martes, 7 de septiembre de 2010

Spoiler / 2
Funafuti


Tuvalu es un pequeñísimo conjunto de islas que salpican el océano Pacífico a la altura de Filipinas. Es un estado independiente, habitado por no más de diez mil almas, que se inunda con cada vez más frecuencia debido a la subida de los mares, consecuencia del cambio climático. Algunos especialistas afirman que en cincuenta años Tuvalu desaparecerá, se borrará del mapa como quien limpia una mancha de tinta con el codo.
Por tal motivo, los tuvaluanos están intentando convencer al gobierno de Australia para que les permitan habitar algún trozo de su territorio, y así huir antes de que se los engulla el mar. Hasta el momento poco han conseguido. Los australianos, se ve, son bastante egoístas, ya que para un país tan grande y con tan poca población no sería demasiado problema. “Pero que se jodan los tuvaluanos”, se rumorea que declaró cierto ministro.
Tuvalu, de todos modos, intenta salir a flote, nunca mejor dicho. Como suele ocurrir en estos países tan pequeños y de tan escasos recursos, los ingresos provienen de la emisión de sellos postales, de las remesas de dinero de los expatriados y de las limosnas de las superpotencias.
Pero en los últimos años surgió una insospechada fuente de recursos. Resulta que el dominio de Internet de Tuvalu es .tv. Sí, ni más ni menos que punto tv. Miles de cadenas de televisión, centenares de holding mediáticos y millares de sitios pornográficos acudieron en masa a pedir permiso al gobierno tuvaluano para la utilización del dominio. Hoy podemos decir que los hospitales y escuelas tuvaluanos se mantienen gracias los réditos obtenidos por sitios como sex.tv, fuck.tv o blowjob.tv.
Para más curiosidad, el deporte nacional de Tuvalu es una especie de voleibol llamado ano. Se juega con dos bolas de doce centímetros de diámetro cada una, y es mayormente popular entre las chicas.
Da vértigo ver a Tuvalu en el mapa. Sus islas son tan estrechas que apenas caben las pistas de los aeropuertos. Uno podría imaginar que la gente se cae al mar con sólo estornudar, o que cuando los niños juegan al fútbol no pueden chutar muy fuerte por miedo a que la pelota caiga al mar.
De todo esto me enteré no gracias a Wikipedia, ni siquiera gracias a la página The World Factbook de la CIA. Durante algunos meses estuve chateando con una chica llamada Elvira, que resultó ser de Funafuti, la minúscula capital de Tuvalu. Se trataba de una morena de pelo liso como el cielo al atardecer, ojos de nuez y rostro de piel suave, aunque algo pixelada a través de la webcam. El primer día que hablamos, Elvira me contó que tenía los pies mojados porque se le estaba inundando la casa. Aunque lo confesó de una forma tan despreocupada que entendí que era algo habitual. Días después me envió fotos de ella misma posando con su trofeo tras haber ganado un torneo de ano. Así empezamos a contarnos nuestras vidas durante días y semanas. Le confesé que andaba solo, y que hasta el momento no había podido encontrar a la mujer de mis sueños en mi propio país. Elvira me sonreía con complicidad, al mismo tiempo que subía los pies sobre la silla para no mojárselos.
Puesto que vivía en un atolón, el terreno donde se asentaba su morada era tan estrecho que podía verse el mar desde ambos lados de la casa. Me lo enseñó girando su webcam, y así descubrí el techo de paja y las paredes de bambú.
–¿Qué se siente al vivir sobre una superficie hecha por seres vivos?– le pregunté en cierta ocasión, en referencia a su isla de arrecifes de coral.
–Como una pulga que hace equilibrio sobre un perro sarnoso– respondió con media sonrisa.
Varias fotos me envió Elvira. Elvira en bikini, Elvira cocinando bananas, Elvira jugando ano.
Un día tardó en conectarse porque venía de una fiesta callejera. Gracias a que los ingresos del diminuto estado habían crecido a causa del uso del dominio punto tv, un patrocinador quiso agradecer a la población con un ágape, con vino, sándwiches y danzas tradicionales. Ese día me comentó:
–Sí, la fiesta muy bonita. Pero lo que todavía no entiendo es a qué se dedica la empresa que pagó todo, que se llama “milf.tv”.
No podía negarlo: empezaba a enamorarme de Elvira. Me habría encantado que aquel patrocinador le hubiese dado algo de ese dinero para que viniera a visitarme.
–Un barco de doce horas hasta Fiji –respondió a mi ocurrencia–. De allí un avión de seis horas a Sydney. Después, un vuelo de casi un día a Londres. Y algunas horas más a Barcelona. Ni siquiera el presidente del país ha hecho un viaje semejante.

Los días pasaban, aunque las conexiones empezaron a hacerse menos frecuentes. Un día le pregunté por qué temblaba y estornudaba tanto.
–Hoy el agua me llega a las rodillas.
Los días posteriores me envió algunas fotos más: Elvira con sus padres, Elvira en bikini, Elvira con vestimenta típica, Elvira jugando ano.
Qué guapa, Elvira.
De súbito perdimos el contacto. Hace semanas que espero que se vuelva a conectar. Noches enteras despierto con la única ilusión de leer el mensaje “Elvira ha iniciado sesión”.
Hoy es noche lluviosa. La luna se refleja en los charcos bajo los árboles, allí frente a la plaza. Mientras miro unas fotos colgadas en la pared impresas en mi Epson chorro de tinta, dudo si beberme este vaso de whisky a la salud de la industria pornográfica o del ingrato egoísmo australiano.

    

No hay comentarios: