martes, 12 de enero de 2010

Apuntes en tinta / 2
Travestismo literario





La mente de una mujer es tan insondable, tan profusa, que un escritor de sexo masculino debe tener no sólo oficio para crear una historia cuyo personaje sea femenino. No sólo tendrá que adentrarse en la piel de la mujer que su historia recrea, sino mucho más que eso, eso sólo es la epidermis (ahí radica la diferencia entre los escritores mediocres y los eternos). El escritor propiamente dicho deberá transmigrar su conciencia, evadirse a tal punto de no saber quién es él, enloquecer, sentir vibraciones, experimentar que su cutis se torna más suave, que sus huesos se estrechan, que su tórax se llena de glándulas. Un escritor hombre que en sus letras anhela ser mujer, deberá experimentar un orgasmo brutal –de esos que nunca sentirán los hombres– un orgasmo proveniente de su propio clítoris que hará crecer él mismo sin más armas que su pluma, y habrá de gritar desaforado, con esa forma de disfrutar que los hombres jamás entenderán. Asimismo, tendrá que esperar veintiocho días hasta sentir un intenso dolor de cabeza, un malestar en las tripas. Y de la propia vagina nacida de sus párrafos notará que cae sangre, sangre que mancha la alfombra porque se ha olvidado de ponerse la compresa. Y al acabar de escribir la historia que con tanto ahínco ha volcado en la página en blanco, el escritor propiamente dicho seguirá siendo mujer durante un par de días más. Saldrá al bar a beberse un whisky para intentar volver a su masculina vida, a su varonil bohemia. Pero sus gestos serán amanerados al coger la copa, serán incluso seductores para el barman que lo mira beber. El escritor pasará así varios días de ambigüedad. Y cuando por fin aterrice en su antigua conciencia, advertirá cuánto echa de menos a esa mujer que alguna vez ha sido, y que hoy sólo queda testificada en la tinta de las letras ahora impresas. Tinta que, como las manchas rojas de la alfombra, tardará demasiado tiempo en secarse.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como Millás y su entrañable Elena Rincón en "La soledad era esto"...

Gin Hindew 1.1.0 dijo...

Buen punto, escribir desde otro punto de vista simpre es un problema y mas si se trata de escribir como una mujer (ellas no tienen ese problema con nosotros, somos demasiado simples)