lunes, 12 de abril de 2010

Vida paradoja / 6




Dejo el bolígrafo color rojo sobre la mesa, apoyo el mentón en mi mano derecha. Musito un suspiro entrecortado, miro hacia un punto perdido de la habitación, vuelvo la vista al papel. “Los cinco primeros me gustan –pienso–, pero quizás sean de los más comprometidos que existan. Un error y ¡plaf! le quito la vida a una, a diez o a cien mil personas…”

“El último parece sencillo, sin riesgos, hasta divertido…”

Iluso de mí. En ese momento no comprendí que elegir ese camino implicaba adquirir la capacidad de, por ejemplo, borrar de un plumazo alguna ciudad perdida de Persia; aniquilar sin contemplación a una guarnición del ejército Rojo; matar de sed a una aldea de campesinos en Checoslovaquia; esparcir una plaga en una populosa ciudad de Nigeria. O, si me lo propusiera, borrar del mapa el mismísimo universo.

No lo comprendí. Podría haber elegido la arquitectura, la medicina o la milicia. Sin embargo, ahora vivo enredado entre estas líneas, entre estas letras y estas páginas, con la responsabilidad de cuidar con esmero los destinos de todo esto que me rodea. De perpetuar la trama y el argumento del universo mismo.

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Aceptar lo imaginario como vivencia
es el auténtico poder mágico del escritor,quien es capaz de hacer todo ésto que narró;y más.
En un momento dado puede crear un mundo bueno,donde podemos estar mejor que en éste.
Y en cualquier otro momento puede acomodar las palabras que harán que quien las dice mueva al mundo.
Y nadie sabe donde está escondido el tigre.