martes, 8 de diciembre de 2009

Conclusiones cientificistas / 4




Triste ha sido el caso que hoy nos toca tratar. Durante el IV Congreso Internacional de Tolerancia Religiosa, celebrado el año 2003 en la ciudad turca de Ankara, el discurso del doctor en Sociología Dimitri Pavaropulos generó un revuelo de consecuencias imprevistas. Tras su disertación, un murmullo grave y profundo rebotó durante varios minutos en las paredes del Salón de Conferencias Bornabaçe. A continuación, ofrecemos un extracto de las palabras de Pavaropulos; en concreto, aquellas del momento que generó mayor revuelo:
–(…) Y qué podemos decir del acto que, a criterio de este servidor, configura una saña misma contra la especie humana, con un nivel de crueldad, egoísmo, y hasta podríamos decir de carnicería, más alto que se conoce en el ámbito religioso contemporáneo: la circuncisión. Milenaria tradición consistente en cortar el prepucio a los flamantes integrantes de ciertas congregaciones religiosas, y que representa una señal o distintivo que determina su eterna pertenencia a ella. Acto que, a priori, es abiertamente antinatural y horriblemente nocivo para el cuerpo, ya que el pene necesita la cobertura de la piel; no por nada la madre naturaleza y la evolución han configurado esta característica, indispensable en todas las especies vertebradas. El glande es una mucosa que necesita una permanente humidificación, al igual que las córneas del ojo o las membranas internas de la nariz. Pero, como siempre, en estos casos aparecen esos pseudo-científicos proreligiosos que afirman con total descaro que, una acción así, es útil para la higiene corporal. Y yo les digo: si tuvieran prepucio, que se lo corran hacia atrás y se laven el pene… ¿Acaso ellos se cortan las orejas para tener que evitar limpiárselas? Esas mismas personas que suscriben abiertamente el acto de la circuncisión son las que condenan con fervor la ablación vaginal en el África subsahariana y en ciertos países musulmanes. ¿Y lo que ellos cometen no se trata de un tipo de ablación? ¡Vaya necedad!
»Además, como todos sabemos, la circuncisión es un bautismo, entendido el bautismo como el rito ancestral que determina la entrada del flamante adepto a una congregación religiosa. Varias religiones se valen de acciones representativas, míticas y repetitivas, para evocar un hecho crucial del pasado. El cristianismo, como sabemos, utiliza las gotas sobre la frente del bautizado para repetir la escena de San Juan el Bautista sobre la frente de Jesús. Pero esas gotas caídas en la frente de todo bebé –si bien también configura un acto de nefasto egoísmo y saña contra la inteligencia y el avance de la especie humana–, esas gotas se evaporarán y no le dejarán ninguna marca en el cuerpo. Por contrapartida, las religiones que consienten la circuncisión –básicamente, el judaísmo– es la más nefasta de todas las bienvenidas. Un estigma que permanecerá allí, el resto de la vida del circuncidado, colgándole por siempre entre las piernas, para recordarle que nunca, jamás de los jamases, podrá separarse del dogma. Si el pobre circuncidado atina algún día a apartarse de las ideas suscritas, allí está el pobre pene carente de prepucio para recordarle: “¡No! Tú ya has entrado y tú nunca podrás salir”. Cuánto se habrá lamentado el pobre Spinoza al orinar y mirarse su glande descubierto, después de defender su ateísmo frente a aquella corte de Ámsterdam… Pero ya lo dijo alguna vez el gran Anatole France: “Si cincuenta millones de personas creen en una estupidez, no deja de ser una estupidez”. Muchas gracias.

El doctor Pavaropulos falleció seis meses después en Tesalónica, su ciudad natal, en un accidente de tránsito de extrañas características.

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