jueves, 25 de marzo de 2010

Vida paradoja / 3

"Toda la vida me esfuerzo en pos de la aceptación. Querer ser aceptado es mi meta intrínseca. El resto de metas que establezco son absolutamente superfluas, estúpidamente absurdas. Todas esas metas menores están supeditadas al deseo de recibir el beneplácito ajeno.

Quiero trascender, ser recordado, alabado, congratulado.

Cuando abandono un sitio para siempre, quiero que todos se despidan de mí con un abrazo y una fuerte palmada en la espalda.

Cuando muera quiero que todo el mundo me llore, que todo el mundo vaya a mi entierro. Y cuando digo "todo el mundo" lo digo de manera literal.

Quiero que mi impronta perdure eternamente en esta tierra mojada llamada tiempo.

Sin embargo soy humo. Yo, usted y el resto de individuos con quien compartimos este universo, todos seremos horriblemente olvidados. Mis actos, mis objetivos, mis sueños e intentos serán niebla disipada por el viento. Tantos latidos, tanto sudor y tan poco que le cuesta al tiempo borrarnos de un soplido.

Seremos olvidados para siempre, así como yo acabaré olvidando para siempre a todo a quien conozca o haya conocido. Padre, madre, hermanos, pareja, amigos. Todos serán eliminados por esta niebla, que en realidad es una tinta transparente que embadurna los recuerdos a gordas pinceladas, hasta hacerlos completamente invisibles. Como si no hubiesen existido.

¿Cuántas personas han pisado esta tierra? ¿Cuántas conciencias han volcado sus deseos, sus lágrimas, sus risas sobre este planeta? Una cantidad descomunal, infinita casi. ¿Y qué porcentaje de ese inmenso número de almas hoy sigue siendo recordado por nuestros contemporáneos? ¿Cuántos trascienden? ¿Un uno, un dos porciento? Y de esa ínfima cantidad de seres pretéritos que trasciende, ¿cuántos han existido realmente? ¿cuántos son sólo mito, mera literatura del tiempo? ¿Existieron Aristóteles, Copérnico o Herodes? ¿Será usted recordado por alguien dentro de cien años?"

El funcionario levantó la vista de la carta con expresión avinagrada. Se me quedó mirando durante un rato sin sabe qué decir. Volvió los ojos al resto de documentos que le había presentado. Volvió a mirarme. La gente en la cola resoplaba. Dos horas después no podía despegar los ojos de aquella firma que me autorizaba a permanecer cinco años más en el país. En la espuma del cortado aún veía la mirada de aquel hombre calvo y de camisa gastada que me había extendido el papel. Mirada achinada, trémula, como diluida, de viernes al mediodía.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Quedara lo escrito

libros; digitales o no
en alguna perdida biblioteca

Raquel

carlos de la parra dijo...

El teorema que aquí plantea,está
basado en lo que sabe,considere cuan incompleto está si metemos a
ésta ecuación lo que ignoramos.
Al final de toda consideración,nos
topamos con que existimos,y aún si tornásemos todos los logros y fracasos en un sólo hecho colectivo,seguimos sin saber que objeto tuvo nuestra propia presencia en el concierto universal.
Aún que le demos la interpretación de un ejercicio de libre albedrío,
ocurriendo a seres de diversos estratos socio económico cultural;
siempre queda abierta la posibilidad de haber mejorado los resultados,de no haber incurrido en tantas luchas personales y de grupos.Nuestra mejor apuesta hubiese sido la eliminación del egoísmo,la competencia,la acumulación,y la lucha misma,y nos perdimos de crear una super sociedad carente de enfrentamientos
por nuestra disponibilidad de estar hermanados;y por no elegir ésta ruta,quedamos condenados a ser un planeta de segunda.