lunes, 15 de febrero de 2010

Historias de escritores / 6





En general, los escritores suelen defenestrar las etiquetas que les cuelgan editores y periodistas especializados, pero una vez que les son quitadas, las acaban echando de menos. Si se presenta la ecuación [autor francés] + [que escribe sobre temas polémicos], el resultado es [enfant terrible]. Si es [mujer] + [escritora de novela negra] se obtiene como resultado [dama del crimen]. En cambio, si se presenta un [joven talentoso] + [bien recibido por la crítica] lo que obtenemos es un [niño mimado]. Tal fue el caso de Stuart W. Clifford, autor escocés de 21 años que se topó con un abrupto éxito al publicar su opera prima All those sheeps around me, una contundente oda a la rebeldía de la juventud de los setenta aunque, según las palabras de Clifford, “no es más que puta mierda cosida, encolada y de tapa dura”. De inmediato la obra trepó a los primeros puestos de ventas en Glasgow. La repercusión fue inmediata. Todo comenzó cuando el matutino The Herald tituló en su suplemento cultural “El niño mimado de nuestras letras”. Una vez que sus agentes decidieron conquistar el mercado londinense, The Sunday Post sentenció “Nuestro niño mimado lo va a conseguir”. Y cuando saltaron a tierras americanas, The Times no dudó en titular “Good luck, our pumpered kid!”, o lo que es lo mismo: “¡Suerte, nuestro niño mimado!”. De esa forma, los lectores compraban como pan caliente los libros de Clifford no por lo que había dentro sino por la edad del autor. Su siguiente título, Let me take a rest, fue el más regalado en las navidades de 1973, “el típico libro para quedar bien –como años después confesara su editor– pero que acababa muerto en estantes o sosteniendo patas de sofás rotos”. Astutos, los editores diseñaban las portadas de sus libros con el nombre de Clifford cuatro veces más grande que el título del libro, mientras que en la contraportada aparecía una enorme foto suya, a fin de que los lectores no se olvidaran de su candidez. El problema comenzó cuando Clifford creció. Su acné desapareció, le empezaron a salir canas y unas arrugas comenzaron a surcarle la frente. Pero ningún agente ni representante se atrevió a quitarle el cartel que tan bien se había ganado. Pasaron los años y los editores se negaron a cambiar las fotos de Clifford de las contraportadas, él siempre aparecía con su imagen de los 22 años. Suponiendo sospechas del público, algún agente sugirió cambiarle la etiqueta de “niño mimado” por el de “joven y maduro”, propuesta que fue rechazada de lleno por el comité ejecutivo de su editorial. En 1984, en su séptimo libro Clifford seguía tratando sobre la rebeldía juvenil, las ventajas del sexo oral, sobre cómo quemar papeleras o liar porros. La biografía de la solapa no indicaba ninguna referencia a su edad o fecha de nacimiento, pero sí aparecía su imagen jovial y adolescente. Muchos lectores sospecharon el engaño, pero ninguno elevó ningún reclamo o queja. Un sector, incluso, reivindicaba este juego, argumentando que de esta forma su lucha de rebeldía no se apagaría. Pero los años 80 no eran como los 70. La sociedad prefería jugar al Pacman antes que leer a Foucault, escuchar Cindy Lauper antes que a Rick Wakeman, o enarbolar banderas con la cara del perro Snoopy más que con la inscripción Stop de War. Contexto que no encajaba con el mensaje de Clifford y sus agentes. Un golpe de timón se veía imprescindible, pero ya era demasiado tarde. Nuevos autores, públicos y formatos de entretenimiento acabaron con el ingenio punzante del otrora joven talentoso. Su figura se evaporó con la misma facilidad que con la que había aparecido. Actualmente, en el mundillo literario escocés se comenta que Clifford se gana la vida como presentador de informerciales para un canal televisivo de Edimburgo, aunque nadie está realmente seguro si el que vende el Ab Shaper Pro es realmente Stuart W. Clifford.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja, me encantan estas biografías. Pon más!

carlos de la parra dijo...

Así sucede con los asuntos de mercadotecnia;y todo por falta de lectores cuyos sesos son recocidos por la televisión y la mentalidad de masas subyugadas.Pero parte de la verdadera calidad es su resistencia al paso del tiempo.