sábado, 19 de junio de 2010

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Ligeras variables de mercado

1. ARRIAGA

Allí abajo me esperan mis amados seres. Me cuesta salir de la recámara, ellos deben estar ahí, en el salón, preguntándose por qué los he reunido hoy. Justo hoy, una mañana de domingo ideal para navegar en el lago o caminar por la montaña, como hacemos siempre. Tendríamos que estar preparando el viaje a Australia que les prometí. Pero todo ha cambiado. No puedo dejar de mirar el adorno que Martincito me hizo para el día del padre. Es una deforme escultura de cartón pintada con varios colores; no sé qué es ni qué significa, pero no me importa. Me lo regaló el domingo pasado y lo he llevado toda la semana en el bolsillo trasero del pantalón. Es el mejor regalo que me han hecho jamás.

Maricarmen me llama, dice que baje, que el café está listo. Ella también está intrigada por saber a qué se debe esta reunión matutina, aunque quizás no tanto como los niños. Martincito quiere conocer la sorpresa que les tengo preparada. Seguro supone otro karting. Jimena, como siempre, fue la primera en levantarse. En eso es bastante parecida a mí, siempre tiene que ser la primera en todo, especialmente en la escuela. Por eso se la ve tan madura para su edad, a diferencia de Karen. Cada vez creo más eso que dicen que la del medio suele ser la más conflictiva, de hecho sigue yendo a ese terapeuta que me resulta un charlatán; pero qué puedo hacer, cosas de Maricarmen.

La decisión no fue repentina. Creo que, inconscientemente, la tomé aquel día de septiembre en que se confirmaron mis sospechas. Agresti entró a mi despacho con labios temblorosos, paso lento y las cejas curvadas hacia arriba.
–¿Qué pasa, Agresti?
Definitivamente, algo no andaba bien.
–Licenciado Arriaga, vengo del bufete. Intentaré ser sincero y claro, yendo directamente al grano. –Carraspeó, se aflojó la corbata y dejó la maleta sobre la alfombra; dudó si beber o no el vaso de agua que estaba sobre mi escritorio, pero finalmente lo hizo; volvió a carraspear–. Especular no ha sido la mejor idea este año, licenciado. La sindicatura nos exige una convocatoria de acreedores. Convocatoria a la que, con el líquido y el patrimonio con el que contamos en nuestras arcas, no podremos hacer frente ni pidiendo aún más préstamos.
Agresti abrió su maleta y sacó unas planillas de cálculo que extendió lentamente hacia mí. El contable apretó los labios, vi el blanco de sus ojos con un ligero enrojecimiento.
–Se viene una cesación de pagos –prosiguió–. Suspensiones. Una catarata de embargos. Tenga en cuenta que, según el acuerdo con las financieras, usted tendrá que responder el pago de la deuda con su patrimonio personal. Si en un mes no damos una respuesta positiva, no sólo clausurarán la empresa, sino que también expropiaran sus inmuebles y la mayoría de sus bienes personales. Licenciado, estamos todos jodidos. Pero usted lo está mucho más.

Sí, lo sé. Aunque siga revisando archivos y números, la suerte está echada. En pocos días declararán la quiebra. Hace semanas que he suspendido el cumplimiento de mis obligaciones fiscales, el banco ya me ha enviado la citación definitiva y el embargo de la casa es sólo cuestión de días. En un mes lo perderemos todo. ¿Cómo voy a mirar a mis hijos a la cara? No puedo permitir que padezcan una vida de privaciones y sufrimientos. ¿Qué les dirán en la calle? ¿Cómo podré darle a Karen los gustos que siempre le di? No quiero que pasen lo que yo viví en mi infancia… El lunes pasado abrí la ventana del despacho y me subí a la cornisa, pero al final no me atreví. Si yo no estoy, será mucho peor para ellos.

Anoche llegué de la oficina a las cinco de la mañana, intentando hacer el menor ruido posible. Me pasé toda la noche revisando los back-up de los últimos dos años. ¿En qué demonios fallé, en qué demonios? No me puedo esperar hasta el lunes, estoy seguro de que los de la financiera no entenderán ninguna otra razón.
Ya no aguanto más.


Maricarmen escuchó mis sollozos antes de dormir. Hace rato que sospecha que las cosas no van bien. Pasó su brazo por encima mío para apagar la luz de noche. Su pregunta fue una estaca que atravesó mi corazón.
–Leopoldo, dime la verdad… ¿estamos en la ruina?
Estoy orgulloso de haberles dado todo lo que necesitaban y más. Pero este calvario debe acabar. Ahora me esperan en el salón, no quiero que me vean llorar. Tengo que salir a enfrentarlos. Mejor preparo todo. Uno, dos, tres, cuatro… cinco. Sí, cinco. No hace falta más. Bajo las escaleras con paso lento.
–Hola familia.
Vuelven sus cabezas hacia mí. Me miran en silencio. Maricarmen es la primera en hablar.
–Tienes los ojos rojos, Leopoldo. Otra vez trabajando toda la noche. Incluso en sábado. No puedes... no podemos seguir así.
En el jardín, el regado automático se encarga de humedecer la hierba cortada el día anterior. Un reconfortante aroma a primavera se cuela por la ventana entreabierta, junto con el tic tac de la máquina que distribuye el agua en trescientos sesenta grados. Karen mira por la ventana mientras masca chicle, echada en el sofá. Cuando entré al salón se giró para hablarme, algo enfadada.
–Papá, te estábamos esperando. ¿Por qué nos despertaste tan temprano? ¿O es que no te acuerdas que anoche tuve mi pijama party?
Jimena, en cambio, permanece en silencio. Cuando entré al salón se había puesto de pie y me había mirado con extrañeza. Martincito, mientras tanto, se baja de las faldas de su madre y viene corriendo a abrazarme la pierna.
–Papi, anoche no estuviste en casa. Te eché mucho de menos.
Ay Martincito, mi querido Martincito. Años esperándote… siempre fuiste mi muñeco, mi muñequito preferido. Ya sabes que tú no tienes la culpa de todo esto. Yo soy el único culpable. Por eso no quiero que vivas lo que yo viví a tu edad, ni que te falte nada en la vida. Nunca.
Rompo en llantos.
­–Papi, ¿qué te pasa?
La vocecita del pequeño me da coraje.
Aparto a Martincito, doy unos pasos hacia atrás y me seco las lágrimas. Trago una larga bocanada de aire. Extraigo el arma del bolsillo y apunto a la cabeza de mi esposa.
–Leopoldo, ¿pero qué mierda estás hacien…?
No dejo que Maricarmen acabe la frase. Le disparo en el medio de la frente. Su cuerpo se derrumba con violencia en la alfombra persa, y al caer empuja un jarrón de Sevrés que se hace trizas contra el yeso de la pared. Karen empieza a gritar enloquecida, abre tanto la boca que parece que su mandíbula va a estrellarse contra el suelo. Allí mismo, en la boca le disparo.

Jimena sigue sin hablar, pero los ojos van a explotarle de terror. Da unos pasos hacia atrás, con lentitud, y comienza a correr hacia la galería que comunica con el jardín. Le disparo en la espalda. Antes de que su sangre empape la puerta de entrada, expulsa un desgarrador grito que parece el de una mujer entrada en años.
Martincito empieza a sollozar a mi lado, sin moverse. Doy un paso atrás, aprieto los dientes con fuerza y cierro los ojos hasta el umbral del dolor. Meto la mano en el bolsillo trasero del pantalón, saco el adorno de cartón y, sin dudar más, disparo en su diminuto pecho. El chorro de sangre cubre de inmediato al ratón Mickey impreso en su camiseta. La fuerza del impacto lo empuja hacia atrás. Cae encima del cadáver de Karen.

Eran cinco las balas. No pensé que lo haría con tanta frialdad, pero no puedo seguir viendo esta escena. Ahora suena el timbre de la calle, serán los vecinos que habrán escuchado los disparos. El caño del revolver aún está caliente. El timbre sigue sonando. No pienso atender el puto timbre.


2. AGRESTI

Siempre lo admiré por su perspicacia. Es lo que se dice un vendedor nato, aunque es más que eso, Arriaga es un seductor. Tiene un sexto sentido para tomar decisiones inmediatas y contundentes. Y casi siempre acierta. Quizás se deba a que es un especialista en deducir:
­–No me diga nada, usted viene por el anuncio. Tiene pinta de contable usted ¿me equivoco? Lo digo por la maleta negra, su prolijo peinado y la camisa blanca, pero básicamente porque tiene cara de contable. Además, se nota que es la primera vez que pisa este edificio, ya que está sonriendo para caer bien. Aquí nadie sonríe, como habrá visto. Si bien yo no soy con quien tiene que hablar, lo invito a un café en mi despacho.

Así fue como conocí al licenciado Leopoldo Arriaga.

Hoy es el director de la compañía, y yo soy su mano derecha en lo que a finanzas se refiere. Y aunque intentamos tomar cierta distancia, yo creo que somos un poco amigos. Lo considero un tipo honesto, aunque algunos crean que forjó su fortuna tejiendo unas redes no demasiado santas. Sí, cometió errores, como todos. Y quizás los vuelva a cometer, como todas las personas que no se quedan sentadas en la butaca, sino que salen a arriesgar, a salir por la ventana y caminar por la cornisa. Admiro la falta de vértigo de Arriaga. Ojalá tuviera una pizca de su atrevimiento.

Recuerdo aquella noche, después de la reunión con los franceses. Aceptaron el trato que les propusimos a un precio más que conveniente y salimos a festejar al bar de copas más caro de la ciudad. Esa noche, por primera vez, nos aflojamos las corbatas y hablamos de algo que no fueran negocios. Arriaga me contó de su vida, lo dura que fue su infancia y aquel trabajo de peón de albañil a sus trece años, algo que le hizo reflexionar sobre lo que realmente quería de la vida. Escuchando las conversaciones vacías y sin sentido de esos hombres con los que trabajaba, supo que él no quería llegar así de fracasado a la adultez. Él tenía que ser el mejor.

Y vaya si lo consiguió. No cualquiera se paga por su cuenta la universidad ni los viajes de estudio, huérfano de padre y con una madre trabajando de empleada doméstica. Estuvimos hablando hasta las cinco de la mañana, salimos de ese bar totalmente ebrios y a carcajada limpia. “Agresti, ni tú ni yo podemos conducir. Mañana le diré a los sirvientes que vengan a recoger nuestros coches. Mira que eres serio, pero sabes qué, hoy me has sorprendido. Me gusta tu risa de borracho, es contagiosa. Ríete un poco más en la oficina, hombre.” Paramos el primer taxi y volvimos a casa.

Y aunque él ahora diga lo contrario, todo indica que el casamiento con Maricarmen fue por conveniencia. En esa época no era tan común que una mujer de la alcurnia se mezclara con un proletario. Creo que el motivo de tanto sacrificio durante estos años ha sido principalmente para satisfacer a sus exigentes y adinerados suegros. Maricarmen fue educada en la mejor universidad, pero la tradición familiar le exige permanecer en casa, al cuidado de los hijos. Aunque yo sé muy bien que esa copetuda ni siquiera es capaz de freír un huevo, y que la servidumbre se ocupa de todo, hasta del cuidado de Jimena, de Karen y de Martín. Así fue que, con sorprendente rapidez, Arriaga alcanzó un envidiable nivel de vida: mansión en Sarriá, barco anclado en Cap de Creus, masía en La Molina… Y siempre satisfaciendo los gustos de sus malcriados hijos. Hace poco, al de tres años se le antojó tener una pista de karting sólo para él, y el padre no escatimó en gastos para contratar a un arquitecto que le montara un pequeño circuito en sus campos. Sin embargo, creo que Karen es la más caprichosa. Cada año tiene que llevarla a París para hacerle fotos y que ella, vanidosa, enseñará a sus compañeras de colegio, como cada año.

La vida de Arriaga fue una eterna cuesta arriba. Jamás contempló la posibilidad de que los proyectos fracasen. Por eso ahora, cuando las cosas no van nada bien, el Arriaga que yo conocía ha dejado de existir. Hace días que no se lo ve por la empresa, pero cuando viene parece un fantasma, se la pasa tomando antidepresivos, no acude a las reuniones y ha adelgazado de forma abrupta. Sé que viene a trabajar por las noches –incluso fines de semana– para no alarmar a nadie con su aspecto demacrado. Fue ése el desencadenante que me motivó a trabajar a destajo para saber qué ha pasado realmente con las arcas de la empresa, cuál es el origen del error, qué negociaciones aún están a nuestro alcance. Y encontrar la solución.


* * *

Hoy es de esas mañanas soleadas que llenan el alma. Estoy agotado y aún me duelen los ojos. La verdad es que no he dormido nada, pero las causas de mi insomnio son bien diferentes a las de noches anteriores. No me aguanto, debo ir a verle.

Por fin encontré sitio para aparcar. Es domingo, pero no me importa despertar a Arriaga y su familia. Tengo que hablar ya mismo con él. Toco el timbre con insistencia, unos estruendos se acoplan al ring, no sé de dónde vienen, pero espero que escuche que lo estoy llamando. Afortunadamente, el trabajo extra que me he llevado a casa ha dado sus frutos. Cuando se entere de que ha habido un grueso error de cálculo, de que aún nos queda bastante líquido y de que al final no nos declararán la quiebra, seguro que le volverá el alma al cuerpo. Seguro que ahora sí planificará ese deseado viaje a Australia con su familia. 

4 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Desgarrador relato acerca de como el sentido demencial del status y del dinero puede tratocar los más sagrados valores de un hombre.
Ésto es más aterrador que Stephen King,pues éste último siempre nos cuela algún tipo de zombi,o poseso sobrenatural para espantar adolescentes.
Pero su cuento está en clave de terror realismo,por la plausibilidad de que una mente deformada por sus antivalores,salga con lo que salió.

Carme Carles dijo...

El sentimiento de culpa no por no haber sido una buena persona, un buen padre o un buen trabajador sino por no poder dar bienes materiales, por no poder mantener un status. Es lo más desgarrador.
Por desgracia yo conocí a alguien así, la diferencia es que empezó a apretar la soga en su propio cuello y dejó a los demás que se apañaran.
Salut

Franco Chiaravalloti dijo...

Valiosos comentarios. Muchas gracias. La intención, además, fue utilizar un narrador protagonista y un narrador testigo (Agresti, que complementa lo dicho por el propio Arriaga de sí mismo en primera persona).
Salut a raudales a tothom.

Gin Hindew 1.1.0 dijo...

Mmm... aver, si, esta bueno aunque no me parece tan impresionante como a los otros comentaristas pero esta bien hecho y es envolvente, fluido, interesante, con una buena introduccion