domingo, 16 de mayo de 2010

Gente negativa / 6

El señor Mario Tarrés bajó lentamente por la escalera asiéndose de la baranda, como cada día. La baranda le pareció más lustrosa que otras veces, y le resultó gracioso calentarla con el calor de la mano. Al bajar centró su atención en la conjunción de piedrecillas incrustadas en el mármol de los escalones. Algunas tenían forma de pez, otras de diamante, o de lápiz. El señor Mario Tarrés permaneció de pie algunos segundos en el descanso de la escalera mientras contemplaba las formas. Pestañeó un par de veces, sonrió tímidamente y continuó bajando. Al llegar a la calle, notó bajo sus zapatos la textura que pisaba: las nervaduras del asfalto se ramificaban como minúsculos ríos; las arenisca era redondeada; alguien había arrojado crujientes migas de pan a las palomas. El señor Mario Tarrés se dirigió hacia la verdulería a comprar algunas peras para comer por la tarde. Le encantaba mantener los trozos de pera en la boca durante un buen rato, hasta que se deshacían. En las tres calles que separaban su casa de la verdulería vio muchos ojos con muchas ojeras debajo. Caminó mirando hacia esos ojos, con una enorme sonrisa. Recibió alguna mirada sospechosa como respuesta, pero ninguna sonrisa. Respiró. Entre el humo de los coches notó un vaho a jazmín. Empezó a silbar el allegro de "Burleske para piano y orquesta" de Richard Stauss. El señor Mario Tarrés llegó a la verdulería y saludó a los clientes y a los empleados con un enérgico “Muy buenos días a todos”. Sólo recibió como respuesta un movimiento de cabeza de la chica que atendía en la caja. Con notoria emoción empezó a elegir las peras, feliz por sentir la textura tan suave de la fruta de estación. Retomó la silbatina de Strauss. Aguzó el oído para sentir el rozar de las pieles amarillas, un sonido que le recordó al arrullar de las hojas de malva del balcón cuando las mecía el viento. De súbito, tras su espalda, unas voces graves interfirieron aquel mecer. Sobre el hombro vio dos hombres con sombrero. Aunque a trazos, no pudo evitar escuchar las graves palabras: "He leído que las tasas de interés seguirán bajando". "El Euribor está en su mínimo histórico". "Dicen que mejor no arriesgar". "Yo no viajaría este año, hay bastantes atentados". "¿Has leído? Cada vez más chicas asesinadas al salir de la escuela". "Este año el virus será más fuerte". "Cada vez vamos peor". "Da miedo". "Sí, da miedo". "¿Llevamos fresas para el postre?". El señor Mario Tarrés volvió a sus peras y a Strauss. Cogió la primer pera, la palpó, la olió, acarició la piel y la metió lentamente en el saco de tela que había llevado. "En diez minutos repiten el discurso del ministro en el informativo". Cogió una segunda pera, se la pasó suavemente por la mejilla. "Es indignante, qué morro tiene ese tipo". La olió, el vaho le devolvió un resumen exacto de la palabra primavera. "Te juro de solo verlo por la tele me da una cosa aquí, en la boca del estómago". Cogió la tercer pera aún con más lentitud que las dos primeras, apreció el amarillo moteado de la cáscara, los dibujos le recordaron a un muñeco de su infancia. Se emocionó. "Cabrones de mierda, son todos iguales, de un lado y del otro". Las motas de la pera eran pocas, pero el señor Mario Tarrés completó con su imaginación las motas que faltaban. En pocos segundos el muñeco bailoteaba sobre la superficie de la pera. "Estoy harto de todos estos payasos, quiero ver ahora con qué se destaparán". Pensó que tres peras estarían bien. Su pecho estaba lleno de regocijo, como siempre, o más que siempre. "Venga tío, paga las fresas y vamos, que tenemos que verlo". Hizo un bonito nudo al saco y, con sorpresa, apreció la ligera fricción de la tela. De pronto uno de los hombres con sombrero le dio un involuntario empujón con el hombro. El señor Mario Tarrés perdió el equilibrio. Un reflejo lo hizo asirse de la caja de peras, pero tanto él como las peras cayeron al suelo con estrépito. En un segundo el señor Mario Tarrés se encontró sentado en el suelo y rodeado de las frutas que había estado admirando. A lo lejos, ninguno de los hombres con sombrero advirtió el accidente. Pagaron sus fresas sin mirar los ojos de la empleada –que eran marrones y grandes–, sin dejar de hablar entre sí, sin decir adiós. Y desaparecieron por una de las calles adyacentes. El señor Mario Tarrés permaneció durante unos segundos en el suelo, hasta que por fin uno de los clientes le extendió una mano. Las nalgas se le enfriaron con el frío de las baldosas. Algunas peras rodaron y le chocaron la pierna . El señor Mario Tarrés miró hacia arriba y dirigió una enorme sonrisa al joven que se ofreció a levantarlo. Se sujetó de su mano cálida y, antes de levantarse, le dijo: "Joven, ¿sabes lo feliz que me hacen las peras?". El joven lo miró con extrañeza, casi con espanto. Hizo fuerza hacia arriba y levantó al anciano. Se apresuró en despegar su mano de la de aquel viejo loco, y cuando el anciano le sonrió con ojos casi paranoicos, el joven apartó la vista, y sintió un miedo que no pudo explicarse. Dio un paso hacia atrás para darle sitio a que recoja las cuatro peras caídas, lo vio dirigirse hacia la caja, lo vio desaparecer por alguna calle adyacente. Lo escuchó silbar una horrible melodía. Lo escuchó reír en soledad. Por fin, cuando la risa y el silbido se alejaron de su percepción, el joven frunció el ceño, se esforzó en regresar a sus preocupaciones y recordó que aún no había comprado Pepsi para la cena. 

3 comentarios:

Franco Chiaravalloti dijo...

Cuánto de lo que pasan por televisión es real. Es realmente real esa realidad. Esa selección de la realidad nos enseña una realidad tan segmentada que no puede ser considerada la realidad sino, al menos, una realidad. Si, entonces, esta “una” realidad, que no es más que una ínfima porción de lo real, su selección responde a unos intereses creados basados en la búsqueda de nuevos impactos, de sorpresa constante, intento de alcanzar mayores beneficios, es que entonces un hecho ficticio e irrelevante.

Carme Carles dijo...

Cuanto más (in)formados, más pesimistas. Ninguna manifestación artística que muestre optimismo ni los medios que nos bombardean cada día, vendería su producto. Incluso el hastío y el aburrimiento suenan más literarios
Hemos perdido la capacidad de disfrutar de lo simple pensando precisamente que es demasiado simple para nosotros que ya hemos alcanzado un nivel de evolución en el que debemos gozar de más altos disfrutes, como el arte pesimista. Probablemente como dices, la realidad que sentimos no es tal realidad sino que es la realidad que a alguien le parece bien que pensemos que lo es.
Si preguntamos a los protagonistas de la historia cada uno tendrá una percepción, más alejada de la realidad cuanta más información posea.
Buena reflexión.
Salut

carlos de la parra dijo...

Está cuidado el relato al mínimo detalle,sólo un joven tiene estómago para soportar una Pepsi.