domingo, 25 de abril de 2010

Me encantan las letras, pero no las palabras


Deambulo perdido entre la multitud. Los ruidos son sordos, los colores opacos, las letras borrosas. Siento codazos en las costillas, empujones, respiraciones en la nuca. En una esquina, una enorme cámara de televisión apunta hacia un escritor que firma ejemplares con desgana. Más allá, otro autor lanza una mirada de desdeño a un lector que se tomó el atrevimiento de no haber comprado la novedad, sino que se trajo su libro de casa, ya leído, ya ajado, viejo. A unos metros, una pareja compra con compulsión ejemplares de algo con una banda roja de papel que atraviesa la portada, y en esa banda roja pueden verse varios signos de admiración y muchas letras mayúsculas. Bajo por una avenida. Las cabezas se mueven, se reproducen como un virus. Distingo cubos de plástico, y dentro flores casi grises. Aspiro. Me pregunto por qué esos pétalos ya no huelen como antes. Son rosas, inodoras, como el cielo gris que amenaza con mojar las páginas ubicuas de este día, y humedecer la momentánea compulsión hacia las letras de aquella muchedumbre.

De súbito, como una chispa, me viene a la mente una frase que había leído por ahí, quizás en una pared, quizás en algún sueño: "Amo las letras. Lo que no me gustan son las palabras".

Las calles, mientras tanto, siguen blandas, ruidosas, opacas bajo mis zapatos.

Penetro en Nou de la Rambla, giro por Notariat. Me detengo en una parada. Han dejado sola a una niñita, rodeada de rosas, detrás de una mesa que es más alta que ella. La niña me mira desde su sitio sin decirme nada. Sus ojos me llaman. Me acerco, y al hacerlo irrumpe un suave pitido dentro de mis tímpanos. Tomo con ambas manos una de las rosas que, supuestamente, están a la venta. Cierro los ojos, aspiro el olor que no existe, dejo que mi nariz roce la superficie de la rosa. El pitido se intensifica. Y yo mantengo los ojos cerrados. Entonces siento que mis pulmones se llenan de un repentino efluvio perfumado. Un elixir que me hipnotiza, que me transporta hacia un mar de sensaciones puras, hacia nubes de goma, hacia ríos de miel. Un torrente helado atraviesa mi columna vertebral. Es una sensación tan refrescante que se me eriza el vello de los brazos. Abro por fin los ojos, lenta, muy lentamente. Noto que las nubes amenazantes han dado paso al sol, un sol tan brillante que parece que no había iluminado durante semanas. Desde su mesa, la niña me mira con una sonrisa blanca. La niña se ve más nítida, más real. La rosa en mi mano y todas las otras rosas desprenden un color inusitado, tan intenso que el color se derrama de su superficie. Las rosas emanan luz propia. Levanto la vista a lo que me rodea. Las casas, las paredes, las personas, los libros, todo se ve con una nitidez que asusta. Es como si antes soliera ver un paisaje detrás de una ventana sucia, y ahora esa ventana se ha abierto: no sólo se ve más claro hacia fuera, sino que también entran los aromas de la campiña, los tenues murmullos de algún bosque perdido. Sacudo la cabeza, mi conciencia vuelve a la calle Notariat. Le dejo dos euros a la niña, su sonrisa de despedida es aún más blanca que antes. Me alejo hacia la calle Hospital. Y al girarme ya no hay ni mesa, ya no hay niña ni rosas. Notariat se ve vacía como siempre. Pero ya tampoco está la calle Notariat, ni la Hospital. No hay Rambla, ni gente, ni libros, ni ninguna otra rosa. No hay Barcelona, no hay mar, no hay cielo ni suelo. Me miro, ya tampoco hay rosa alguna en mi mano. Tampoco hay mano, ni cuerpo, ni mente. Sólo me queda conciencia. Cierro los ojos. Y entonces así, con los ojos cerrados, vuelvo a despertar en algún párrafo olvidado.

2 comentarios:

el secreto de la vainilla dijo...

Hola!, vaya, qué casualidad! no tenía conocimiento de este libro, pero tiene buena pinta, muy buena pinta. Gracias por pasarte a descubrir un poquito del secreto de la vainilla y por juntar palabras!
un saludo

carlos de la parra dijo...

Maravilloso,se lo va llevando a uno dentro de éste espacio evanescente.Es como el flotar de un desvelado.Es luminoso,místico y relajante;como un mantra que lleva a un trance.