sábado, 11 de septiembre de 2010

Spoiler / 3
Minsk


Belarús es el país con más alta tasa de suicidio del mundo. La gran mayoría de los que se quitan la vida son hombres, víctimas que generalmente pasan por la etapa previa del alcoholismo. El estilo preferido de suicidio es arrojarse desde un puente o edificio. Asimismo, su tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo, la fertilidad ha caído a límites jamás vistos y, por si fuera poco, muchos de los habitantes que quedan con ánimos se largan del país, emigrando generalmente a estados vecinos como Polonia o Rusia. Quienes huyen son, en su mayoría, mano de obra joven y masculina. 
Una y otra vez repasaba esta estadística en mis informes para comprenderlo, mientras oteaba la plaza de enfrente a través de la ventana del hotel, en la que huestes de solitarias féminas y cincuentonas de pañuelo en la cabeza iban y venían sin aparente destino, como pétalos secos. Hacía ya algunas semanas que me encontraba en Minsk, capital de la Rusia Blanca, por cuestiones de trabajo. Con frecuencia, después de mis burócratas ocupaciones, elegía perderme en solitario por el caótico trazado de sus calles, o vulikas, como un ovillo de lana que cae rodando sin rumbo, deja una estela de hiladas huellas bajo el asfalto sucio y humedecido por el rocío, y acaba chocando violentamente contra algún obstáculo, distraído ante tanto paisaje blondo e histriónico.
Bajé a la calle. El humo que vomitaban los tubos de desagüe se amalgamaba en mi campo visual a las moles constructivistas y al vapor que me salía de la boca. En la Prospekt Janky Kupaly me detuve a contemplar las siluetas de los árboles del parque Hurkaha. La vegetación se recortaba entre altas chimeneas zigzagueantes, y el contraste me transmitió la sensación de estar rodeado de montañas, aunque en esa llanura no existe elevación a cientos de kilómetros a la redonda. Me encendí un Pall Mall ruso y el humo del tabaco se entremezcló con el vapor de la boca. 
Minsk es una ciudad ruidosa y silenciosa a la vez. Quienes murmullan son los coches con sus caños de escape, o algún claxon antipático, pero la gente camina en silencio con la vista pegada al pavimento, cual pequeños soldados programados. La gran mayoría de los transeúntes son mujeres. A diferencia de las semanas anteriores, se empezaban a ver menos minifaldas, menos zapatos con los dedos al aire, dedos pintados laboriosamente de rojo, rosa o azul. Ahora, esos muslos al viento, esas rodillas graciosas se estaban cubriendo de tejanos polacos, de botas con interior de piel sintética. Cuán agradable era escuchar a mis espaldas el repiqueteo de unos zapatos filosos, y el aminorar la marcha para contemplar con disimulo el alejarse de alguna ninfa de pelo dorado, su falda de flores, sus nalgas gloriosas, sus piernas infinitas. 
  
  
Era la última noche, al día siguiente me caducaba el visado. La primera helada del año empezaba a brotar bajo las calles y sobre la copa de los árboles. Decidido, salí del hotel y caminé cinco o seis calles en dirección al lago Zaslaukaje. Me alcé las solapas de la chaqueta y me observé en el reflejo de un escaparate: transmitía un aire siniestro. Después de caminar con largas zancadas, llegué a la discoteca Orbita. Era pronto, no había nadie en la puerta, sólo una enorme mole de carne sin cuello ni pelo que cortaba los tickets. Entré, me senté en la barra y me pedí un gin tonic. A mis espaldas sólo había una pista, un par de siluetas bailoteando una melodía zómbica y tres o cuatro luces que giraban y volcaban sus colores sobre el suelo marmolado. Miré el reloj, las doce y veinte. Pensé si no me había equivocado de sitio. Me evadí en los hielos que se derretían en el vaso tubular, metí el dedo índice y los removí. Jugueteé con unas gotas de nosequé que se habían caído en la barra, y empecé a dibujar soles, montañas, un mar, una infantil forma humanoide. No recuerdo qué pensé, ideas inconexas quizás, pasado, futuro, y si hubiese sido así, que pasaría si. No recuerdo cuánto tiempo permanecí sumergido en tales elucubraciones. El codazo de alguien que pasó a mis espaldas me devolvió a la Tierra. Miré a mi derecha, un calvo gordo y con poco cuello bebía, seguramente, vodka a palo seco. Miré a mi izquierda, otro gordo aunque con pelo no separaba la boca de su copa de, quizás, medovukha, un aguardiente a base de miel, más fuerte que la bencina. Me giré, ahora la pista estaba poblada de siluetas. Allí sólo había cabelleras rubias agitándose, piernas de piel nevada, vertiginosos tacones que se movían al son de unos latidos de hipnosis, nereidas mecidas por un viento empíreo. Agucé la vista para entender mejor de lo que era testigo. Me puse de pie, di unos pasos: muslos apretujados, apenas cubiertos por minúsculas telas compactas; manos al cielo, deseosas de alcanzar el sol; piernas ardientes, entrelazadas con el procaz deseo de ser admiradas; labios escarlatas que escondían dientes perlados; altavoces latientes; telas ceñidas a pechos escandalosos; cabelleras oro; aromas rojos; frenesí.
La barra estaba completa de bebedores con la cabeza hundida en la copa. Y a tan sólo unos metros, aquel mar de sílfides. Evidentemente, había algo que no iba bien. Caminé lentamente hacia la pista, dispuesto a alejarme del submundo de eructos y vasos derramados, con el anhelo de hundir los pies en aquella playa espumosa. Así me encontré sumergido en ese baile frenético de mujeres solitarias. En unos segundos estaba rodeado de brazos que ondeaban a mi alrededor, y de ojos grises o azules que exploraban mi camisa a rayas negras, el vello de mi pecho, mi lóbulo, mis cejas arqueadas. Me sentía observado, deseado más bien, como nunca antes en mi vida. Busqué comprender esa escena que parecía fabulada. Miré hacia abajo, sí, había suelo, y era consistente.
Después de algunos segundos de vacilaciones –en los que no pude moverme, y menos bailar, paralizado por la incredulidad–, una rubia muy rubia situó su rostro frente al mío, entornó sus labios orondos y puso ante mi interferida vista una delicada hilera de dientes.
Kak delá?– saludó en perfecto ruso.
Lucía un minúsculo vestido rosa que le marcaba la estrecha cintura y enseñaba, aproximadamente, el cuarenta por ciento de sus pechos.
Dobra, dziakuj– respondí en correcto bielorruso.
Se sorprendió por la cortés deferencia de que un extranjero usara su lengua. Eso marcó un punto a mi favor. Porque era evidente que entre tanta marea eslava yo era el extranjero. De todos modos, la rubia muy rubia cambió al inglés, sospechando quizás que esas dos eran las únicas palabras que sabía en bielorruso. Y era cierto.
–Finalmente un hombre con quien bailar y hablar. ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?– me dijo al oído, reforzando las erres, mientras aproximaba hacia mi pecho, y con desbordante lascivia, su cuarenta por ciento a la vista.
–Soy de París, me llamo Antonin –respondí con voz temblorosa. Tragué saliva y no pude evitar agregar:– Si me preguntaran si el Edén existe, responderé siempre que está en Minsk. Y tú eres su embajadora.
La rubia sonrió y esa sonrisa la hizo aún más hermosa. Empezó a acariciar la solapa de mi camisa. De inmediato, una ebullición de sangre subió y bajó por cada uno de mis capilares.
–Me llamo Ludmila– apuntó Ludmila, sin que se le preguntara, y me besó en la mejilla con barba de dos días.
El corazón me iba a estallar de un momento a otro. Miraba de arriba hacia abajo la figura que tenía delante, y no podía creer lo que me estaba sucediendo.
Pero en ese preciso instante, un ventarrón de conciencia puso freno a mi arrebato. La razón situó en mi balanza el sentido de precaución. Debía andar con tiento. Recordé ciertos rumores del trato que las hermosas mujeres de estas latitudes prodigan al hombre extranjero. Y en mi caso, como francés y como diplomático, representaba una presa de lo más apetecible.
Di un paso hacia atrás. Ludmila lo advirtió y con descaro me llevó nuevamente a su cuarenta por ciento, sujetándome de las solapas.
–¿Bailamos?
Bailamos. Yo con robóticos movimientos, ella con excitante gracia. Mi sesera oscilaba entre la alerta constante y el pasmo ante la carnosa escultura que se refregaba ante mí. Era una lucha sin cuartel, miraba al techo, la miraba a ella. La cabeza me iba a explotar.
–Relájate, Antonin.
–Necesito un trago.
Di varios pasos largos y regresé a la barra. Estaba jadeante, sudado. Me hice un hueco entre el muro de borrachos –ya perdidamente borrachos todos– y pedí vodka. Me lo zampé de un sorbo y caminé de nuevo al mar rubio. En el trayecto, otro cuarenta por ciento, esta vez de alcohol, produjo su efecto de manera prodigiosa. Regresé a Ludmila, ahora era yo el que sonreía y había bajado los hombros.
–¿Bailamos?

Estuvimos dos o tres horas fregándonos, raspando nuestros vientres que encendían millones de cerillas. Me había olvidado del resto de sirenas que me rodeaban, ya sólo tenía ojos para mi ninfa. Ella me prodigaba caricias, besos en el cuello y me apoyaba adrede mis manos en sus nalgas. Las bielorrusas sí que saben tratar a un hombre.
De golpe, mi embotamiento se disipó para señalarme que no podía seguir así, con ella, en posición vertical.
–Vamos a mi hotel.
Creo que fue a causa de la gélida noche, que me abofeteó la mejilla antes de entrar al taxi, para que el fulgor de razón volviera a bañarme de arriba abajo. “Cuidado”, me repetí. Cuidado.
Las mujeres del Este, tan seductoras, son el anzuelo indicado para la pesca de gordas y adineradas piezas extranjeras. Volví a recordar los casos de interludios sexuales conseguidos por foráneos que acabaron en robos descarados. O incluso peor: que detrás de estas ensoñadoras noches de sexo con las rubias más hermosas con las que un hombre no eslavo pueda estar, se esconde una red de traficantes de órganos: te hacen el amor, te duermen, te abren, te quitan lo que sirve, te meten en la bañera con hielo. Sí, sí, puede parecer una leyenda urbana, pero mejor estar alerta. 
Ludmila, mientras tanto, aprovechaba el corto viaje en taxi para besarme el cuello, acariciarme, lanzarme miradas intensas, miradas grises que yo buscaba rechazar.
O, quizás, incluso sea peor: me ofrece la noche de amor más loca de mi vida, oh dulce Ludmila, y así consigue enamorarme, y yo enloquezco de pasión, y quiero llevarla a París, viviremos juntos en una casita de Rue Lambert, oh sí mi Ludmila, y haremos el amor todas las mañanas y me harás el desayuno, y te enjabonaré la espalda, me harás masajes, y después invitarás a tu hermano de vacaciones, después a tu otro hermano, al final deciden quedarse, viene tu madre, tus tíos y primos, me echan de casa, te quedas con mi coche y con mi cuenta bancaria, y entiendo el por qué de tantos suicidios en tu puto país…
Ludmila seguía contemplándome en silencio mientras me acariciaba, ajena a mis cavilaciones.
Llegamos al hotel y, a pesar de la escultural figura que bajaba del taxi con soltura, yo buscaba por todos los medios minimizar el momento que estaba a punto de vivir.
En la recepción, el conserje me lanzó un gesto serio y discreto, quizás acostumbrado a la contratación de servicios por parte de sus clientes. Una vez dentro, mientras abría la puerta con la tarjeta, Ludmila me propinó un beso tan húmedo y huracanado que me enloqueció. Mi excitación regresó, como dirigida por un mando a distancia. Sus ojos grises me interpelaron, su iris se me metió en mis pestañas, otra vez volví a derretirme.
“Cuidado”, volví a repetirme.
A pesar de mis reservas, la arrojé en la cama con virulencia, la besé y exploré todos sus delicados sitios ocultos. Ludmila me regaló un gemido. Yo estaba cerca de explotar.
–Déjame darme una ducha –me frenó con sus labios, que rodeaban mi lóbulo.
Era el momento indicado. Mi producción hormonal cayó algunos puntos, lo bastante como para que otra vez volviera a primar la razón. Me aseguré de que Ludmila cerrara correctamente la puerta. De un salto, con la camisa desabrochada y sin zapatos, me apresuré a esconder todos mis bienes personales, pasaporte, dinero, tarjetas, relojes, perfumes. Los metí en una maleta, y la maleta la escondí en la parte más alta del armario. Fui a la silla y revisé el contenido del su bolso: lápiz labial, llaves, móvil, tampones. No había jeringas, somníferos, pistolas, silenciadores, spray de defensa personal… Revisé su móvil, entré a sus mensajes, a sus llamadas anteriores. Eran todos nombres en cirílico, había una Irina, una Marina, quién sabe quiénes eran.
Cuando Ludmila salió de la ducha yo estaba tendido en la cama, cubierto sólo por mi ropa interior. La visión de su cuerpo desnudo volvió a diluir los temores. Una Venus hecha a pinceladas cortas, de líneas ondulantes, fundida en oro, bronce, cinc o criptonita, que se acercaba paso a paso mordiéndose el labio inferior, un labio ahora más carnoso y más brillante, unos senos al cien por ciento, un vientre ardiente como mil cerillas, un sexo calvo y afrutado, la pista de aterrizaje de cualquier viaje al paraíso. Las figuras que la rodeaban se desvanecieron, las líneas del mundo circundante se derritieron, el vacío rodeó a Ludmila, que se sentó a horcajadas sobre mi humanidad. Creo que perdí el sentido, antes incluso de cuando debería haberlo perdido.

A la mañana siguiente desperté sobresaltado. Me sentí sudado, mastiqué un vaho molesto entre los dientes. Me giré y la vi a ella, a unos milímetros de mi rostro, despierta, observándome con embeleso, como hipnotizada. Me asustó el hecho de que estuviera tan despierta a esa hora. Miré por la ventana, el sol ya iluminaba la puerta de entrada. “Merde!”, pensé. Di un salto y me palpé el cuerpo de pies a cabeza. Desde la cama, Ludmila me miraba con los ojos más tiernos que había visto jamás. Ojos grises, ojos laberinto para perderse sin intención de hallar la salida. Eso puedo decir ahora, a la distancia, pero en aquel instante sólo me preocupaba por controlar si mi cuerpo estaba en condiciones.
–¿Qué pasa, mon cherí? –Ludmila se incorporó y dejó al descubierto sus pechos redondos como las cúpulas ortodoxas.
Intenté juntar las imágenes de la noche vivida hacia no más de unas horas. Tantas emociones mezcladas, tantos latidos brotados del contacto con esa soñada sirena, habían difuminado mis recuerdos inmediatos. Pero sí, habíamos hecho el amor, ella me besó, me acarició, nunca nadie me había acariciado tanto. Me regaló sexo oral, me pidió violencia, después suavidad, me arañó la espalda, me la besó. Las imágenes se iban juntando una a una, en carnal torrente.
Me apreté las sienes con nerviosismo. Me vestí con agitación y saqué la maleta escondida en el armario. Metí allí algunas cosas más, me lavé la cara, los dientes, me eché perfume. Ludmila me seguía con la vista, ante cada uno de mis movimientos su rostro denotaba cada vez más asombro, o más bien incredulidad, pero yo no prestaba atención a sus reacciones, sino a mi urgencia de escapar de allí lo más pronto posible.
–¿Te marchas, mi amor?
Iba a partir, a escapar más bien, sin apenas saludarla. Las últimas dos palabras que me dijo reverberaron algunos segundos. Me sentía asustado, pero de todos modos me giré y la vi allí, desnuda, solitaria sobre la cama blanca. Su rostro de perfectas proporciones dibujaba un gesto de desgracia, sus pelos rubios muy rubios batidos, sus pechos curvos al cien por cien, su cuerpo de cortas pinceladas, su piel nevada, sus ojos grises humedecidos…

En el control de pasaportes, el vigilante me reprendió por irme del país el mismo día en que caducaba el visado.
–Cualquier inconveniente… y multa, o cárcel.
Asentí. Me pregunté si alguna vez aquel hombre había pensado en suicidarse. Selló la página correspondiente, me lo devolvió y señaló a mi hombro:
–Y quítese esos cabellos rubios que le cuelgan ahí.
Una hora después, Minsk desaparecía tras nubes grises a través de la ventana del avión. Durante todo el viaje no quise comer nada, ni siquiera beber agua. Sólo intentaba dormir, aunque sin éxito, mientras jugueteaba con esos tres o cuatro cabellos dorados, que hoy aún conservo en una pequeña pero elegante caja de madera. 

   

5 comentarios:

Carme Carles dijo...

Mientras leía imaginaba diversos finales y saboreaba el momento de saber cuál habrías elegido.
triste sociedad que nos hace recelar hasta del sexo.
Buen relato
Salut
PD: Antonín ??

Franco Chiaravalloti dijo...

Bonjour, Carmen!
Merci pour le commentaire!
¿sabes que yo también he sentido un poco lo mismo?
Empecé a escribir sin saber el final, que acabó encontrándome a mí. Un andar por la jungla machete en mano, hasta encontrar el salvador claro con su lago.
Y gracias por apuntar lo de Antonín... je. Es sin acento, como Artaud. Ya lo he corregido.
¡Un abrazo!

Anónimo dijo...

Yo mientras lo leía pensaba: uf, entre el cliché y lo pretencioso ("como un ovillo de lana que cae rodando sin rumbo, deja una estela de hiladas huellas bajo el asfalto sucio y humedecido por el rocío"), qué mal sitio donde caer escribiendo... y en tan pocas líneas. ¡Menos mal que está el colchón de los blogs y el aliento de los amigos! (porque de cuchillazos nada, bueno, éste un poco)

Saludos,
energúmeno valenciano

Franco Chiaravalloti dijo...

Estimado energúmeno:
Me encantaría entender tu comentario, pero tengo la mitad del cerebro adormecido por una nueva línea de somníferos con una potencia tal que están a punto de ser prohibidos por la CEE; es por eso que escribo estos descalabros.
Un abrazo.

carlos de la parra dijo...

Recuerda que aún nuestros detractores provocan nuestra mitología.
Los que nos eliminan son los que no dicen nada.
A mí si me gustó, y por igual reescribiría la frase del ovillo, aunque ciertamente captura el planteamiento de ésta sociedad con alto índice de suicidio, y las mujeres preciosas que la habitan, digo ésto sugiere que podrían buscar la muerte de placer o unirse en un club para cambiar el estado de las cosas. O emigrar, el suicidio sólo en raros casos se justifica ante tanta mejor opción.