domingo, 3 de enero de 2010

Historias de gente normal / 4
El café de los velorios





No me avergüenza para nada desnudar mi alma, ni tampoco revelarles la anécdota que a continuación conocerán, si tienen los oídos dispuestos a ser inoculados por las memorias de un viejo que, precisamente, no es memoria lo que le sobra. Cuanto más tiempo pasa, más pienso que eso que ustedes, jóvenes, llaman memoria, no son más que fútiles elementos residuales, meras selecciones –sin aparente sentido– dispuestas a atraparnos con sigilo en el momento menos esperado, como un gato frente a su presa. Debemos hacer un considerable esfuerzo mental, por ejemplo, para exponer un argumento leído en algún párrafo anacrónico y florearnos con él en tertulias o discusiones bizantinas. Por contrapartida, unos ojos profundos, unas nalgas pobladas o el pliegue del vestido de nuestra madre cuando nos alzaba para que eructáramos, son ideas capaces de emanar cual vapor volcánico sobre los resquicios de nuestra sesera. En mi caso, cuanto más se empecinan los años en tallarme regueras en la piel, más me tropiezo con pensamientos por demás minúsculos, ideas que nunca antes me habían invadido. De joven solía jactarme de retener recuerdos que hoy podría fácilmente mandarlos al bando de las banalidades. Habré leído el Capital de Marx (los tres tomos) unas cinco veces; podría refutar con mil argumentos diferentes a un cristiano sobre la existencia de Jesús; me sé (me sabía) bastante bien las fabulaciones que Baruch Spinoza expuso para salvarse de la muerte –allí en esa corte hostil–; tanto me sé o me sabía esas monsergas que me creía convencido de poder declamarlas en algún seminario o charla de eruditos. Y eso que ni siquiera fui a la universidad. Pero no hay caso: hoy, en las postrimerías de mi vida, ideas banales me siguen viniendo a la mente, ideas sin importancia, ridículas, ligeras, entre tanta sapiencia e ilustrado entendimiento. Cuando jóvenes pensamos que la memoria es un privilegio, un músculo. Ilusos. La memoria no es más que un capricho que no podemos dominar.

Un par de semanas atrás fui al velorio de un lejano amigo, Esteban Lafinur. Hacía años que no sabía de él, de hecho nunca fuimos amigos, simplemente coincidíamos en un bar que hoy ya no existe, allá por la calle Moreno. Pero apenas me enteré de su muerte de boca de un amigo de su hija, la Parda le decían (ya nadie sabrá el por qué de ese apodo, pero qué buenas ancas tenía), acudí con prestancia al servicio. Las exequias se ofrecían en Salcedo al mil y pico. Aquí me detengo para revelarles un secreto. Confieso que me encantan los velorios. Pero ojo, no se piensen que soy un necrófilo o un cínico, simplemente disfruto mucho del café que allí se prepara. Es como si, conscientes de la pesadumbre de los asistentes a tales solemnidades, o quizás para que soporten el pernocte que les espera, los responsables de las casas mortuorias vuelcan un esmero sobresaliente en su preparación. Compran las mejores marcas, granos seleccionados generalmente de Colombia; utilizan la justa cantidad de agua, que siempre es mineral; ponen un filtro nuevo por cada café; los pocillos, de porcelana (siempre es mejor un café en pocillo de porcelana, los que lo saben me entenderán); y lo mejor: que hay mucho café, toda una noche de café. El ruido al caer el líquido en la fina superficie es prometedor. La espuma que brota, un espectáculo visual digno de ser admirado. Y, obviamente, nunca con leche, café a palo seco, como en mis tiempos. Por tales motivos, estoy siempre atento a cualquier sepelio, sea de un familiar o lejano conocido. De hecho, desde hace unos años cada mañana dedico algunos minutos a leer las esquelas para ver a quién puedo dar el último saludo (sólo compro el diario para eso, el resto es inútil; o, como decía Borges, sólo sirve para el olvido, o para tener un tema de conversación por las tardes).

Lafinur era de esas personas que se hacían querer con poco. Saludaba a todo el que se le cruzara con un abrazo y una palmada en la espalda. Tenía la mano enorme, cierta vez me dio tal bofetada que me aflojó las flemas. Era corpulento y de rasgos aindiados, un bigote anticuado pero que repeinaba con esmero, una camiseta blanca o gris, ya que no se la solía cambiar (al menos yo siempre lo he visto con ella puesta) y siempre con un espeso olor a salmuera, como si cada mañana se sumergiera en una gigantesca tina de aceitunas. Además, lucía en todo momento los mismos mocasines negros, estrictamente lustrados y de boca ancha, muy ancha, tanto que se le veía la media hasta el nacimiento de los dedos. Cuando llegué al sitio indicado, las luces de la vereda entintaban de penumbra las caras de la gente que fumaba. Mi bastón taladró un golpeteo estridente sobre las baldosas del interior –sí, tengo que mandar a cambiar la goma de abajo–, que despertó la modorra de los silenciosos contempladores. Una hija o nieta me cedió su asiento, el segundo contando desde la izquierda, justo frente al muerto. Sin apenas dedicarle una mirada a don Esteban, le sonreí a la joven y me senté. La cría no me conocía de nada, de eso estaba seguro. Pero, por deferencia, no me preguntó la relación que guardaba con el finado. A los viejos nunca nos preguntan ese tipo de cosas, quizás porque sienten pena por nosotros. La vejez da pena o miedo a los jóvenes –como si de un escudo se tratara–, sentimientos que les evita enfrentarse a lo que de todos modos les llegará. Con religiosidad me acercó un pocillo de café. Dejé mi bastón a un lado y me apresté a escuchar el musical sonido del chorrillo golpeando la porcelana, y a observar la expresión de la espuma que brotaba, burbuja a burbuja. Más años pasan y más se cansa la vista, sin embargo las cosas cercanas las aprecio con una nitidez que me asusta. Muchas veces mi nieta me pregunta qué hago mirándome la mano, cuando me siento por las tardes bajo la parra del patio. Le contesto que sólo admiro las líneas, que ella también puede hacerlo, que recorra lenta y pacientemente las curvaturas, las bifurcaciones. Siempre me responde que le aburre, que ella prefiere mirar lejos, otras cosas más interesantes, paisajes o imágenes que se mueven, y no una mano que puede ver en cualquier otro momento. Ustedes, jóvenes, ven al tiempo como un enorme techo exterior cubierto de hojas de parra; prefieren ver las hojas más lejanas antes que las que cuelgan sobre sus cabezas. Creen tener todo el tiempo del mundo, creen que pueden hacer con ese tiempo lo que les plazca. ¿Yo? Yo conservo en mi mente la última vez que me corté las uñas, o la cara del chico que me cedió el asiento en el último colectivo que tomé, o el sabor de la sopa de anoche, o mi último viaje en bicicleta. A los viejos como yo no nos queda más que reconciliarnos con esa flaca afilada y flemática, a quien hemos girado la cara desde la infancia. Agarrarle la mano, acariciarla, mirarla a los ojos, esos infinitos cuencos vacíos. Y sonreírle. Sonreírle sin pensar en el tiempo que queda por delante… Ejem… Perdón. No quiero perder el hilo de lo que venía contando. Mientras el café caía sobre el pocillo, recuerdo que me resultaron atractivas las curvaturas de la columna negra que se derramaba, como un efímero mármol labrado. Recuerdo, también, las cejas arqueadas y los profundos ojos de la hija o nieta de Lafinur, que pude apreciar cuando se inclinó para servirme. Ella no me miraba, sólo estaba atenta al chorro que caía. No tendría más de treinta años, por eso dudé si era hija o nieta (aunque tengo entendido que el muerto no era lo que se dice un padre ejemplar, y más de una vez se agenció una querencia en las afueras). Pero tuve el tiempo suficiente para contarle las pestañas del ojo derecho, unas ciento veinte más o menos. Eran largas esas pestañas. Noté que se depilaba las cejas. Debían de ser abundantes, como las aindiadas de su padre o abuelo, note también que debía dedicar mucho tiempo por semana para tenerlas así de estéticas como las lucía. El blanco de sus ojos no era del todo blanco, unas imperceptibles manchas amarronadas teñían y casi rodeaban las pupilas. Eran como de café con leche, bastante más claros que la infusión que estaba a punto de degustar. Y fue ése el instante en que vino a mi mente una imagen, no sé de cuándo exactamente, pero sí de décadas, una niña de la escuela que me gustaba, y a la que escribía cartas a escondidas; tenía los ojos así, igual que la joven Lafinur, como manchados. Me encantaban, eran un pequeño mapa, suaves microcontinentes rodeando al iris. Yo le escribía cartas a esa nenita, primero se las hacía enviar por medio de un amigo, ya que era en exceso tímido; después se las empecé a meter a escondidas en el bolsillo del delantal, o dentro del cuaderno (¿las líneas? todas puras y apasionadas confesiones de amor: “que linda cara tenés, tu cartuchera me gusta, tu pelo negro es tan brillante…”). Pero ella jamás respondió a ninguna de mis misivas, de hecho ni siquiera me miraba. Yo estaba seguro de que no le gustaba, hasta llegué a sospechar que ignoraba mi existencia. Sin embargo, una tarde acumulé todo el valor que me permitieron mis siete u ocho o nueve años, y me atreví a entregarle la carta en persona. En ese momento descubrí el blanco amarronado de sus pupilas. Y las pestañas más largas que había visto jamás. Con mano de flan le extendí la carta, escrita en una hoja de cuaderno arrancada (todavía hoy puedo escuchar el desgarro del papel al cortarlo). Allí, en la esquina del colegio, bajo el sol de mayo, sus ojos de café con leche me atravesaron. Ella me sonrió. Sentí un galope dentro del pecho. El corazón estaba a punto de reventar. Tres segundos, sí, sólo tres segundos después, se giró y desapareció tras la esquina. Nunca más volví a escribirle, ni a hablarle, ni a verla. Ya me daba por satisfecho con esa sonrisa. Al año siguiente nos cambiaron de curso y le perdí el rastro. No volví a buscarla, ni tampoco a encontrarla... Cuando la Lafinur hija o nieta levantó la vista y notó mi atención que ponía en sus ojos, sonrió, y eso me forzó a regresar de mis memorias. Pero su sonrisa era tierna, compasiva, como quien sonríe a un bebé cuando hace burbujas con la saliva. Seguro que ahora estarán pensando que esa ternura o pena que trasmitimos los viejos en situaciones así nos desaniman ¿verdad? Nada de eso queridos, yo ya hace ¿años, décadas? que soy consciente de que no puedo despertar más que esos sentimientos en las personas del sexo opuesto. Lo he asumido o, mejor dicho, ya me he resignado. No obstante lo cual, eso no impidió que dentro de mi fuero más interno, bajo mi pantalón de tela raída, bajo mis calzones y mis pañales holgados, un casi imperceptible relámpago latiera por unos segundos. Lejos de sentirme inválido o abatido, experimenté una dicha singular, una dicha ¿cómo decirlo? Juvenil. La remembranza, las ciento veinte pestañas, el iris café con leche, todo conjuró para que me exaltara por unos segundos. Un sentimiento fuera de lugar si tenemos en cuenta el sitio donde me encontraba. Pero el exabrupto de mis vetustas hormonas me tiñó el ánimo de alegría para el resto de la velada. Mientras tanto, el chorrillo de café había llegado al tope de la porcelana. Fue llamativo el contraste entre las curvaturas del hilillo negro que se derramaba y, en un plano trasero y distante, la nublada imagen del viejo Esteban, inerte, pálido, casi diría que sonriendo. La Lafinur me estrechó el pocillo y continuó sirviendo al resto de asistentes. Por fin acerqué mis labios a la infusión. Cerré los ojos y dejé pasar un pequeño sorbo al paladar para acostumbrar la lengua. Primero a las papilas, después al garguero. Sonreí de placer, el café estaba amargo, fuerte, bien caliente. El rapto de lucidez me hizo notar que la joven ya no se encontraba frente a mí, sino que estaba sirviendo a los asistentes que acababan de llegar a Salcedo al mil y pico. Alcé la vista y me situé. Frente a mí, el fiambre. A mi izquierda, una silla vacía que, curiosamente, nadie ocupaba. Y a mi derecha, una butaca que era utilizada ocasionalmente por uno u otro familiar, dependiendo de a quién había que recibir y saludar. En ese instante concluí que, para conocer el carisma de una persona, no hay nada como ir a su velatorio. Un desfile continuo de supuestos parientes, tentativos amigos, probables hijos o posibles acreedores pasaron delante de mi vista. Echaban un ojo al pobre infeliz, algunos durante un par de segundos, otros durante largos minutos. Y otros ni siquiera se acercaban. Los más atrevidos lo tocaban y besaban. Algunas mujeres posaban una flor sobre su vientre. Todos lanzaban sentencias del tipo “qué lo parió”, “si hace dos días estaba una pinturita”, “tan bueno que era”, y el clásico “no somos nada”. Yo apuré el último sorbo del primer pocillo y sonreí. En ese momento deseé saber con qué palabras se lamentarán los asistentes a mi velorio. De pronto, una mujer con un bebé en brazos llamó particularmente mi atención. Dejé el platito en mi regazo y entorné los ojos para ver mejor. A más de dos metros de distancia el mundo se me presenta empañado, como humedecido. Con el índice de la mano izquierda empujé hacia arriba el puente de mis anteojos. La madre se acercó a Lafinur y le acarició la frente, mientras lo miraba con honda ternura. Musitó palabras incomprensibles y le regaló una blanca sonrisa al muerto. Entrecerré aún más los ojos y, no sin dificultad, presté atención en ese rictus. La joven tenía labios como rosados, ojos grandes, creo que marrones, y un pelo negro y ondulado que caía con gracia sobre sus hombros y sobre la cabeza del niño. Miraba fijamente a don Esteban, sin pestañar siquiera, no con tristeza sino más bien con evocación. No lo veía ahí, muerto y frío, cubierto de trapos blancos, en realidad ella andaba por otros caminos, quizás en algún parque jugando pelota paleta, o aprendiendo a andar en bicicleta sin rueditas, o remontando un barrilete, o quizás completando un crucigrama. La joven tenía mirada de nieta. Estiré el cuello para focalizar más la vista y centrar aún más mi atención en esa cara. Esa imagen se me emborronó paulatinamente para dar paso a otro escenario, vi una pared de azulejos azules y un gran portal de madera barnizada, sentí el punzante olor del barniz, y después vino un aroma como de guiso, era guiso de polenta, sí. Recordé una sonrisa angelical, blanca, que me miraba desde arriba y me acariciaba la frente con la mano calentita, intenté hablar, pero mi voz era fina, me toqué los dientes con la lengua y no encontré nada. Yo estaba acostado dentro de una caja con barrotes de madera. Unas manos me levantaron, todo era desmesuradamente grande. Después recordé un galope suave y cálido, unos latidos que me llegaban desde algún sitio que no pude precisar, pero me daban calma y me hacían dormir. De súbito, una voz desconocida me despertó:
–¿Más café, abuelo?
Volví de mi arrobamiento con brusquedad. Tanta, que casi tiré el pocillo y el plato. Le respondí que sí a la joven Lafinur con un imperceptible movimiento de cabeza. Otra vez el chorrillo, otra vez la espuma, las cejas, las curvaturas, el iris amarronado. Cuando alcé la mirada, la joven de sonrisa blanca ya no estaba allí. La busqué con la vista, pero la vista ya no es capaz de pesquisas complejas. Bajé los ojos al pocillo y vi la espuma, eso sí lo vi bien. Me sorprendí a mí mismo tocándome los dientes con la lengua y, otra vez, tampoco había encontrado nada. Apuré el segundo pocillo antes de que la Lafinur se volviera a alejar. Sentí el hervor que bajaba por la tráquea como brasa caliente y saqué la lengua un par de veces para mojarme los labios, no tanto por el ardor del café sino más bien por las encías calvas. Y en ese momento –no sé si a causa de aquella invasión de recuerdos oxidados que brotaban sin control, o de la temperatura del café–, lo cierto es que las manos me empezaron a temblar. La Lafinur sintió el tintineo de la porcelana, se giró, volvió a servirme. Y se alejó definitivamente hacia el otro lado del salón, parecía que había gente que reclamaba sus servicios. La niebla lejana la hizo desaparecer de mi vista. El temblor de las manos se acentuó, apoyé con lentitud el plato en mi regazo y respiré. A pesar de lo cual me envalentoné y agarré el asa para acercar un nuevo sorbo a la boca. En ese momento noté que el asa era más grande que antes, podía meter dentro toda la mano, mano que ya no veía arrugada y llena de manchas, no, tenía la piel fina y joven. El pocillo ya no era pocillo, era una taza, el café no estaba a palo seco, tenía leche. Vi mi reflejo en el líquido, mis ojos estaban más grandes, la nariz era más chata, la frente bien lisa. Confieso que me asusté. El pulso me seguía temblando, quizás por el peso de la taza llena de café con leche, mis manos eran demasiado pequeñas para sostenerla. Escuché la voz de mamá que me llamaba, era una voz clara pero muy lejana. Me llamó por mi nombre, hace cuánto que nadie me llama por mi nombre. Yo no podía despegar la vista de la imagen que me devolvía la taza. Mamá volvió a pronunciar mi nombre. Alcé la vista y me vi rodeado de niebla, de colores que se fusionaban, destellos de luz, sombras que se entremezclaban. Pasos lentos de personas que se alejaban y se acercaban, murmullos graves, olor a café, un cajón negro y enorme frente a mí, los gritos de mamá más al fondo, las manos empezaron a temblar con más fuerza, manos pequeñas de piel suave, pero ahora con manchas, cada vez más manchas. Me asusté, el pocillo y el plato cayeron y se hicieron añicos en el suelo. El café se desparramó y salpicó los pies de las personas que contemplaban el cajón negro que tenía enfrente. Una joven con falda dio un pequeño salto, varios se giraron, otros habrán reído. Escuché algún improperio. Una persona que aún no había visto se me acercó. Parecía anciana, aunque seguramente más joven que yo. Tenía arrugas y gafas gruesas. Me preguntó si me había quemado, y después creo que preguntó quién era y si conocía a don Esteban. No llegué a responderle. Otra joven se dedicó a secar el suelo, la de la falda a secarse a sí misma y un hombre al lado a refunfuñar, refunfuños seguramente dirigidos a mí. Mientras, la anciana que me asistía se agachó para recoger los trozos de pocillo y plato. Notó que me había manchado el pantalón. Quizás se sintió responsable del desastre que yo había cometido, por no haberme ubicado en un lugar en el cual pudiera apoyar el café. Con la manga de su camisa floreada empezó a frotarme la rodilla.
–No se preocupe señor, ahora lo seco– me dijo.
Frotó sucesivas veces, a costa de que su propia manga quedara marrón. Detrás, la persona que secaba se alejó, la de la falda y el hombre también, advertí que quedaban pocas personas en el velorio. Bajé la mirada hacia los ojos de la abnegada mujer. También tenía unas ciento veinte pestañas. Sus ojos eran asimismo marrones, pero montones de surcos nacían como nervaduras, las mejillas también estaban talladas con surcos, y los labios eran delgados, yo creo que ahora son delgados, años atrás parecían haber estado poblados de carne. En el mentón se apreciaba un gracioso hueco, de esos que siempre me llamaron la atención. ¿Por qué a ciertas personas se le forma un hueco en el mentón? El cabello era cano, largo y enrulado, pero como quemado, quizás hasta no hace muy poco se lo entintaba, pero al final –quizás– habrá desistido, y dejó que el tiempo hiciera lo que debe: hacernos envejecer. De lo que sí estuve seguro es que esa mirada no habrá cambiado en el tiempo. Una mirada alicaída. El iris temblaba como las estrellas durante las noches de verano, las pestañas de arriba encastraban perfectamente, y con conmovedora suavidad, con las de abajo. Recuerdo que sonreí y largué aire por la boca. No sé cuántas veces frotó, pero volví a sentir una ebullición por todo el cuerpo. Empecé nuevamente a sacar la lengua para mojarme los labios. Las manos me dejaron de temblar. Ahora me doy cuenta de que el resto del salón que me rodeaba se esfumó, sí, como que desapareció de mi percepción. Algo me hizo notar que la mañana del día siguiente estaba llegando, quizás el canto de algún pájaro que se coló por la puerta entreabierta de la casa mortuoria. Yo aún tenía sabor a café en las encías, perdí la cuenta de cuántos pocillos había tomado. ¿Cuatro, cinco? Me sentía exultante, vivo, joven. No sé cómo me animé. Sin pensarlo un segundo más, le agarré la mano a esa setentona u ochentona. Pasé mi mano por debajo de su palma, y con la caballerosidad de antaño, con la desfachatez que permite la senilidad, le besé la mano. Fue un beso que habrá durado un segundo, quizás dos, pero el contacto de mis labios resecos con esa piel femenina me hizo sentir como en una tarde soleada de primavera, como en esos días con olor a hierba recién cortada. La mujer se inclinó hacia atrás con sorpresa. Me miró estupefacta, aunque no dijo nada. Yo le sonreí y, al hacerlo, dejé a la vista los pocos dientes que me quedan. Juro que intenté guiñarle un ojo, pero no fui capaz de hacer ese movimiento. De pronto, una pareja se acercó a la anciana agachada frente a mí.
–Perdón –le dijo el hombre– pero tenemos que marcharnos. Siempre recordaremos con mucho cariño a su marido. Hasta luego, señora Lafinur.
Esos supuestos primos-parientes-amigos dieron media vuelta y se marcharon. Avergonzada, la señora retiró su mano de mi rodilla y se incorporó. Yo la miré y le sonreí con satisfacción, o más bien con desfachatez. Un ventanuco dejó entrar las primeras luces de la mañana e iluminó la caja en el que yacía don Esteban. Agarré mi bastón y con mi lentitud de siempre me puse de pie. Paso a paso me encaminé hacia el fiambre, para echarle el primer vistazo desde mi llegada. Tenía las mejillas blancas, casi tanto como los pocillos, pero hinchadas, y un líquido grisáceo le empezaba a salir por la boca. Ya venía siendo hora de que se lo llevaran. De todos modos, no pude evitar sonreírle con complicidad. “Salud, viejo zorro”, le dije bajo susurros. Me giré. En ese momento noté que sólo quedaba la viuda en el salón. Me le acerqué, ella permanecía de pie y en silencio, mientras miraba la composición que formábamos yo y el cajón que contenía a su marido. Junto a ella, sobre una mesita, descansaba un pocillo de café a medio beber, humeante. Con un pulso que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, lo acerqué a mis labios y me lo zampé de un sorbo. Dejé el pocillo, volví a tomarle la mano a doña Lafinur y volví a besársela. No presté atención a su respuesta, de hecho ni siquiera me importó. Henchido y exultante caminé hacia a la salida. Me giré para verla, ella continuaba de pie. Intenté guiñarle el ojo por segunda vez, pero no hubo caso, no pude, ya tengo el párpado demasiado agotado. Y por fin salí a la calle. Advertí que el sabor a café aún merodeaba mi boca. Giré la esquina y me dirigí al kiosco para comprar el diario. Tenía muchas ganas de leer sólo aquello que me interesaba. Después me fui a hojearlo en la primera plaza que encontré. No, no quería, no tenía ganas de volver a casa. Sabía que hasta la noche siguiente no iba a conseguir dormirme.

2 comentarios:

Gin Hindew 1.1.0 dijo...

Que buen relato!
La atmosfera tan espaciada, tan llena de cosas que no se amontonan, no estorban, cosas que se ven una a una y que hacen que el lector acompañe al personaje en sus vivencias en un ritmo que no cansa, que bien hecho

Franco Chiaravalloti dijo...

¡Gracias por tu comentario! Pero más que nada, ¡gracias por haber llegado hasta el final!
Sé que la larga lectura digital es un exceso de confianza de mi parte. Daña la vista y no tiene la magia de oler las páginas y girarlas (maldito Kindle). Por eso, lectores como tú merecen mi agradecimiento eterno.