domingo, 3 de enero de 2010

Historias de gente normal / 4
El café de los velorios





No me avergüenza para nada desnudar mi alma, ni tampoco revelarles la anécdota que a continuación conocerán, si tienen los oídos dispuestos a ser inoculados por las memorias de un viejo que, precisamente, no es memoria lo que le sobra. Cuanto más tiempo pasa, más pienso que eso que ustedes, jóvenes, llaman memoria, no son más que fútiles elementos residuales, meras selecciones –sin aparente sentido– dispuestas a atraparnos con sigilo en el momento menos esperado, como un gato frente a su presa. Debemos hacer un considerable esfuerzo mental, por ejemplo, para exponer un argumento leído en algún párrafo anacrónico y florearnos con él en tertulias o discusiones bizantinas. Por contrapartida, unos ojos profundos, unas nalgas pobladas o el pliegue del vestido de nuestra madre cuando nos alzaba para que eructáramos, son ideas capaces de emanar cual vapor volcánico sobre los resquicios de nuestra sesera. En mi caso, cuanto más se empecinan los años en tallarme regueras en la piel, más me tropiezo con pensamientos por demás minúsculos, ideas que nunca antes me habían invadido. De joven solía jactarme de retener recuerdos que hoy podría fácilmente mandarlos al bando de las banalidades. Habré leído el Capital de Marx (los tres tomos) unas cinco veces; podría refutar con mil argumentos diferentes a un cristiano sobre la existencia de Jesús; me sé (me sabía) bastante bien las fabulaciones que Baruch Spinoza expuso para salvarse de la muerte –allí en esa corte hostil–; tanto me sé o me sabía esas monsergas que me creía convencido de poder declamarlas en algún seminario o charla de eruditos. Y eso que ni siquiera fui a la universidad. Pero no hay caso: hoy, en las postrimerías de mi vida, ideas banales me siguen viniendo a la mente, ideas sin importancia, ridículas, ligeras, entre tanta sapiencia e ilustrado entendimiento. Cuando jóvenes pensamos que la memoria es un privilegio, un músculo. Ilusos. La memoria no es más que un capricho que no podemos dominar.

Un par de semanas atrás fui al velorio de un lejano amigo, Esteban Lafinur. Hacía años que no sabía de él, de hecho nunca fuimos amigos, simplemente coincidíamos en un bar que hoy ya no existe, allá por la calle Moreno. Pero apenas me enteré de su muerte de boca de un amigo de su hija, la Parda le decían (ya nadie sabrá el por qué de ese apodo, pero qué buenas ancas tenía), acudí con prestancia al servicio. Las exequias se ofrecían en Salcedo al mil y pico. Aquí me detengo para revelarles un secreto. Confieso que me encantan los velorios. Pero ojo, no se piensen que soy un necrófilo o un cínico, simplemente disfruto mucho del café que allí se prepara. Es como si, conscientes de la pesadumbre de los asistentes a tales solemnidades, o quizás para que soporten el pernocte que les espera, los responsables de las casas mortuorias vuelcan un esmero sobresaliente en su preparación. Compran las mejores marcas, granos seleccionados generalmente de Colombia; utilizan la justa cantidad de agua, que siempre es mineral; ponen un filtro nuevo por cada café; los pocillos, de porcelana (siempre es mejor un café en pocillo de porcelana, los que lo saben me entenderán); y lo mejor: que hay mucho café, toda una noche de café. El ruido al caer el líquido en la fina superficie es prometedor. La espuma que brota, un espectáculo visual digno de ser admirado. Y, obviamente, nunca con leche, café a palo seco, como en mis tiempos. Por tales motivos, estoy siempre atento a cualquier sepelio, sea de un familiar o lejano conocido. De hecho, desde hace unos años cada mañana dedico algunos minutos a leer las esquelas para ver a quién puedo dar el último saludo (sólo compro el diario para eso, el resto es inútil; o, como decía Borges, sólo sirve para el olvido, o para tener un tema de conversación por las tardes).

Lafinur era de esas personas que se hacían querer con poco. Saludaba a todo el que se le cruzara con un abrazo y una palmada en la espalda. Tenía la mano enorme, cierta vez me dio tal bofetada que me aflojó las flemas. Era corpulento y de rasgos aindiados, un bigote anticuado pero que repeinaba con esmero, una camiseta blanca o gris, ya que no se la solía cambiar (al menos yo siempre lo he visto con ella puesta) y siempre con un espeso olor a salmuera, como si cada mañana se sumergiera en una gigantesca tina de aceitunas. Además, lucía en todo momento los mismos mocasines negros, estrictamente lustrados y de boca ancha, muy ancha, tanto que se le veía la media hasta el nacimiento de los dedos. Cuando llegué al sitio indicado, las luces de la vereda entintaban de penumbra las caras de la gente que fumaba. Mi bastón taladró un golpeteo estridente sobre las baldosas del interior –sí, tengo que mandar a cambiar la goma de abajo–, que despertó la modorra de los silenciosos contempladores. Una hija o nieta me cedió su asiento, el segundo contando desde la izquierda, justo frente al muerto. Sin apenas dedicarle una mirada a don Esteban, le sonreí a la joven y me senté. La cría no me conocía de nada, de eso estaba seguro. Pero, por deferencia, no me preguntó la relación que guardaba con el finado. A los viejos nunca nos preguntan ese tipo de cosas, quizás porque sienten pena por nosotros. La vejez da pena o miedo a los jóvenes –como si de un escudo se tratara–, sentimientos que les evita enfrentarse a lo que de todos modos les llegará. Con religiosidad me acercó un pocillo de café. Dejé mi bastón a un lado y me apresté a escuchar el musical sonido del chorrillo golpeando la porcelana, y a observar la expresión de la espuma que brotaba, burbuja a burbuja. Más años pasan y más se cansa la vista, sin embargo las cosas cercanas las aprecio con una nitidez que me asusta. Muchas veces mi nieta me pregunta qué hago mirándome la mano, cuando me siento por las tardes bajo la parra del patio. Le contesto que sólo admiro las líneas, que ella también puede hacerlo, que recorra lenta y pacientemente las curvaturas, las bifurcaciones. Siempre me responde que le aburre, que ella prefiere mirar lejos, otras cosas más interesantes, paisajes o imágenes que se mueven, y no una mano que puede ver en cualquier otro momento. Ustedes, jóvenes, ven al tiempo como un enorme techo exterior cubierto de hojas de parra; prefieren ver las hojas más lejanas antes que las que cuelgan sobre sus cabezas. Creen tener todo el tiempo del mundo, creen que pueden hacer con ese tiempo lo que les plazca. ¿Yo? Yo conservo en mi mente la última vez que me corté las uñas, o la cara del chico que me cedió el asiento en el último colectivo que tomé, o el sabor de la sopa de anoche, o mi último viaje en bicicleta. A los viejos como yo no nos queda más que reconciliarnos con esa flaca afilada y flemática, a quien hemos girado la cara desde la infancia. Agarrarle la mano, acariciarla, mirarla a los ojos, esos infinitos cuencos vacíos. Y sonreírle. Sonreírle sin pensar en el tiempo que queda por delante… Ejem… Perdón. No quiero perder el hilo de lo que venía contando. Mientras el café caía sobre el pocillo, recuerdo que me resultaron atractivas las curvaturas de la columna negra que se derramaba, como un efímero mármol labrado. Recuerdo, también, las cejas arqueadas y los profundos ojos de la hija o nieta de Lafinur, que pude apreciar cuando se inclinó para servirme. Ella no me miraba, sólo estaba atenta al chorro que caía. No tendría más de treinta años, por eso dudé si era hija o nieta (aunque tengo entendido que el muerto no era lo que se dice un padre ejemplar, y más de una vez se agenció una querencia en las afueras). Pero tuve el tiempo suficiente para contarle las pestañas del ojo derecho, unas ciento veinte más o menos. Eran largas esas pestañas. Noté que se depilaba las cejas. Debían de ser abundantes, como las aindiadas de su padre o abuelo, note también que debía dedicar mucho tiempo por semana para tenerlas así de estéticas como las lucía. El blanco de sus ojos no era del todo blanco, unas imperceptibles manchas amarronadas teñían y casi rodeaban las pupilas. Eran como de café con leche, bastante más claros que la infusión que estaba a punto de degustar. Y fue ése el instante en que vino a mi mente una imagen, no sé de cuándo exactamente, pero sí de décadas, una niña de la escuela que me gustaba, y a la que escribía cartas a escondidas; tenía los ojos así, igual que la joven Lafinur, como manchados. Me encantaban, eran un pequeño mapa, suaves microcontinentes rodeando al iris. Yo le escribía cartas a esa nenita, primero se las hacía enviar por medio de un amigo, ya que era en exceso tímido; después se las empecé a meter a escondidas en el bolsillo del delantal, o dentro del cuaderno (¿las líneas? todas puras y apasionadas confesiones de amor: “que linda cara tenés, tu cartuchera me gusta, tu pelo negro es tan brillante…”). Pero ella jamás respondió a ninguna de mis misivas, de hecho ni siquiera me miraba. Yo estaba seguro de que no le gustaba, hasta llegué a sospechar que ignoraba mi existencia. Sin embargo, una tarde acumulé todo el valor que me permitieron mis siete u ocho o nueve años, y me atreví a entregarle la carta en persona. En ese momento descubrí el blanco amarronado de sus pupilas. Y las pestañas más largas que había visto jamás. Con mano de flan le extendí la carta, escrita en una hoja de cuaderno arrancada (todavía hoy puedo escuchar el desgarro del papel al cortarlo). Allí, en la esquina del colegio, bajo el sol de mayo, sus ojos de café con leche me atravesaron. Ella me sonrió. Sentí un galope dentro del pecho. El corazón estaba a punto de reventar. Tres segundos, sí, sólo tres segundos después, se giró y desapareció tras la esquina. Nunca más volví a escribirle, ni a hablarle, ni a verla. Ya me daba por satisfecho con esa sonrisa. Al año siguiente nos cambiaron de curso y le perdí el rastro. No volví a buscarla, ni tampoco a encontrarla... Cuando la Lafinur hija o nieta levantó la vista y notó mi atención que ponía en sus ojos, sonrió, y eso me forzó a regresar de mis memorias. Pero su sonrisa era tierna, compasiva, como quien sonríe a un bebé cuando hace burbujas con la saliva. Seguro que ahora estarán pensando que esa ternura o pena que trasmitimos los viejos en situaciones así nos desaniman ¿verdad? Nada de eso queridos, yo ya hace ¿años, décadas? que soy consciente de que no puedo despertar más que esos sentimientos en las personas del sexo opuesto. Lo he asumido o, mejor dicho, ya me he resignado. No obstante lo cual, eso no impidió que dentro de mi fuero más interno, bajo mi pantalón de tela raída, bajo mis calzones y mis pañales holgados, un casi imperceptible relámpago latiera por unos segundos. Lejos de sentirme inválido o abatido, experimenté una dicha singular, una dicha ¿cómo decirlo? Juvenil. La remembranza, las ciento veinte pestañas, el iris café con leche, todo conjuró para que me exaltara por unos segundos. Un sentimiento fuera de lugar si tenemos en cuenta el sitio donde me encontraba. Pero el exabrupto de mis vetustas hormonas me tiñó el ánimo de alegría para el resto de la velada. Mientras tanto, el chorrillo de café había llegado al tope de la porcelana. Fue llamativo el contraste entre las curvaturas del hilillo negro que se derramaba y, en un plano trasero y distante, la nublada imagen del viejo Esteban, inerte, pálido, casi diría que sonriendo. La Lafinur me estrechó el pocillo y continuó sirviendo al resto de asistentes. Por fin acerqué mis labios a la infusión. Cerré los ojos y dejé pasar un pequeño sorbo al paladar para acostumbrar la lengua. Primero a las papilas, después al garguero. Sonreí de placer, el café estaba amargo, fuerte, bien caliente. El rapto de lucidez me hizo notar que la joven ya no se encontraba frente a mí, sino que estaba sirviendo a los asistentes que acababan de llegar a Salcedo al mil y pico. Alcé la vista y me situé. Frente a mí, el fiambre. A mi izquierda, una silla vacía que, curiosamente, nadie ocupaba. Y a mi derecha, una butaca que era utilizada ocasionalmente por uno u otro familiar, dependiendo de a quién había que recibir y saludar. En ese instante concluí que, para conocer el carisma de una persona, no hay nada como ir a su velatorio. Un desfile continuo de supuestos parientes, tentativos amigos, probables hijos o posibles acreedores pasaron delante de mi vista. Echaban un ojo al pobre infeliz, algunos durante un par de segundos, otros durante largos minutos. Y otros ni siquiera se acercaban. Los más atrevidos lo tocaban y besaban. Algunas mujeres posaban una flor sobre su vientre. Todos lanzaban sentencias del tipo “qué lo parió”, “si hace dos días estaba una pinturita”, “tan bueno que era”, y el clásico “no somos nada”. Yo apuré el último sorbo del primer pocillo y sonreí. En ese momento deseé saber con qué palabras se lamentarán los asistentes a mi velorio. De pronto, una mujer con un bebé en brazos llamó particularmente mi atención. Dejé el platito en mi regazo y entorné los ojos para ver mejor. A más de dos metros de distancia el mundo se me presenta empañado, como humedecido. Con el índice de la mano izquierda empujé hacia arriba el puente de mis anteojos. La madre se acercó a Lafinur y le acarició la frente, mientras lo miraba con honda ternura. Musitó palabras incomprensibles y le regaló una blanca sonrisa al muerto. Entrecerré aún más los ojos y, no sin dificultad, presté atención en ese rictus. La joven tenía labios como rosados, ojos grandes, creo que marrones, y un pelo negro y ondulado que caía con gracia sobre sus hombros y sobre la cabeza del niño. Miraba fijamente a don Esteban, sin pestañar siquiera, no con tristeza sino más bien con evocación. No lo veía ahí, muerto y frío, cubierto de trapos blancos, en realidad ella andaba por otros caminos, quizás en algún parque jugando pelota paleta, o aprendiendo a andar en bicicleta sin rueditas, o remontando un barrilete, o quizás completando un crucigrama. La joven tenía mirada de nieta. Estiré el cuello para focalizar más la vista y centrar aún más mi atención en esa cara. Esa imagen se me emborronó paulatinamente para dar paso a otro escenario, vi una pared de azulejos azules y un gran portal de madera barnizada, sentí el punzante olor del barniz, y después vino un aroma como de guiso, era guiso de polenta, sí. Recordé una sonrisa angelical, blanca, que me miraba desde arriba y me acariciaba la frente con la mano calentita, intenté hablar, pero mi voz era fina, me toqué los dientes con la lengua y no encontré nada. Yo estaba acostado dentro de una caja con barrotes de madera. Unas manos me levantaron, todo era desmesuradamente grande. Después recordé un galope suave y cálido, unos latidos que me llegaban desde algún sitio que no pude precisar, pero me daban calma y me hacían dormir. De súbito, una voz desconocida me despertó:
–¿Más café, abuelo?
Volví de mi arrobamiento con brusquedad. Tanta, que casi tiré el pocillo y el plato. Le respondí que sí a la joven Lafinur con un imperceptible movimiento de cabeza. Otra vez el chorrillo, otra vez la espuma, las cejas, las curvaturas, el iris amarronado. Cuando alcé la mirada, la joven de sonrisa blanca ya no estaba allí. La busqué con la vista, pero la vista ya no es capaz de pesquisas complejas. Bajé los ojos al pocillo y vi la espuma, eso sí lo vi bien. Me sorprendí a mí mismo tocándome los dientes con la lengua y, otra vez, tampoco había encontrado nada. Apuré el segundo pocillo antes de que la Lafinur se volviera a alejar. Sentí el hervor que bajaba por la tráquea como brasa caliente y saqué la lengua un par de veces para mojarme los labios, no tanto por el ardor del café sino más bien por las encías calvas. Y en ese momento –no sé si a causa de aquella invasión de recuerdos oxidados que brotaban sin control, o de la temperatura del café–, lo cierto es que las manos me empezaron a temblar. La Lafinur sintió el tintineo de la porcelana, se giró, volvió a servirme. Y se alejó definitivamente hacia el otro lado del salón, parecía que había gente que reclamaba sus servicios. La niebla lejana la hizo desaparecer de mi vista. El temblor de las manos se acentuó, apoyé con lentitud el plato en mi regazo y respiré. A pesar de lo cual me envalentoné y agarré el asa para acercar un nuevo sorbo a la boca. En ese momento noté que el asa era más grande que antes, podía meter dentro toda la mano, mano que ya no veía arrugada y llena de manchas, no, tenía la piel fina y joven. El pocillo ya no era pocillo, era una taza, el café no estaba a palo seco, tenía leche. Vi mi reflejo en el líquido, mis ojos estaban más grandes, la nariz era más chata, la frente bien lisa. Confieso que me asusté. El pulso me seguía temblando, quizás por el peso de la taza llena de café con leche, mis manos eran demasiado pequeñas para sostenerla. Escuché la voz de mamá que me llamaba, era una voz clara pero muy lejana. Me llamó por mi nombre, hace cuánto que nadie me llama por mi nombre. Yo no podía despegar la vista de la imagen que me devolvía la taza. Mamá volvió a pronunciar mi nombre. Alcé la vista y me vi rodeado de niebla, de colores que se fusionaban, destellos de luz, sombras que se entremezclaban. Pasos lentos de personas que se alejaban y se acercaban, murmullos graves, olor a café, un cajón negro y enorme frente a mí, los gritos de mamá más al fondo, las manos empezaron a temblar con más fuerza, manos pequeñas de piel suave, pero ahora con manchas, cada vez más manchas. Me asusté, el pocillo y el plato cayeron y se hicieron añicos en el suelo. El café se desparramó y salpicó los pies de las personas que contemplaban el cajón negro que tenía enfrente. Una joven con falda dio un pequeño salto, varios se giraron, otros habrán reído. Escuché algún improperio. Una persona que aún no había visto se me acercó. Parecía anciana, aunque seguramente más joven que yo. Tenía arrugas y gafas gruesas. Me preguntó si me había quemado, y después creo que preguntó quién era y si conocía a don Esteban. No llegué a responderle. Otra joven se dedicó a secar el suelo, la de la falda a secarse a sí misma y un hombre al lado a refunfuñar, refunfuños seguramente dirigidos a mí. Mientras, la anciana que me asistía se agachó para recoger los trozos de pocillo y plato. Notó que me había manchado el pantalón. Quizás se sintió responsable del desastre que yo había cometido, por no haberme ubicado en un lugar en el cual pudiera apoyar el café. Con la manga de su camisa floreada empezó a frotarme la rodilla.
–No se preocupe señor, ahora lo seco– me dijo.
Frotó sucesivas veces, a costa de que su propia manga quedara marrón. Detrás, la persona que secaba se alejó, la de la falda y el hombre también, advertí que quedaban pocas personas en el velorio. Bajé la mirada hacia los ojos de la abnegada mujer. También tenía unas ciento veinte pestañas. Sus ojos eran asimismo marrones, pero montones de surcos nacían como nervaduras, las mejillas también estaban talladas con surcos, y los labios eran delgados, yo creo que ahora son delgados, años atrás parecían haber estado poblados de carne. En el mentón se apreciaba un gracioso hueco, de esos que siempre me llamaron la atención. ¿Por qué a ciertas personas se le forma un hueco en el mentón? El cabello era cano, largo y enrulado, pero como quemado, quizás hasta no hace muy poco se lo entintaba, pero al final –quizás– habrá desistido, y dejó que el tiempo hiciera lo que debe: hacernos envejecer. De lo que sí estuve seguro es que esa mirada no habrá cambiado en el tiempo. Una mirada alicaída. El iris temblaba como las estrellas durante las noches de verano, las pestañas de arriba encastraban perfectamente, y con conmovedora suavidad, con las de abajo. Recuerdo que sonreí y largué aire por la boca. No sé cuántas veces frotó, pero volví a sentir una ebullición por todo el cuerpo. Empecé nuevamente a sacar la lengua para mojarme los labios. Las manos me dejaron de temblar. Ahora me doy cuenta de que el resto del salón que me rodeaba se esfumó, sí, como que desapareció de mi percepción. Algo me hizo notar que la mañana del día siguiente estaba llegando, quizás el canto de algún pájaro que se coló por la puerta entreabierta de la casa mortuoria. Yo aún tenía sabor a café en las encías, perdí la cuenta de cuántos pocillos había tomado. ¿Cuatro, cinco? Me sentía exultante, vivo, joven. No sé cómo me animé. Sin pensarlo un segundo más, le agarré la mano a esa setentona u ochentona. Pasé mi mano por debajo de su palma, y con la caballerosidad de antaño, con la desfachatez que permite la senilidad, le besé la mano. Fue un beso que habrá durado un segundo, quizás dos, pero el contacto de mis labios resecos con esa piel femenina me hizo sentir como en una tarde soleada de primavera, como en esos días con olor a hierba recién cortada. La mujer se inclinó hacia atrás con sorpresa. Me miró estupefacta, aunque no dijo nada. Yo le sonreí y, al hacerlo, dejé a la vista los pocos dientes que me quedan. Juro que intenté guiñarle un ojo, pero no fui capaz de hacer ese movimiento. De pronto, una pareja se acercó a la anciana agachada frente a mí.
–Perdón –le dijo el hombre– pero tenemos que marcharnos. Siempre recordaremos con mucho cariño a su marido. Hasta luego, señora Lafinur.
Esos supuestos primos-parientes-amigos dieron media vuelta y se marcharon. Avergonzada, la señora retiró su mano de mi rodilla y se incorporó. Yo la miré y le sonreí con satisfacción, o más bien con desfachatez. Un ventanuco dejó entrar las primeras luces de la mañana e iluminó la caja en el que yacía don Esteban. Agarré mi bastón y con mi lentitud de siempre me puse de pie. Paso a paso me encaminé hacia el fiambre, para echarle el primer vistazo desde mi llegada. Tenía las mejillas blancas, casi tanto como los pocillos, pero hinchadas, y un líquido grisáceo le empezaba a salir por la boca. Ya venía siendo hora de que se lo llevaran. De todos modos, no pude evitar sonreírle con complicidad. “Salud, viejo zorro”, le dije bajo susurros. Me giré. En ese momento noté que sólo quedaba la viuda en el salón. Me le acerqué, ella permanecía de pie y en silencio, mientras miraba la composición que formábamos yo y el cajón que contenía a su marido. Junto a ella, sobre una mesita, descansaba un pocillo de café a medio beber, humeante. Con un pulso que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, lo acerqué a mis labios y me lo zampé de un sorbo. Dejé el pocillo, volví a tomarle la mano a doña Lafinur y volví a besársela. No presté atención a su respuesta, de hecho ni siquiera me importó. Henchido y exultante caminé hacia a la salida. Me giré para verla, ella continuaba de pie. Intenté guiñarle el ojo por segunda vez, pero no hubo caso, no pude, ya tengo el párpado demasiado agotado. Y por fin salí a la calle. Advertí que el sabor a café aún merodeaba mi boca. Giré la esquina y me dirigí al kiosco para comprar el diario. Tenía muchas ganas de leer sólo aquello que me interesaba. Después me fui a hojearlo en la primera plaza que encontré. No, no quería, no tenía ganas de volver a casa. Sabía que hasta la noche siguiente no iba a conseguir dormirme.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Apuntes en tinta / 1
Sufrir, gozar




En mi condición de hombre, no puedo siquiera imaginarme cuál es el sentimiento que recorre las venas de una mujer durante el embarazo: tener un ser viviente dentro del cuerpo, que se desarrolla poco a poco, allí, en los confines de las tripas. No tengo ni tendré idea del dolor que se debe experimentar en el momento en que las entrañas y los órganos se abran para que salga a la luz la criatura, así como el acomodamiento de los huesos, la dilatación del órgano reproductor, el trabajo de parto, el vientre que se desgarra. Como hombre, por más que intente imaginarlo, jamás de los jamases podré ponerme en la piel de una mujer para comprender realmente lo que ese momento significa. Pero, salvando las enormes distancias, ahora me encuentro en pleno trabajo de parto. Yo mismo soy la partera, cuyo bisturí es un bolígrafo, la sábana es una hoja de papel y la anestesia es un lápiz con el que corrijo lo escrito en azul. Sobre esa hoja de papel lloro, grito de dolor, la sangre azul se desperdiga sobre el blanco, se entremezcla con el adormecedor gris. Sin embargo ya puedo ver que sale la cabecita, también veo un punto que separa dos párrafos, el bracito, el nudo de la historia, su tierno vientrecito bañado en jugos, unos puntos suspensivos, y el cordón umbilical que, como los guiones que separan a las palabras largas, es cortado sin contemplación por una anónima enfermera. Ya está. Si bien ya puedo reflejarme en esa criatura que ha salido de mis tripas, ya no está más ligada a mi ser, desde este mismo instante empezará su largo camino de libertad eterna. Ya se ha librado de mí y, con el correr de los años, buscará nuevos universos hasta perderse para siempre de mi vista. Pero ahora, este niño-texto llora, grita, comienza a descubrir el complejo mundo que lo circunda. Alguien se compadece de mí y me lo acerca a mi pecho. Yo lo contemplo, ahora no sufro, gozo, lo observo y me pregunto cómo puede ser posible que algo que ha estado dentro de mí durante tanto tiempo –años quizás– se haya convertido en este crío con ojos, renglones, piernitas, acentos, piecitos, puntos y coma, ombligo y largas palabras esdrújulas. Ahora es momento de disfrutar esta comunión que el universo me proporciona. Ya habrá tiempo de verlo perderse por las rutas del tiempo y del espacio. Ahora es hora de amamantarlo, de fortalecerlo con caricias y sinónimos, con leche materna y ortografía.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Miguel vs. William




Mateo entró con sigilo en aquella solemne biblioteca oxoniense. Le resultaba atractivo el sonido de ese gentilicio en su idioma materno, a pesar de que era una adaptación al español del inglés oxonian. A través de las ventanas de marco victoriano apreciaba la silueta del viento helado, que tallaba las ramas calvas del eterno otoño. Mateo pedía permiso a sus pies para hollar el crujiente suelo de madera, caminaba con excesiva lentitud para no alterar la quietud de esa sagrada casa de saber. Advirtió que le gustaba mucho más la musicalidad de la frase “suelo de madera” que la de wooden floor. Por fin, frente a los lustrados y negros estantes rebosantes de literatura, Mateo decidió poner en práctica ese hobby (o afición) que tanto disfrutaba: sobrevolar su dedo índice sobre los lomos de los libros, con los ojos cerrados, para que sea el libro el que lo elija a él, y no él quien elija al libro. Después de unos segundos de intriga, su dedo aterrizó sobre un viejo volumen, cuyo título era Pride from Oxford, de un tal McGuire. Antes de abrirlo, de entre sus muchas páginas cayó al suelo una hoja que estaba suelta. Pero era una hoja de cuaderno, y estaba escrita con lapicera. Mateo se agachó para recoger el papel. Al primer vistazo advirtió, con sorpresa, que estaba escrito en castellano. Intrigado, leyó para sus adentros:

“Si Sabina cantara en inglés sería más famoso y respetado que Bob Dylan.
Y Víctor Jara, más aplaudido que Cat Stevens.
Si Borges hubiera escrito Ficciones en la lengua de Shakespeare, habría sepultado a autores normalitos de la talla de Bellow, Becket o Updike.
Al Pacino quedaría así de pequeño si Darín hubiese nacido en Yorkshire.
Y López Vázquez sería mundialmente célebre, mucho más que horribles actores como Wayne o Bronson.
De haber cantado en la lengua de Shakespeare, El Tri habría borrado de un plumazo lo hecho por Supertramp.
Y Heroes del Silencio, destrozado la mediocridad de Echo and the Bunnymen y Gang of Four.
Pero claro, hay que saber usar el auxiliar do y utilizar phrasals cotidianamente para ser alguien en la vida sin demasiado esfuerzo.”

El escrito no tenía firma ni nombre. Mateo oteó a ambos lados, plegó el papel y se lo metió lentamente en el bolsillo de su overcoat. Dejó el libro en su sitio sin apenas haberlo hojeado y, con extremo sigilo, salió nuevamente a la calle. Se levantó la solapa del abrigo y, antes de regresar a pie a su pensión de estudiantes, lanzó una despectiva mirada a la fachada de la biblioteca y a la coqueta calle que la circundaba.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Y dijo el sabio...

"He hallado la verdad. La he descubierto, la he visto, la he tratado. La sé, la conozco. Conozco la verdad y no la quiero. Por favor, quiero volver a la anestesia, al chupete, a las gafas negras. Quiero volver a ser el títere de siempre. Quiero que me sigan engañando. Por favor."

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Historias de gente normal / 3
Personas y subtes




Un par de segundos más y a afilar los codos en el scrum de rugby de cada mañana. Augusto Larrazábal empujará con odio, dará cabezazos, blasfemará. E intentará, por cuarto día consecutivo, entrar al vagón del subte. No hay dudas: la estación Avenida de Mayo es la que concentra más gente por metro cuadrado en el mundo entero. ¿Cómo es que no se cae ninguna persona a las vías? ¿Cómo nadie pierde el equilibrio? Misterios de la física que Augusto nunca deja de preguntarse cada vez que espera el próximo tren en la hora “pico-pico” al borde de aquel anden. El instinto lo motiva a balancearse hacia atrás, quizás con la suerte de rozarle los pechos con la espalda a alguna atrevida morocha en minifalda (“hay que ser kamikaze para venirte en minifalda en esta locura; ¿vos querés que te embaracen?”) o, quizás, con la mala fortuna de apoyarse sobre el vientre de un gordo con la camisa sudada (“ecuación infalible: gordo que viaja en subte, igual a camisa empapada en sudor”). Llega el tren, frena con parsimonia –insoportable parsimonia–, y lo de siempre. Los que entran aprontan los codos, los que salen agachan la frente. El choque de fuerzas dura un par de ¿segundos, minutos?: uno, dos, cuatro, “dejen pasar”, seis, siete, “parecemos animales”, nueve, once, “¿quien fue el hijo de puta que me tocó el culo?”, trece, catorce. Quince. O eso contó Augusto cuando, casi sin haberse esforzado, se vio en el medio del vagón, arrastrado por el desquiciado scrum, y rodeado de un racimo de brazoscabezaspiernasmanos. Esta semana anda con suerte Augusto, cuántos subtes había perdido antes, “o quizás ya esté aprendiendo a dar codazos”. Codo es, precisamente, lo que ahora tiene clavado en el estómago, a la altura del ombligo. Un viejo calvo y bajito, con una extraña boina, le clava la articulación sobre su incipiente barriga. Augusto lo mira con irritación, pero el viejo le contesta con los labios hacia adelante y las cejas fruncidas, lo que, en el idioma tácito del subte significa “¿Y qué querés que haga?”. Tanta es la gente dentro de esa superficie de tres por quince que el más mínimo movimiento se convierte en una ingente acción de heroísmo. Junto a la puerta automática, un joven cierra y abre el ojo, intenta rozárselo con el hombro, desesperado por un repentino escozor, pero le resulta imposible levantar el brazo, comprimido entre dos pasajeros de saco y corbata. A unos metros, una mujer sopla hacia arriba para apartar un mechón de cabello que le cosquillea la nariz. Más allá, un hombre de poblado bigote atina a toser, pero su mano permanece estrujada entre las masas; como no consigue alzar la mano para taparse, reprime la expectoración y los ojos le lagrimean. Por fin el tren arranca. La inercia menea unos centímetros hacia delante a esa gelatina humana, una sacudida débil que se multiplica lo suficiente como para que un adolescente rubio aproveche sus hormonas frente a un generoso culo envuelto en denim; o para que un hombre de campera roja acerque aún más sus habilidosos dedos hacia la cartera que ya había oteado segundos antes; o bien para que Augusto apriete con más fuerza sus premolares. “No, no, ahora no”, piensa al intentar apartarse del filoso codo. Siente un ronroneo en las tripas, como si un ejército de cochecitos de juguete con cremallera le diera vueltas en el estómago. De repente, un frenazo: estación Moreno. Otro scrum de insultos, puertas neumáticas, codos incisivos y culos profanados. La marabunta de nuevos pasajeros empuja a Augusto aún más al fondo del vagón. Resulta improbable que pueda bajar en San Juan, dos estaciones después. “Otra vez tarde al laburo”, concluye. La agitación de esa estructura de metal es proporcional a la que experimenta bajo su camisa. Avizora hacia ambos lados. Todos los pasajeros están en su mundo, forzados a mirar a cualquier lado menos a los ojos. En estas situaciones de tal conglomeración suele producirse la embarazosa tarea de que los ojos no se crucen entre sí. “¿Pero cómo voy a dejar de mirar al tipo que me está respirando en el cachete? Pero no tengo que mirarlo”, piensa Augusto, y también pensarán los demás pasajeros. A pesar de tal hacinamiento, igualmente todo el mundo intenta respetar su espacio personal, evitando roces, miradas, estornudos o cualquier otro signo incómodo emitido por nuestro rostro. “Sí, nuestro rostro” se repite Augusto, como para autoconvencerse de lo que está a punto de hacer. Quién podría ser considerado culpable de tal afrenta en medio de esa ensalada humana. Aún falta un minuto para que el tren llegue a Independencia. Augusto hace todo lo que está a su alcance para retrasar el momento y esperar cuando las puertas neumáticas, esas malditas puertas neumáticas, se abran y dejen pasar algo del escaso oxígeno de la estación. La estocada final la da el cada vez más filoso codo del viejecito. Las nalgas de Augusto no pueden contener el galope gaseoso y gástrico que, como huracán tropical, gira primero por su concavidad de salida –que dota a la eyección de aire de un calor abrasador, que le quema la piel–, atraviesa raudo la tela del calzoncillo, no pone reparos en superar las costuras del jean y, por fin, sale propagado al exterior con una velocidad atómica. En primaria reacción, Augusto expele una bocanada de aire, en señal de alivio por la expulsión. Cierra los ojos y llena los pulmones de oxígeno. Pero esa acción es su mismísima condena. El vaho que alcanza su olfato lo transporta, de manera automática, a un torbellino incesante de imágenes: el relleno de una tarta de acelga, pero de acelga podrida, hecha hace cinco años por un monstruo antediluviano; o una muela cariada, carcomida por bichos bolita; o una vieja fea y bigotuda que revuelve una enorme olla con mierda. Por desgracia, la eyección es más rápida que su vergüenza, y Augusto advierte enseguida la catástrofe cometida. Casi por instinto, arquea levemente las cejas, comprime los labios y mira al techo, con evidente cara de “yo no fui” cuando ésa es, precisamente, la cara que más delata al culpable. Ensaya un paneo con la vista. Las aletas de las narices de prácticamente todos los pasajeros se abren, o mejor dicho se dilatan. Con disimulo mueven los globos de sus ojos (sin mover la cabeza) para tratar de encontrar al hijo de puta que ha cometido semejante barbarie. El aire se infla, las imágenes que capturan la mente de Augusto cobran forma de ríos rebosantes de mierda, o de culos de mandril, o de pozos oscuros poblados de moscas. Centímetros más abajo, el viejecito ha acusado el desmán intestinal y empieza a tambalearse. Insinúa cara de náusea. A lo lejos, casi a la mitad del vagón, dos chicas se tapan la boca. Cerca de la puerta, un joven mueve los labios con fastidio, como rezando. El gordo sudoroso frunce las cejas, pero después frunce todo, nariz, ojos y labios. El de los dedos habilidosos se cubre con la solapa de su campera roja. Augusto contiene la respiración, pero con una secreta satisfacción por la impunidad que conlleva el anonimato. Cualquier otro pudo haber sido, nadie jamás descubrirá al culpable de tal ultraje, ¿de qué forma se puede hallar al autor entre semejante marea humana? Hasta que por fin, con lentitud, con insoportable parsimonia, el tren se apresta a frenar en la siguiente estación. La gelatina humana se convulsiona, vuelve el revoltijo de brazos, de manos y de piernas. Pero ahora es una gelatina más convulsionada que antes, los empujones son todavía más enérgicos, los codazos aún más filosos. El tren frena con sequedad. Se abren las puertas automáticas. Los que intentaban subir dan un paso hacia atrás. Los que bajan se apiñan contra las puertas, los que no llegan a las puertas se apiñan contra los que están cerca de las puertas. Augusto trata de apartarse para que el scrum de siempre no lo empuje ni hacia adentro ni hacia fuera. Pero, para su sorpresa, esta vez no se produce ningún scrum. Casi sin tocarlo, a su lado pasan el adolescente hormonado, las chicas del medio, un tipo con un paquete, el gordo sudoroso, la del generoso culo, hasta el viejito del codo, e incluso los que estaban sentados, los que se situaban al extremo del vagón y los que habían subido en la estación anterior. Como guiados por una fuerza sobrenatural, todos, absolutamente todos salen escupidos hacia el exterior. Augusto otea los carteles para asegurarse de que no está en la estación terminal, pero no, aún faltan dos paradas. Permanece inerte, incrédulo ante la vista de sus ahora antiguos compañeros de viaje, que giran la cabeza para mirar hacia adentro, y lo ven a él, solo en medio del vagón, agarrado de la manilla de madera y pálido como un plato. Los que iban a subir dan otro paso hacia atrás. Las puertas automáticas vuelven a cerrarse. El tren vuelve a arrancar. Augusto dirige la vista hacia ambos lados. El vacío absoluto de ese espacio que segundos atrás había sido un manojo de personas enlatadas contrasta con el hacinamiento del resto del tren. Él permanece allí, turbado en medio del vagón desierto. A través de la ventanas reconoce la mirada del viejito del codo, de la chica en minifalda, del gordo sudoroso y del adolescente, que se habían girado para observarlo. Todos arquean las cejas, en señal de desprecio o enfado, quizás. Augusto no se mueve, sólo atina a agachar la cabeza y cerrar los ojos, con la infantil fantasía de que así nadie podrá verlo. Por fin el tren penetra en el túnel oscuro hacia la estación San Juan. Contrariado, Augusto abre los ojos, aún con la cara pálida, los hombros alzados y una sensación de sentirse observado hasta por los carteles de publicidad. Aún debe estar rodeado por el vaho pútrido, pero la vergüenza no le permite procesar aquello que capta su nariz. Se acaricia el estómago y mira el reloj. Baja los hombros, se relaja y se sienta en una de las tantas butacas ahora disponibles. Y sonríe. Porque, por primera vez en la semana, por fin llegará temprano al trabajo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Conclusiones cientificistas / 4




Triste ha sido el caso que hoy nos toca tratar. Durante el IV Congreso Internacional de Tolerancia Religiosa, celebrado el año 2003 en la ciudad turca de Ankara, el discurso del doctor en Sociología Dimitri Pavaropulos generó un revuelo de consecuencias imprevistas. Tras su disertación, un murmullo grave y profundo rebotó durante varios minutos en las paredes del Salón de Conferencias Bornabaçe. A continuación, ofrecemos un extracto de las palabras de Pavaropulos; en concreto, aquellas del momento que generó mayor revuelo:
–(…) Y qué podemos decir del acto que, a criterio de este servidor, configura una saña misma contra la especie humana, con un nivel de crueldad, egoísmo, y hasta podríamos decir de carnicería, más alto que se conoce en el ámbito religioso contemporáneo: la circuncisión. Milenaria tradición consistente en cortar el prepucio a los flamantes integrantes de ciertas congregaciones religiosas, y que representa una señal o distintivo que determina su eterna pertenencia a ella. Acto que, a priori, es abiertamente antinatural y horriblemente nocivo para el cuerpo, ya que el pene necesita la cobertura de la piel; no por nada la madre naturaleza y la evolución han configurado esta característica, indispensable en todas las especies vertebradas. El glande es una mucosa que necesita una permanente humidificación, al igual que las córneas del ojo o las membranas internas de la nariz. Pero, como siempre, en estos casos aparecen esos pseudo-científicos proreligiosos que afirman con total descaro que, una acción así, es útil para la higiene corporal. Y yo les digo: si tuvieran prepucio, que se lo corran hacia atrás y se laven el pene… ¿Acaso ellos se cortan las orejas para tener que evitar limpiárselas? Esas mismas personas que suscriben abiertamente el acto de la circuncisión son las que condenan con fervor la ablación vaginal en el África subsahariana y en ciertos países musulmanes. ¿Y lo que ellos cometen no se trata de un tipo de ablación? ¡Vaya necedad!
»Además, como todos sabemos, la circuncisión es un bautismo, entendido el bautismo como el rito ancestral que determina la entrada del flamante adepto a una congregación religiosa. Varias religiones se valen de acciones representativas, míticas y repetitivas, para evocar un hecho crucial del pasado. El cristianismo, como sabemos, utiliza las gotas sobre la frente del bautizado para repetir la escena de San Juan el Bautista sobre la frente de Jesús. Pero esas gotas caídas en la frente de todo bebé –si bien también configura un acto de nefasto egoísmo y saña contra la inteligencia y el avance de la especie humana–, esas gotas se evaporarán y no le dejarán ninguna marca en el cuerpo. Por contrapartida, las religiones que consienten la circuncisión –básicamente, el judaísmo– es la más nefasta de todas las bienvenidas. Un estigma que permanecerá allí, el resto de la vida del circuncidado, colgándole por siempre entre las piernas, para recordarle que nunca, jamás de los jamases, podrá separarse del dogma. Si el pobre circuncidado atina algún día a apartarse de las ideas suscritas, allí está el pobre pene carente de prepucio para recordarle: “¡No! Tú ya has entrado y tú nunca podrás salir”. Cuánto se habrá lamentado el pobre Spinoza al orinar y mirarse su glande descubierto, después de defender su ateísmo frente a aquella corte de Ámsterdam… Pero ya lo dijo alguna vez el gran Anatole France: “Si cincuenta millones de personas creen en una estupidez, no deja de ser una estupidez”. Muchas gracias.

El doctor Pavaropulos falleció seis meses después en Tesalónica, su ciudad natal, en un accidente de tránsito de extrañas características.

Pero honestos



Ya estamos hartos de las críticas. De que utilizamos nuestra condición para sacar tajada de las circunstancias que se nos presentan. No robamos carteras, no tocamos culos, no nos vamos del bar sin pagar el café. Aquí tienen una muestra de nuestra honestidad. Hace unas semanas acudimos al Congreso Internacional de Individuos Invisibles (IIIC), celebrado en Barcelona. Para llegar al lugar del evento cogimos el metro en la estación Plaça Espanya. Y aquí ven, los miembros del contingente hemos pagado nuestro debido billete, lo hemos validado y entrado al metro como corresponde. Antes que invisibles, somos honestos. Así que, en nombre de todo el grupo, declaro: me paso por el forro las críticas. Muchas gracias.

Firma la solicitada: G.I.I.M. (Grupo de Individuos Invisibles de Murcia).

martes, 1 de diciembre de 2009

Conclusiones cientificistas / 3




Revuelo causaron los resultados del estudio llevado adelante por el doctor Svevan Belovsky, del Instituto de Estudios Conspirativos pertenecientes a la Universidad Caprescu de Bucarest. Tras analizar en profundidad unas trescientas cincuenta canciones de Los Beatles, de estudiar la frecuencia de las notas escogidas, la tonalidad de las voces en conjunto y por separado, de desgranar y particionar los llamados “ruidos blancos” –abundantes en la obra beatle–, así como las frases ocultas, los trucos sonoros, los textos de las letras y el arte de las portadas, finalmente determinó que el grupo de Liverpool fue la herramienta que el sionismo y demás organizaciones secretas que no pudo –o no se atrevió– a precisar, utilizaron para crear el concepto de “adolescencia”. Antes de los Beatles la adolescencia tal como la conocemos hoy, simplemente, no existía. Esto es, el grupo humano de consumo más apetecible por el mercado capitalista: individuos ávidos de nuevas experiencias, con tiempo libre, hormonas en ebullición y trabajos que, aunque mal pagos, les permite solventar sus histéricos caprichos. Caprichos que consisten, básicamente, en tres: discos, ropa y drogas. Los discos para recibir la correspondiente inoculación ideológica sin que lo adviertan en absoluto (desde la supuesta rebeldía del punk hasta el absurdo refinamiento del prog rock). Ropas para crear el concepto de mano de obra barata en Asia y Sudamérica. Y drogas, por supuesto, para que no se salgan de la raya y continúen mansos y a-rebeldes. Los Fab Four, como se sabe, impusieron el concepto “nuevas ropas - nuevos sonidos - nuevas drogas”. Para rematar el texto de presentación del estudio, el doctor Belovsky expresó en aquel salón atestado de gente la siguiente sentencia: “Y ahí los ven, ahogándose en un absurdo cielo con diamantes, atravesándolo metidos en un submarino amarillo sin ventanas, y pensando ‘Don’t bother me, I’m only sleeping’”.

Conclusiones cientificistas / 2




Willhemm Klein, semiólogo y licenciado en comportamiento humano de la Universidad de Hamburgo, dedicó los últimos catorce años de su vida al estudio de la cantidad de palabras que las personas de sexo femenino pueden emitir en el menor lapso de tiempo posible, así como en el por qué de la compulsión femenina al acto del habla. Para lo cual, el doctor Klein creo un espacio enteramente transformado en su laboratorio: abrió un café bar con un aparador que contuviera montones de revistas Hallo y diarios Bild, con fotos de Audrey Hepburn en las paredes, donde se serviría granadina y mucho café descafeinado. Un ambiente propicio para el encuentro de mujeres que hablen de sus temas: desencuentros amorosos, consecuencias de la menopausia, el avance de las varices, peluquería, hijos, más menopausia y etcéteras varios. Klein situó micrófonos secretos bajo las mesas, cuyos sonidos eran registrados por una grabadora conectada a un ordenador. Después de varios años de capturar miles de discusiones, infinidad de confesiones, ingentes cantidades de llantos y montones de risas agudas, Klein cerró el bar para dedicarse con afano a la segunda parte del experimento: analizar en su laboratorio hasta la más mínima palabra emitida por esas miles de mujeres que pasaron por el Kleinbar. Noches enteras con un enorme auricular, complejos programas de sonido y tratados de comportamiento humano como bibliografía de base fueron los compañeros del doctor durante meses. Pero su cordura no lo soportó. Klein se cortó las venas en la bañera una neblinosa tarde de enero. Su hijo, Johanness Klein, continuó la obra de su padre, y llegó a la conclusión de que las palabras que habían sido pronunciadas en ese bar –dejando de lado conjunciones, proposiciones y artículos– habían sido sólo ciento cincuenta y cuatro, vocablos que se habían repetido hasta el hartazgo una y otra y otra vez, mesa por mesa, año tras año. A fin de mantener el orden público y respetar la voluntad de su padre, el doctor Klein hijo prefirió no publicar nunca los resultados del complejo análisis.

Conclusiones cientificistas / 1




Tras veinticuatro años de profundas investigaciones, el doctor en antropología Brandon Clayton, del Centro de Recursos Antropocentristas de la Universidad John Hopkins de Nueva York, determino la exacta fecha de nacimiento del ser humano (especie homínida conocida como homo sapiens sapiens): el hombre nació el día 22 de octubre del año 14.234 antes de nuestra era, a las 8 y veinticuatro de la mañana.

Narraciones en un dedal / 1
Aragó esquina Balmes




Patricia está a punto de dormirse. Sonríe y, en su duermevela, entresueña con caras de gente que pasan veloz. Sonríe, ya no se puede sacar la sonrisa de la cara. Ve caras y caras por todas partes, caras de todo tipo, de narices grandes, de frente chata, mejillas pobladas, caras barbudas, oscuras, rubias, secas, granosas o maquilladas. Patricia está convencida de que ve más caras por minuto que cualquier otra persona. Patricia cierra los ojos, quiere conciliar el sueño, pero se le aparece una viejecita:
–No, gracias, joven.
Se gira hacia la derecha, arrellana la almohada y larga un hilo de aire.
–No puedo, tengo prisa –le dice la cara de un hombre con corbata y maletín.
Patricia está por dormirse, pero igual sonríe. Abre y cierra la boca, se masajea las mejillas, pero no se puede sacar esa sonrisa. Tampoco consigue alcanzar la tierra de Morfeo. Mira el reloj: las dos de la mañana. Mañana tiene que levantarse a las siete para ir a la esquina de siempre, y por la tarde estudiar para el examen. Un chico con rastas interrumpe sus pensamientos:
–No guapa, lo siento –le dice el zaparrastroso con otra sonrisa y un guiño del ojo derecho.
Patricia se levanta, va al lavabo a lavarse la cara. Caras, más caras son lo que ve en su camino hacia la pica, aunque tenga los ojos abiertos. Un chino, una rubia vestida de escolar, un abuelito de boina negra, una señora teñida de rubio, tres quinceañeras.
–No, no puedo.
–Por favor, no me molestes, tengo prisa.
–I don’t speak spanish.
–Que me dejes en paz, coño.
–No, gracias.
Patricia llega al lavabo y se lava la cara. Con el agua corriendo, y sin poder quitarse la sonrisa, se repite a sí misma:
–¿Tiene un minuto para Médicos Sin Fronteras?
Levanta la cabeza de la pica. El espejo le devuelve una frente suave, sin arrugas. Unos cabellos morenos y ondulados. Y donde debería estar su rostro, una extensa capa de piel. Su rostro borrado, sin ojos, sin nariz, sin mejillas ni mentón.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Mañana...

Mañana, 30 de noviembre de 2009, será el último día del último mes del último año de la primera década del tercer milenio de la historia moderna. Tanta coincidencia no puede ser menor. Mañana podría representar una jornada determinante, definitiva, descomunal, desequilibrada. Saldré con tiento de casa, miraré cuidadosamente no dos, sino cuatro veces la calle antes de cruzar. Controlaré con mayor atención las fechas de caducidad del atún o del yogurt que compre. Me aseguraré de cargar la batería del teléfono. No iré a comer fuera por precaución, ni siquiera tomaré café, no vaya a ser que caiga una gota de algo nocivo. Antes de sentarme en una silla, la tantearé para comprobar que no está rota. No usaré sal, ni azúcar, no escucharé música muy fuerte por si acaso tenga que prestar atención a sirenas de bombero o gritos de advertencia. Llevaré pañuelos desechables en el bolsillo, el número de emergencias a mano, un blister de Ibuprofeno y otro de Almax. Me iré a dormir pronto, con la puerta cerrada con doble llave, la ventana trabada, el gas y el agua bloqueados, y hasta la electricidad cortada. Me cubriré no con dos, sino con cuatro mantas. Y cuando esté a punto de conciliar el sueño mientras mire mi reloj digital, a las 23:59, llenaré los pulmones de aire hasta que sean las doce. Me dormiré con una suave y dulce sensación de libertad, de eterna seguridad. Y al día siguiente despertaré, cuando todo por fin haya pasado, feliz por haber conseguido sobrevivir.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Imagen tomada en el ferrocarril, un sábado de noviembre.



La foto podría titularse "Nostalgias de un pasado glorioso", "Jóvenes éramos los de antes" o "Qué pastilla me tocaba hoy", pero dejo la elección a criterio del lector.

(Por si no se lee, en el sombrero del abuelito aparece la inscripción "Viva Stalin").

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Historias de gente normal / 1
Mi gusano



Rosa en mano, el hombre de gris bajó con paso lento las escaleras de la estación Universitat. De forma indiferente esquivó a las personas que caminaban en sentido contrario. Allí abajo, el panel electrónico indicaba cuatro minutos para la llegada del próximo tren. El hombre de gris posó la rosa sobre uno de los bancos, con parsimonia, como si sus movimientos se ensamblaran a la cuenta atrás del panel. En el extremo de aquel banco, un joven con ropas anchas y gorra de béisbol miraba intrigado la escena. El hombre de gris permaneció de espaldas a la vía, a la vez que susurraba algo, una plegaria quizás. Advirtió la atención del adolescente. Se acomodó la corbata y giró levemente la cabeza. Empezó a hablarle con tono monocorde.
–Dentro de tres minutos llega mi antiguo gusano. Era mío, joven, se lo aseguro. De pequeño solía viajar en un veloz gusano que agujeraba la tierra. Todas las mañanas yo venía a esta estación con madre para ir al parvulario. Lo esperaba aquí mismo, en este banco. Cogía siempre el mismo vagón, el del medio. Y para no molestarlo caminaba en puntillas de pie, para no hacerle cosquillas en el estómago. Mi gusano era un gusano bueno, él acogía a todos en su interior. Según me contaba madre, iba con prisas bajo la tierra para que la gente llegara temprano a su destino. Yo al principio sentía celos de que otras personas se subieran a mi gusano, pero después me fui acostumbrando a compartirlo con gente desconocida. Es más, sentía orgullo de que ayudara a los otros. Pero yo sabía que su función primordial era llevarme a mí. Cuando bajábamos con madre en la estación Marina, veía que una de sus luces parpadeaba en señal de saludo. Yo levantaba la mano y le decía hasta mañana.
»Cierta ocasión, madre me había llevado a dar un paseo en gusano para ir al centro, junto a otros niños y otras madres. Yo estaba orgulloso de que mis amiguitos compartieran conmigo un viaje en mi gusano. Antes de abordarlo, me situé frente a ellos y les expliqué: “Ahora les voy a presentar a mi gusano. Es un gusano que agujerea la tierra, que lleva a la gente bajo la ciudad para que llegue temprano. Ese gusano es mi gusano, pero no estoy celoso de que vosotros subáis en él.” Lo que siguió después prefiero no recordarlo, pero es el motivo por el cual me encuentro aquí. Todos, los niños más grandes, los pequeños, las otras madres, todos empezaron a reírse, todos me señalaban con el dedo a carcajada limpia. Algunos niños me decían “tonto” y las otras madres “qué inocente”. Incluso madre insinuó una sonrisa. Yo quería irme de allí, contuve las lágrimas y cerré los ojos para no ver esas expresiones de burla que hoy, cuarenta años después, aún siguen pinchándome el corazón. Mi gusano llegó un minuto después. Allí dentro, mientras los niños seguían partiéndose de risa dentro del estómago de mi amigo de metal, yo escondía la cabeza bajo la chaqueta de madre, en puntillas de pie, pensando que ya nunca volvería a mirar a mi gusano como solía hacerlo… –El hombre volvió la mirada a su flor–. Y aquí dejo la rosa hoy, en memoria de la inocencia de la que alguna vez fui dueño y que hace cuatro décadas perdí para siempre. Adiós, joven, buenas tardes.
El hombre de gris se giró y desapareció de golpe entre la muchedumbre. El joven permaneció durante algunos segundos observando la rosa sobre el banco, con gesto lúgubre, hasta que la llegada de un nuevo tren lo devolvió de su rapto. Lentamente se levantó y entró al vagón del medio. Lentamente, muy lentamente, y en puntillas de pie.

martes, 17 de noviembre de 2009

Versionando clásicos versionados hasta el hartazgo / 1
Viejo lobo





No, no, por allí no, mejor el otro atajo, ojo con el leñador, pero por qué no se buscan otro sitio para talar, es tan grande todo esto, juro que cuando esté mejor alimentado me largo de este puto bosque, ya estoy harto de la rutina y de que se me corte la inspiración, malditos bípedos y malditas hachas, vamos viejo, más rápido, ay esta ciática, por qué no seré vegetariano, cuidado el hormiguero los arbustos la serpiente, salta, vamos, el pozo piedras charco pantano ¿y esa casa de chocolate? ¿en qué cuento estoy? la niña dijo que era su abuela, todas las casas de abuelas son iguales, tienen olor a abuela, a ver ese olfato viejito, snif snif, sí, debe ser por ahí, hay un camino, vamos, más rápido, sí, por aquí, snif snif, queda poco tiempo, la niña puede llegar en cualquier momento, pero dónde se cree que va con ese ridículo vestidito rojo, muy lejos no llegarás en la vida así vestida, guapa, snif snif, bien, debe ser ésta, ahí debe vivir la vieja, a ver snif snif, sí, está tumbada como suponía, eso es vida y no mi miseria, ojalá cobrara una pensión como esta vieja haragana, slurp, pero qué hambre tengo, me da igual carne caducada, slurp, me la zampo igual aunque solo sea pellejo, qué hambre y qué cansado estoy, hace un minuto podría haber engullido morcilla fresca, rojita, slurp, pero yo también estoy viejo, mmm, ya no tengo los reflejos de antes, ay qué agitación, toc toc, llamo a la puerta pero no me pensé ninguna coartada, pero qué hambre, snif, pero qué cansancio, slurp, pero qué le digo a la vieja ésta...
–¿Quién es?
(¿Pero qué era lo que tocaba decir ahora?…)
–Ehh… mmm… Para comerte mejor…
Mmmmno, no era eso. Definitivamente, ya no tengo los reflejos de antes.

viernes, 30 de octubre de 2009

Otros puntos de vista


Huella de zapato hecho a medida. Muy a medida.





Logotipo del nuevo producto de una importante empresa multinacional, que aún no ha salido al mercado porque todavía sigue esperando la maldita legalización.





Tenedor con un solo diente.





Baño de hombres en Escocia.

sábado, 10 de octubre de 2009

Anuncios clasificados

Denuncia: grave agresión a la prensa

(Agencia EFE)
Inquirido por el caso de corrupción en el que el Grupo Oca se ha visto involucrado en las últimas semanas, el señor José de las Mercedes Ganso salió al cruce de las acusaciones con serias agresiones a los periodistas que se apersonaron en su domicilio. El mencionado palmípedo se encontraba, en esos momentos, escoltado por dos de sus asesores, quienes se sumaron a los improperios que recibió la prensa, así como de su agente de seguridad, el señor A. V. Struz. Aquí, las imágenes:



La agresión ha sido fuertemente repudiada por la Sociedad de Periodistas Bufarras. Dicho organismo ha reclamado elevar acciones legales en contra del señor Ganso, de sus asesores y del señor Struz, por permanecer pasivo en todo momento.

NO-BEL

**********NO-**********


Doris Lessing


Herta Müller


Harold Pinter


Johannes Jensen


Jean-Marie Le Clezió

El crítico frívolo intelectualoide se hace algunas preguntas…
"¿Quiénes son?
¿Para quién coño escriben?
¿Qué coño van a hacer con el puto dinero que les dan los putos suecos del Nobel?"


Y, acto seguido, se responde a sí mismo:
"De algo estoy seguro… Tengo muchas, muchísimas cosas mejores que hacer que perder el tiempo leyendo a estos ignotos escritores."


**********-BEL**********


Joseph Conrad


Franz Kafka


Jorge Luis Borges


Philip K. Dick


Francisco Ayala


Javier Marías

El avezado erudito agrega: "¿Ellos? Ellos no necesitan dinero sucio. Para ellos no hay mejor premio que mis suspiros."

lunes, 7 de septiembre de 2009

Suplemento Ciencia y Tecnología



'Según el doctor William Tupra, decano de biología genética de la Universidad de Palo Alto (California), la esperanza de vida en la próxima década seguirá en aumento. En consecuencia, los países desarrollados contarán con una creciente franja de su población con edades comprendidas entre los 90 y los 100 años. Esto generará masas de personas que no representarán ninguna fuerza laboral pero que, gracias a los ingresos provenientes de sus pensiones, buscarán saciar su tiempo libre a través del turismo, de hobbies varios y de consumo desmedido. Por contrapartida, la falta de fuerza laboral joven y el endurecimiento de las leyes hacia los inmigrantes ilegales (quienes son, en su mayoría, los que cuidan de este colectivo) harán que estas personas entradas en años tengan que valerse por sí solas, al ducharse, al cambiarse los pañales, al bajar las escaleras, al cocinar, al hacer caca, al tirar la cadena después de hacer caca, al tomar la medicación. Los centros geriátricos quedarán colapsados, las plazas plagadas de migas de pan y las obras en construcción apabulladas de público que mira con las manos detrás. Sin embargo, las conclusiones del doctor Tupra y de la investigación que él mismo ha impulsado son más que positivas, ya que tal logro (la longevidad) puede considerarse “como una victoria de la ciencia por sobre el universo y el destino”. “Ahora podremos vivir cuanto queramos”, agregó el facultativo, en la conferencia de prensa.'

Un corto: Placas tectónicas

martes, 1 de septiembre de 2009

La rebelión de las letras

En las puertas del palacio real de Abecedario la confusión era mayúscula. Bajo la lluvia, un grupo de úes acentuaron su furia, mientras que las eses y las haches sumaron esfuerzos para pedir silencio. Un signo de interrogación fue nombrado delegado para ir a preguntar a los guardias de la puerta (dos fornidos paréntesis) qué se estaba discutiendo intramuros. Ambos caracteres se miraron y hablaron entre ellos al oído; quizás ignoraban la razón de tanto alboroto. Unos puntos suspensivos hicieron acto de presencia para persuadir a la multitud a que se esperen, que tengan paciencia. Entre la masa de enfurecidas grafías, una F silbó en señal de desaprobación, una pequeña coma saltó para ver mejor y una resuelta A lanzó un agudo grito de enfado. Vestidos de cortesanos, por fin salieron los dos puntos para anunciar la inminente salida del rey. Tras varios minutos de espera, se asomó al balcón el monarca, la R, luciendo su corona de asteriscos y flanqueado por sus dos asistentes, dos emperifolladas comillas, una a cada costado. La R carraspeó y habló a la multitud:
–Estimado pueblo Vocablo. Desde hoy, el régimen dará un giro de 360º, con perdón de la expresión. Para fortalecer nuestra presencia sobre una tierra plagada de números e imágenes, dejaremos de ser simples letras sin estilo. Desde hoy, todas y cada una de nosotras pasaremos a ser negritas y cursivas. ¿Sois lo suficientemente valiente como para aceptar el reto?
Se hizo un silencio tan grande que pareció que todas las letras iban a desaparecer. Por fin, una robusta O instó a la masa:
–¡Nosotros lo somos!
A lo que dos signos de admiración añadieron:
–¡Viva nuestro Rey!
Las letras todas comenzaron a gritar con desenfreno a favor de su soberano. Un punto saltó de alegría arriba de su correspondiente coma, un par de diéresis chocaron sus pechos en señal de festejo y una Ç casi pierde el equilibrio. La T mayúscula tomó la posta y dirigió la muchedumbre hacia un derrotero que nadie conocía en realidad, pero que estaban dispuestas a seguir. Paulatinamente, las letras empezaron a inclinarse en dirección al destino que iban a buscar. Nadie pudo escapar a la orden del Rey, nadie. Todas las letras se hicieron cursivas, todas. Henchidas de orgullo, camino a su horizonte de victoria, inflaron el pecho, engordaron, oscurecieron su piel. Y desaparecieron tras el monte a grito pelado. El palacio real de Abecedario se vació por completo. El monte fue invadido por un oscuro silencio. En el balcón real aún permanecía la R, también inclinada hacia delante. Satisfecha por su decisión, intentó cruzar los brazos, pero le fue imposible debido al engrosamiento de su masa corporal. Contrariada y solitaria, dio media vuelta y se retiró a sus aposentos. En el balcón aún permanecían las comillas, con una visible expresión de angustia. Sospechaban que, desde ahora, ya no iba a tener tanto trabajo. En la puerta de entrada, los paréntesis se recogían y entraban lentamente al palacio. Allí, con una enorme llave, esperaba para cerrar las puertas reales, y para siempre, un gordo, torcido y pesado punto final.

domingo, 30 de agosto de 2009

Doce ideas que tengo pensado desarrollar algún día para forjar mi imperio


1. Cigarrillos que se enciendan solos (¿cómo es que todavía no se le ocurrió a nadie?).
2. Ataúdes con un muerto de cera ya incorporado, con cara de madre, abuela o tía, para simulaciones o para alimentar la culpa de los hijos.
3. Terrones de azúcar con sabor a sal.
4. Melocotones y sandías con un sistema que permita pelarse tan fácil como los plátanos.
5. Huevos con ventanita para ver lo que hay adentro.
6. Cursos superrápidos de enseñanza para ser profesor de cursos superrápidos.
7. Set de uñas postizas, con la diferencia de que la uña correspondiente al dedo medio lleve incorporada un pequeño vibrador.
8. Toboganes con un sistema neumático que vuelva a subir a la persona, para que no tenga que regresar a la tan aburrida escalera.
9. Una raza especial de perros que se alimente de su propia caca. Y que esa caca sea su plato favorito.
10. Un tapón para ombligos, para que no se llenen de pelusa.
11. Guillotinas con pequeñas mangueritas en el filo para que absorban la sangre del decapitado, y de esa manera el suelo no se manche.
12. Un rectángulo de plástico con una banda magnética para introducir en una caja de metal con botoncitos y pantalla, y que nos permita sacar la cantidad de dinero que le ordenemos. Creo que ésta sí es una idea increíble. Espero un día ponerla en práctica, antes de que alguien me la robe.

sábado, 29 de agosto de 2009

Tres cosas del cine que ya me tiene harto

1.
Las típicas escenas en las que el protagonista recibe una noticia que lo conmociona e, inmediatamente, corre al baño para vomitar. La toma dentro del lavabo jamás enseña ni una partícula del vómito, entiendo que por cuestiones estéticas, pero no sé, al menos que se aprecie un trocito de pizza, un granito de arroz, unas gotas de café recién expulsado de sus tripas manchando el borde del retrete... Y otra cosa que también me sorprende: ¡qué facilidad que tienen para vomitar! Este tipo de escenas suelen ser prácticamente iguales: el personaje recibe la noticia, su estómago se revuelve de forma automática, corre al lavabo, abre la puerta (que, invariablemente, es de esas puertas tipo "Saloon" del lejano oeste que se cierran y se abren con insistencia), mete su rostro casi dentro del retrete y a continuación expele en típico "buooooo", sin siquiera atinar a introducirse un par de dedos en la boca para ayudar a las amígdalas a contraerse; y finalmente, el personaje sale más aliviado y sin una sola mancha en su comisura, sin un trozo de lechuga entre los labios.

2.
Los créditos iniciales que duran una eternidad me parecen una total falta de respeto al espectador. Películas como la tercera parte de "El Señor de los Anillos", "Ed Wood" o "Los bañeros más locos del mundo 2 (La playa loca)", tienen presentaciones iniciales que –en el caso de la primera– llega a durar hasta 10 minutos. Entiendo que sea el momento ideal para demostrar el despliegue técnico y alardear de la creatividad que se verá en unos minutos, ya que el espectador está impaciente por ver el comienzo de la trama y su atención está pendiente de ello. Pero cuando en las salas de cine se ve que la gente empieza a rebufar, hablar entre sí o moverse en la butaca, imagino que en ese momento todo el mundo estará pensando "cuándo empieza la puta película".

3.
Hay veces que tengo muchas ganas de darles una sonora patada en el culo a las personas encargadas de subtitular las películas. ¿Por qué si Harrison Ford dice "you fuckin' piece of shit", en el texto sobreimpreso ponen "maldito bastardo"? ¿O por qué "fuck off, you asshole" se transforma para esta gente en un inocuo "vete al demonio, estúpido"? A esto también se suman omisiones, errores bestiales o transcripciones equivocadas. Estos subtituladores de pacotilla se piensan que porque la gente no domina el inglés se pueden reír de nosotros en nuestras jetas, hasta el punto de, por ejemplo, llamar "El Notas" en lugar de "Dude" a Jeff Bridges en El Gran Lebowsky. ¿"El Notas"? ¿Why don't you stop bother us, you sucker, faggot, cunt, fuckin' pieces of shit?... En este trabajo lleno de desidia e inoperancia, el castigo que se merecen por tan nefasta tarea es que solamente se dediquen a a cortar y pegar las únicas frases que aparecen en las películas pornográficas, ya que su capacidad parece que no da para más. Frases que, en general, se suelen limitar a "cómo me gusta", "sí, chúpamela", "más, más" o gemidos y onomatopeyas guturales varios. Y después, si evolucionan, que vuelvan al ruedo para subtitular películas de Julio Medem.

Hoy fui al cine y salí rabioso. Me cago en el séptimo arte.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cada vez me pasa más a menudo




*** **** ** *** *** ** ** *** *ierda ********.

(O lo que es lo mismo: hay días en los que no sé que m***** escribir).


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lunes, 24 de agosto de 2009

Las aventuras de José María Loucost

José María Loucost se levantó temprano por la mañana de su cama de nombre "Malm", montada por él mismo gracias a los dibujitos para estúpidos de IKEA. Se fue a su ordenador HP de superoferta –sin conexión USB, sin entrada para CD y con pantalla plana pero sucia– comprado en MediaMark (él no es tonto), entró a su conexión Jazztel de 14,99 al mes con fijo incluido y visitó la página principal de Ryanair para ver si conseguía vuelos a Londres (mejor dicho, a Standsted, 100 km al norte) a 1 euro ida y vuelta gastos incluidos impuestos indirectos no incluidos. Sólo encontró una oferta a un pueblo que está cerca de un pueblo un poco más grande cercano a una supuestamente alucinante ciudad de pescadores del norte de Letonia. Lo pensó dos veces mientras se comía un cruasán marca Eroski y se tomaba su café marca Hacendado. Acto seguido se levantó, se quitó su camiseta Quechua que usa para dormir y se fue a la ducha. Cogió su jabón Día ("compra uno, lleva dos") y su shampoo marca Delyplus ("si lleva uno le regalamos el cepillito para la espalda"), mientras seguía pensando donde demonios viajar gastando muy poco, sólo con el fin de hacerse la foto con su nueva cámara digital Sorny comprada de cuarta mano a un comerciante de ojos rasgados. Mientras se afeitaba con su espuma Sorli Discount, descubrió un bulto en su cuello. Un bulto rojo, venoso, que le latía y le dolía. Espantado, José María Loucost abrió los ojos con desesperación. El pulso le comenzó a temblar. De inmediato se untó una crema para ocultar imperfecciones del rostro, comprada en Schlecker ("de regalo, tres rollos de papel higiénico"). Se sintió más tranquilo y salió al trabajo. Dos días después, José María Loucost murió. El diagnóstico: galopante infección de tráquea. Después de muchas deliberaciones, los familiares decidieron no enterrar el cadáver, sino cremarlo: era mucho más barato. Al salir de la sala de cremaciones, una tía gorda se acercó al empleado y le pidió si le podía dar el tiquet por los servicios prestados. Lo necesitaba imperiosamente para juntar puntos y conseguir descuentos en Carrefour.

jueves, 20 de agosto de 2009

Librosvida


Letras tinta hojas cordones que entrecruzan mis ojos labios manos dedos, principio nudo desenlace, y un abismo se abre entre un punto y un aparte, y mis ojos zigzaguean y mi dedo sobre la esquina del papel se niega a pasar página, vuelvo a leer este último párrafo de esta última página, y el nudo se desanuda, el nudo del cordón que me une a estas páginas que baten mi sangre y me dan vida y me asesinarán al acabarlas, sí, al final todas las páginas asesinan a su lector, pero por suerte sé que este proceso vital no acaba, no, el cordón se cortará como los guiones cortan las palabras largas, sí, allí fuera hay más libros que aguardan mi muerte, libros-cordón dispuestos a devolverme la vida una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.

jueves, 13 de agosto de 2009

Noticia de última hora: Se suprime de forma definitiva la B.A.Q.E.P.



De nuestra agencia.
El presidente de la BRIGADA ANTISISTEMA QUE ESCRIBE PAREDES (B.A.Q.E.P), individuo que no quiso revelar su identidad, ha informado a la opinión pública, a través de un comunicado de prensa difundido en la tarde-noche de ayer, que la asociación creada en el post anterior de este blog cesa de forma definitiva sus actividades vandálicas y reivindicativas. El motivo que adujo su presidente fue, en declaraciones a este medio, "que se nos ha acabado la botella de spray que había comprado a cuatro euros en los chinos". Ante la pregunta de si la asociación volvería a la lucha ideológica con otros medios más efectivos, el citado presidente declaró: "Basta, no me toquen más los cojones". Y escapó cubriéndose la cara con el ejemplar del diario La Razón que estaba hojeando.

miércoles, 12 de agosto de 2009

B.A.Q.E.P. (Brigada Antisistema que Escribe Paredes)

El pasado jueves 30 de julio inauguré de forma unipersonal y unilateral la organización B.A.Q.E.P, dedicada a la incursión o intromisión de espacios públicos de manera ilegal e irresponsable, con el fin de modificar ciertas ideas preestablecidas que no hacen más que adormecer conciencias. En general, los objetivos principales estarán enfocados a iglesias, escuelas y oficinas estatales, verdaderos nidos de estupidización social y alelamiento ideológico. He aquí las primeras incursiones llevadas a cabo por este humilde servidor...

4 de agosto. Frente a la Oficina de Empleo de la calle Aragón.


2 de agosto. En una iglesia del siglo XVII de un barrio céntrico.


8 de agosto. En la tapia trasera de una escuela de barrio de clase media.


En un segundo término, las intervenciones tendrán una característica más literaria. El objetivo es que, a medida que la organización crezca, ir sumando mensajes más llenos de contenido, y no meros panfletos vacíos, sin un basamento teórico que convenza. Por tanto, las próximas intervenciones serán:

En un centro educativo del barrio de Sant Gervasi:
"Nunca dejé que la escuela interfiriera en mi educación"
Mark Twain

En un centro evangelista de la calle Rector Triadó:
"Tener fe es no querer saber la verdad"
Friedrich Nietzche

En el Palacio Municipal:
"Un funcionario es al estado lo que una hernia al disco".
Anónimo


Seguiremos informando.
Atentamente,
El presidente honorario del B.A.Q.E.P

viernes, 7 de agosto de 2009

Imágenes y demás de las presentaciones del libro Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente

Mañana se cumple (o se conmemora) un mes de la última presentación del nuevo libro de relatos intitulado Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, editado por Hijos del Hule y cuyo autor es este humilde servidor. La promoción y autopromoción incluyó un artículo a página completa en el diario L'Independet de Gràcia, mención en la revista Time Out, en la publicación cultural Literata, en el suplemento cultural de La Vanguardia, recuadro en el matutino El Periódico de Catalunya y hasta una entrevista en la señal barcelonesa COMRadio, entre otras menciones o artículos (algunos están por venir en futuro).

Después de un mes, siento que todo ha sido demasiado rápido, que ha pasado mucho tiempo, que lo tantas veces deseado por fin se ha conseguido, y que ahora lo que toca es enfrentar ese tan extraño y molesto como necesario vacío del "después". Del "¿Y ahora qué?". Mientras aún sigo digiriendo tales elucubraciones, ahora prefiero compartir con la masiva audiencia de este blog las imágenes y palabras que ha dejado esta presentación en sociedad...


Viernes 29 de mayo. La Casa de los Cuentos, Gràcia, Barcelona. La primera de las presentaciones se desarrolló en este tan acogedor y ensoñador espacio. He tenido el honor de ser presentado por el gran escritor José Ignacio García Martín. Agradezco también a Daniel Hareg y a Numancia Rojas , por su gran aportación gran.



Lunes 15 de junio. Bar Eléctric, Barcelona. Servidor en plena lectura de uno de los relatos que componen el libro. En esta velada fui acompañado por la acuática y celestial música del fascinante grupo Selva de Mar.


Jueves 9 de julio. Leyendo mi discurso de presentación en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Av. Portal del Ángel, Barcelona, acompañado por Patricia Capdevila, mi estimable presentadora, y Lluc Berga, de Hijos del Hule. La velada fue cerrada por Helena Cuesta, cuentacuentos profesional, quien narró oralmente y de manera magistral algunos de los cuentos de la obra.


En este vínculo, más fotos de cada uno de los tres eventos.

Y a continuación, el discurso que leí en la última presentación del 9 de julio...

En cierta ocasión, el poeta Oliverio Girondo había dicho “un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón”. Yo no sé si este libro-reloj que escribí lleva hoy la hora correcta, o si este libro-salchichón que estamos presentando esta tarde haya superado ya su fecha de caducidad. Pero les puedo asegurar que, en todo el proceso de creación de esta obra, he intentado ponerme siempre el traje de relojero. Aunque aún no sé si estoy cien por ciento de acuerdo con la sentencia de Girondo, hoy trataré de ponerme el traje de charcutero.

Podría hablar sobre muchas cosas esta tarde-noche. Podría contar las penurias que he soportado al peregrinar por varias editoriales para intentar publicar esta obra (con respuestas del tipo “lo sentimos, su manuscrito no se ajusta a nuestra línea editorial”, “lo sentimos, no publicamos relato”, “lo sentimos, no publicamos autores noveles” o “no lo sentimos, váyase de aquí”). Podría explayarme sobre el duro proceso de corrección. Sobre las musas, desventuras o anécdotas que me motivaron a escribir cada uno de los relatos. O también podría recordar que este libro-reloj o este libro-salchichón fue acabado de imprimir el día 24 de abril de 2009. Sí, justamente y muy a mi pesar, un día después de la diada de Sant Jordi.

Muchas anécdotas graciosas, tristes, insignificantes, desagradables o sorprendentes podría contar sobre el proceso de creación de este libro. Un libro que, a priori, podría decirse no tiene todas las de ganar. Porque es de relatos, –considerado hoy día un género menor en el mundo editorial–. Porque su autor tiene un apellido largo y difícil de pronunciar. Porque el título del libro es aún más largo y más complicado. Porque no tiene ninguna cita de recomendación en la contraportada. Y porque, para colmo, es una cosa rara, experimental, con dos portadas, impresa en dos direcciones. ¿Estará mal editado? ¿De un lado en castellano y del otro en catalán?

Entre todas estas cosas que podría contaros, ahora, con precisión de relojero, intentaré explicar un poco de dónde viene el cuentagotas, las gotas blancas y las gotas rojas.

Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente es un libro en el que he buscado encerrar varios sentimientos, producto de mis experiencias y mis elucubraciones en los últimos tiempos, podría decir en los últimos tres años: la ironía, la soledad, las relaciones edípicas, los amores trágicos, la literatura como válvula de escape, la búsqueda del yo, el vacío que deja el sexo… Sin embargo, todas esas musas se engloban en un solo tema principal: la creación y sus consecuencias. Sobre lo que se sufre más de lo que se disfruta durante el proceso de creación; o sobre aquello que sale de nuestro cuerpo y deja de pertenecernos para siempre. Porque crear, como explica el texto del prólogo, crear es sangrar. Es morir un poco: todos los días morimos un poco, pero al crear aceleramos el proceso… Aunque crear también es eyacular, es dar vida, es expulsar al exterior nuestra energía vital para donarla al universo, es sacar al exterior esas ideas que están alojadas en nuestra conciencia. Ideas que nos atraviesan y nos utilizan para tomar forma de texto, de pintura, de escultura o hasta de hijo. Porque, en realidad, toda creación existe incluso antes de que nosotros existiéramos, está viva desde el nacimiento mismo del universo. El artista sólo es el canal, el médium del que se vale esa creación para ver la luz.

Y así, bajo el paraguas de este tema que repica durante todo el libro, gotea una sucesión de relatos que, si bien tienen total independencia entre sí, están conectados por un mismo hilo argumental. Relatos con protagonistas como Aurelio y Glenda, por ejemplo, dos oscuros amantes que utilizan el sexo para olvidar su hartazgo por la vida, pero cuando advierten que ese mismo sexo que practican por hedonismo puede ser su vía de liberación, ya es demasiado tarde; personajes como Leopoldo, al que se le prohíbe la posibilidad de crear; o como Lucero, a quien sus universos paralelos acaban devorándolo; también aparece un mensajero medieval, una mujer que sueña al amor de su vida, un escritor fracasado, un asesino frente a su víctima… Sin embargo, el personaje que sobrevuela todos los relatos, diríamos el verdadero escritor de estas historias, es un tal Gregorio Jebluss, podría decirse el alter ego de este autor, mi antípoda como diría Millás, o mi heterónimo, a la manera de Pessoa y su Álvaro de Campos. Gregorio Jebluss es el personaje que este autor gesta y utiliza adrede para crear estas historias de vida y de muerte, de creación y vacío, de gotas blancas y rojas.

Este tal Gregorio Jebluss se vale de la escritura para descifrar una sensación de vacío y de deja vú permanente que lo persigue durante semanas. Para hallar la respuesta última creando historias, pariendo personajes, eyaculando, sangrando. Hasta morir. O hasta volver a nacer. Y en esa andadura, Jebluss es puesto a prueba en cada página, es condenado a muerte, es víctima de un complot, decide escapar, muere, resucita, experimenta aún más vacío… Y finalmente, cuando encuentra por fin su respuesta vital, se evapora. Y todo vuelve a empezar.

Y ahora, después de haber vomitado las letras que hoy forman parte de esta obra, que están elegantemente encoladas y expuestas en ese librito que está ahí a la venta, ahora soy yo el que siente en carne propia esa sensación de vacío, esa misma sensación a la que sometí a los personajes de cada relato. Y pienso: al final, los muy cabrones de mis personajes se salieron con la suya y consiguieron vengarse...

Pero igualmente soy de los que piensa que cuando algo muere, algo vuelve a nacer. Hoy, jueves 9 de julio de 2009, una parte de mí muere con la presentación de este libro, de este libro reloj o libro salchichón. Pero esa parte de mí que muere, también está naciendo. Estas gotas que están evaporando en esta presentación, muy pronto precipitarán y serán recibidas nuevamente por la tierra, por esta tierra. Y de esta manera, yo también, al igual que todos los que estamos aquí presentes, yo también volveré a nacer.

Para terminar, quiero agradecer a muchas, a muchísimas personas que, en mayor o menor medida, me dieron una gran mano para que este libro sea una realidad. Varias de esas personas están hoy en esta sala, otras se encuentran bastante lejos de aquí. Agradezco muy especialmente a José Ignacio García Martín, que desde el inicio se ha implicado tanto en la lectura del manuscrito, como en la corrección y en la primera presentación. A Patricia Capdevila, aquí a mi lado, por ceder su simpatía y su entendimiento para presentarme esta tarde. A la editorial Hijos del Hule, por darme la posibilidad de publicarlo y de inaugurar la colección Alambique. A Karina González por la paciencia y por la foto que aparece en la solapa. Y a David Padrosa, el diseñador de la portada, por haber sabido interpretar a la perfección el concepto de la obra, y haber traducido en gotas blancas y en gotas rojas lo que cierto día –con varias cervezas de por medio– le había explicado en un garito del barrio Gótico. Sin todos ellos, difícilmente este libro y esta presentación habrían sido posibles.

Y hasta aquí llegan mis palabras. Sólo deseo que el reloj que hoy estamos presentando aún conserve la hora exacta. Y que, durante mucho tiempo, el salchichón no supere su fecha de caducidad. Muchas gracias.