Belarús es el país con más alta tasa de suicidio del mundo. La gran mayoría de los que se quitan la vida son hombres, víctimas que generalmente pasan por la etapa previa del alcoholismo. El estilo preferido de suicidio es arrojarse desde un puente o edificio. Asimismo, su tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo, la fertilidad ha caído a límites jamás vistos y, por si fuera poco, muchos de los habitantes que quedan con ánimos se largan del país, emigrando generalmente a estados vecinos como Polonia o Rusia. Quienes huyen son, en su mayoría, mano de obra joven y masculina.
Una y otra vez repasaba esta estadística en mis informes para comprenderlo, mientras oteaba la plaza de enfrente a través de la ventana del hotel, en la que huestes de solitarias féminas y cincuentonas de pañuelo en la cabeza iban y venían sin aparente destino, como pétalos secos. Hacía ya algunas semanas que me encontraba en Minsk, capital de la Rusia Blanca, por cuestiones de trabajo. Con frecuencia, después de mis burócratas ocupaciones, elegía perderme en solitario por el caótico trazado de sus calles, o vulikas, como un ovillo de lana que cae rodando sin rumbo, deja una estela de hiladas huellas bajo el asfalto sucio y humedecido por el rocío, y acaba chocando violentamente contra algún obstáculo, distraído ante tanto paisaje blondo e histriónico.
Bajé a la calle. El humo que vomitaban los tubos de desagüe se amalgamaba en mi campo visual a las moles constructivistas y al vapor que me salía de la boca. En la Prospekt Janky Kupaly me detuve a contemplar las siluetas de los árboles del parque Hurkaha. La vegetación se recortaba entre altas chimeneas zigzagueantes, y el contraste me transmitió la sensación de estar rodeado de montañas, aunque en esa llanura no existe elevación a cientos de kilómetros a la redonda. Me encendí un Pall Mall ruso y el humo del tabaco se entremezcló con el vapor de la boca.
Minsk es una ciudad ruidosa y silenciosa a la vez. Quienes murmullan son los coches con sus caños de escape, o algún claxon antipático, pero la gente camina en silencio con la vista pegada al pavimento, cual pequeños soldados programados. La gran mayoría de los transeúntes son mujeres. A diferencia de las semanas anteriores, se empezaban a ver menos minifaldas, menos zapatos con los dedos al aire, dedos pintados laboriosamente de rojo, rosa o azul. Ahora, esos muslos al viento, esas rodillas graciosas se estaban cubriendo de tejanos polacos, de botas con interior de piel sintética. Cuán agradable era escuchar a mis espaldas el repiqueteo de unos zapatos filosos, y el aminorar la marcha para contemplar con disimulo el alejarse de alguna ninfa de pelo dorado, su falda de flores, sus nalgas gloriosas, sus piernas infinitas.