sábado, 22 de mayo de 2010

Apuntes en tinta / 6
Y dijo el narrador (que no el autor)…



Aquí estoy, tiempo presente del indicativo, en la frontera que me separa de las palabras. Espero tras la ventanilla diminutiva. Las palabras han llegado, sí, están allí, las veo. Pero han quedado demoradas en la aduana, sitio gigante, frío, seco, gris y plagado de adjetivos que ralentizan la escena. Las palabras están siendo custodiadas por horribles policías con diéresis sobre sus cabezas. Burocracia galopante, adverbio acabado en mente: las leyes señalan que las palabras se quedarán allí durante meses, sin poder ser utilizadas. Gestiono los trámites pertinentes, sellos, tum tum, papeles rosas, rúbrica, duplicado, enumeración. Busco sacarlas como sea. Pero pasan los años. Persisto. No cedo. Hasta que un día –por fin– se produce la caducidad de la burocracia, repetición, cacofonía. Me envían un telegrama: las palabras ya están disponibles para ser extraídas. Regreso a la frontera con ilusión para recuperarlas. Paso por Migraciones, pago la tasa correspondiente, cumplo con lo que encomienda la ley y la gramática. Las palabras por fin volverán a su dueño, o sea yo, o bien el narrador de esta historia. Allí están después de lustros. Sin embargo ahora las veo arrumbadas en el almacén. Viejas, inútiles, faltas de color, desposeídas, invadidas por adjetivos que restan fuerza, carcomidas por ratas. Mojadas, abandonadas. Ya no están unidas por conjunción alguna, despojadas de estilo, contaminadas de gerundios, oxidadas de clichés y faltas de ortografías. Exhalo una onomatopeya de aes y haches. Desisto. Vuelvo a casa con las manos en los bolsillos, con los papeles rosas y los comprobantes de pago. Con la boca vacía, la mente seca y la vergüenza de haber escrito en vano esta absurda monserga metaliteraria. Ahora me doy cuenta de que no hacen falta las palabras para contar nada, ya que no hay nada que contar en realidad. Nunca volveré a pisar aquella aduana. Las palabras ya no me sirven. Y este absurdo, metaliterario y repetitivo cuento, tampoco.

5 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Créame,lo que le sucedió en éste relato es secillamente que tuvo usted una pesadilla en alemán,la cual le provocó tanto traumatismo con las palabras,ésto nos puede ocurrir a quien sea,pero tengo el remedio para destrabarse ;pronuncie 15 veces seguidas el nombre del volcán de Islandia,y queda como nuevo.

Franco Chiaravalloti dijo...

Jeje, Carlos, creo que tienes razón, de hecho he escrito este relatito en un pequeño rapto de insomnio, con los ojos semipegados, con el silencio de la noche rodeándome, con el frío de la madrugada que se me colaba por el ventanuco entreabierto. Aunque, por suerte, después de haberlo escrito pude dormir un poquito más. A veces las palabras atragantadas son como una comida pesada, hay que evacuarlas de alguna manera para poder reposar en paz. Recibe un fuerte abrazo.

Gin Hindew 1.1.0 dijo...

Buen manejo de las palabras, literalmente XD

Carme Carles dijo...

Las palabras siempre están ahí, el nuestro problema que es que queremos que estén siempre dispuestas, en un orden aleatorio, que tengan ritmo y musicalidad y encima nos digan algo. Demasiado trabajo para hacerlo ellas solas. Al menos debemos hacer algún esfuerzo, aunque sea pagar el peaje de pensarlas.
Salut

carlos de la parra dijo...

Aquí radica precisamente la gracia de la palabra escrita a diferencia de la hablada.En que se toma uno el tiempo para trabajarla,modificarla,corregirla,más no por éso hay que menospreciar ésa magia de lo escrito que se denomina la lírica,y surge del autor tal cual si la enunciáse.Hoy leí que Borges en cada edición se corregía y se revisaba obsesivamente;algo como el virtuoso puliendo su virtuosismo.