa, buscando restos de esas cartas que décadas atrás te empecinabas en quemar. En la calle del Malnom.

Monday, 13 July 2009

Ffffffssssss....





A veces me atacan días como el de hoy, en los que no puedo evitar desinflarme. Días en los que quiero escribir pero el aire que se escapa de mis dedos-válvula no me lo permiten. Mi cerebro-globo se deshincha poco a poco, las neuronas, pensamientos e ideas escapan por un orificio muy pequeñito, y en su partida emiten un molesto pitido. Días ffffssss. Ya no puedo seguir escribiendo este post. Mi látex cae a la tierra, ahogado, seco, sin aire.

Sunday, 5 July 2009

Presentación en sociedad



Este jueves me invitaron a la presentación de este libro. No sé si voy a ir.

Tuesday, 23 June 2009

En exclusiva, la introducción de una novela en ciernes: "Si sientes el aire golpear tu rostro"



–Viento del oeste…
Naran tiene los ojos del viento, las mejillas del viento, el sol en las pestañas, los cabellos de arena. Los labios resecos pero rojos, muy rojos. Naran sale de la tienda, la tienda es blanca, la tarde roja. Sus ojos están habituados al contraste. Naran es hija del desierto.
–Viento del oeste…
Abandona por un momento la vasija con la que estuvo separando granos de arroz durante todo el día, junto a la tienda blanca, sobre la arena roja. Se aparta el cabello del rostro. Allá a lo lejos, donde el aire tiembla, una bola de polvo se aproxima. Sí, es el galope de su caballo. O eso parece. “Por fin, Batul, por fin”. Naran entorna los ojos, los ojos se vuelven aún más finos, son dos suaves pinceladas oblicuas sobre el lienzo de su rostro. El aire salado golpea la tela blanca. La tarde se enrojece aún más. Naran siente unos berridos desde el interior de la tienda, gira su figura empaquetada en pieles de yak, se muerde el labio inferior y eleva las cejas. El pequeño Altan está hambriento, otra vez. Por favor, aguanta un poco más cachorro, un poco más; hay que hacer el fuego, acabar con el arroz, hervir el agua, esperar a padre. Batul, Batul, tus ojos de luna. Naran aprieta los puños, entra a la tienda, el niño grita entre mocos salados y labios resecos. Altan es otro hijo del desierto. Naran lo arrulla, lo vuelve a acostar, pero el niño grita con más fuerza. Le enseña sus dientecitos de arena. Sobre el llanto se escucha la bola de polvo que gira allí fuera y que se acerca a la tienda. Echa una ojeada a la imagen del venerado Khan rodeada de velas y ofrendas. Naran debería sonreír, pero Naran no sonríe.
-–Viento del oeste…
Siente los galopes a dos palmos. Batul, Batul. El corazón de Naran galopa con furia. Batul, Batul, Batul. Tus ojos de luna. Deja al pequeño en el suelo con sus mocos de sal. Vuelve al exterior, la tarde roja ennegrece. Hace varias lunas llenas que Batul partió hacia el oeste. Semanas de espera. A Batul le encanta el arroz con carne de cordero. Hace varias lunas llenas que Naran prepara el arroz en el cuenco de barro. El cordero es lo que falta. Batul quiere agua caliente con el cordero. Batul también es hijo del desierto.
Afuera el viento es más salado. Granos de arena aterrizan en el rostro de Naran, movidos por el galope del caballo que se acerca. La tarde es negra, el viento salado, el galope ajeno, el jinete extraño, Naran no sonríe. Y en la tienda, sobre la alfombra de piel de buey, los berridos de Altan se silencian. Naran entrecierra los ojos aún más para distinguir la figura que proviene del horizonte retinto. Los cabellos se le pegan en su rostro de lienzo, el blanco de la tienda ya no contrasta con el rojo de la tarde, sino que desaparece con el negro de la noche del Gobi. El aire salado zumba. Los labios cuarteados de Naran. El silencio de Altan.
–Viento del oeste… Malos presagios…
Un relincho, espuelas que penetran la piel peluda, el choo del jinete que obliga al animal a detenerse. Sí, es su caballo. Sí, hay una bolsa que cuelga. Sí, la tarde está completamente negra. No, el que cabalga no es Batul.
La figura se hace visible, las ropas chirriantes de ese jinete anónimo contrastan con el negro del cielo y las crines del caballo. El hombre desmonta con dificultad, descuelga la bolsa y se acerca a Naran. Qué extrañas ropas lleva. Ese hombre camina con torpeza sobre la arena roja. Ese hombre no es hijo del desierto.
–¿Galantetichan Naran?
–Sí.
–Ay del viento cuando habla. Ay de la noche cuando ennegrece.
El hombre le extiende la bolsa de vejiga de yak. Naran la coge con pulso trémulo. Los cabellos se adhieren en su rostro de lienzo. Abre la bolsa y espía el contenido. De súbito, el hermoso rostro de la joven madre cincela una expresión de horror: los globos de los ojos saltan hacia fuera, la boca se abre hasta el límite, los cabellos se tensan. Naran expulsa un grito que corta en dos esa tardenoche, el eco del grito provoca remolinos sobre la arena roja. Dentro de la tienda, el pequeño Altan comienza a gatear hasta la puerta de salida. Naran, atontada, da un paso hacia atrás, trastabilla con la vasija de barro y cae sobre los granos de arroz. Deja caer la bolsa, de la que sale rodando una cabeza de hombre con ojos de luna. Naran grita espantada, llora, vomita. El hombre de extrañas ropas se le acerca y la coge del cuello. Los ojos, los labios, el cabello, todo en ella se vuelve rojo como la arena. El hombre de extrañas ropas extrae su puñal y acerca su rostro al de la mujer.
–Ay el viento cuando habla. Ay el viento del oeste…
Dentro de la tienda, Altan da pasos cortos y torpes hasta la salida. Los mocos salados le cuelgan. Esquiva la estufa de latón, el catre y los guijarros con los que suele jugar. Sus diminutas manos descorren la cortina. La luz de la noche le deja ver la imagen de un caballo que se aleja, los golpes de rebenque del jinete, la arena roja, un hilo de sangre aún más rojo que llega hasta la cabeza de su padre, que lo mira inerte con ojos de luna. A su lado, sobre el arroz desperdigado, su madre yace con el puñal hundido en el pecho. También con los ojos abiertos, también con ojos de luna. Sobre el pecho bañado de rojo descansa un mensaje escrito en hudum, sujeto por el mismo puñal que le atraviesa el cuerpo. Altan se queda inmóvil frente a la tienda. El viento hace rodar la cabeza del padre hasta los diminutos y cuarteados pies descalzos del niño. Altan absorbe sus mocos, el viento del oeste le golpea el rostro. Altan respira y abre bien grandes los minúsculos agujeros de su nariz. Altan ya no siente hambre.

Tuesday, 16 June 2009

Lisérgicas instantáneas de una semana de junio


No lo recuerdo muy bien, doctor. Creo que fue la tarde de un jueves. Había llegado a mi patio de todos los días con mis botines nuevos y mi camiseta que me regalaron para Navidad. Aún no sé por qué ese día decidí que quería ser abogado.



Como todos los días, me dirigí con ilusión y premura hasta esa estación de metro para ver a mi amada. No podía quitarme sus ojos de la cabeza, la sombra bajo los ojos, sus labios brillantes y espesos, su postura sugerente... Cuánta fue mi decepción al bajar y entender que nunca más volvería a ver aquel rostro. Nunca más.



Ese mañana, al salir para el trabajo, algo me decía que aquel no iba a ser un día normal.

Monday, 15 June 2009

La literatura es venganza...

–¿Sí?
-¿Me cobras la caña que me he bebido, porfa?
-Muy bien. Sería 2,90.
-¿Cómo 2,90?
-Sí, 2,90.
-Pero si en el cartel que está ahí atrás dice claramente 1,50.
-Ah no, pero eso es sólo hasta las 20. Después de esa hora es 2,90.
-Pero son las ocho y cuarto.
-Por eso mismo.
-¿Y entonces por qué mierda no lo aclaras en ese puto cartel?
-¿Qué has dicho? Cuida el lenguaje y paga tu cerveza.
-No te pago una mierda, estafador hijo de puta. Éste es el vaso en el que he bebido. Mira cómo lo rompo contra la barra.
-¿Qué haces, desgraciado?
-Y ahora te clavo esta punta filosa en el ojo. ¡Toma!
-¡¡¡Ahhhhh, noooo. Ahhhhh, desgraciadooo. Médico, un médicooooo!!!



Ciertas veces nos enfrentamos a sucesos injustos a los que quisiéramos cambiarle el desenlace. Sucesos que, incluso, pueden ser de los más banales. Por suerte tenemos el arma letal más efectiva que puede existir, mucho más que la bomba de hidrógeno, las armas biológicas o las flatulencias que expele el desubicado de turno en el metro a las 8 de la mañana... La literatura. Arma de doble filo, arma seductora, peligrosa, hermosamente peligrosa...

El diálogo anterior ha sido un hecho real, excepto la parte en cursiva. Pero bien me hubiera gustado que así hubiese acabado la escena (mhujahujaju... risa malévola estilo Bela Lugosi).

Tuesday, 2 June 2009

Las palabras también mueren



Hace un par de meses me surgió el antojo de indagar en aquellas palabras que las circunstancias han determinado su fecha de defunción. Así, tras un sesudo análisis, pude determinar que cada día catorce palabras pasan a mejor vida. Recuerdo que, cuando leí el párrafo de las conclusiones por primera vez, me restregué los ojos y volví a leer los resultados. Sí: CATORCE PALABRAS POR DÍA DESAPARECEN DE NUESTRO VOCABULARIO... Esto significa que nunca más volverán a pronunciarse en el futuro, y serán reemplazadas por nuevos vocablos que ocuparán el lugar de los antiguos –por tener una fonación más adaptada a los nuevos tiempos–, o bien porque su significante (aquello a lo que refieren) desaparece por completo. Así me topé con fonemas como BIÓGRAFO (el antiguo nombre que se le daba al cine), ENDENANTES (para decir "hace poco") u HOGAÑO (que significa "en este año, actualmente", y es antónimo de la palabra "antaño"). Pero hubo una, sólo una palabra que me causó exactas dosis de ternura, encanto y afán de justicia. Un vocablo que por su construcción, su musicalidad y la posible reticencia a causa de su similitud con otra palabra soez de amplio uso aquí en la península, motivaron a que caiga en el olvido. Me refiero a la palabra...

EMPERIFOLLADO

El susodicho fonema no está registrado de esta manera en nuestro benemérito diccionario de la RAE. Si nos remitimos a su infinitivo, emperifollar, nos remite al (supuesto) neologismo EMPEREJILAR ("adornar a alguien con profusión y esmero").

Pero, qué quieren que les diga, yo prefiero que una maquilladora emperifolle a una modelo antes de que la emperejile. Que una madre se pase toda la mañana emperifollando a su hija el primer día de clases, y que ni se le ocurra emperejilarla; es más, si hace lo último, seguramente sus compañeras se burlarán de ella.

Otra cosa. Como he dicho, seguramente ahora nadie quiera EMPERIFOLLAR a nadie por miedo de olvidarse por el camino las tres primeras sílabas de ésa palabra y genere confusiones irreversibles (la vida, como los ordenadores, lamentablemente no tiene ningún comando CONTROL + Z). Pero si nos remitimos a la etimología de la palabra follar, descubrimos que un músico que toca la gaita se la pasa follando (porque "toca el fuelle" del instrumento). Un niño de tres años también puede follar tranquilamente, ya que es capaz de "soltar una ventosidad sin ruido". Incluso un leñador no hace más que follar y follar todo el día, ya que esta desgraciada palabra también es sinónimo de "talar".

Por tales motivos mi indignación creció debido al ninguneo que sufre la inocente, bella y musical palabra EMPERIFOLLAR. Es por eso que propuse la creación de una plataforma que defendiera a tan inocente fonema. Plataforma que ha sido bautizada con el nombre de ADVESA (Agrupación de Defensa del Vocablo Emperifollar, S.A.), cuya presentación en público se realizó en un conocido local cultural del centro de esta ciudad. En tal ágape hubo discursos, invitados especiales, canapés, champán, vestidos largos que enseñaban la espalda, hombres con frac. Y un salón, como no podría ser de otra manera, absolutamente emperifollado. Lo que no se supo es que, entre tanto espumante, algunos filólogos invitados y destacados lingüistas acabaron cometiendo desmanes de importancia, encendidos por discusiones bizantinas, que si fue debería ir sin acento, que si somos demasiado permisivos con los anglicismos, etc. Se montó una trifulca de dimensiones insospechadas. Un especialista en castellano antiguo se ensañó con una chica de vestido largo, al tiempo que se olvidaba adrede las primeras tres sílabas de la palabra homenajeada. Un licenciado en Filología Anglosajona, por su parte, comenzó a escupir canapés mientras gritaba "¡me las voy a emperifollar a todas vosotras, perras!". Entre otros incidentes e improperios que, por vergüenza, prefiero no reproducir. Finalmente, acudió la Guardia Urbana para disipar a los revoltosos especialistas, que en tal estado de ebriedad, no podían conjugar siquiera el verbo yacer.

Finalmente, la junta fundadora de ADVESA decidió disolver la organización el mismo día que fue creada. Y, acto seguido, decretar la defunción definitiva de esa palabra que tantos problemas causa y causó a la sociedad actual. Por todo esto, tras agudos planteamientos, he obtenido la siguiente conclusión: no podemos forzar el destino. Las palabras, como las personas, también mueren. Así sean catorce, veinte o doce mil seiscientos. Y no hay maneras de hacerlas revivir, por más adornadas con profusión y esmero que estén...

Tuesday, 19 May 2009

INDEC (Instituto Nuboloso de Estadísticas Corrosivas)


Recuerdo que en una escena de la película Amélie, la protagonista se preguntaba cuántos orgasmos se estaban produciendo en ese preciso instante en el que se formulaba la pregunta, allí en París. Inmediatamente se respondió a sí misma: catorce. Bien, el INDEC ha llevado a cabo un sondeo de las mismas características en todo el territorio peninsular (aunque con métodos estadísticos más fiables) para obtener otros datos científicos de similar importancia. Se ha tomado como momento exacto para la ejecución de este trabajo el día 15 de mayo de 2009, a las 16:45 minutos, 24 segundos. Los resultados son los siguientes:

-Se escucharon 225 fshhhhsssss de latas de Coca Cola que se abrían.
-Se registraron 18 llamadas telefónicas que acababan en la frase “pues vete a la mierda”.
-Eran despedidas 9 personas de una planta termonuclear.
-Se caían al suelo 132 monedas de un céntimo que no eran recogidas. Lo que da la friolera de 1 euro con dos céntimos desperdiciados sin sentido.
-19 mujeres aceptaban practicarle sexo oral por primera vez a su novio/amante/marido.
-12 gatos negros eran atropellados en la carretera.
-Eran robadas 27 plátanos de Canarias de mercados municipales.
-A 18 mujeres se les enganchaba la media al subirse a la bicicleta.
-945 personas decidían no pagar su declaración de renta.
-121 individuos se tragaron su estornudo y le lloraron los ojos durante unos segundos.
-Se perdieron 72.123 llamadas por dejar el teléfono silenciado.
-Fueron robados 13 libros de Michel Foulcaut de las bibliotecas públicas.
-Fueron comprados y a continuación incinerados 21.450 ejemplares del último libro de Juan Carlos Petruza.
-14 personas se rascaron disimuladamente la axila y, a continuación, se rascaron la nariz para comprobar la intensidad de su sudor.
-24 hombres guiñaron uno de sus ojos a la chica que venía caminando en sentido contrario.
-19 escolares levantaron sus hombros y se rascaron la cabeza ante la pregunta "¿En qué continente queda la república de Timor Oriental?"
-12 madres suspiraron con preocupación cuando vieron que sus hijas se iban con ese nuevo noviecito en la parte de atrás de la moto.
-Fueron expelidos 289 escupitajos en la vía pública con mucha flema de color verde manzana.
-Se escucharon 13 "sí, quieros".
-Se pulsaron 2.348 veces las teclas CTRL + ALT + DEL al mismo tiempo, seguido de un improperio que mejor no reproducir en esta estadística.
-3.123 bebés pronunciaban su primera palabra, mientras que 4.213 adultos pronunciaban su última palabra.

El dossier de este informe cuenta con unas 724 páginas. Contenido que iremos publicando en este blog mugriento a medida que se verifiquen los datos, por tratarse de un material de importante valor.

Wednesday, 13 May 2009

Suicidios ejemplares. Caso 214.


Según las primeras fuentes interrogadas, la señora Gertrudis Guastavino Paez se había apersonado con sus mejores joyas y las más suntuosas ropas de su colección a la cena de gala ofrecida por la Embajada de Brunei, en respuesta a la invitación cursada por el quien fue el primer sospechoso del caso, el doctor Abdulá Moharas Gulli. Sin embargo, una segunda ronda de sospechosos y un nuevo interrogatorio demostraron que las ropas y las joyas de la difunta no le pertenecían a ella, sino que eran propiedad de la señora Marlene Alexander Schaffer, jefa de la señora Guastavino y la verdadera invitada a la cena de gala. La difunta trabajaba como empleada doméstica de la señora Alexander. El suicidio de Guastavino se produjo cuando los empleados de la embajada, al darse cuenta de la intromisión, le negaron la entrada a la cena. La señora Guastavino, en solución extrema, empezó a tirar de la piel de su cuello, como si quisiera quitarse una máscara pegada a su verdadero rostro, mientras vociferaba: “Les he gastado una broma. En realidad soy doña Alexander. Miren… ¡Miren!”. La señora Guastavino murió despellejada por sí misma. El señor Moharas Gulli fue absuelto.

Suicidios ejemplares. Caso 332.


Según fuentes anónimas, un joven de aproximadamente 17 años (cuyo nombre queda bajo secreto del sumario, pero que respondía al seudónimo de Spinoza), fue observado orinando las puertas de la iglesia de Nuestra Señora de los Suspiros de esta capital, a altas horas de la noche. Mientras que con su mano izquierda sostenía su miembro viril para dirigir el chorro de su líquido residual corporal, su mano derecha asía un ejemplar de La Náusea, de Jean Sol Partre. Según estas mismas fuentes, la gárgola que cayó sobre el cuerpo del joven y lo destrozó en exactamente catorce partes, había sido desprendida por un rayo cuyo origen aún se desconoce. Pero todo indica que esta muerte en un suicidio, aunque todas las pruebas digan lo contrario. Dios tenga al joven en la más excelsa de las glorias. Caso cerrado.

Suicidios ejemplares. Caso 724.


El señor Antonio Hugo de las Mercedes Iribanarreagonochea Gómez de la Cárcora Benitex aprovechó la concentración del sacerdote, mientras pronunciaba su nombre, para extraer del bolsillo de su frac una píldora de suicidio y colarla astutamente entre sus dientes. La muerte se produjo a las 19.26 horas del sábado 14 de enero, en el momento exacto en que el señor Iribanarreagonochea pronunciaba la letra “q” de la frase “Sí, quiero”.

(Un humilde homenaje a un no tan humilde autor llamado Vila-Matas).

Treinta maneras de usar un revólver


1. Como pisapapeles en un bufete de abogados.
2. De punto de libro para leer algo de Ken Follett.
3. Para conseguir un descuento al comprar un iPod.
4. Como argumento para pedirle a mi futuro suegro la mano de su hija.
5. Para usar como sustituto del telecomando.
6. Para rascarme el tobillo.
7. De adorno en el aparador.
8. Como souvenir para una comunión.
9. Jugando a la ruleta rusa.
10. Comiendo ensaladilla rusa.
11. Para pedirle al empleado que detenga la maldita montaña rusa.
12. Para ir a pagar la declaración de renta.
13. Como pisapapeles en un jardín de infantes.
14. Un juguete para mi perro Pupi.
15. Para nivelar la pata de una mesa.
16. Para nivelar la pata de una cuna.
17. Para cambiarlo por un sándwich de mortadela.
18. Para desconectar el móvil.
19. Un regalo en el huevo Kinder.
20. Un buen argumento de venta.
21. Una oferta que no podrás rechazar.
22. Que parezca un accidente.
23. Para matar un caballo, cortarle la cabeza y dejarla bajo las mantas de nuestro enemigo.
24. Como pisapapeles en un monasterio budista.
25. Apuntando al espejo diciendo "¿Me estás hablando a mí?"
26. Mientras me bebo un Martini mezclado, no agitado.
27. Para sacarme un trozo de carne entre un premolar y un incisivo.
28. Para ponerle punto final a una carta.
29. Pidiendo permiso en la cola de un banco.
30. Buscando por toda la ciudad al desgraciado que escribe este blog de mierda.

Veinte cosas que me dan rabia

1. Cuando estoy sacando las cosas del carro en el supermercado y la cajera me dice "Caja cerrada".
2. Terminar de enjuagarme con agua fría porque se acabó la fuckin' bombona.
3. Leer el cuento ganador del concurso literario en el cual participé, y comprobar la mierda que premió el jurado.
4. Salir del cine y darme cuenta de que me senté en una butaca con un chicle pegado.
5. El aire acondicionado del bus que (no sé por qué) siempre me da en la nuca.
6. Las mandarinas que por fuera están preciosas y por dentro saben a trapo embebido en lejía.
7. Los mensajes de Orange y su "descuento Amigos. Ahora, todos los mensajes de 1:00 a 1:05 AM... ¡a un euro!"
8. El borrador de la declaración de renta.
9. Que las cebollas ya no hagan llorar al cortarlas (¿qué raro, no?).
10. La musiquita de inicio de Windows.
11. Los test del Facebook.
12. El precio de los huevos en el Sorli Discount.
13. Éste mismo número, el 13.
14. El sobaco sudoroso del gordo que se pone al lado mío, en el metro.
15. Las curvitas que hacen los pelos de mi cepillo de dientes.
16. La pelusa que se junta bajo la cama.
17. Que los seguratas de los aeropuertos me revisen las piernas como quien amasa empanadas gallegas.
18. Tener que pedir la llave en las gasolineras para ir al baño.
19. La musiquita de Apagar de Windows.
20. El hambre en el mundo.

Thursday, 7 May 2009

Ochenta maneras de usar una silla



1. Frente a un escritorio, pluma en mano y con una pistola al lado, redactando un testamento.
2. En un trono, dando la orden real de comenzar una guerra contra el reino del norte.
3. Una cena con la pareja en el restaurante más caro de la ciudad, con un anillo de bodas en el bolsillo de la chaqueta.
4. Sentado con la espalda donde va el culo, la cabeza colgando, las piernas apoyadas en el respaldo y los pies hacia arriba, mirando una película de Woody Allen.
5. Frente a un piano, tocando una pieza de Schubert.
6. Firmando el acta de divorcio en un prestigioso bufete de abogados.
7. En la butaca del coche que soñé tener toda mi vida después de haberme divorciado, por fin.
8. De pie frente a la silla, pensando que esa silla podría estar ocupada por una persona que ya no está.
9. Probando alguna nueva y complicada postura sexual hindú.
10. Junto a una vieja máquina de escribir, poniendo el punto final a una novela que el autor decidió titular La metamorfosis.
11. Sentado con la espalda recta, las piernas cruzadas en posición de loto, las manos descansando sobre las rodillas y juntando los dedos pulgar y medio.
12. Igual que la posición anterior, pero diciendo OM repetidas veces.
13. Haciendo fuerza con los brazos para mover las ruedas, frente al umbral de la entrada a un banco, para depositar el dinero cobrado en un seguro por accidente.
14. Con unos colegas mal afeitados, jugando póker, iluminados solamente por una pequeña vela, rodeados de humo.
15. Vendiendo billetes de la ONCE en una caseta de color azul.
16. Mirando a los Beatles en directo, pero con la imposibilidad de escucharlos a causa del ensordecedor griterío de las fans.
17. Tomando el té con mi nueva suegra, poniendo cara de yo no fui.
18. En un autobús a punto de arrancar, mirando las caras de la gente que llora allí fuera, caras que nunca más volveré a ver.
19. En el asiento trasero de un jeep, preparado para el relevo de los soldados que murieron en el frente de batalla.
20. En la clase ejecutiva de un vuelo de American Airlines con destino a las islas Mauricio.
21. En una butaca de la barra del Apolo, intentando ligar con una guiri.
22. En la sala de espera del dentista, escuchando los desgarradores gritos del pobre señor que entró antes que yo.
23. En el pasillo junto a la sala de partos, escuchando el llanto de un bebé recién nacido. Quizás sea mi hijo.
24. Volviéndome a poner los dolorosos zapatos de tacón, a las seis de la tarde, después de terminar los aburridos informes que me encargó mi jefe.
25. Tejiendo unos zapatitos rosas para esa niña que trae mi hija en brazos, y que aún no conozco.
26. Cantando con unos enormes auriculares frente a un enorme micrófono, en un enorme estudio, frente a un enorme vidrio con un técnico de sonido detrás, que regula los botones de una enorme consola.
27. Aguantando las ganas de estornudar en el panel de un importante congreso organizado por las Naciones Unidas.
28. Sentado junto al presidente de un país musulmán, firmando el alto el fuego por tiempo indeterminado.
29. Frente a un piano, tocando una pieza de Strauss.
30. Escuchando las confesiones de mi paciente, que está acostado en el diván.
31. En una tumbona mirando el color de las cometas de los niños que juegan en la playa.
32. En una tumbona, mirando a unas rubias haciendo topless.
33. Chateando horas y horas en el MSN con el amor de mi vida (versión de él).
34. Chateando horas y horas con el tío que se va a casar conmigo para hacerme los papeles (versión de ella).
35. Con la silla dada vuelta, viendo las telarañas.
36. Espalda al suelo, contando la cantidad de mocos que hay pegado debajo de la silla.
37. Con la cabeza hacia atrás, totalmente relajado, escuchando el último disco de Sigur Ros.
38. Fumando una maría con pipa, con las piernas abiertas y los brazos caídos.
39. Durmiéndome en la clase de geografía.
40. Con la chica que me gusta sentada en mis rodillas, haciéndome el amigo pero, con disimulo, oliendo el aroma de su cabello.
41. El poeta, derrotado y abatido, que escribe el último poema de su vida, pensando que eso no es lo suyo.
42. En un locutorio, llamando por teléfono a Ecuador, felicitando a la madre por su cumpleaños.
43. Frente a un piano, tocando una pieza de Bhetooven.
44. Gritando desesperado en el primer asiento de un autobús, viendo a ese camión que viene de frente y que no tiene intenciones de frenar.
45. En un estadio de fútbol, con la cabeza entre las manos, pensando que nunca más iba a volver a pagar para ver a esos once desastrosos.
46. Sin que los jefes lo vean, girando y girando en una silla de oficina, recordando lo divertido que es hacerlo.
47. De pie, ensayando un suicidio.
48. De rodillas, ensayando un suicidio un poco más complejo.
49. De rodillas, ensayando una nueva forma de rezar.
50. De rodillas, ensayando una nueva postura sexual.
51. Frente a una batería, tocando el solo de la canción The Mule de Deep Purple, en Japón, año 1973.
52. Frente a un piano, tocando una pieza de Puccini.
53. Aunque parezca imposible, intentando mantener la mente en blanco, no pensando en nada, bien acomodado en esa cómoda silla del Ikea.
54. Tomando mate amargo y agua bien caliente con una persona que acaba de preguntarle “¿Qué estás fumando?”
55. Jugando al ajedrez con un ordenador llamado Deep Blue.
56. En el asiento del Apolo XII a punto de pronunciar una famosa frase al centro de control de Houston.
57. Frente a un microscopio, viendo cómo bailan las bacterias.
58. Tomando whisky para olvidar.
59. En una cena romántica, mientras hurga en el bolsillo de su chaqueta le dice a la mujer de sus sueños la trillada frase: “¿Te quieres casar conmigo?”
60. Bostezando.
61. Intentando apartar con una mueca absurda la gota de sudor que baja lentamente desde mi frente, mientras comparezco sin muchas convicciones en este absurdo juicio, ante una horda de abogados.
62. Junto a la profesora de ruso que me explica las seis declinaciones del idioma, con total cara de desconcierto.
63. Aburrido, el nuevo empleado sella y sella detrás del mostrador de la oficina de Correos.
64. La empleada de al lado, contenta por ver que tiene como nuevo compañero de trabajo a un chico tan guapo, y que sella tan pero tan bien.
65. Un sacerdote que no escucha demasiado y dice lo mismo ante los pecados de sus fieles, en ese viejo confesionario.
66. Frente a un piano, tocando una pieza de Brahms.
67. Intentando dormir para amenizar la espera en la estación de Sants.
68. Llorando con desconsuelo frente a una gran caja de madera.
69. Contento, ilusionado, temeroso, escuchando a la maestra en su primer día de clases.
70. Conduciendo una Ferrari, acelerando en las curvas, camino al casino de Montecarlo.
71. Recordando sus primeros amores mientras lee una novela de Corín Tellado.
72. Acomodando el culo mientras escucha los consejos del profesor de ergonomía pagado por la empresa en la que trabaja.
73. Decepcionado, cierra ese libro de su autor favorito que tanto esperaba, pensando que ya no es más su autor favorito.
74. Nervioso, con profundo dolor de ojos y tras años de experiencia, reparando un reloj muy, muy, muy caro.
75. Totalmente harta de las quejas de los clientes, tras la caja de una sucursal del Condis.
76. Feliz porque hoy es su último día de trabajo, tras la caja de una sucursal del Caprabo.
77. Sorprendida por haber dado la pincelada justa en esa obra que le llevó ocho meses de trabajo. La última pincelada.
78. Leyendo La Razón y diciendo que sí con la cabeza.
79. En un sitio privilegiado del Gran Teatro del Liceu, habiendo disfrutado tres horas el virtuosismo de ese fantástico pianista.
80. Escribiendo con prisas un nuevo y absurdo post en este absurdo blog. Con prisas no por haber sido invadido por un rapto de inspiración, sino porque la batería de mi ordenador está a punto de agotarse.

(Refrito, pero vale –más cuando el cerebro deambula por carriles inciertos...–).

Wednesday, 22 April 2009

Crónicas de una tarde lisérgica...


Hoy por la mañana vine a comprar aquí. Yo sólo quería medio kilo de entrecot. Pero los dependientes, la cajera, e incluso los clientes que esperaban, todos me espetaron una mirada amargada, seca, triste... "Qué gente lúgubre", pensé; "qué infelices se ven". Hoy es domingo. Espero que nadie haya visto el acto de vandalismo que acabo de cometer. Pero ese cartel necesitaba un pequeño ajuste.


¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Veinte, treinta, cuarenta minutos? No, creo que estuve más de una hora mirando ese reflejo cóncavo. Sí, habrá sido una hora de estar ahí de pie... Ahora voy en este bus camino a casa, y estoy indignado con la alimentación que lleva la gente de este país. ¿Tantos gordos hay? Hasta yo mismo me veo mofletudo tras el reflejo de la ventana. Mierda...


En determinado momento de mi larga caminata me detuve frente a esta imagen. Me postré ante ella, recé, oré, pedí milagros. Esa cruz hace milagros, yo lo sé, lo he podido comprobar. Al menos en mí, venerar esta santa cruz me ha deparado momentos de gloria, de salvación eterna. Grité aleluya frente a esta cruz, mientras las señoras con sus carros de compra, las chicas con sus móviles y los abuelos con sus perros pronunciaban improperios al pasar a mi lado. Improperios que no me atrevo a reproducir por respeto a ésta, mi santa religión. Perdónalos padre, no saben lo que hacen.


Definitivamente, las estrategias de venta de las empresas constructoras desprecian el entendimiento humano. ¿Se creen que somos estúpidos? Ahora nos quieren hacer creer que con el arte y con la sensiblería barata y cutre caeremos en sus redes. Pero a mí no me pillan esos degenerados. ¿Se piensan que no me he dado cuenta de esa V-Grúa? Claaaro, V de Vivienda, V de Venta, V de Venga y aproveche. No Voy una mierda, malditos Vividores, Vacíen sus Vomitados Vestigios de Vulgaridad y déjennos Vivir. ¡Vasuras!


Después de un rato de tanta caminata aparece el hambre. Y es un hambre voraz. Mientras esperaba en la cola de esta verdulería para pagar las dos cebollas que había comprado, me sentí en el derecho de coger un puñado gratis de estas aceitunas. Minutos después me vi en la calle siendo expulsado a patadas por el dueño de la verdulería. Sólo recuerdo el "¡Fuera de aquí, imbécil!" que me gritaba el señor verdulero. Y mis gritos con la boca llenas de aceitunas gritando algo así como "¿Qué significa 'Assorit'?".

Ich bin...

Sie sagen, dass das Leben ist es, das Glück. Das Glück besteht darin, dass ein Kind mit Spielzeug, unterstützende Eltern, dann in einer Karriere, treffen ein Mädchen oder ein Junge zu kochen einfach und respektabel, verheiratet, Kinder haben, erhöhen sie besser als Sie, was Ihre Eltern, die Sie, Scheidung, zu wissen, eine Person, 15 Jahre jünger als Sie, haben einen Sohn, verwöhnt, fühlen sich alt, in Rente gehen, mit Krebs und sterben, um zu sehen, in einem Lager für ältere Menschen ...

(Hay días en los que ni yo me entiendo...)

Sunday, 19 April 2009

Un corto: Escaleras

Un cómic: La búsqueda infinita



(Clic en la imagen para ampliar)

Friday, 10 April 2009

¨ .· ·. : :·




El ciego alzó la vista y percibió nubes en el cielo, montones de nubes que se reflejaron en sus pupilas fantasmales. Bajó la cabeza y siguió escribiendo: “Tenemos que hacer lo que esté en concordancia con el tiempo y el momento que vivimos. Si estamos enamorados, no debemos pintar noches oscuras; si nos empapamos bajo la lluvia mientras nuestro corazón llora de dolor, es incongruente imaginar arco iris de chocolate, mariposas que sonríen, pájaros que nos miran y nos saludan. No. Si vemos todo salado, no podemos escribir dulce… Los tiempos de la vida son procesos, etapas, momentos, instantes, que van, que vienen, se regeneran evaporan y vuelven a caer en gotas y se transforman en objetos, sujetos, sufijos, sonrisas. Hoy hay sol, mañana volverá a llover y los días serán tristes, nos suceden cosas que no quisiéramos que nos sucedan y nos lamentamos por los momentos malos que nos tocan vivir, pero si no existieran esos instantes malos no existirían los buenos, si no hay días de lluvia jamás habrá sol. Por eso me encantan los días nublados, no son ni tristes ni felices, son días punto medio, de paz, y lo mejor de todo es que son días que me motivan a escribir cosas como éstas. Yo soy el día nublado que ahora mismo imagino tras mis gafas”.

Sunday, 5 April 2009

Pase el que sigue


Tenía el cabello más pegoteado que nunca, la ropa hecha jirones, las axilas apestaban, las piel de sus pies quebrada de tanto arrastrarlos sobre la piedra, los ojos que goteaban marrón tras ver algo de luz después de tantos meses de encierro, los brazos atravesados por cortes culpa de la reja que no le permitía escapar de la viga con la que intentó colgarse de la cama sin colchón sólo una lámina helada de metal, las costillas les sobresalían, las pantorrillas como rama de rosal, los dedos eran lápices sin punta, cuatro dientes menos, corazón sin freno tum tum tum tum, la mano del verdugo que seguía tirando de ese cabello pegoteado a lo moco espeso, él que agachaba la cabeza y caminaba rápido para no caer, pero qué importaba tum tum tum tum, si pronto todo se acabaría, o comenzaría depende como se mire, qué peste de esas axilas, los otros presos que no hablaban solo miraban, lo compadecían lo admiraban lo envidiaban, el verdugo que mueve su brazo gordo instintivamente, el condenado que cae de cara sobre el suelo de piedra, un diente salta hacia cualquier parte, la sangre que chorrea, de qué sirve gritar de dolor, el ojo ya ni sangra, el verdugo que se gira tum tum tum quién mierda te crees no te vas a salvar ni tirándote a una piscina de ácido levántate cachomierda, los otros presos que cada vez miran con más indiferencia, pero qué pelo más pegoteado, allí está la guillotina, es sólo un segundo de dolor, peor hubiera sido la horca que son cuarenta segundos los conté cuando murió Lindson, tumtumtumtum, ponte aquí desgraciado, ni se mueve, se entrega el pobre, que flaco está dios mío, si hace una semana no como, el filo brilla, el verdugo el director del penal el fiscal la madre de alguien, Foster Dickson García Wong salud amigos, tumtumtum el filo la madera sobre mis muñecas y mi cuello astillas me pinchan, que madera más mala, dios te tenga en la gloria hijo mío el filo el verdugo uno dos tres en el nombre del padre el filo del hijo el filo del espíritu santo tumtumtum filo filofilofiloswiiishhhh pero tanto lío para esto que rápido todo, estos franceses sí que son prácticos pase el que sigue, que flaco que me veo de lejos, párenme, quiero dejar de rodar rodar rodar ahora sí todo se detiene, que hermoso día de sol que hermoso día de sol hermoso día sol sol sol...

Tuesday, 31 March 2009

Her Morning Elegance / Oren Lavie

Tuesday, 24 March 2009

Putas

"Si Dios le dio un clítoris a la mujer es porque Dios quiere que las mujeres tengan orgasmos". PILAR

"Cuando hago el amor no pienso. El antiorgasmo es pensar". MAYRA

"El orgasmo es empezar y terminar algo". MARTHA

"Las mujeres le tienen miedo a la puta que llevan dentro. ¿Y quién es la puta? La que le gusta que se la metan, a la que le gusta que la posean, a la que le gusta poseer". LORE

"Yo le doy gracias a Dios por haberme infectado de VIH. Me ha traído cosas muy buenas. Yo he podido tener orgasmos gracias al VIH". MARI

(Comentarios recogidos en alguna sucia callejuela de México DF, o a la salida del Liceu de Barcelona, o frente al Café di Fiore de París, o en una cena de gala en Chicago, o frente a la Chiesa della Annunciazione de Milán).

Wednesday, 18 March 2009

Veinte estúpidas maneras de perder el tiempo

1. Intentar recordar el sueño de la última noche. Si el sueño no vuelve a nosotros, es que no vale la pena recordarlo.
2. Rezar.
3. Besar mirando a los ojos (o lo que es lo mismo: no besar con los ojos cerrados).
4. Mirar un día de sol a través de un espejo.
5. Matar el tiempo matando gente.
6. Añorar.
7. Arrepentirse.
8. Hablar sobre sexo. El sexo no se creó para que se hable sobre él.
9. Escribir cartas de amor y esconderlas en un cofre. En ese caso, quemar el cofre: es como si las cartas se hubiesen enviado.
10. Corregir varias veces un poema. Si a la tercera vez crees que tienes que volver a corregirlo, es que ese poema no sirve. Destrúyelo.
11. Suicidarse arrojándose desde un edificio. El tiempo que transcurre desde que saltas hasta que tocas el suelo es absolutamente inútil. Mejor, una bala en la sien.
12. Intentar comprender el mundo leyendo a Nietzche. Nietzche no quiso hallar la respuesta al mundo con su obra, simplemente buscó jodernos la vida.
13. Dejar mensajes en el contestador (ésta es, particularmente, la forma más estúpida de perder el tiempo).
14. Mirar cine mudo siendo ciego.
15. Comenzar algo importante un domingo por la tarde.
16. Hacer cualquier cosa un domingo por la tarde.
17. Tener la idea de que perder el tiempo es algo improductivo, cuando lo improductivo es perder el tiempo pensando que se pierde el tiempo.
18. Desandar camino.
19. Escribir un estúpido listado como éste.
20. Leer un estúpido listado como éste.

Monday, 16 March 2009

Examen de Historia



“La llamada crisis del siglo XIV sumió a la sociedad europea en una crisis de la que hubo de esperar siglos para recuperarse. La población descendió a causa de la peste negra a niveles nunca antes vistos, la economía quedó enormemente dañada y no puedes hacerme esto, Mario, quiero estar contigo, no puedes dejarme, ya mi vida no tiene sentido sin ti, en ese momento la Iglesia Católica instó a sus fieles a que se sumara a las filas armadas para comenzar con la campaña que denominaron Cruzadas, y miles de personas es que no lo entiendes Mario, te amo, mi corazón late gracias a ti, no soy nada, no existo, no sirvo, cuando los Cruzados llegaron a Tierra Santa, jamás supusieron que iban a encontrarse con tal férrea resistencia de parte de las fuerzas de Mario, vuelve, por favor, te necesito, de verdad…”

Thursday, 12 March 2009

Un cuento: Quiero tener tu mano


-Qué bueno, toda la casa para mí.
Alberto dejó caer la púa en el primer surco, orgulloso por el sistema neumático que la hacía bajar de esa forma tan suave. Era un placer verla bajar. Se escuchó un “pic”, un ruido como de papel de regalo arrugándose, unos arpegios y Blackbird singing in the dead of night… Alberto se desplomó en el sofá de felpa rojo, apoyó la cabeza en el respaldo y miró hacia el techo. Expulsó un suspiro que lo dejó sin aire. Ahí, en el techo, las manchas de humedad habían sido cubiertas con posters de Dylan, de Pink Floyd y de Los Gatos; las paredes eran propiedad exclusiva de los Fab Four. Alberto frunció la nariz, el olor a pie que brotaba de entre los almohadones del sofá salió disparado hacia su olfato como dardos venenosos. Menos mal que aún tenía algo de incienso. Sobre la puerta de entrada, junto al dibujo en tiza de una enorme flor multicolor, un reloj marcaba las seis y cincuenta de la tarde.
–Qué bárbaro, no lo puedo creer: hoy la casa es toda mía.
Blaaaaackbird fly. –respondió McCartney desde el surco.
Suerte que Luis, su compañero de piso, se había ido a pasar un fin de semana al Tigre con su chica. “Con la del mes de abril”, subrayó. Y, obvio, también con su guitarra. Alberto estuvo toda la semana insistiéndole para que le enseñara, al menos, los acordes de Help o de Nowhere Man, que eran tan fáciles.
–Quedáte tranquilo, Beto, no te hace falta para el sábado. A Martita ya la tenés en el bolsillo.
Él no estaba tan seguro. El miércoles pasado, al salir de la clase de Antropología, había conseguido acumular todo el atrevimiento que le permitió su inseguridad para agarrar del brazo a Marta y girarla hacia él.
–Hola Marta, perdoná… Sabés que…
–Ah, sos vos, Beto. ¿Cómo andás?
La mandíbula de Alberto parecía de gelatina. El giro provocó que del cuello de ella brotara un hechizante perfume a claveles. Alberto dibujó un camino invisible con su mirada, que siguió el recorrido de su pelo negro cayéndole sobre los hombros. Incluso percibió el rayo de luz proveniente del foco que dominaba el aula y que aterrizaba en sus labios carnosos. Los ojos azules de Marta lo interpelaron. Alberto empezó a desesperarse. Vio un cartel en el pizarrón: “26 de abril, examen de Inglés”. Alguien pasó a su lado con una camiseta que decía Abbey Road. Por fin chasqueó la lengua.
–Marta, sabés que… que… me cuesta un montón Inglés. No sé nada para el examen. ¿Podrás venir a casa a darme una mano?
–¿A tu casa? ¿Por qué no quedamos en la cafetería de la facu?
Otra vez la gelatina entre los dientes.
–Porque… porque quería hacerte escuchar el último de los Beatles, me lo compré ayer, sabés.
Sus neuronas descifraron la fórmula perfecta. Se envalentonó.
–Y de paso me ayudás a practicar para el examen. Qué mejor que con Lennon y con McCarney como profes.
La sonrisa de estúpido que Alberto había puesto al escuchar el “Ok, sábado a las siete” de Marta, era más pronunciada que esa que lucía frente al espejo de su piso, mientras la esperaba y se acomodaba los rulos. “Malditos rebeldes, ni con fijador se quedan quietos”. Sea cual sea el tipo de sonrisa, nunca podía evitar mostrar los dientes. El salón aún olía a pie concentrado, pero el humo del incienso –que ascendía danzante junto a la luz roja de la lámpara de lava– estaba a punto de ganar la encarnizada batalla. “Las minas tienen ese sexto sentido –se dijo, aún frente al espejo–. Se dan cuenta enseguida cuando un chabón está caliente con ellas. Actuá con astucia, Beto, con astucia. ¿Entendiste?”.
Fue hacia el tocadiscos. Sobrevoló el dedo índice por su pila de vinilos. Sus dientes volvieron a ver el exterior.
–Qué bárbaro. Hoy la casa es mía, sólo mía. ¿Con qué la recibo? Can’t buy me love. Sí. Buena entrada. Nunca falla.
…you will always waiting for this moment to arise…–replicó McCartney desde el surco.
Blaaaackbird fly… –concluyó Alberto, mientras apoyaba la púa con lentitud sobre el nuevo disco. Justo en ese momento sonó el timbre.

–Hola Beto. Perdoná la tardanza. Espero tener tiempo para explicarte algo para el examen. Mirá que a las nueve tengo que irme.
Alberto iba a responderle antes de invitarla a entrar, pero le tembló la mandíbula y se quedó callado. “Como un pelotudo”, pensó. Nunca la había visto tan hermosa. Le pareció que tenía peinado nuevo. Luis le había dicho más de una vez que a las mujeres les encanta que se lo hagan notar.
–Fuiste a la peluquería.
–No, ¿por qué?
–Mmmno, por nada.
La hizo pasar al salón en el instante preciso en que el incienso se había fagocitado el olor a pie. Se apresuró en enderezar los libros de inglés que había puesto torpemente sobre la mesa frente al sofá, para simular que estaba estudiando. Marta lo miró y le regaló media sonrisa.
–Me engañaste Beto. Íbamos a escuchar Abbey Road y estás con A hard day’s night.
Para ahorrarse de responder, la invitó a sentarse en el sofá rojo. La ayudó a sacarse el abrigo y aprovechó para pasarle la yema de los dedos por los hombros. La púa saltó al siguiente surco.
–Yo creo que la clave del examen serán los phrasals. Podríamos empezar por ahí. ¿Sabés lo que son los phrasals?
En el viaje en colectivo para llegar hasta el piso, Marta se había tomado el trabajo de elegir varias canciones de los Beatles que contuvieran “¿Lo qué?”
Phrasals, Alberto– replicó ella, sospechando que en esa hora y media iba a ser muy difícil que su alumno consiguiera entenderlos–. Son verbos combinados con preposiciones o adverbios, indispensables para tener un inglés fluido. Si a vos también te gustan los Beatles, pensé que escuchar algunas canciones y detectarlos sería la mejor manera para que los recuerdes.
Marta se arrellanó en el sofá y sacó unos papeles de su bolso.
–Veo que tenés todos los discos. Poné Help, vamos a empezar con Yesterday.
Alberto obedeció, sus movimientos se habían vuelto lentos, como la púa, y ahora disfrutaba de esa gelatina entre los dientes. Dientes que se dejaban ver hacia fuera y se secaban a la intemperie. Se levantó hacia el tocadiscos sin poder despegar la vista de ella. Aparentemente Marta estaba hablando, pero él sólo tenía oídos para los ecos de sus pensamientos: “Perfecta, es perfecta. Linda, inteligente y le gustan los Beatles.”
–Che, nene ¿me estás prestado atención?
Advirtió que el olor a incienso empezaba a disiparse. Se apresuró en encender otro. Al lado, la lava de la lámpara se movía inquieta y proyectaba su sombra encima de una cortina naranja que impedía el paso de las luces de afuera. Allí fuera la noche lo había invadido todo. “Pic”: la púa cayó en el momento justo.
Yesterday, all my troubles seemed so far away.
Al volver al sofá, aprovechó para sentarse aún más cerca de ella. Marta olvidó por un rato su papel de profesora y lanzó un gemido que se acopló a la melodía. Permanecieron en silencio hasta que acabó la canción. En el último verso, los tres, Alberto, Marta y Paul, susurraron:
I believe in yesterday…
Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, esa improvisada clase de Inglés pasó a convertirse paulatinamente en un pase de canciones a demanda, una detrás de la otra. Because, She Said She Said, Lady Madonna… De vez en cuando, ella señalaba “ahí, ¿escuchaste? Ahí hubo un phrasal”, pero sólo para mantener las formas. Ticket to Ride, Dear Prudence, Eleanor Rigby… Él estaba más preocupado en seguir el movimiento de los labios de ella al tararear que en escuchar la música. Sospechó que era una mirada bastante lasciva y, sonrojado, volvió a repetirse: “Astucia, Beto, astucia”. I Want to Hold Your Hand, Michelle, Strawberry Fields for Ever
Alberto recordó que aún tenía cervezas en la heladera, quizás sobrevivientes de alguna fiesta: el néctar ideal para humedecer la garganta de Marta, seca de tanto tararear y suspirar. A unos metros, el segundo incienso se extinguía. La lava seguía bajando y subiendo. El tictac martillaba con suavidad. Ya nadie se acordaba de los libros de Inglés.
Marta citó la frase que salía del altavoz.
Hey Jude, don’t make it bad… Me alucina la sutileza de McCartney. Esa dulce sutileza de McCartney. –repitió.
Alberto mostró sus dientes, hasta los premolares casi. Infló el pecho y retrucó:
–¿La sutileza de McCartney? A mí me matan los versos de Lennon: Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see…
–Beto, tenés buena pronunciación en inglés –puntualizó ella con cierta complicidad–. Me parece que vos no necesitás profesora particular.
–Es que aprendo muy rápido.
Cuatro fueron los segundos que se miraron sin decirse absolutamente nada, sin respirar siquiera. Cuatro segundos eternos, uno, dos, tres, cuatro, señalados rigurosamente por el tictac del reloj que, junto a la flor multicolor y de espaldas a Marta, marcaba las nueve y treinta de la noche.
Alberto salió de su trance, saltó del sofá y volvió al tocadiscos.
–Al final se nos pasó la tarde y no puse Abbey Road. No puedo dejarte ir sin que al menos escuches el segundo tema.
Marta dejó caer los brazos, los hombros y empezó a acariciar suavemente la felpa del sofá rojo. Sonrió con ternura al ver la forma en que Alberto empujaba hacia abajo, con evidente nerviosismo, la púa del tocadiscos. No había caído en la cuenta de que ese segundo tema era el que tanto la emocionaba. El tipo de canción que Marta consideraba propio, escrito exclusivamente para ella, el que debía ser la banda sonora de algún momento mágico de su vida.
Alberto regresó a su lado y sonaron los primeros acordes. Unas hormigas de pies de seda atravesaron en una milésima de segundo toda la epidermis de Marta. No pudo evitar cerrar los ojos e hinchar sus pulmones de aire. Something in the way she moves, attracts me like no other lover. Su oreja recibió el cálido aliento que desprendían las palabras de Alberto.
–Aprendo rápido, ¿viste?
Por fin el reloj se detuvo. Los labios se aproximaron hasta casi tocarse.
–Ay, Beto…
–Marta, my dear


Una vez leí por ahí que el paso del tiempo emborrona los recuerdos, los modifica cada vez que se los evoca. No sé si ese momento fue tal cual lo acabo de describir, o forma parte de esas fábulas fundacionales que uno no sabe con certeza si existieron. Qué importa en realidad. Lo cierto es que escuché tantas veces esta historia de boca de mis padres que, la verdad, no estoy seguro si agradecer que estoy acá a la astucia de papá, a la inocencia de mamá, a los versos de Lennon o a esa dulce sutileza de McCartney.

Monday, 2 March 2009

Sin comentarios


Recibir comentarios en este espacio es como despertarme en la playa de la isla desierta que habito desde hace veintitrés años... todos los amaneceres iguales, hermosos, pero siempre igual de hermosos. Espinosamente hermosos. Despierto, como siempre, con la arena pegada en la cara, ya sin siquiera pensar en que un barco me venga a rescatar, sólo planeando en afilar la punta de mi flecha para cazar algo para el desayuno. Bah, para la cena. Y cuando me incorporo, estiro los músculos y me sacudo la barba para quitar la arena, tropiezo con una botella que dentro lleva un mensaje enrollado. Sorprendido, me alegro de saber que podré tener contacto con algo del mundo exterior, después de tantas décadas. Pero dudo durante minutos. Dudo durante horas. Así pasan los días, las semanas, los meses, pero finalmente no abro la botella ni leo el mensaje. Lo único que me queda en esta isla es la expectativa de que tengo un mensaje por leer proveniente del mundo exterior. La expectativa es, ciertamente, más importante que el mensaje mismo...

¿Leeré los comentarios recibidos en este post? ¿O preferiré quedarme con esa intriga que me hace latir más fuerte el corazón?

Monday, 23 February 2009

Zaguán, Aurelio, Glenda

La luna no fue testigo de ese hecho, pero sí el viento. La mano de Aurelio esperaba su turno para entrar en escena, mientras su lengua exploraba aquellos dientes ajenos y empujaba hacia en interior la masa de carne ensalivada que danzaba como serpiente encantada, poniendo más resistencia de la que él había imaginado. Frotó el pulgar contra la aspereza del denim, como anticipando el hecho, y tras varios minutos de duda aprestó a hundirse en la oscuridad de la falda florida. Sus yemas dieron con unos muslos cálidos y blandos que, de manera instintiva, se contrajeron. Pero hasta la más pequeña de sus falanges estaba decidida, y Aurelio siguió explorando la textura sedosa, tremolante, mixtura húmeda de telas y carne. La consistencia era toda una tentación para apretarlas, tal como hacía los días previos a un examen con la pelota de goma que guardaba en el segundo cajón del escritorio. Un destello que llegó de fuera del zaguán, quizás un coche que giraba, le regaló la imagen de unos ojos negros y entrecerrados. Sin embargo sólo se llego a ver el iris blanco, oculto tras pestañas largas que aleteaban. El corazón de Aurelio carreteaba en la pista y decidió despegar. Su índice y su pulgar encontraron una hebilla que colgaba sobre una minúscula pila de dientes de metal. Todo temblaba, la falda, las carnes, el índice, el pulgar, las dos lenguas que bailoteaban dentro de una de las bocas. Una gota de saliva se lanzó al vacío desde alguna de las comisuras y aterrizó en la punta de un zapato negro de tacón que era flanqueado por dos zapatillas azules. Por fin un ruido rasposo y raído, aunque lento. El índice y el pulgar dejaron libre la hebilla que siguió colgando, aunque más abajo. Aurelio había llegado al punto de no retorno. A uno de esos momentos que, como todo el mundo piensa, se cree que se llega por propia voluntad. Pero no, nadie llega allí porque uno quiere. Es algo profundo, un impulso ancestral que nadie, absolutamente nadie decide. Algo impreso en lo más profundo de nuestra matriz. Profundo, bien profundo, profundo y carnoso, húmedo y profundo. Como la luna, como el viento, como el grito de Aurelio y el sexo de Glenda.

Saturday, 21 February 2009

La única foto



Cómo no recordar ese momento. Podría haber significado un quiebre en mi carrera. Estaba a punto de participar del concurso que tanto había soñado. Me pasé noches enteras estudiando las características de la luz que podría haber en ese estudio, allí donde nos iban a evaluar para saber si alguno de nosotros, veinte prestigiosos fotógrafos venidos de todo el mundo, se alzaba con el premio. También investigué la tez de la modelo que se había prestado para posar, la velocidad del obturador, el tipo de cámara, los filtros, las cualidades de los otros fotógrafos que participarían en el certamen. Estuve días enteros perfeccionando mi técnica para observar a través del visor. Pero, más que nada, dediqué semanas a ejercicios de brazos, para controlar mi pulso y no mover la cámara que estaría sujetada a mi mano tiesa. Eso de no usar trípode era la regla más extravagante a mi gusto, pero no podía negarme si quería participar de "La única foto", tal el nombre del concurso. Todo estaba listo para ese día tan esperado. Mis colegas e, incluso, varios de mis competidores, me daban claro favorito. Iba a ganar, el premio tenía que ser mío. Sin embargo, no entiendo por qué le permitieron a esa estúpida modelo posar con ese puto gato de mierda. Mi estornudo no sólo salpicó el visor de esa Nikon D2X, sino al mismísimo presidente del concurso, venido especialmente de Japón, que no sabía cómo sacarse el hilo de moco que pendía del bolsillo de su traje. La próxima me pongo un barbijo, aunque no creo que haya próxima...

Un corto: Palomas

Friday, 13 February 2009

Bar La Zafra



Sancho Musafi sentó su pesado cuerpo sobre la madera crujiente de la silla, en aquel bar de la calle Cartagena que sólo había pisado un par de veces. Era una mesa para cuatro, pero el bar estaba casi vacío, así que ningún camarero molesto vendría a convencerlo para que cambie de sitio. Además, ese estar a sus anchas era una ventaja para su trasero de diámetro ecuatorial. Mientras pedía un brandy, vio que en el extremo de la mesa descansaba un montículo de servilletas de papel, apelmazadas, hechas una bola. Pensó de pedirle al hombre del bar que limpiara la mesa, así él podría sentirse aún más a sus anchas. No se había dado cuenta de que no estaba limpia, poco a poco fue percibiendo las migas de madalena del cliente (o clientes) anterior (o anteriores), manchas de café, y unas letras grafiadas como con prisas en las servilletas cuyo destino debía ser la papelera. La curiosidad pudo más que su asco. Antes que viniera el camarero, Sancho se apresuró en abrir esos papelitos y se dispuso a leerlos con el mismo interés que cualquier sexagenaria leería la revista Pronto...
"A los cuatro meses de nacer, te caíste del carrito y te quedó esa cicatriz que aún hoy conservas..."; "El día de tu graduación fue lo más frustrante que te tocó vivir, porque viste cómo tu adorada Mariángeles, tu secreto amor, era besada por el rubio ese que siempre odiaste..."; "Menos mal que esa tarde de 1997 ganaste cinco mil euros en la raspadita, y en el momento justo, porque si no las deudas te hubieran arruinado por completo. Ese día volviste a creer en Dios..."; "Ya decidiste no intentar otra de esas horribles dietas de las revistas para mujeres. Ahora estás pensando volver al gimnasio. ¿Pero quién te despierta a las 8 y media?..."; "A ver si te dejas de hostias y sales un poco más los sábados a conocer gente, en lugar de pasarte la noche mirando páginas guarras..."

El dueño del bar volvió del lavabo, esas alubias le habían caído fatal. El bar seguía tan vacío como antes, o incluso más. En la mesa donde estaba ese cabizbajo obeso -que nunca había visto por allí- el brandy se había derramado y goteaba en el suelo, la copa rota, la silla tirada en el suelo, una chaqueta ancha como una carpa tirada también por allí, manchada también de brandy, la puerta del bar abierta que dejaba pasar el gélido viento de enero, y unas servilletas sucias que volaban desparramadas por los rincones de ese triste bar que, debido a la poca venta, seguramente cerraría en un par de meses.

Tuesday, 10 February 2009

Los deberes hechos a las cuatro y media, ¿ok?

Una C, sí, la recuerdo… Ce y u… Cu... Cuan. Cuando… Basta, ya no aguanto esto. Ya sé que Katerin me ha dicho paciencia, pero no puedo, la verdad que no puedo. Quiero tirar a la basura esta mierda de libro, ni siquiera sé de qué va. Y me quiero escapar de este internado, de esta sala tan… blanca y llena de eco. Y volver a casa, odio a todas las institutrices gordas que me llenan de órdenes cada día, odio el olor de la cocina que viene de allí lejos, odio el bigote del director. Sólo han pasado dos meses, pero siento que fueron dos años. Quiero echarme en la hierba del parque a la vuelta de casa, caminar libre, sentir el sol que me calienta la piel, el rumor de las hojas, las caricias del viento... Necesito volver a sentir todo eso otra vez. Pero no me atrevo a salir, no todavía, ahora no soy capaz de nada. Bueno, por dónde iba... Cuando… tenía… seis años… coma… vi una… vez una imagen magnífica…

Mi cabeza es un mapa. Lo descifro a cada segundo, ahora soy consciente de signos que antes me eran absolutamente imperceptibles, ¿todo esto me estaba perdiendo? Reconstruyo lo que me rodea y me encanta, porque lo fabrico como yo quiero. Fabrico el mundo a mi gusto y de esa forma el mundo acaba siendo mucho, pero mucho más mío. Uno puntos, uno detrás del otro. Todavía soy dueño de las imágenes de aquellos sitios que frecuentaba, la esquina o mi habitación, y aún puedo recordar dónde están ciertos obstáculos y escalones. Ahora pienso que lo bueno de esto es que todos los lugares que conocía siempre seguirán igual en mis pensamientos, nunca envejecerán, esté donde esté. Seré dueño para siempre de este mapa.

…una imagen magnífica en un libro sobre la Selva Virgen que se llamaba… comillas… Historias vividas… Comillas. Claro, Exupéry. ¿Pero no había algo más para adultos? Vale, estos tres puntos, un signo de interrogación, aha. Joder, y este punto es una “a” y no una coma. Todo otra vez.

Oh no, debo darme prisa. Si se entera que aún voy por la primera página se va a enfadar. Y ya sé que siempre que se enfada escupe al respirar. Así que prefiero mantenerla alegre a mi querida institutriz. Las personas… mayores me… aconsejaron dejar de lado… los dibujos de serpientes… boas abiertas o ce…rradas…

No puedo sacarme de la cabeza el sueño que tuve hace dos días, no, sacudo la cabeza pero no se va. De repente me vi flotando encima del sol, me elevé y toqué los rayos que no ardían sino que acariciaban; lo abracé al sol, lo bajé a la Tierra y le pedí que me iluminara sólo a mí. Y al despertar permanecí durante horas allí dentro, en el sueño. Un sueño en el que poco a poco empezaron a entrar personajes cotidianos de esta vida nueva, de personas que frecuento en este instituto, y las paredes se metieron en el sueño, y también Katerin, la gorda de la limpieza y el bigote del director, yo estaba despierto y el sueño seguía, además era un sueño muy yo, tocaba todas las cosas y me parecían increíblemente reales. Estos puntos, este libro, creo que sigo soñando.

Y aún rebotan en mis paredes la voz de Katerin que me dice que aproveche, que ahora todo se reformula, que a ella también le pasó, que ahora el frío es verdaderamente frío, que en nuestra condición anterior no teníamos ni idea de lo que era el frío, ni tampoco del sabor de las fresas, me dice que ahora realmente descubriré el sabor de las fresas, y también me habló de los minúsculos surcos en la manga de mi jersey, y me di cuenta, los sentí, los leí. Pero a veces flaqueo, como ahora, no sé si voy a poder, no tengo la paciencia que ella me pide, Mi dibujo… no repre…sentaba… un sombrero… re…presentaba… una ser…piente boa que dige…ría un… elefan… te, creo que voy a terminar de leer esto cuando sea un viejo que pide limosna en las iglesias, y para colmo allí a lo lejos viene Katerin a preguntarme, seguramente, si ya he leído la primera página, no, definitivamente no voy a poder con esta oscuridad. ¿Pero cómo sé que es Katerin la que viene?

Friday, 23 January 2009

8:30 AM




Discover Caroline Loeb!


Pero es que nunca han visto a una mujer en minifalda esos dos de ahí. Aunque el de la derecha está bueno. ¿Dónde dejé el delineador? Año nuevo, vida nueva, por fin he decidido cuidarme más, prestarme más atención, si estiro los labios así mientras miro al moreno aquel se pensará que le estoy insinuando. Pero el puesto debe ser mío, no puedo seguir con ese sueldo cutre, la entrevista es a las ocho y media, tengo tiempo para las sombras en los párpados. Sí, un cortado descafeinado de sobre corto de café y la sacarina por favor, ay podría pedirle unas servilletas de más, no croissant no, se me manchan los dedos de grasa. Pero por favor, dónde está ese delineador, el puntero láser las compresas los chicles el boli y el moreno que no deja de mirarme las piernas ¿y a usted que le pasa, señora, acaso no fue joven usted?

Ahora creo que le debería haber dicho que hoy tengo una entrevista tan importante, bah importante, pero la posibilidad de ganar quinientos euros más sí que lo es. ¿Impresionar yo? Pues sí que tengo hambre eh, no he desayunado, me comería un bocata de beicon, y en esa nevera sólo pizza seca y cervezas a medio beber. Tíos, tíos… Por qué no me habré arreglado en lo de Enrique. Roncaba cuando me fui, y durante la noche sonaba igual que una motosierra, sin embargo no lo desperté para despedirme, ¿y qué si se despierta y ve que me preparo tanto, de dónde saqué esa minifalda, y esos tacones los llevabas en el bolso? Está bien que sea la segunda vez que nos acostamos, pero no sé, me siento bien apoyando la cabeza en su pecho, pasarle las yemas por la espalda. Ay ese delineador. Creo que solamente represento un simple polvo semanal para él, pero por qué siempre me dice de quedar los jueves, este cabrito tiene novia estoy segura de eso. Basta Carmen, no te precipites, dónde está la dirección exacta, esta libreta, Julia siempre me dice que cómo conservo tantas porquerías, hasta el billete del primer autobús que cogí junto a Esteban, aquí está, Conde de Aranda 4, segundo segunda, ¿qué metro me deja?

Coño, estaba apagado el móvil, ¿y si me llaman de la empresa que se retrasa la entrevista? ¿Pero tú te crees que se van a tomar la molestia de llamarte “Sí, con la señorita Carmennnn… Gara…zaberri, que el subdirector general adjunto asociado vendrá unos minutos más tarde, dice por favor que la falda más corta y roja si es posible, tacones sí los más altos que tenga, culo redondo por favor”. A ver el mapa, ay se me han caído más papeles, que guay son los trozos de entrada que andaba buscando, de aquel concierto de Los Planetas con Juan, me tengo que bajar en Banco de España, no, mejor en Retiro.

Gracias, sí, la leche caliente. Podrían hacer más grandes los espejos de estos estuches. Y por qué frunce la nariz esa vieja de allí, que tal si sigue bebiendo su manzanilla y deja de mirarme, señora. Lo que faltaba, el camarero también, pero si no voy tan escotada, ¿que se me ve mucho el canalillo? Si, la verdad que este wonderbra me va a dejar afónica.

Carmen, este tiene que ser tu año.

Por fin encontré el delineador, a ver si me da tiempo de acabar. Tengo que estar perfecta, demostrar lo que valgo. Sí, este año sí. Tengo que conseguir ese puesto, tengo que impresionar a Enrique, tengo que levantarme la falda, tengo que echar una mirada furtiva al moreno antes de irme.

(MP3 del post: Like a virgin, versión de Caroline Loeb).

Tuesday, 20 January 2009

Un corto

Wednesday, 14 January 2009

En exclusiva… el discurso de presentación de mi libro





Discover Padam!



Algo es algo: no tengo libro publicado, pero ya tengo discurso. Éste será mi plan: llegaré tarde a la presentación, muy tarde, justo antes de que toda la concurrencia esté a punto de explotar de furia. Entraré caminando con total despreocupación, con la camisa fuera y rascándome el cuello. Importante no haberme afeitado (ni bañado) en un lapso de diez días. Me subiré al escenario, me sentaré junto a mi editor con insoportable parsimonia, me arremangaré la camisa sudada, pegaré el chicle que mastico bajo la mesa y me dispondré a hablar.

“Buenas noches. Las presentaciones de libros son un completo aburrimiento. Son verdaderamente insoportables. Al menos a mí siempre me aburrieron. Y más cuando se trata de un autor desconocido como yo. Para qué he de aguantar dos horas escuchando a un tío que habla de lo guay que es y de lo buenísima que está su novela, cuando puedo usar ese tiempo leyendo la contraportada, la crítica en el suplemento cultural del día siguiente o, mejor aún, leer el libro mismo. Y de esa manera, si es malo, despedazarlo con fundamento.

Este tipo de eventos son sólo un alimento al ego del autor para disminuir su complejo de inferioridad. Ya que, en general, la motivación intrínseca de comenzar a incursionar en la escritura es porque se tiene un ego demasiado bajo. Y esto lo digo aunque muchos de vosotros ahora estéis diciendo que no con la cabeza. Por su parte, aquel autor que ya ha publicado, que es conocido y respetado, es, por el contrario, de esos que tienen el ego tan pero tan alto que al final escriben libros solamente como excusa para que su editor le prepare una pomposa presentación (con bastante champagne y canapés), y el autor compruebe su nivel de popularidad, que es lo mismo que decir su nivel de ego.

Sé que soy un completo desconocido. La gente que está aquí presente no viene por amor a la cultura ni admiración hacia mí; qué admiración pueden tener, si ni siquiera leyeron el texto de la invitación. Tampoco vienen aquí para ser testigos de un momento memorable. Están aquí por solidaridad. “Pobre… vamos a la presentación de su libro, que le hace tanta ilusión. Y es más, ¿qué tal si lo compramos? Total… son diez euros”.

Pero en definitiva, toda esta absurdidad no es más que una vil y trillada estrategia de marketing del nefasto individuo que está sentado aquí a mi lado. Un tipo al que no le importa realmente lo que se diga o no de esta novelita, él sólo quiere que se hable de ella, que se hable lo que sea. Y por supuesto, que al final todos y cada uno de vosotros se vaya con su ejemplar bajo el brazo, que suene el tintineo de esa caja que está ahí a la salida. Os aconsejo que no compren el libro, os insto fervientemente a que no lo hagáis, porque de esos diez solidarios euros yo sólo veré cincuenta céntimos. De lo único que estoy seguro es que muchos de vosotros se estará sintiendo contrariado, alegre, extrañado, enfadado o perplejo… pero ninguno habrá sentido aburrimiento. Adiós, buenas noches.”


Rodeado de un rumor oscuro, me bajaré del escenario, pasaré por entre el público y levantaré mis dedos mayores. Incluso había pensado en suicidarme delante de las cámaras. Pero no, eso sería mejor hacerlo después de haber firmado un par de ejemplares.

(MP3 del post: Padam, de Les Papillons)

Saturday, 10 January 2009

Comentario escuchado en la puerta de esa iglesia que se ve en la foto


"Elisa... ya no puedo más con esto. Hace cincuenta años que vengo guardando este secreto. Y no aguanto más. Necesito confesártelo, desnudarme, sacarme este estigma que me devora el alma... ¿Te acuerdas de esa cena con amigos que te comenté, la semana anterior a nuestra boda? Bueno, no fuimos a comer paella. Fui de putas, Elisa, de putas... ¡No he llegado virgen al matrimonio, Elisa, no he podido! ¡¡No he podido resistir, Elisa!!"

Y a continuación, sollozos que no me permitieron seguir escuchando, pero sí alejarme un poco para hacer la foto y ver al pobre culpable apartando la mirada acusadora de la pasmada sexagenaria que, a sus espaldas, gritaba algo así como "¿Y cuánto te has gastado, desgraciado, cuánto?"

Friday, 9 January 2009

Racismo


Vergonzoso: Benetton discrimina a los rubios.

Participa y gana. Amén.

Es ampliamente sabido… Los tres monoteísmos odian la vida. Odian al mundo, a la razón, a la libertad, a todos los libros del mundo en nombre de un solo libro.

Musulmanes, cristianos y judíos eligen el temor por sobre el saber, el creer por el pensar, la sumisión en vez del conocimiento, la culpa por sobre la inteligencia.

Es increíble como algo tan absurdo e infantil como la religión haya estructurado el mundo occidental como lo conocemos hoy día. Propongo un juego a los escasísimos lectores de este blog. Supongamos que las religiones monoteístas no hubiesen existido, que Moisés hubiese sido aplastado por una roca, que Abraham hubiera muerto de sed camino a la tierra de Israel y su carroña devorada por buitres hambrientos, o San Pablo hubiera encallado su barca y acabaría masticado fervientemente por los tiburones mediterráneos…

1. ¿Qué papel jugaría la mujer en la sociedad de hoy?
2. ¿De qué manera disfrutaríamos la vida?
3. ¿Organizaríamos orgías semanales en un centro público?
4. ¿Existiría el concepto de culpabilidad?
5. ¿Existirían las prohibiciones?
6. ¿Seríamos más inteligentes y evolucionados?
7. ¿Tendríamos la evolución suficiente como para respetarnos los unos a los otros sin leyes canónicas, sin que nos rijan castigos divinos?
8. Ya que no rezaríamos (porque rezar es no querer ver la verdad)… ¿Indagaríamos, profundizaríamos, seríamos todos físicos cuánticos?


Si usted, señor lector, desea participar de este quiz, le agradezco que me envíe un mail con las respuestas a opus@vaticano.it
Y no olvide añadir su dirección completa, teléfono, grupo sanguíneo, señas particulares y a qué hora podemos ir a visitarlo a su domicilio.

Thursday, 8 January 2009

En el cine

- Jeff, ya he tomado una decisión.
- ¿Cuál, Sam? Dime, ¿qué has decidido?
- Yo creo que lo mejor es SDASCRAMCRUMCHFLOPTRASGMS.
- ¿Pero estás seguro? ¿No crees que sería más conveniente matar a CLUMPFLACSPLANCTROMPLUCH...?
- No Jeff. Lo he meditado mucho estos días.
- ¿Y ahora que hago con mi PLANCRUMCHBLUMSPRANKTRAKBLAM...?
- De eso se encargará FLAMBCLUNCHPRONKCRACKPLUCK...


¡SÚMATE A LA CAMPAÑA!

PÉGALE UN CODAZO AL DESGRACIADO QUE COME PATATAS FRITAS EN EL CINE Y SE PASA TODA LA PELÍCULA HACIENDO RUIDO CON ESE PUTO ENVASE.

¡APOYA NUESTRA LUCHA!

Hoy me siento un hermano Lumiére



¡Vamos! ¡Hey! ¡A ustedes les hablo, espectadores! ¡Salgan corriendo despavoridos de delante de la pantalla! ¿Qué mierda esperan? ¿No ven que viene el tren?

(Lo peor es que no sé si soy Auguste o Louis).

Sunday, 28 December 2008

Y dijo el profeta...


Discover Alain Souchon!


"Al final, el objetivo de la vida, más que hacer feliz a los demás, más que dar amor, es aprender a estar solos con nosotros mismos. Es que todo, absolutamente todo lo que nos rodea finalmente nos abandona: gente, objetos, ideas, proyectos.
La clave de todo es convivir en paz con nuestro cuerpo desnudo."


....
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....

Después de reflexionar durante minutos, cerré ese libro, acabé la botella de whisky y me conecté a internet. Necesitaba algo de pornografía.

(MP3 del post: Bidon, de Alain Souchon)

Friday, 26 December 2008

Una carta


Muy estimado editor:

Le agradezco con calidez la misiva por usted enviada. De hecho, es la primera vez que recibo una carta de respuesta de esta índole. Déjeme decirle que nunca, jamás de los jamases, uno de sus colegas había tenido la deferencia de enviarme una respuesta de negativa a mi remesa. Todo ha sido silencio o, mejor dicho, cruel indiferencia. Después de haber gastado ingentes cantidades de dinero en impresiones a chorro de tinta blanco y negro en la fotocopiadora de la esquina de casa, de acudir una vez al mes a la oficina de correos, de ser atendido cada primer lunes de mes por la misma empleada, una rubia algo excedida de peso llamada Carmen. Después de cambiar y recambiar un punto donde debería ir una coma, de rescribir tres veces el capítulo “La estrella fugaz ha caído sobre mí”. Después de haber gastado ingentes sumas en los autobuses que me transportaron a las editoriales de la ciudad. Tras haberme aventurado a una insensata escapada a Madrid para buscar más editoriales, en donde dormí en cajeros y robé comida en Burger Kings. Tras meses de buscar nuevas direcciones de casas editoras por Google, de llamar para confirmar la recepción del manuscrito, de Carmen la rubia o de encuadernaciones ruinosas, hoy recibo con regocijo su carta de respuesta. Sus dos líneas de negativa me han conmovido, en especial su sincera línea “hemos leído atentamente la novela por usted enviada”, un indicio del esmero que ha volcado en la novela a la que dediqué los últimos seis años de mi vida. Y si bien sentí cierta desilusión al leer la siguiente línea (“sin embargo, dicho manuscrito no encaja con la política editorial de nuestra casa editora”, línea cuya enorme sinceridad me hizo pasar por alto la redundancia cometida), esta frase fue atenuada al continuar con el clásico pero no menos cálido “Sin otro particular, lo saludamos atentamente”. Para finalmente llegar a la firma “Joan Sesoll”… Una firma de puño y letra. Al principio pensé que era de estas cartas automáticas con la firma escaneada, pero después de un minucioso análisis a trasluz pude percibir la presión de la lapicera en la segunda L, o la cadencia cuando escribe la J. Y me convencí de que esa forma de rubricar corresponde a una persona con sensibilidad, a un editor no sólo con sapiencia, sino con una envidiable capacidad de empatía y de capturar la esencia y la verdad última de cada obra que cae en sus manos. Por eso me siento orgulloso de que una persona como usted, con su experiencia y pasión, se haya molestado en robar unos minutos de su preciado tiempo para decir NO a la novela por mí enviada. Es un honor su negativa. Satisfacciones que un autor novel como yo espera con ansias, que lo motivan a seguir creyendo en la literatura. Por eso, señor Sesoll, déjeme decirle que casi he llorado de emoción por ese no. Gracias, gracias, gracias por su NO, señor Sesoll. Gracias.

Sin otro particular, lo saluda atentamente,

Armando Sarragasta

PD: por cierto, estos últimos días le he hablado bastante de usted a Carmencita. Me ha dicho que le mande saludos. Ahí van, pues.

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Tuesday, 23 December 2008

Un corto: Realificción

Monday, 22 December 2008

Mi perro


¿Por qué justo en este momento de mi vida me nace la necesidad de querer tener un perro? ¿Estaré necesitando desviar ciertas emociones hacia cualquier desgraciada mascota, emociones que no puedo depositar en otras cosas que me faltan? Léase novia, esposa, hijo, hija… No tengo dinero suficiente ni espacio en esta sucia buhardilla londinense. Debería cancelar muchos de mis pasatiempos para prodigarle atención al nuevo habitante de la familia, una familia de dos, él y yo. Tendría que llevarlo al Hyde Park para que retoce, darle las vacunas de rigor, llevarlo a que haga pis y caca, enseñarle que no se debe cagar la alfombra, desparasitarlo, comprarle antipulgas… Tendría que reestructurar bastante mi vida, sólo para tener un peludo sujeto que me rasque la puerta al pedirme salir. Y estar más tiempo en casa, porque se sentiría sólo, todo el tiempo encerrado hasta las diez de la noche, hora que regreso del bar en el que trabajo. Y todo para recibir un par de lengüetazos en la cara, unos ladridos que significan “qué tal, hoy te extrañé” o una pata que empuja un plato de plástico apoyado en el suelo para que sea llenado de comida, comida que, como corresponde a un piso de soltero, no son más que sobras. Me complicaría la vida, no tendré novia pero tendré perro. Fue así que un sábado por la mañana visité la perrera municipal.

A Syd le faltaba una pata, por eso nadie lo elegía. Seguramente habrá visto con pasividad cómo sus compañeros de celda rotaban constantemente, unos eran llevados y otros que venían. Generalmente los rubios y de pelo sedoso eran los primeros en volar. He visto cómo un cocker marrón fue dejado allí por un indignado dueño de una perra abusada sexualmente, y en quince minutos otra persona ya lo estaba reclamando para llevárselo a casa. En el otro lado de la jaula, otros perros tenían una etiqueta colgada del cogote. Como los coches, estaban reservados. En el medio de la vorágine canina, de patas que iban y venían, ladridos, pelos que volaban, Syd permanecía allí, impertérrito, viendo a sus compañeros que eran reemplazados por otros. Menos él. Debe ser el más viejo de esa celda, pensé. Confieso que me costó elegir, todos los perros estaban en su mundo, algunos comían, otros robaban la comida al vecino, nadie estaba quieto, ninguno me miraba. Salvo Syd. Sentado en sus patas traseras, apoyando su pata derecha y con el muñón izquierdo colgando, Syd fue el único que me miró. Y movió la cola. Creo que en un momento le llamó la atención los dibujos de mi camiseta, una camiseta con un enorme ojo que decía Pink Floyd. Pasé delante de él, como quien no quiere la cosa, más atento en una fox terrier de pelo blanco con manchitas negras. Syd levantó el hocico y empezó a respirar con más fuerza para llamar mi atención. Al rato, sacó la lengua y se paró en sus patas traseras. Me acerqué a él, le acaricié el hocico. Sentí que me sonreía. Nos miramos un rato largo, él movía la cola con más fuerza que nunca y empezaba a dar saltos. Yo le acaricié la frente y le sonreí. Si hubiese podido, estoy seguro de que Syd me hubiese abrazado. Al rato, la empleada se acercó para preguntarme si me había decidido.

Syd se llamó Syd sólo durante el tiempo que permanecí en la perrera, aproximadamente una media hora. Mientras tanto, hoy soy feliz con el precioso labrador que al final terminé eligiendo, un fino ejemplar que dormía justo al lado de Syd. Qué coño me iba a traer yo un perro con tres patas… ¿acaso tengo cara de Madre Teresa?

Saturday, 6 December 2008

Los sobrecitos de azúcar (basado en una historia real)




Jeff Woodrow salió de ese bar de Inverness diciendo que no con la cabeza. Fuera, el frío eran hachazos voladores que lo empujaban hacia delante. Ya no aguantaba esto de ver tantas sacudidas, la gente tenía que utilizar una manera mucho más sutil, aprovechar más el tiempo o, al menos, no desperdiciar tantos granos por el suelo. No, tenía que buscar una manera. Una forma práctica de verter el azúcar. Práctica, agradable, dulce.

Año 1954. Catorce años después, una anciana fue atropellada por un furgón que transportaba tornillos, la pobre señora quedó despedazada. A la vuelta, sin enterarse de nada siquiera, el pobre Jeff volvía del trabajo mientras intentaba sacarse un trozo de carne de entre dos premolares, sin éxito. De repente, tuvo un flash de conciencia supremo. Corrió a su casa, sin sacarse la chaqueta y embarrando toda la alfombra, cogió un lápiz y, en la pared blanca, empezó a hacer unos planos de algo alargado. Tomó medidas, calculó, tosió. "Uhhhhhhaaaauuuuu", fue lo único que salió de su boca, aparte de un vaho a ajo. Su madre ni le hizo caso y siguió tejiendo de rodillas.

Fundido a negro. La imagen baja lentamente hasta una oficina de patentes. "Sí, fui yo, ponga también en ese formulario que de niño me decían FastBall". Jeff salió dando saltos y besando las calvas de los abuelos que se les cruzaba.

"I have a dream...". Jeff apagó la tele, salió al bar de la esquina a ver el panorama. Nada, todo seguía igual... Esto es desesperante. ¿Cómo puede ser que nadie, que nadie se dé cuenta? ¿Tantos estudios y licenciaturas para esto? Para qué demonios haber inventado los sobrecitos alargados de azúcar, esos que no hace falta sacudirlos porque si se los abre por el medio hasta el último grano cae sin ser sacudidos... Y la gente los sigue abriendo por la punta. ¿Para qué? ¿Para qué? Camarero, otra ginebra.

Y así, hijo mío, es como fue la historia de esta estatua que ves en en esta plaza. Lo único destacable de la vida de este infeliz fue, paradójicamente, que durante su cortejo fúnebre -después de haberse suicidado clavándose una agujereadora en el cráneo- fue que el ataúd cayó con violencia sobre la Harrington Lane. Que, por cierto, esa madera era de una calidad espantosa. Se partió al medio apenas tocar el suelo Qué barbaridad, hijo, qué barbaridad.

Tuesday, 2 December 2008

Un cuento: Y finalmente bajó la mano, se arrodilló y lloró

A Zanetti aún le temblaban las piernas por lo que acababa de hacer. Castillo volvió a ver una tenue luz que se encendía y un humo gris que salía del agujero apenas hecho. Sintió la bala que giraba en sentido contrario, atravesaba una consistencia gelatinosa y salía escupida hacia el exterior. El agujero tenía una circunferencia perfecta, justo en el medio de la frente de Castillo, y se cerró tal como había sido abierto. Escuchó su propio grito de pánico y dio unos pasos hacia delante. Delante estaba Zanetti, apuntando a la cabeza de su jefe y recibiendo en su arma la bala que había sido expulsada por el percutor, por el gatillo antes y por su dedo índice al comienzo de todo.


– Eso de que no hay imposibles, de que todo puede conseguirse en la vida… una mierda –Zanetti escupía sus palabras a unos metros de Castillo, mientras le apuntaba a la frente–. Somos imperfectos por naturaleza, como la naturaleza misma. Sin la imperfección no habría evolución, sin las pequeñas casualidades o los breves errores del tiempo y del espacio, el mundo no sería lo que hoy. Y usted me viene a decir que tenemos que perfeccionarnos a cada rato y escalar, escalar, que siempre mirar hacia arriba, llegar a la cima, esa puta cima… Confieso que en cierto momento me había convencido. Estamos toda la vida esforzándonos para “hacer currículum”, pero... ¿qué mierda significa “hacer currículum”? ¿para qué sirve el currículum, si al final todos moriremos? Claro, la gente no busca un nuevo trabajo para sentirse útil, sino sólo para escribirlo en el apartado Antecedentes Laborales, justo al día siguiente de haber sido fichado; como si en alguna oficina celestial existiese un todopoderoso seleccionador de personal, evaluando y juzgando nuestro desempeño laboral. Como si todo el tiempo debiéramos estar convenciendo a ese tío inalcanzable, seguramente un gordo sudoroso que usa guantes negros de cuero, fuma con boquilla y ríe como los villanos de las teleseries. Usted cree estar fuera de este juego maniqueo, pero ni el hombre más poderoso del mundo puede escapar del sistema. En lo que a mi respecta, maldito hijo de puta, ya estoy harto de este jueguito, pero más harto estoy de usted y de su horrible corbata.

Zanetti tragó saliva y se dispuso a hablar, a pesar de que le temblaba la mandíbula. Detrás de la discusión, un lustrado y brillante skyline se dejaba ver a través de los cristales de la vigésima planta de la torre, un skyline como de cartón, como recién terminado. Zanetti escupía salado cuando hablaba y una vena que atravesaba su sien parecía explotar de un momento a otro. La secretaria, que hacía unos minutos había entrado sin permiso, alarmada por el grito de Castillo, permanecía de pie al lado de la puerta, pálida de miedo pero sin emitir palabra. El puntapié de Zanetti en la muñeca de su jefe fue oportuno, justo antes de que éste pulsara el botón de seguridad. Frases como “harto de tu ninguneo”, “tú sabes de quién es el hallazgo” o “ahí está la puta carpeta amarilla” le dieron la pauta a Castillo, subdirector de Climt & Brodsky, de que todo había sido descubierto. Minutos antes, Zanetti había entrado al despacho de su jefe sin siquiera avisarle a la secretaria, con los ojos que se le salían de las órbitas, mientras Castillo, feliz, contemplaba la ciudad tras los cristales. Quizás festejaba el resultado de la reunión que había mantenido hacía una hora: una maleta poblada de billetes que latía en su caja fuerte.

Semanas atrás, el móvil de Castillo hervía. Llamadas del Comité de Investigación Genética, de colegas, de la comunidad de científicos e incluso una del presidente del Gobierno lo henchían de orgullo. Habían pasado sólo cuatro días de la publicación de su artículo en esa famosa revista científica, y las repercusiones dieron inmediatamente la vuelta al mundo. En poco tiempo un ascenso, placas de honor, un premio de un millón de dólares en efectivo de parte del presidente de la corporación y una membresía de honor del gobierno llevaron a Castillo a la cúspide de su carrera. Estaba agotado de tantas entrevistas. En la última no la pasó del todo bien, ya que fue organizada por un grupo de periodistas científicos y las preguntas fueron demasiado capciosas. Por suerte, la batería de respuestas evasivas que había preparado surtieron efecto. El golpe de gracia fue su anuncio máximo: él mismo sería el primer voluntario en someterse al proceso de rejuvenecimiento y de “vida eterna”, como le gustaba llamarlo. Noticia que generó aún más conmoción en la comunidad científica y que despejó toda duda sobre quién era el autor del proyecto. Siete días con sus noches tardó Castillo en estudiar el caso y preparar el speech pertinente. Aquel séptimo día envió el artículo por correo electrónico y, tras echarse hacia atrás en su butaca, encendió un habano que inmediatamente dibujó un espeso humo en el aire de su despacho.

Otro humo, aunque mucho más negro, invadía el estudio de Zanetti en su piso suburbano, varias calles abajo de aquel edificio espejado. La botella de whisky que rodó desde el escritorio y se hizo trizas sobre la alfombra le recordó que, justamente ahí, bajo la alfombra, escondía la pistola que no pensaba usar jamás. La cogió, la mantuvo entre sus manos como quien alza un bebé, y no supo si el temblor de la mandíbula se debía al miedo, a los dos litros de whisky que acababa de beberse o a los barbitúricos que venía tomando desde hacía semanas, presa de una depresión que lo transformó en un ermitaño hediondo y barbudo. El rojo de sus ojeras se confundía con el fuego de los papeles que estaba quemando, estudios que le llevaron dos años de trabajo, encerrado en ese oscuro salón que vería por última vez en su vida; investigaciones que buscaban la fórmula para obtener por vía artificial lo que Climt & Brodsky conseguía de manera ilegal, aunque natural. Zanetti no soportaba estar trabajando para una empresa con tan pocos escrúpulos, por eso tanto estudio, por eso su honestidad, por eso los barbitúricos. Quemaba y lloraba, presa de un rapto de furia que también lo motivó a eliminar todos los archivos de su ordenador. Su respeto por las jerarquías lo acabaron hundiendo. Sabía que no debía entregarle esa carpeta a Castillo, y que debería haber sido él mismo quien presentara los resultados a la junta directiva. Y justamente a Castillo, el que lo había puesto a cargo de investigaciones de lo más irrelevantes, mientras él sacaba tajada de sus conocimientos. “Y vaya si lo consiguió”, pensaba mientras metía el arma en el bolsillo y salía a la calle.

Durante esos dos años Zanetti perdió cabello, prestigio, amigos y esposa. Desapareció de la escena científica, enfrascado en los inútiles proyectos que le encargaba su jefe. Y al llegar a su piso –convertido en oscuro laboratorio– se entregaba de lleno a su investigación casera y secreta: conseguir por fin la síntesis artificial para evitar tantas muertes. Esa obsesión no hubiese sido posible sin el tubo de ensayo que robó del laboratorio central, lo que le permitió descifrar la fórmula y crear un sustituto artificial a la sustancia que en ese momento se estaba utilizando en la compañía. A las seis de la mañana de aquel jueves, un eufórico Zanetti imprimió la última página del documento, la ubicó al final de esa carpeta amarilla llena de fórmulas, y salió corriendo a su edificio espejado de todos los días. Pero era muy pronto. Cruzó al bar de enfrente, pidió un cortado y, mientras esperaba que sean las ocho, pensó si era conveniente hacer lo que estaba a punto de hacer, o si era mejor ir directamente a la planta veintiuno, la última de la torre. Finalmente decidió ver a su jefe. Castillo lo recibió indiferente, hojeó el dossier, y después de pensar un rato, miró fijo los ojos de Zanetti:
– Déme una semana de tiempo, muy pronto le diré algo. Ahora me doy cuenta de que no se han equivocado al ficharlo. Siempre supe que usted era un tipo inteligente, Zanetti.

La decisión de robar el tubo de ensayo y encontrar la síntesis por su cuenta nació aquel día en que, casi por accidente, bajó al segundo subsuelo del edificio mientras inspeccionaba las instalaciones, en su primer día de trabajo. Allí, tras una columna, Castillo conversaba con un miembro del Comité de Investigación. Zanetti permaneció escondido en la oscuridad del pasillo, unos metros atrás.
– Licenciado, lo he convocado aquí porque aquí sí estaremos seguros. Como me ha sido ordenado, tengo que ponerlo al tanto del proyecto. Estamos en la fase final de una investigación en la cual no solo está en juego nuestro futuro, sino el de toda la nación. Se trata de un método para retrasar el envejecimiento, prolongar la vida hasta los 150 años, conseguir que los pacientes vuelvan a tener el aspecto que lucían en su juventud y, lo que es más importante, que recuperen la vitalidad que tenían a sus 30 años. Un logro que solucionará problemas como la baja en la natalidad y la crisis de las pensiones, ya que el paciente podrá trabajar hasta los 110 años –tragó saliva, se acomodó la corbata y prosiguió–. Pero hay algo que debe permanecer en el más absoluto de los secretos, ya que generaría una tormenta de críticas y saldría a la luz esa palabreja llamada ética que, como usted sabe, no sirve de nada, ya que la ciencia avanza a pesar de ella, como se ve con la clonación o con los nacimientos a demanda… Los resultados positivos que hemos conseguido no hubiesen sido posibles sin el uso de una sustancia medular que extraemos de los cerebros de personas vivas, especialmente de enfermos terminales o bebés con malformaciones. Hemos comprobado que no es útil la sustancia de personas recientemente fallecidas, han de ser de personas vivas. Nos ha sido imposible conseguir una síntesis de esa sustancia en laboratorio, y como el tiempo apremia y la demanda por el tratamiento aumentará cuando se difunda, tendremos que echar mano de más personas vivas e “inducirlas al deceso”, tal el eufemismo que estamos utilizando. En dos años este proyecto debe llegar a su fin, ya que nos lo exige el gobierno, y hay rumores de que los chinos podrían conseguirlo antes de ese tiempo, por lo que debemos darnos prisa.
Oculto tras las sombras, Zanetti grabó en su memoria cada palabra de Castillo. Le impactó la manera en que su jefe se aflojó la corbata y cogió a su interlocutor de los hombros.
– ¿Se da cuenta? Estamos frente a una revolución. Es la vida al revés. Es como volver el tiempo atrás, licenciado.

Mario Zanetti había sido fichado por la Climt & Brodsky gracias a su impresionante currículum. Sólo tenía 32 años, pero ya había forjado una envidiable trayectoria, entre descubrimientos y premios varios. Los directivos de la compañía estaban felices de que un joven talento como él haya aceptado formar parte de su plantilla de investigadores. Su jefe, mientras tanto, decía tener un sexto sentido, y ese nuevo ingeniero no le caía nada bien. Estaba convencido de que le acabaría haciendo sombra. Por eso, en la cena de bienvenida lo primero que hizo fue acercarse a él y, champagne en mano, sentenció:
– Recuerde que la filosofía de nuestra empresa, Zanetti, es perfección, perfección y perfección. Aquí no hay margen de error. Aquí, la curva siempre debe ser ascendente, cueste lo que cueste. Ése es su desafío aquí, ¿comprendido?
Lo primero que a Zanetti le llamó la atención de su nuevo jefe fue el mal gusto que tenía para las corbatas. En esa ocasión lucía una de color lila con enormes círculos negros. También notó su coquetería; pudo percibir el maquillaje que usaba para disimular arrugas y la tintura en un cabello que indefectiblemente perdía. Al comienzo de la celebración, antes de que el presidente de la compañía leyera el currículum del nuevo investigador, Castillo fue a saludarlo sólo con el fin de respetar el protocolo, y con un violento apretón de manos, evidente sarcasmo y las mejillas enrojecidas, le espetó:
– Es un honor estar por encima de alguien con una carrera como la suya, Zanetti. Le deseo una larga y fructífera trayectoria en nuestra empresa. Espero trabajar con usted el resto de mi vida.

Friday, 28 November 2008

Perder el tiempo (y no encontrarlo)

Escuché decir a un viejo en la calle:
- Cuanto más cerca estamos de la muerte, más nos aferramos la vida. Contamos cuándo es la ultima vez que nos hemos comprado un auto, o la última vez que visitamos Roma, o aquella última vez que nos cortamos el pelo. A nuestra edad, contamos cuánto nos queda y entonces intentamos aprovechar más el tiempo. En cambio, a los jóvenes eso les importa una mierda. ¿Y sabes por qué, Paco? Porque creen tener todo el tiempo del mundo y que pueden hacer con él lo que les plazca.

Terminó de decir eso y siguió su camino, junto al otro anciano con el que paseaba. Yo me encontraba a sus espaldas, escuchando absorto su afirmación, mientras metía alambres en una máquina expendedora para robar un par de latas de cerveza...

Tuesday, 25 November 2008

No gires



Lo reconozco. Es un corto extraño.

De este diálogo sólo existió la primer sentencia

ÉL: – No voy a tertulias literarias y dejé de ir a esos estúpidos cursillos de escritura porque creo que la única manera de aprender a escribir es leyendo. Solamente permanecer en casa y leer es la única manera de aprender. Y de paso me ahorro de escuchar los imberbes comentarios de compañeros de curso que leyeron diez mil veces menos que yo.
YO: – Es como decir que quieres aprender a jugar al fútbol sólo mirando partidos por televisión. Sin los consejos ni la teoría de un entrenador ni salir a correr detrás de una pelota, e igualmente llegar a ser un gran jugador. Es eso, ¿no?
ÉL: – Qué banal y estúpida comparación. Esta respuesta afirma mi decisión de haberte utilizado como personaje en mi última novela, algo que fue sólo una herramienta para criticarte y denostar la mierda de literatura que tú haces, a través de ese personaje.
YO: – Si tienes que echar mano al personaje de una novela para decirme algo cara a cara, entonces eso demuestra lo mediocre que eres, un simple y mediocre autorcito con aires de loco incomprendido.
ÉL: – Por imbécil, mereces que te asesine en el primer capítulo.
YO: – Por mediocre, voy a asesinarte yo aquí mismo. A mí no me hace falta tinta. Mira cómo te clavo este pedazo de vidrio en la yugular


Exceptuando el primer comentario, el resto de la historia no existió, pero bien podría haber existido. La escritura, como todo arte, sirve para decir lo que no dijimos en su debido momento, corregir los errores del tiempo. El arte nos ofrece venganza, podemos matar a quién queramos cuando queramos. Y le damos al asesinado el nombre que nos plazca. Yo llamaré a este individuo Miguel. Y para continuar con mi venganza, debo decir que se trata de un nombre real, de una persona real. Y de unas intenciones que, por falta de tiempo, podrían haber sido reales.

Tipificación de doce clase de personajes muy útiles para comenzar una novela

1. Los que miran el pañuelo lleno de mocos después de haberse sonado.
2. Los que limpian la tabla del retrete con un trozo de papel higiénico antes de sentarse (porque les da "asquito").
3. Los que bostezan sin taparse la boca.
4. Los que nunca llaman el timbre del bus para pedir que pare, porque creen que alguien ya ha llamado o lo llamará.
5. Los tíos o las tías que siempre preguntan a su sobrinito la misma y estúpida pregunta de siempre: "¿Y cómo me llamo yo?"
6. Los viejos que sólo hablan del clima.
7. Los que están en la cola del supermercado sólo con un producto y te piden pasar ellos primero.
8. Los peluqueros que escupen cuando hablan, mientras cortan el pelo.
9. Los dentistas que hacen preguntas al paciente mientras le pasan el torno por un premolar.
10. Los pacientes de los dentistas que responden con un "mmhh..."
11. Los que envían por e-mail archivos de PowerPoint que pesan un mega, y al final se trata de estúpidos mensajes new age ilustrados con imágenes de paisajes bajados del Google Images.
12. Los que leen a Brian Weiss o a Louise Hay.

Friday, 21 November 2008

La infancia es mirar hacia fuera…


Discover Sound Effects!


Cuando era niño, todos los sonidos de la mañana me resultaban claros, el canto de los pájaros tenía un volumen más alto que ahora. Ahora las aves suenan ahogadas, quizás por mis pensamientos cotidianos. Los rayos de sol eran más intensos, y la brisa de la mañana venía con un frescor que hoy ha perdido. Cada vez que veo una mañana soleada en una película, es una imagen que me transporta inmediatamente a mi niñez. Mierda… esto de hacerse adulto va a apagando los sentidos.

Filosofía Groeningiana


De The Simpsons, capítulo Apocalise Cow.

Monday, 17 November 2008

When I'm twenty-nine


Discover Matt Elliott!


A mi edad, Alejandro Magno ya había conquistado Persia, George Harrison compuesto Something y Kennedy ya era senador nacional. A los veintinueve años Maradona hacía tiempo que era el mejor futbolista del mundo, Picasso ya había pintado sus majestuosas señoritas de Avignon y Charles Dickens publicado y alcanzado la gloria con un tal Oliver Twist.

Y yo que, con mis veintinueve años, no puedo coser correctamente la manga de la camisa que ayer se me quedó enganchada en la rama de un árbol.

(MP3 del post: The Failing Song, de Matt Elliott)

Friday, 14 November 2008

Un cuento: El barro en el pantalón

Cuando era niño pensaba que el santiamén era una unidad de tiempo. Sí, creía que después de la hora, del minuto y del segundo, venía el santiamén. Sesenta santiamenes hacían un segundo. Tres mil seiscientos santiamenes, un minuto. Admiraba a las personas que decían hacer tal cosa o cual otra “en un santiamén”. En mi candidez, la acción que podía realizar con más velocidad solamente era la de comer una golosina en veinte segundos, pero jamás en veinte santiamenes. En vano contaba con frenesí los sesenta santiamenes que hacían un segundo, hasta quedarme sin respiración. Este rasgo de mi personalidad acabó poblando mi conciencia de una obsesión por la inmediatez. Debía terminarlo todo antes que el resto, los exámenes en la escuela o la sopa en el comedor. Incluso cronometraba mi tiempo para llevar a cabo las más nimias acciones, como hacer pis en exactamente un minuto o mejorar mi tiempo al cruzar la calle; pero eso sí, sin pisar ninguna raya del paso de cebra.

Recuerdo como si fuese una fotografía la primera vez que oí la palabra santiamén. Tenía cuatro años y aún tomaba el biberón a escondidas de mi padre. Ésta fue la frase que papá pronunció aquella lluviosa tarde de febrero, cuando me descubrió agazapado tras la puerta de mi habitación mientras disfrutaba de mi leche:
- Quiero que dejes eso en un santiamén.

El terror me paralizó. Su metro noventa de estatura me parecieron tres o cuatro o incluso cinco metros. El corazón se me salía por la boca, y a través del espejo pude ver mi cara, más blanca que la leche que estaba bebiendo. Papá siguió esperando que obedeciera, con los ojos inyectados en sangre. Como no lo hice, vino el primer gran castigo del que tenga memoria: cincuenta golpes de vara en las nalgas, ni uno más, ni uno menos.

Papá era militar retirado. Tuvo que coger la baja vitalicia a la fuerza, debido a un abrupto descenso de la visión. Desde ese momento, yo pasé a reemplazar a todos los soldados que dirigió durante sus diez años de servicio, característica que se acentuó tiempo después, con la muerte de mamá. Su voz ronca a fuerza de habanos, su entrecejo curvado hacia abajo y unos cuencos oscuros bajo los ojos le daban a mi padre un aspecto cavernario. Era muy exigente consigo mismo, se levantaba todas las mañanas a las cuatro y media para sus ejercicios físicos. Por ser pequeño, a mi me permitía media hora más de sueño, pero si osaba levantarme a las cinco y un minuto, ese minuto de más ya era causal para recibir los cincuenta varazos de siempre, ni uno más, ni uno menos.

La adolescencia no fue muy diferente. A las exigencias académicas que me sometía mi padre, como la cancelación de mi mensualidad si me sacaba nueves en los exámenes, había que sumar mis dificultades para relacionarme con las chicas. Claro, quién iba a aguantar a un tío que todo el día le tiembla la mano izquierda o que se la pasa mordisqueando la punta de los lápices. Recuerdo mi primera cita como un rotundo fracaso. Quedé con Esther a las seis de la tarde, pero me presenté a las siete y cuarto, porque no me gusta esperar, prefiero que sea la otra persona quien espere. Fuimos a cenar a un restaurante, pero como tardaban tanto en traernos el pedido la llevé a comer palomitas de maíz al chiringuito de la esquina. En el cine, no pude evitar predecir el final de El graduado y canté a los cuatro vientos que Benjamin se terminaría enamorando de Elaine. Hastiada, Esther se levantó de la butaca, me tiró las palomitas en la cabeza y se largó, dejándome solo junto a Dustin Hoffman, a Simon y a Garfunkel. Llegué a casa absolutamente decepcionado, porque ni siquiera había podido besarla en la mejilla. En la puerta me esperaba papá, vara en mano, enseñándome un reloj que marcaba las once y un minuto.

La sombra de papá también me persiguió en mi edad adulta, especialmente durante los años que permaneció ingresado en aquel hospital que me costaba la mitad de mi sueldo. A pesar de que casi no hablaba y sólo era capaz de mover la mitad de su boca, papá siempre tenía preparado su catálogo de reprimendas y órdenes, tan naturales para mí y que echo tanto de menos cuando no las oigo. Todos los días eran iguales, salía del trabajo e iba corriendo al hospital a cuidar de papá, hasta las doce de la noche. Entraba a la sala, y sin siquiera saludarme, papá sólo atinaba a decirme:
- Pis.
Lo que significaba que debía cambiarle el contenedor de la orina porque estaba lleno. Sin quitarme la chaqueta ni dejar la mochila, obedecía sin más, con la fidelidad de un perro adiestrado. Invariablemente, mi respuesta era siempre la misma:
- En un santiamén.

Gracias a papá me convertí en un experto en cuidar enfermos. Que controlar el suero, que darle de comer, que afeitarlo, que ducharlo, que acomodarlo para que hiciera caca… Y por supuesto, con una rapidez y eficacia que generaba la envidia de los otros pacientes. Los medicamentos siempre a la misma hora, la inclinación del respaldo de la cama siempre en el mismo ángulo, jamás una mancha de patata en la sábana… Así, mi vida terminó eclipsándose en favor de los cuidados que debía prodigar a papá. Al menos podía apreciar su gesto de serenidad cuando dormía, y pensaba en todos los años que tuve que esperar para ver su rostro así de sereno, sin el entrecejo curvado.

Hace un rato volví de su funeral. El día estaba lluvioso, como en los funerales de las películas. Muy poca gente había acudido, de la cual no conocía a nadie. Los sepultureros bajaron el cajón hacia la fosa con una lentitud exasperante. Cuando el agujero fue cubierto y la concurrencia se disipó, alguien se ofreció para llevarme a casa en su coche, pero rechacé la invitación. Prefería volver a pie, con paso rápido y nervioso, como solía hacer. Ya en el camino, hundí las manos en los bolsillos de mi chaqueta, y ese repentino calor me causó una curiosa sensación de placidez. Di una larga bocanada de aire, la frescura del otoño invadió cada uno de mis alvéolos y me oxigenó la mente de tal manera que pensé que nunca había respirado en mi vida. Mientras cruzaba el parque, percibí las graciosas curvas que dibujan las hojas de los árboles al desprenderse, y también los círculos que se forman en los charcos cuando caen las gotas de lluvia. Me senté en un banco durante un rato para darle migajas a las palomas, y no me importó que el banco estuviera mojado; es más, disfruté de la frescura del agua atravesando mi pantalón. Alcé la vista. Unas nubes tímidas que le daban paso al sol habían esculpido la forma de unas montañas. Estaban nevadas, y un ciervo intentaba trepar los peñascos para encontrarse con su familia de ciervos. Imaginé montones de historias con esos ciervos-nube y me reí, mucho me reí.

El funeral acabó a las nueve de la mañana, llegué a casa a las nueve de la noche. De vez en cuando me soplo los dedos para secar la tinta del bolígrafo con el que estoy escribiendo este relato, pero no quiero lavarme, me gustan estas manchas. Tengo los zapatos llenos de barro y los calcetines húmedos. Creo que me llevará muchos santiamenes sacarme el barro del pantalón, aunque seguramente muchos menos que antes, porque el tiempo es elástico, y ahora los santiamenes duran el tiempo que yo quiera.

Monos teístas




En una época, los árabes eran el pueblo más inteligente de la historia… ¡los tipos inventaron el cero! Hay que ser muy pero muy inteligente para inventar el concepto de “cero”. Hasta que un día apareció el Islam, y el pueblo árabe pasó a ser el más retrógrado.

Los judíos se creen el pueblo elegido. Intención a todas vistas sumamente nefasta y reprobable, ya que si un pueblo se considera “elegido”, en consecuencia se cree superior al resto de pueblos… ¿Entonces por qué aún están esperando a su Mesías? ¿Es que acaso no pueden estar sin un guía divino que los lleve a ese destino magistral que dios (su dios) les tiene reservados? ¿Es que no están tan seguros de lo “elegidos” que son si necesitan a alguien que los guíe?

Y si bien los judíos ya tenían sus estrategias de difusión, fueron los cristianos quienes inventaron el marketing. San Pablo fue el primer director de marketing de la historia. Él y sus sucesores inventaron el logotipo del cristianismo (la cruz), el slogan (Jesús diciendo “amaos los unos a los otros”, o según San Juan, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”), abrieron sucursales en todo el mundo, inventaron el marketing olfativo con olor a incienso y mirra, y dieron las premisas para que posteriormente se establecieran ambiciosas estrategias de marketing expansionista en América, Filipinas o África. Y qué mejor briefing que los 10 mandamientos.

(Por cierto… ¿hay algo más fascista que decir “YO soy el camino, la verdad y la vida”?)

Yo prefiero seguir venerando las motas de polvo que deja entrever el sol de la mañana.

Thursday, 13 November 2008

Sin razón de ser


Discover Jason Mraz!


El exceso de razonamiento es algo de lo más antinatural. Y nosotros, necios, nos creemos superiores a la naturaleza por el simple motivo de que razonamos. ¿Pero por qué, si la razón es producto de la naturaleza, de nuestra propia naturaleza? Nunca la razón humana estará por encima de la naturaleza, nuestra razón tiene finitud, la naturaleza es infinita. En el ser humano, ese exceso de razonamiento genera realidades que están en contra de nuestra singularidad. ¿Quieres ejemplos concretos y cotidianos que grafiquen lo que digo? Te doy tres.

- La homosexualidad. Uyyy hoy decir que se está en contra de la homosexualidad es ser un nazi o un retrógrado o un inadaptado social. Pero nadie puede negar, aunque sea una frase hecha, que es algo contra natura, y es el ejemplo más patente de nuestra obsesión por razonar y razonar y cuestionarse…

- El vegetarianismo. ¿Que los pobres animalitos sufren al matarlos y ser comidos por la especie superior? Entonces te devuelvo la pregunta con más exceso de razonamiento… ¿y las plantas no sufren acaso? Vale, podrás objetar que no está comprobado. ¿Y si se comprueba que sufren? ¿Vas a morir de hambre? ¿Vivir a agua? ¿Hacer un curso de “fotosíntesis”?

- La negación de algunas personas a no querer tener hijos. ¿Y cuál es su justificación? Que el hecho de tener hijos es una actitud retrógrada de personas que sólo quieren niños por autorrealización, por egoísmo o para verse reflejado en ellos (razonamiento formulado por mujeres en su mayoría). OK. Pero después, casi sin darse cuenta, estas mismas personas se encuentran mirando con ternura a un bebé en la calle; le prodigan enormes atenciones a sobrinos, ahijados o hijos de amigas; se compran un gato para desviar su cariño hacia el pobre bicharraco, o lo que es lo mismo abrazan con maternal amor un hobby, una profesión o un libro de autoayuda…

Pero claro, hoy vivimos en una posmodernidad que ensalza y endiosa (paradójicamente, en la era de la muerte de dios) a la razón, a la evolución y la búsqueda de respuestas. Yo, mientras tanto, prefiero mirar las motas de polvo que deja entrever el sol de la mañana. Si la razón me busca, díganle que bajé a comprar cigarrillos.

(MP3 del post: God rest in reason, de Jason Mraz).

Tuesday, 11 November 2008

Cortometraje: Gusanos



Díganmelo, por favor... ¿En que nos diferenciamos de esos simples organismos que se arrastran? ¿Por qué nosotros los elegidos? ¿Elegidos de qué? ¿Elegidos por qué?

El corto instantáneo: el arte está en todos lados.



Un asesino.
Una playa.
Cientos de dudas.
Miles de interrogantes...
Un trepidante y oscuro camino hacia la perdición.
Del director de Sé lo que fumasteis el verano pasado y Como agua para "chocolate".


Éste es el corto más corto que he hecho y, seguramente, uno de los más cortos del YouTube. Quizás te parezca una mierda, quizás lo consideres una sublime muestra de arte ubicuo. Pero fue grabado con los más minimalistas recursos. Sólo me hizo falta un móvil, un minuto para grabar y otro minuto anterior para planificar someramente la historia. Y nada más. Juro que todo fue casual, el principio y el final. El arte y las historias truculentas, como las oportunidades, están en todos lados.

Véalo en los mejores cines.

Monday, 10 November 2008

La clase de cosas que escribía mi estúpido antecesor

No creo en el cielo
Yo miro al cielo, no él a mí
Ahora todas las cosas que pensaban que era son inciertas.
Todo va tomando forma de barco, de helado de vainilla.
Son todos caminos de vuelta hacia un lago acristalado.
En estados de letargo como estos, los átomos que chocan mi piel, los átomos del exterior, entran de tal manera que siento su caricia, como una aguja de seda que me da besos.
Pero ya no hace falta que escriba encriptado.
Si es más bonito que todo tenga un principio, un nudo y un desenlace.
Si los personajes no se me van a escapar.
Antes solía tenerle miedo a mis personajes.
Ahora ellos me veneran, me acarician, son mis átomos.
Ser dueño de mis personajes es ser dueño del tiempo.
Es manejar la cuerda de la bailarina de la cajita de música.
Ahora, por ejemplo, yo que soy el personaje del tipo que está escribiendo mi vida, y por consiguiente el que está escribiendo esto, podría fácilmente ser asesinado sólo por el hecho de satisfacer las ansias carniceras de mi progenitor.
O de mi procreador, quizás quede mejor decirlo así.
Incluso si me suicido será por su voluntad.
Soy un personaje maleable que mira el cielo pero no espera nada de él.

Otro guiño del destino

Todavía no sé como me animé esa tarde. Pero a veces ciertas sustancias psicotrópicas generadas por alguna glándula del cerebro producen más adrenalina y feromonas de las que podemos soportar. Juro que nunca tuve un impulso semejante, más estando sobrio como estaba, esa tarde al salir de la oficina. La calle Mallorca se veía seca y amarga como siempre. Pasé por la puerta del café oscuro donde a veces me voy a tomar un Irish coffee. Una rubia de cabello corto, botas negras y gafas con montura al aire saboreaba, creo, un té de menta. Después supe que era manzanilla. Me frené, o eso creí. Sus ojos grises interceptaron los míos marrones. Una puntada en la nuca trajo una electricidad animal, y sin ser responsable de mis actos, entré al bar y me senté en la silla frente a ella. No podía contenerme, y no me importaba. Las palabras salieron como tropel.
- Puedo dibujarte la carta astral si lo supiera. Pero los imprevistos son la falla de este sistema. Y hoy es uno de esos días.

Cogí una servilleta, le saque de la mano el bolígrafo con el que escribía sus memorias, algo que supe después. Y empecé a garabatear un círculo con puntos y líneas radiales saliendo del centro. Nunca en mi vida había dibujado una carta astral, ni siquiera sabía lo que era eso.
- Todo lo que puedo decirte es que tienes que dejar de tomar las pastillas anticonceptivas por mero vicio, por más que tu menstruación sea irregular. ¿Para qué, si hace meses que no follas con nadie? Los errores del destino son nuestra única arma para liberarnos. Y nosotros somos los dueños de esos errores, pero jamás usamos esa herramienta.

La rubia se levantó el escote para que dejara de mirarle el nacimiento de las tetas. Eran grandes las tetas. Al sentarme frente a ella, abrió aún más sus ojos grises y se echó hacia atrás, instintivamente. Estaba a punto de gritar o quejarse, con expresión asustada, como para echarme de allí, pero antes de que pronunciara palabra le apoyé dulcemente mi dedo índice en los labios. El dedo se me manchó de rojo rouge, algo que me di cuenta después.
- La queja que estás a punto de pronunciar será de lo más previsible. Sorpréndeme.
No sé por qué actuaba yo así, tampoco sé por qué ella también entró, así de repente, en esa lógica de los impulsos imprevisibles, porque al final no me respondió a la pregunta. Definitivamente, la rubia había entendido mi frecuencia. En vez de gritar, quejarse o irse corriendo de ese bar de la calle Mallorca, cogió el bolígrafo y me lo clavó en el ojo. Se levantó con elegancia, pagó su manzanilla, dejó el vuelto de propina y se fue como si nada. Yo la seguí con la mirada mientras cruzaba la puerta de salida, mientras secaba la mesa de la sangre que bajaba de la Bic que pendía de mi ojo izquierdo. Para matar el tiempo me puse a leer el cuaderno con sus memorias que se había olvidado arriba de la mesa. Eso sí que es una acción de lo más imprevisible.

A las cinco en el café de siempre, ¿vale?

Debería ser tema central en un simposio de psicólogos conductistas. Sin lugar a dudas, los matices que se generan a raíz de las palmadas que damos en la espalda cuando abrazamos a otra persona es un tema que da mucho de sí. Si bien existe otra variante, que es la de frotar esa misma mano sucesivas veces hacia arriba o hacia abajo como una especie de áspera caricia, son las palmadas las que marcan las distancias. Y, casi siempre, demoledoras distancias. Qué mierda, las palmadas deben darse solamente a amigos. Y ni siquiera eso, deben darse a las personas con la cual no tenemos una relación muy cercana, como a la vecina que hemos visto sólo un par de veces y le damos nuestras condolencias porque se ha muerto su marido. Esa palmada no sólo es necesaria, sino esencial, porque no marca respeto, sino distancia, o dicho de otro modo, un respecto sin afecto. Y cuantas más palmadas se den, más distancia es la que se marca.

La mano frotada, en cambio, ofrece un toque más maternal. En general se da a personas que socialmente o psicológicamente están en un nivel inferior, como novias a quien queremos dejar y se ponen a llorar, compañeros de trabajo que son echados y están abatidos, madres que dejan a sus hijos en la escuela el primer día de clases o, lo que lo mismo, hijos que dejan a su madre el primer día en la casa de ancianos. Esa frote es una forma de decir “tranquilo, no me voy, estoy aquí contigo”.

Todo este prolegómeno sirve solamente para responderme a esta pregunta… ¿por qué coño Silvia me dio esas seis palmadas ayer, cuando nos despedimos? ¿Se piensa que estoy en un escalón inferior a ella? ¿Quién se piensa que es? Mientras sentía el retumbar de su mano en mi espalda, yo iba contándolas, palmada por palmada. Si será cínica la cabrona, ahora me doy cuenta… eran lentas las palmadas, una tras otra, como si supiera que las iba contando. Eran como las que le da la madre al bebe para que eructe. Ahora pienso “ojalá le hubiese eructado en la oreja a esa desgraciada”. La primer palmada fue la que marcó territorio, diciendo “imbécil, convéncete que lo nuestro ya pasó, olvídate de mí, no me mereces”. La segunda palmada fue simplemente un énfasis a la palabra “imbécil”. La tercera significaba “sé que lo supones, y supones bien, he encontrado a otro que me llena más, un eufemismo para decir que tengo un tío que me folla mejor que tú”. La cuarta ya era la categórica: “a ver si me dejas de abrazar, pesado”. La quinta, “tengo que hacer mejores cosas que estar aquí aguantando tus sollozos sobre mi hombro, además todos están mirando en este café lo maricón que eres; tíos eran los de antes”. Y la sexta y definitiva fue un “bueno basta, te aparto yo, el otro me está esperando en su piso, además me está llegando de tu boca un aliento a caballo muerto que apesta”. Y con suavidad, para mantener las formas, me aparta de su pecho, me invita a sentarme nuevamente en la silla de aquel bar, me da el último beso y me espeta el último y cínico “Adiós Gregorio” para terminar con un innecesario “hablamos, ¿vale?”.

¿Hablamos? ¿Hablamos? ¿Qué coño hablamos? ¿Hablar sobre las veces que lo haces con el que te folla ahora? ¿O sobre dónde vais a pasar el fin de semana? Apenas Silvia cruzó la puerta del bar, lo primero que hice fue eliminar su número del móvil, borrar todos sus mensajes y hacer pedazos la foto carnet que guardaba en la cartera. Y para terminar de descargar mi rabia, di una palmada en la mesa que casi tira al suelo el pocillo de café. Confieso que después me sentí un poco más aliviado. Bueno, algo de bueno tenían que tener las putas palmadas.

Je déteste Paris


Discover Yael Naim!


Sé que es políticamente incorrecto lo que voy a decir, y más para una persona que quiere dedicarse a la escritura, pero la verdad que no he encontrado ciudad más insulsa y vacía que París. Es cierto que es bonita, que sus museos son espléndidos y caminar por sus calles estremece. Pero es una ciudad a la que no volvería, estuve cuatro veces y en las cuatro veces no sentí nostalgia al irme, tal como me ha ocurrido en otros destinos como Malta, Calcuta o Nairobi. Una de las cosas que le ha dado reputación a París es la categoría de sitio sine qua non para que un escritor muera. O si no muere allí y no es enterrado en Pere Lachesse, que al menos viva unos años, y de ser posible, en una sucia buhardilla llena de ratas de Saint Germain Des-pres. Si no, cualquier dramaturgo o artista que se precie de tal no podrá nunca alcanzar un grado supremo de admiración por parte de sus lectores.

Pero ¿en qué fundamento mi tesis? ¿Por qué pienso que París es une mierda? Primero que todos los escritores que no tienen prestigio quieren adquirir un prestigio artificial diciendo “yo viví en París” cuando son respetados y famosos, e inducen sus penurias de malos trabajos a sus veintipico de años o la edad en la que se suelen mudar a París, generalmente provenientes de América Latina, Barcelona o Estados Unidos, y en ese tiempo estas personas tienen que ingerir enormes cantidades de alcohol, drogarse en cantidad, hasta que llegan a los treinta y pico y digan basta, ya es hora de ser un escritor maduro. Entonces, después de haber publicado alguna que otra novelita de bajísima tirada en alguna editorial situada en el barrio Latino, es hora de volver al país de origen, para ser besado por la gloria del desterrado que regresa a hacer “patria” o a contar como sobrevivió a la bohemia excesiva de los franceses. Y es ahí que comienza su verdadera carrera como escritor, creando una prosa cuyo alimento serán esos días de sacrificio, esos momentos entrañables de su vida que lo transformó en una persona sacrificada en nombre del arte. Y todo gracias a París.

Y yo me cago en París, en la bohemia, en la generación beat (aunque no se dio en París), en la estupidez más grande de la historia llamada Mayo Francés, hasta en Hemingway me cago. Sí, lo más políticamente incorrecto que puede decir un escritor es cagarse en Hemingway. Y yo me cago en Hemingway. Cuanto más se glorifica su bohemia, su sacrificado periplo cubano y los habanos que se fumaba, más me cago en él. Y en Vargas Llosa. Y en Cortázar. Y hasta en Kandinsky me cago. Por eso propongo, como Nerón a Roma, ir a quemar París, y que no quede nada de su mentira ni de sus estúpidas y edulcoradas leyenditas de pobres con futuro de grandes. Y después, si quedan ganas, refundarla. Sólo si quedan ganas.

(MP3 del post: Paris, de Yael Naim).

De vuelta

Es mentira que las burbujas explotan y no vuelven nunca más.
Todo renace, todo vuelve. ¡Vamos! Volvamos a volver. De vuelta.


(una paradójica manera de empezar este nuevo espacio).