lunes, 14 de junio de 2010

Si tan sólo fueran soplos





Y llegó el turno de Wilson Prada. El silencio volvió al recinto. Apenas algunas toses, copas de whisky que chocaban involuntariamente entre sí, los pasos de los camareros amortiguados por el suelo enmoquetado. Wilson subió al escenario, sus zapatos rechinaron en la madera lustrada de los escalones. El foco de luz le iluminó la frente vacía y húmeda, y sus ojeras experimentaron un efecto de hundimiento. Wilson sacó la lengua. Humedeció su labio superior. Humedeció su labio inferior. Tragó aire. Se inclinó para apoyar la maleta que colgaba de su la mano izquierda. Con la derecha empujó hacia delante el saxo que llevaba tras la espalda, de modo que la boquilla se detuvo a pocos centímetros de la boca. Exhaló. Advirtió que sobre el atril aún permanecía la partitura del anterior músico, un guitarrista que había interpretado fraseos de Pat Metheny. Wilson se agachó y pulsó el botón de la maleta, que se abrió como una almeja. Algunos papeles salieron despedidos hacia la madera lustrada. El silencio era tal que Wilson escuchó el eco del botón. Esas ondas viajaron parcas hasta el fondo del salón, allí donde un sonidista esperaba el comienzo de la interpretación para ajustar los agudos de la consola. Por aquel mismo sector unos espectadores empezaron a susurrar entre sí, a servirse más whisky, a toser. Se movían en la silla como si algo les molestara. Fijaban la vista en aquel músico que parecía flotar en medio de la oscuridad, y apreciaron su llamativa parsimonia al apoyar la partitura en el atril. Un concurrente bigotudo –que bebía brandy a pocos metros del escenario– sintió atracción por el gesto mustio de aquel músico cuando arrellanó los papeles. Notó su exagerada manera de tragar aire, quizás para capturar el oxígeno necesario antes de demostrar su habilidad con el instrumento. A un extremo del recinto, una pareja se veía expectante, quizás con ganas de escuchar algo mejor que el pastoso punteo anterior. La mujer vestía un ceñido traje rojo que le dejaba las piernas a la intemperie. Sus ojos marrones centraron la atención en el entrecejo del músico. Las arrugas de esa frente descendían levemente en aquel espacio vacío, formando una letra uve. Esa sutileza evocó en la mujer de bonitas piernas una sensación de abandono, de lejanía más bien. Por su parte, el hombre a su lado advirtió, no sin sospecha, que el músico contemplaba el atril más tiempo de lo habitual antes de empezar la interpretación. Sintió intriga al ver cómo los ángulos de aquellos ojos se inclinaban hacia abajo, como derritiéndose. Mientras tanto, una ebullición en forma de murmullo envolvió el salón oscuro. Habían pasado cuatro minutos desde la aparición del músico y aún seguía manipulando sus papeles. Al fondo, el sonidista tuvo una idea: subió una perilla de la consola y provocó un acople. Wilson sintió un pitido horrible, un clavo oxidado en el tímpano. Dio un pequeño brinco, despegó los ojos del atril y agitó la cabeza. Miró hacia el público, pero la luz que le apuntaba no le permitía ver más que oscuridad allí abajo. Enderezó la espalda, acercó los labios a la boquilla y accionó el mecanismo de octava. Un hilo de aire se inmiscuyó por los agujeros de su nariz. Volvió a fijarse en el atril y, de forma automática, los labios le temblaron, como quien aguanta un sollozo. La concurrencia regresó la atención al escenario. Por fin, del orificio salieron los primeros tonos. Resultó ser el standard I'm Old Fashioned, en versión de John Coltrane. Las notas empezaron a ser despedidas con apatía, eran burbujas negras que explotaban en el aire ante cada mirada, espinas secas pinchando carne viva. El público escuchaba indiferente, alguno se frotó la perilla, otro giraba con el dedo los hielos en el whisky. Pero las notas pasaron, las pulsaciones prosiguieron, y las burbujas fueron tornándose vivas, luminosas. La cabeza de Wilson empezó a dibujar ondas en el aire, mientras sus dedos penetraban en las teclas, que se tornaron de piel bañada en sol. Wilson jamás cerró los ojos, nunca despegó la vista del atril. Cada soplido era llanto, como si sus propias tripas salieran despedidas con forma de Fa Sostenido o de Do Menor. El público seguía en silencio, aunque ahora absorto, hechizado por el magma que eyectaba el escenario. El sonidista, el bigotudo, uno que fumaba, la de piernas bonitas, todos terminaron por entregarse a los acordes y compases de aquel saxofonista que había sido anunciado en los carteles de la entrada, pero que seguramente nadie recordara su nombre. La melodía era sencilla, no había virtuosismo, ni escalas exigentes, de hecho faltaba un buen piano que lo acompañara o un par de escobillas sobre platillos. Pero a nadie le importó. Wilson seguía con la vista hacia el atril, presionaba las teclas con un ardor sediento, besaba la boquilla con frenesí adolescente. Manaba gestos desconsolados, casi orgásminos. Su alma y sus vísceras ascendían por la tráquea y se transformaban en aire, aire que adoptaba forma de armonía, que surcaba el éter, que se depositaba sobre oídos ajenos, que mutaba en escalofríos o en latidos o en piel erizada. Wilson estiró las últimas notas hasta asfixiarse, pero no quiso acabar, no podía, no, continuó otro compás, y otro, le resultó imposible cerrar esa pieza que era lo único que le quedaba. Ni los aplausos, ni el saxo, ni el futuro ni el aire de sus pulmones, nada más importaba ya. Wilson miraba el atril con ojos desgarrados, aunque allí no había ninguna partitura, sino el retrato de una mujer lejana, ahora ajena, ahora humo, convertida en mero recuerdo. Una mujer que miraba a Wilson con aire de melodía e inspiración.

2 comentarios:

Carme Carles dijo...

Me pareció oir una música en el blog, pero creo que sólo fue una ilusión, un espejismo que dejó el texto.
Salut

Gin Hindew 1.1.0 dijo...

Esa clase de final suele estar muy gastado, pero le has dado la preparacion y la atmosfera adecuada para decir que es un muy buen relato (ahora imagina que aqui va un emoticon con el pulgar hacia arriba)