lunes, 10 de noviembre de 2008

A las cinco en el café de siempre, ¿vale?

Debería ser tema central en un simposio de psicólogos conductistas. Sin lugar a dudas, los matices que se generan a raíz de las palmadas que damos en la espalda cuando abrazamos a otra persona es un tema que da mucho de sí. Si bien existe otra variante, que es la de frotar esa misma mano sucesivas veces hacia arriba o hacia abajo como una especie de áspera caricia, son las palmadas las que marcan las distancias. Y, casi siempre, demoledoras distancias. Qué mierda, las palmadas deben darse solamente a amigos. Y ni siquiera eso, deben darse a las personas con la cual no tenemos una relación muy cercana, como a la vecina que hemos visto sólo un par de veces y le damos nuestras condolencias porque se ha muerto su marido. Esa palmada no sólo es necesaria, sino esencial, porque no marca respeto, sino distancia, o dicho de otro modo, un respecto sin afecto. Y cuantas más palmadas se den, más distancia es la que se marca.

La mano frotada, en cambio, ofrece un toque más maternal. En general se da a personas que socialmente o psicológicamente están en un nivel inferior, como novias a quien queremos dejar y se ponen a llorar, compañeros de trabajo que son echados y están abatidos, madres que dejan a sus hijos en la escuela el primer día de clases o, lo que lo mismo, hijos que dejan a su madre el primer día en la casa de ancianos. Esa frote es una forma de decir “tranquilo, no me voy, estoy aquí contigo”.

Todo este prolegómeno sirve solamente para responderme a esta pregunta… ¿por qué coño Silvia me dio esas seis palmadas ayer, cuando nos despedimos? ¿Se piensa que estoy en un escalón inferior a ella? ¿Quién se piensa que es? Mientras sentía el retumbar de su mano en mi espalda, yo iba contándolas, palmada por palmada. Si será cínica la cabrona, ahora me doy cuenta… eran lentas las palmadas, una tras otra, como si supiera que las iba contando. Eran como las que le da la madre al bebe para que eructe. Ahora pienso “ojalá le hubiese eructado en la oreja a esa desgraciada”. La primer palmada fue la que marcó territorio, diciendo “imbécil, convéncete que lo nuestro ya pasó, olvídate de mí, no me mereces”. La segunda palmada fue simplemente un énfasis a la palabra “imbécil”. La tercera significaba “sé que lo supones, y supones bien, he encontrado a otro que me llena más, un eufemismo para decir que tengo un tío que me folla mejor que tú”. La cuarta ya era la categórica: “a ver si me dejas de abrazar, pesado”. La quinta, “tengo que hacer mejores cosas que estar aquí aguantando tus sollozos sobre mi hombro, además todos están mirando en este café lo maricón que eres; tíos eran los de antes”. Y la sexta y definitiva fue un “bueno basta, te aparto yo, el otro me está esperando en su piso, además me está llegando de tu boca un aliento a caballo muerto que apesta”. Y con suavidad, para mantener las formas, me aparta de su pecho, me invita a sentarme nuevamente en la silla de aquel bar, me da el último beso y me espeta el último y cínico “Adiós Gregorio” para terminar con un innecesario “hablamos, ¿vale?”.

¿Hablamos? ¿Hablamos? ¿Qué coño hablamos? ¿Hablar sobre las veces que lo haces con el que te folla ahora? ¿O sobre dónde vais a pasar el fin de semana? Apenas Silvia cruzó la puerta del bar, lo primero que hice fue eliminar su número del móvil, borrar todos sus mensajes y hacer pedazos la foto carnet que guardaba en la cartera. Y para terminar de descargar mi rabia, di una palmada en la mesa que casi tira al suelo el pocillo de café. Confieso que después me sentí un poco más aliviado. Bueno, algo de bueno tenían que tener las putas palmadas.

2 comentarios:

cachivache dijo...

OH! que gato atrevido! sabes que voy hacer? comenzare a acariciarte la cabecita siguiendo por tu suave lomito hasta llegar hasta tu cola (mientras no dejas de ronronear como nunca lo has hecho) para que, al llegar al final de tu columna vertebral...te de una patada en el trasero y salgas volando por la ventana.

vanielim dijo...

Empiezo de abajo para arriba y el segundo texto me encanta más que el primero. Palmadas condolescientes, palmadas asesinas. Que te bajan de las nubes al fondo del mar, que cachetean duro. Sí, Gregorio, tus palmadas me dolieron. Y te admiro por eso.