sábado, 25 de septiembre de 2010

Apuntes en tinta / 7
Actor secundario


Me pasa siempre igual. Mientras escribo algo y caigo en la cuenta de que es algo que me entusiasma y es una historia en la que creo, deposito allí todas mis esperanzas de liberación para salvarme de la muerte; meto allí, en esa bolsa atestada de ilusiones narrativas, un océano de creencias, quiero que el personaje lo diga todo en pocas líneas, que sus sentencias sean más contundentes que las de Edipo Rey o Macbeth o la señora Bovary. Entonces cae sobre mí una crisis, un embotamiento mental y el mundo se congela, salgo a la calle a respirar y las partículas de polvo no vuelan, están firmes, las hojas se detienen en el aire a punto de caer. Entonces, para liberarme, comienzo un nuevo texto que plasme esos mismos sentimientos, experiencias paradójicas, esa falta de liberación creada por este encierro autoimpuesto, y así nace otra cosa, un texto secundario que no tendrá intenciones de futuro, que no querrá traspasar ninguna puerta, y salen letras frescas, son algodón mojado, caminar descalzo sobre un colchón y saltar sobre ese colchón, es reír a carcajadas en la calle sin vergüenza, es hacerme cosquillas con una pluma en la planta del pie. Termino ese supuesto texto secundario, y quizás salga un tercer texto secundario, mientras aquel primero, aquella torre de babel no llega ni siquiera a las primeras nubes, algún día lo acabaré, pero ahora regreso a mis modestas letritas que cuentan historias banales, mías, secundarias.

Y así el hijo abandona la casa paterna y acaba la carrera que el padre no pudo. Habrás acertado, querido lector. Éste es uno de esos múltiples textitos secundarios que se entrometen en la creación de algo, supuestamente, grande.

A veces me entristezco al pensar que viajo a los confines del mundo sólo para ver un amanecer infinito, inolvidable. Y no me doy cuenta de que ese amanecer está aquí mismo, tras esta ventana descolorida.

    

sábado, 18 de septiembre de 2010

¡ATENCIÓN!
Evento callejero de Decati Sonde Teibol:
REGALO TODOS MIS LIBROS




Sí, así como lees. Decati Sonde Teibol sale a la calle. Si quieres llamarlo happening, pues llámalo happening.

Resulta que ya estoy hasta el moño de lo material, por eso quiero desligarme de todo. Incluso de mis libros más preciados. Por eso te los regalo. Y no es broma.

No son libros cualquiera. Hay títulos como el Decamerón de Bocaccio, el famoso ensayo de Harold Bloom sobre Shakespeare, Los Pilares de la Tierra o Las enseñanzas de Don Juan. Hay Gombrowickz, hay Henry Miller, hay Hesse, hay Kertész, hay Camus. Hay materia.

Por eso estaré el próximo sábado 25 a las 18 horas, en la Plaça Virreina del barrio de Gràcia, de Barcelona, regalando mis libros. Pasas, eliges, coges, te vas.

Algunos ejemplares tienen mis anotaciones, otros algo rotos. Espero que no te importe. Quizás te preguntes por qué hago esto, regalar mis libros. Es que ya está, ya los leí, ya me sirvieron, no los quiero para que decoren estantes y tenerlos sólo para acariciarles el lomo. Fetichismo puro. Basta. Y si quiero releer, tengo buenas bibliotecas por ahí.

Pero ojo. No te va a resultar tan fácil esto. Te pongo tres condiciones:
  1. Que una vez acabes de leer el libro escogido, se lo pases a una persona que pueda interesarle.
  2. Que me cuentes una anécdota interesante de tu vida. Con ella me comprometo a escribir un cuento y publicarlo en esta misma bitácora.
  3. Que me narres en breves palabras el día más feliz o el más triste de tu vida. Esas palabras las registraré en una grabadora y las iré colgando a diario en este blog.
Lo sé, podría haber hecho BookCrossing o regalarlos a algún centro cultural. Pero bueno, se me ha ocurrido esto. Por eso, si la poli no me echa y si Barcelona no dista a más de diez km de tu casa, te espero el próximo sábado 25 desde las 18 horas en Plaça Virreina.

Allí nos vemos, pues.
Gracias por tu atención.

   

Imagen tomada en una calle peatonal de Tokio, una sofocante noche de agosto


La foto ya viene con título incluido, así que en esta ocasión no voy a darle al lector la posibilidad de elegir, como sí he hecho aquí, aquí, aquí, aquí o aquí.

    

jueves, 16 de septiembre de 2010

Felicidades, coma




Odio los números redondos. Aún no puedo entender el por qué. Alguna paranoia de la infancia, una exigencia escolar, el sufrir para alcanzar el absurdo diez en el boletín de calificaciones, para qué un diez si siempre seguiré siendo un infeliz inconformista. Qué sé yo, pero esa rareza vertió en mí una inexplicable fascinación por los números quebrados, primos, pi por radio al cuadrado, suspirar al ver cifras a la derecha de la coma. En cierta ocasión intenté psicoanalizarme para comprender el origen de esta manía, pero desistí al ver que la tarifa del analista era de 50 euros la sesión, y no 49,90 como hubiese querido.

En fin. Este es el post número 198 de Decati Sonde Teibol. Además se cumple un año y once meses desde que este blog está en servicio. Entre aquel primer post y éste, entre aquel lejano octubre de 2008 y hoy, varios abandonos, risas, descalabros, proyectos truncados, alegrías, satisfacciones y nebulosas han pasado. Menos pelo, más barriga, más experiencias, menos paciencia. Pero aquí estoy. 

Por eso me digo felicidades. Quizás mañana vuelva a festejarlo, antes de llegar al ingrato 200, a los detestables dos años.

     

martes, 14 de septiembre de 2010

...

Mamá se topó con papá. Papá empezó a cortejarla. Mamá no le hizo caso. Papá insistió. Mamá se hartó. Mamá rechazó a papá. Mamá dio media vuelta y se marchó. Papá nunca más volvió a ver a mamá. Yo no existo en realidad. Este cuento no existe. Fin de la historia.


     

sábado, 11 de septiembre de 2010

Spoiler / 3
Minsk


Belarús es el país con más alta tasa de suicidio del mundo. La gran mayoría de los que se quitan la vida son hombres, víctimas que generalmente pasan por la etapa previa del alcoholismo. El estilo preferido de suicidio es arrojarse desde un puente o edificio. Asimismo, su tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo, la fertilidad ha caído a límites jamás vistos y, por si fuera poco, muchos de los habitantes que quedan con ánimos se largan del país, emigrando generalmente a estados vecinos como Polonia o Rusia. Quienes huyen son, en su mayoría, mano de obra joven y masculina. 
Una y otra vez repasaba esta estadística en mis informes para comprenderlo, mientras oteaba la plaza de enfrente a través de la ventana del hotel, en la que huestes de solitarias féminas y cincuentonas de pañuelo en la cabeza iban y venían sin aparente destino, como pétalos secos. Hacía ya algunas semanas que me encontraba en Minsk, capital de la Rusia Blanca, por cuestiones de trabajo. Con frecuencia, después de mis burócratas ocupaciones, elegía perderme en solitario por el caótico trazado de sus calles, o vulikas, como un ovillo de lana que cae rodando sin rumbo, deja una estela de hiladas huellas bajo el asfalto sucio y humedecido por el rocío, y acaba chocando violentamente contra algún obstáculo, distraído ante tanto paisaje blondo e histriónico.
Bajé a la calle. El humo que vomitaban los tubos de desagüe se amalgamaba en mi campo visual a las moles constructivistas y al vapor que me salía de la boca. En la Prospekt Janky Kupaly me detuve a contemplar las siluetas de los árboles del parque Hurkaha. La vegetación se recortaba entre altas chimeneas zigzagueantes, y el contraste me transmitió la sensación de estar rodeado de montañas, aunque en esa llanura no existe elevación a cientos de kilómetros a la redonda. Me encendí un Pall Mall ruso y el humo del tabaco se entremezcló con el vapor de la boca. 
Minsk es una ciudad ruidosa y silenciosa a la vez. Quienes murmullan son los coches con sus caños de escape, o algún claxon antipático, pero la gente camina en silencio con la vista pegada al pavimento, cual pequeños soldados programados. La gran mayoría de los transeúntes son mujeres. A diferencia de las semanas anteriores, se empezaban a ver menos minifaldas, menos zapatos con los dedos al aire, dedos pintados laboriosamente de rojo, rosa o azul. Ahora, esos muslos al viento, esas rodillas graciosas se estaban cubriendo de tejanos polacos, de botas con interior de piel sintética. Cuán agradable era escuchar a mis espaldas el repiqueteo de unos zapatos filosos, y el aminorar la marcha para contemplar con disimulo el alejarse de alguna ninfa de pelo dorado, su falda de flores, sus nalgas gloriosas, sus piernas infinitas. 
  

viernes, 20 de agosto de 2010

Spoiler / 1
Bergen





Me gustan las películas horribles. Me gusta hojear revistas sobre cine y sólo dirigir mi atención a las críticas que tienen dos, una o media estrella. Me encanta ir al cine con ese prejuicio y desgranar con mi propia percepción aquello que le ha molestado al periodista que dedicó su tiempo en describir esa supuesta basura. Veo la película, sí, pero también puedo leer las frustraciones personales de aquel periodista. Cuando rechazamos algo, más bien rechazamos cosas de nosotros mismos que nos molestan, “yo lo hubiese hecho así”, “esto no tiene sentido”, “mis parámetros estéticos están por encima de esto que estoy viendo”… Cierta tarde fui a la biblioteca y me dirigí directamente a las revistas de cine. Allí encontré un ejemplar de Cinerama, un fanzine más que una revista, y leí la crítica de un tal (o una tal) Mustafá Star sobre una cinta llamada Ventanas mojadas. Se trataba de una película noruega cuya directora, por supuesto, se apellidaba Olsen (con la O tachada, pero no sé cómo se escribe la O tachada en este teclado).

El o la tal Mustafá destrozó la película a destajo, con calificativos como “prepotente”, “insultante”, “desprolija” y hasta se atrevió con un “vomitiva”. “Esto promete”, me dije. La busqué en las últimas páginas de El Periódico. Solamente la proyectaban en el Wilson, típico cine de barrio donde sólo dan películas para entendidos. Quien no es entendido (sobre finanzas) es el dueño del cine, porque siempre solía estar vacío. En efecto, cuando entré a la Sala 1 justo antes del comienzo, sólo encontré una pareja que se manoseaba, un viejo con un sombrero y una silueta en primera fila que parecía ser una mujer. Me senté detrás de todo. Las luces se apagaron y empezó la proyección (lo bueno es que aquí  no te meten publicidad). La película versaba sobre la relación de Arne y Freyja en Bergen, ciudad en la que llueve 300 días al año (supongo que de ahí el nombre de la peli). De inmediato advertí que era cámara en mano, y conjeturé que la directora (la mano que llevaba la cámara era de la directora) estaba resfriada, ya que a cada rato el pulso le temblaba al estornudar. Arne era heroinómano, Freyje muy cristiana y muy noruega, fría como un salmón pero de tetas firmes. En Bergen parece que no hay sitio donde ir, si no se es turista no hay más que mirar el paisaje por la ventana. La cinta navega por los descalabros vaginales de Freyja y la vena izquierda del rubio corpulento. Imágenes demasiado obvias: una cruz hecha de jeringuillas, un beso tras la ventana (mojada), gotas de sangre que caían de la vena izquierda sobre un fular. Y ahora el spoiler: antes de que Freyja abandonara a Arne, éste le clava la jeringuilla y la hace más adicta que él. Ambos acaban rezando juntos ante un cristo colgado de una pared sin pintar. Terminó la proyección y advertí que había quedado yo solo en la sala. La pareja se habrá ido a follar por ahí, el viejo del sombrero habrá muerto, la que parecía una mujer quizás no era mujer ni humano. Me quedé contemplando los créditos y encendieron las luces para que me marchara. Pero me quedé por cojones. Me gusta ver las letritas que suben mientras reflexiono sobre lo visto. La película era horrible, sí. Desprolija, también. Vomitiva, probablemente. Pero lo bueno es que al salir del cine me encontré un billete de diez en el suelo. Tengo ganas de llamar a Mustafá y proponerle discutir sobre la peli café de por medio. Espero que Mustafá sea mujer.

lunes, 16 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 7

Los domingos por la tarde, pienso, son los peores momentos en la vida de una persona para comenzar algo, para dar el pistoletazo de salida a proyectos que conlleven un cierto tiempo para su proceso. Son, incluso, momentos nefastos también para pensar. Momentos que de tan vacíos se tornan inexistentes. Por tanto ¿cómo pensar durante un momento que no existe? Hoy me convenzo de que nunca tengo que proponerme a iniciar algo cuyo proceso implique cierta duración, durante un domingo por la tarde. O bien me espero al lunes a la mañana o durante cualquier otro día. Pareciera que todo lo que se inicia un domingo por la tarde tiene destino de fracaso, un noviazgo, un rodaje, una pintura, esculpir, firmar un contrato, comenzar a leer un libro, o a escribirlo, montar una repisa, hacer un piercing, lavar la terraza, concebir un hijo, practicar sexo anal por primera vez, llorar, amar, odiar... Hoy es un día gris, frío, las chispas de agua caen sobre mis mejillas como escupidas por un spray y me cosquillean la nariz. Absorbo mis mocos y me convenzo de que los domingos por la tarde no sirven para comenzar algo. Sólo son útiles para acabarlos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 6

    
De hecho todo el sistema está planificado para que el domingo por la tarde tengas que encerrarte en tu cueva y olvidarte del mundo. O, más bien, que el mundo se olvide de ti. Si no tienes un puto trozo de pan, o la nevera está despoblada, comprar algo en el pakistaní de enfrente te sale el doble que en los supermercados normales durante la semana. El cine está en su día más caro. Los bares están llenos y los que no lo están te cobran un suplemento por vete a saber tú qué mierda. Los parques están invadidos de molestos e insoportables niños que gritan, corretean y tocan los cojones. Las aceras, por viejas teñidas y menopáusicas que pasean minúsculos perritos peludos. En televisión sólo hay películas que son un coñazo o puto fútbol o insoportables carreras de coche. Por eso pienso que todo está dirigido a que acabe el domingo por la tarde tirado en mi cama llena de pulgas, escuchando mis discos de King Crimson y fumando chocolate o, con suerte, pinchándome en la vena de siempre. Por eso te pregunto: si estás en un sitio que no te gusta, ¿qué haces? ¿te piras de allí, no? Entonces si el mundo te parece una mierda, escápate de él, vete corriendo de él. Y con más razón si es domingo por la tarde.

       

lunes, 9 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 5

Phillipe está por morir en un decadente hospital de Mulhouse. Alain va a visitar a su hermano Remy que vive en las afueras, en una casa descascarada junto a su esposa y su hija. Alain y Remy mantienen una discusión vacía, de hermanos. Phillipe no puede con sí mismo. Gime y llora porque nadie lo va a visitar al hospital. Pulsé el botón PAUSE y me levanté a mear. Aprecié mis ojeras en el reflejo del agua amarillenta del retrete. Me vino a la mente la noche anterior. Había intentado volver a hablar con Nadia, pero no me cogía el teléfono. Fui a su casa y no me abrió la puerta. Herido en mi orgullo, cambié de planes y decidí acudir a aquella fiesta que me había invitado Guate. Llegué con seis latas de cerveza bajo el brazo. Había un montón de gente en la fiesta. Me pregunté cómo coño iba a hacer Guate al día siguiente para limpiar toda la guarrada que le dejaran. Que lo jodan, pensé. Las luces eran rojas, tenues. Había dos sofás y varias chicas sentadas en ese sofá. Dos de ellas vestían minifalda. Fui a la cocina a coger una cerveza y me topé con una rubia que se preparaba un gin tonic. Nos pusimos a hablar “a quién conoces - de dónde vienes - ya no se hacen tantas fiestas como antes…”. La empecé a adular, el pelo, la ropa, los ojos. No tenía intenciones de disimular que le miraba las tetas, cubiertas con una camiseta que decía London. Noté que las dos letras o se estiraban más que el resto. Noté que se sintió ahogada, quizás me había acercado mucho al hablarle. Dio un paso hacia atrás. Sospechando perderla, la arrinconé a la mesa. Me dio un leve empujón –un empujón de desprecio, más bien– y volvió al salón. Allí intenté tres o cuatro o cinco veces tirarme a alguna de las tías de esa fiesta. Ya en casa, terminé masturbándome sobre las sábanas que había cambiado esa misma mañana. Regresé a la habitación y apreté PLAY. No es una buena idea ver una película francesa un domingo por la tarde. Y menos si es un domingo nublado.

viernes, 6 de agosto de 2010

Efecto domingo por la tarde / 4

Hoy encontré una T10 en el suelo que le quedaba un viaje. Fue una señal. Miré en el mapa del metro cuál era la estación más lejana y hasta allí fui: Can Cuiás. Caminé por las calles suburbanas, llenas de caras ojerosas, perros que paseaban solos, baches y bares que despedían olor a grasa. Los pies se me pegaban al asfalto mojado por la garúa y el barro que dejaban camionetas y autobuses. Era domingo por la tarde y yo caminaba solo mientras me ajustaba la bufanda cada dos por tres, hacía frío y viento allí arriba en comparación a la calle Asturias. Me metí en uno de esos bares, el olor a grasa se mezclaba con el de arroz, en la tele sobre la verde hierba corrían Jerez-Zaragoza, creo. Me pedí una caña y la espuma se entremezcló con el humo del tabaco que fumaban los cuatro o cinco viejos que jugaban dominó, gritaban desaforadamente u hojeaban el Mundo Deportivo con las hojas manchadas de grasa. Volví a la calle, encontré un recodo desde el que se veía toda la ciudad. La mancha gris detrás, y delante el azul mediterráneo. Me quedé ahí sin moverme durante un largo rato, quizás una hora, contemplando la silueta de Barcelona. Las mangas me goteaban, la garúa resbalaba con insistencia por la superficie porosa de la chaqueta. Ante esa vista de pájaro intenté adivinar dónde estaba mi casa, pero me sentí cansado. Volví a la estación del metro y me fui a dormir, para esperar encerrado en mi gueto la llegada del evasivo lunes por la mañana. 

martes, 27 de julio de 2010

Efecto domingo por la tarde / 3




Phillipe aspiró del porro y apretó el botón Pause. La cinta VHS se congeló y unas rayas atravesaron la pantalla. Estuve a punto de protestar, pero sentí la mandíbula elástica. Phillipe se me adelantó con elocuencia:
–¿Nunca pensaste que en las películas, detrás de la escena principal, allí donde De Niro o Brad Pitt o Billy Cristal discuten sobre sus vidas en un bar lleno de gente y se esfuerzan en respetar el guión, allí detrás, donde conversan todos esos extras, se puede estar desarrollando otra película? Míralos, allí al fondo, esos dos tipos vestidos de negro que beben su café, desenfocados para que sólo resalten De Niro, Pitt o Cristal. Míralos, aparentemente interpretan sus papeles de extras, pero esos dos individuos pueden estar siendo filmados por otro director, puede que se hayan aprendido otro libreto y hablen de mecánica cuántica, y puede que De Niro, Pitt o Cristal sean los figurantes, los rellenos inservibles. Y así puede suceder en cualquier escena, hasta el infinito. Películas dentro de películas, vidas y muertes de progresiva multiplicación, como un laberinto de espejos. –Señaló hacia la ventana de la calle, subió el tono de voz–. ¿Qué tan importante es nuestra vida más que la de aquel viejo que camina ahí abajo, con su boina y su bastón? ¿Es aquel viejo un extra de mi película o yo de la suya?
Me pasó el porro y le dio al Play. Las rayas de la pantalla desaparecieron. 

viernes, 23 de julio de 2010

Historias de gente normal / 6
Un día cualquiera



“Estoy hasta los cojones de ser el padre de la familia”.
Eso pensé cuando volví de trabajar. Eso me dije en ese momento. Nadie me entendía. Yo era el único que trabajaba tantas horas, que estaba tanto tiempo fuera de casa, el que realmente traía el “dinero importante”, el que pagaba la mayoría de las cuentas, el que solucionaba los problemas familiares más gordos, el que tenía que cargar con las histerias de mamá, con los caprichos de Cecilia, con la vagancia de Luis, con las chorradas de Sebastián. Estaba hasta los cojones, al menos esa noche. Había tenido un día para olvidar, como tantos que son para olvidar y son los que más recuerdo. Lo único que quería era coger mis cosas y volar a casa de Patricia, donde también me esperaba la pesada de su madre y sus preguntas molestas –sólo pensando en el dinero y en su posición, por eso quiere que nos casemos–, pero allí al menos el clima era mucho más calmado que en casa.

Antes de meter la llave, desde el agujero de la cerradura pude escuchar los gritos de mamá. Cecilia le recriminaba que no la dejaba salir, que no le daba dinero ni siquiera para ir al centro comercial a comprarse un pantalón nuevo.
–¿Lo quieres? Lo ganas.

En ese momento pensé con qué facilidad somos capaces de perder la calma. No sospechamos cuán sencillo es respirar y reflexionar lo que vamos a decir.
–¡Te vas a la mierda!– gritó Cecilia sin respirar.
–¿Otra vez la misma escena de siempre?– Prorrumpí como todas las noches a las nueve de la noche. Era una coreografía ensayada durante semanas, ya que los movimientos siempre se repetían de la misma manera, aunque a veces cambiaban los insultos entre las dos mujeres de la casa: yo entraba, abría la puerta, dejaba la chaqueta en el colgador, la maleta en el sofá, me desajustaba la corbata, entraba a la cocina con los ojos entrecerrados, olía la fritanga de mamá (después de que murió papá siempre hacía fritanga) y casi sin mirar dónde se encontraban, las separaba lentamente con los dorsos de ambas manos, con total inercia, la izquierda para separar a mamá, la derecha para Cecilia. E invariablemente, con el mismo tono, los mismos gestos, venía mi estúpida:

martes, 20 de julio de 2010

Decati Sonde Teibol, Premio Dardo y Blog de Oro


La escritora Marina Sanmartín –a través de su Fallera Cósmica– ha seleccionado a Decati Sonde Teibol como uno de sus diez merecedores de este singular premio, todo un premio viral, ya que ahora me toca a mí efectuar una selección de diez blogs que, aparte de recomendarlos, considero que a mi criterio se lo merecen. ¡1000 gracias Marina!

And the winners are...
El último peatón, de José Ignacio García Martín
Cuchitril literario, de Juan Pablo Fuentes (Palimp)
El blog de Pablo Gonz, de, por supuesto, Pablo Gonz
Objeto de deseo: la Ciencia, de Serafín González León (SGL)
Micromios, de Carme Carles
Me encantó bailar contigo, de la insigne Isabel Verdú
The Microstories, de Carlos de la Parra
De la Tierra al Cielo, de Gin Hindew 1.1.0
Teoría del Mínimo Relato, de Fernando Remitente
13 libras, de Almorro

¡Y a seguir con el Butterfly Effect!

sábado, 17 de julio de 2010

Control Alt Delete / 7
Deshacer



El foco apuntó directamente al rostro de los invitados. Una luz roja se encendió. Se escuchó una cortina musical, unos aplausos y del micrófono del presentador salió un acople.
-Muchas gracias, muchas gracias. Tenemos ahora con nosotros a la señora Marian Woodsmith, directamente desde Timber Lake, Dakota del Sur. Buenos días, señora Woodsmith. Por favor, señora Woodsmith, tranquilícese. Tome, aquí tiene unos pañuelos. ¿Ya está bien?... Ok, entonces quisiera que nos comentara un poco sobre su caso. Caso que, tengo entendido, no ha sido el primero ni posiblemente tampoco sea el último.
Un murmullo proveniente de la tribuna actuó como puntos suspensivos.
–Gracias... Snif... Sí... Estas cosas de las nuevas generaciones... que no entiendo, ni entenderé.... He iniciado las demandas correspondientes, pero los abogados... no me dieron... demasiadas esperanzas... Perdón, no puedo... hablar, snif... snif...
Un individuo de corbata y peinado a la gomina con raya a la izquierda –sentado a su lado– hizo "ejem" y se arrellanó en la butaca. La cámara dos se encendió.

jueves, 15 de julio de 2010

Graffiti al viento

Mientras miraba por el balcón de mi casa, el viento me trajo unas palabras. El papel quedó adherido a la pared por algunos segundos y después siguió su camino. Aún no sé si hacerle caso o no.

domingo, 11 de julio de 2010

Control Alt Delete / 6
Si viera Siberia




Decidí apartarme a latitudes donde sé que nadie podrá encontrarme. Dibujo esos pueblos en mi mente: parajes perdidos de montaña donde la nieve se confunde con el azúcar que le estoy poniendo a este café. Tomaré el tren sin estaciones intermedias hacia la Siberia Oriental, a un pueblo de novecientos habitantes donde sólo se habla un antiguo idioma buriato. No llevaré más que una maleta con un par de camisas, una chaqueta gruesa, un sombrero, algunos libros base y caramelos de menta. Se dice que en invierno, en ese pueblo llamado Gorzk, las temperaturas mínimas pueden alcanzar los sesenta bajo cero. Pero no me espanto. Seguro que podré hacer amigos, conseguir un trabajo estable y dedicarme con esmero a la pintura, mi gran afición. Llevaré poco dinero, lo suficiente como para pagarme el billete en avión hasta Frankfurt y de ahí coger otro hacia Moscú. Después tomaré el Transiberiano hasta Omsk y pasaré alguna noche en un sucio hostal, antes de emprender la maratónica travesía por la estepa más grande del mundo. Habré pasado, a todo esto, siete husos horarios. Treinta horas después llegaré a Bratsk, donde el aspecto de la gente y el idioma ya empiezan a cambiar. El clima, que es duro de por sí, se tornará crudísimo. Me detendré en Bratsk y, mediante señas, preguntaré cómo hacer para llegar a Gorzk. Me dirán, con señas, que nunca han oído hablar de ese pueblo. Volveré a preguntar a otros lugareños para asegurarme. Me enseñarán un mapa de la zona y de toda Siberia y me convencerán de que nunca ha existido un pueblo con ese nombre. Decidiré buscar ese sitio de todas maneras. Andaré a la deriva por una carretera donde los vientos son capaces de cortar la carne humana. Me alejaré de la pequeña ciudad, me sorprenderá la medianoche con veinticuatro grados bajo cero y caeré en la escarcha desmayado a causa de la hipotermia. Me recogerá un camión desvencijado y me llevará a Gorzk. Casualidad: el chofer ha nacido allí. Me preguntará, no con señas sino en un perfecto castellano, qué demonios iré a hacer en el pueblecito más abandonado, alejado, triste, frío, deprimente, seco, inútil y vacío del planeta. Le responderé que iré a hacer lo mismo que en cualquier otra ciudad del mundo: vivir.


(Extraído del libro de relatos Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente).

  

lunes, 5 de julio de 2010

Control Alt Delete / 5



He decidido marcharme. Dejar todo, olvidar los caminos andados, borrar la sombra que se proyecta tras mi espalda. Regalé mis libros, mis discos, quemé papeles, incluso los más importantes, malvendí mi casa y mi coche, y el dinero resultante lo fui regalando por ahí. Arrojé mi móvil a la basura, aplasté el ordenador, cancelé todas mis cuentas de e-mail, me borré de cuanto sitio estaba inscrito, abandoné a mi mujer, corté relación con todos mis amigos, eliminé de mi mente a mis padres y hermanos. No quiero nada, no quiero a nadie. No los necesito. Y me largué. Empecé a andar hacia el este. Dos, tres, seis meses de caminata. Atravesé fronteras, montañas, ríos, ciudades. Desiertos, valles, acantilados, poblachos. Ahora ando por una estepa soleada, no sé dónde estoy, no me importa. ¿Cuánto llevo de viaje? ¿Meses, años? A lo lejos veo a alguien que camina en sentido contrario, hacia mí. Será un pastor, un campesino. Lo saludaré con un leve gesto de la cabeza, o quizás no lo salude. La figura se aproxima. Veo su cara. Me resulta familiar. Hago una búsqueda veloz en los resquicios de mí mente. Sí, sé quién es ese individuo. Es Patrick, el que me birló mi primera novia, el que luego se acostó con mi hermana, a quien presté dinero que jamás devolvió. Patrick, sí, el que me hizo echar del último trabajo, el que testificó en mi contra cuando sucedió el choque. Patrick, sí. Qué hace aquí, en este desierto, después de tantos años sin saber de él. Se aproxima, él también se sorprende al verme. Nos miramos a los ojos durante minutos, en silencio. Por fin me dice:
–Ya fui lo más lejos que he podido. Ahora regreso a casa.

  

sábado, 3 de julio de 2010

Control Alt Delete / 4
Mi culpa



Ayer he descubierto algo terrible de mí mismo: escupo cuando hablo. No entiendo cómo no me había dado cuenta antes. Lo advertí mientras explicaba la influencia de Rodin en la obra de Rilke en mi clase de Literatura Comparada. Tenía las mangas de la camisa arriba y el brazo en alto. Las partículas de saliva, iluminadas por el sol de la ventana, me mojaron el brazo como si fuera un pulverizador de esos que se usan para limpiar vidrios. No pude continuar y acabé la clase antes de tiempo. Volví a casa en metro, haciendo un esfuerzo por recordar todos los momentos pasados en los que la gente con la que solía hablar se apartaba para evitar ser salpicada. Caí en la cuenta de que todos, sin excepción, daban un paso hacia atrás. Levanté la cabeza, me topé con mi propio reflejo en el vidrio del vagón, bajé la vista con vergüenza.  Llegué a casa, me planté frente al espejo:
–La persona más despreciable que conozco. Eso es lo que eres– le dije al enclenque que me miraba del otro lado.
El espejo quedó rociado de motas transparentes. Me giré, miré el apartamento horriblemente vacío, la cama deshecha, el aparador donde antes había fotos y ahora sólo polvo. Tragué saliva, y creí entenderlo todo. 


     

domingo, 27 de junio de 2010

Control Alt Delete / 3
Gimena

Juro que no la reconocí cuando volví a verla. Hacía añares que no me la encontraba. Gimena era esa clase de chicas que se vestía con pantalones holgados, tenía algunas rastas colgándole tras la nuca, solía decir con orgullo que su autor favorito era Bucay, y su cita predilecta “Podrán cortar todas las flores, pero no matar la primavera”. Caminaba con aparente indiferencia por la calle de la Cera, indiferente ante las miradas de hombres que apreciaban su cuarto de busto a la vista, allí, para ser visto. Con sensual cadencia bamboleaba el bolsito de bordados hindúes y dejaba oír a todos el arrullar de las llaves golpeando monedas. Simulaba apatía ante las miradas masculinas y femeninas hacia su exhuberante tatuaje: una serpiente enroscada que le nacía del hombro, que caía hasta su busto semidesnudo y se perdía por alguna de las escuetas blusas veraniegas que solía vestir. Esa era Gimena, sí, yo la veía siempre bajar la escalera, con esas faldas tan cortas y esa despreocupación que, luego descubrí, no era más que una impostura. Después de algunas ¿semanas, meses? de histeria, conseguí llevarla a la cama. Había sido tras una fiesta con mucho hash y pocos preámbulos, al menos en mi caso. Esa noche folló con cierta desgana, como si estuviera pensando en una rima de Becquer mientras experimentaba un orgasmo. Su actitud en nuestros siguientes dos polvos fueron iguales, como quien hace un trámite en Hacienda. Yo pensaba que las próximas veces iban a ser más intensas, pero me equivoqué: de repente Gimena desapareció de mi vista y de mi vida. O mejor dicho, la Gimena que yo conocía, la que yo anhelaba, se había ido para siempre. Por alguna razón, hoy ha decidido volver a ponerse una de sus viejas faldas indias. Eso me hizo volver a prestar atención a su ahora descolorida serpiente en el hombro. Después de veinte años de estar juntos, por fin vuelvo a encontrar algún rastro de aquella Gimena que deseaba tanto.


sábado, 26 de junio de 2010

Éste es un post un poco paradójico

Y además, tan acostumbrados a leer letra impresa, también es pesado de leer (siento tener una letra tan horrible, pero es parte de la gracia de este post).

sábado, 19 de junio de 2010

En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que soy hoy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.


José de Sousa Saramago
(1922 - 2010)

Control Alt Delete / 2
Ligeras variables de mercado

1. ARRIAGA

Allí abajo me esperan mis amados seres. Me cuesta salir de la recámara, ellos deben estar ahí, en el salón, preguntándose por qué los he reunido hoy. Justo hoy, una mañana de domingo ideal para navegar en el lago o caminar por la montaña, como hacemos siempre. Tendríamos que estar preparando el viaje a Australia que les prometí. Pero todo ha cambiado. No puedo dejar de mirar el adorno que Martincito me hizo para el día del padre. Es una deforme escultura de cartón pintada con varios colores; no sé qué es ni qué significa, pero no me importa. Me lo regaló el domingo pasado y lo he llevado toda la semana en el bolsillo trasero del pantalón. Es el mejor regalo que me han hecho jamás.

Maricarmen me llama, dice que baje, que el café está listo. Ella también está intrigada por saber a qué se debe esta reunión matutina, aunque quizás no tanto como los niños. Martincito quiere conocer la sorpresa que les tengo preparada. Seguro supone otro karting. Jimena, como siempre, fue la primera en levantarse. En eso es bastante parecida a mí, siempre tiene que ser la primera en todo, especialmente en la escuela. Por eso se la ve tan madura para su edad, a diferencia de Karen. Cada vez creo más eso que dicen que la del medio suele ser la más conflictiva, de hecho sigue yendo a ese terapeuta que me resulta un charlatán; pero qué puedo hacer, cosas de Maricarmen.

jueves, 17 de junio de 2010

Control Alt Delete / 1

Firmé el contrato de alquiler y el administrador me dijo:
–Esto que acaba de firmar, señor Arriaga, significa que el dueño le presta eso que es de él y que nunca será suyo. Le presta esa casa de la que usted se encariñará, que abrazará con apego, en la cual desarrollará los sueños que proyecte durante los próximos cinco años, sueños que también en parte le pertenecen al propietario. Le cobra estos 450 euros al mes por utilizarla bajo unas reglas que él ha impuesto. Recuerde que cualquier objeto o instalación que sea dañada o desaparezca correrá a su debida cuenta, señor Arriaga. Aquí tiene las llaves, que la disfrute.

“Es como alquilar mi culo durante cinco años, y en ese tiempo pasen todas las pollas que yo quiera, siempre y cuando el culo quede en condiciones y no sea tratado con maldad”. Salí pateando una latita por la calle Manso mientras mi dedo hacia girar el llavero con indiferencia. Era el mes de enero de 2003. La flamante casa no tendría gas natural, así lo estipulaba el contrato. Tampoco habría bombona: el dinero hasta el mes siguiente me lo había comido en la garantía. Solamente contaba con un colchón en el suelo, una lámpara y el Ulyses de Joyce que usaba como almohada más que como libro. Entré en un colmado a comprar una botella de whisky para usar como estufa más que como bebida. Subí la escalera y algo me crujió bajo el pie, algo que se movía. Giré dos veces la llave. Entré a casa. La bola helada y oscura que brotó del salón me abofeteó la cara. Me tumbé en el colchón y me bebí media botella a morro. Me dormí de inmediato en el colchón lleno de pulgas. Me cubrí con la chaqueta. Metí el contrato bajo el colchón.

Aquél fue el primer día de mi otra vida. De ésta vida, bah. Del día después de haber dejado casa, dejado Marta, dejado trabajo, malvendido coche, tirado libros. Cinco años pasaron, pero todavía sigo bebiendo de aquella botella de whisky.

lunes, 14 de junio de 2010

Si tan sólo fueran soplos





Y llegó el turno de Wilson Prada. El silencio volvió al recinto. Apenas algunas toses, copas de whisky que chocaban involuntariamente entre sí, los pasos de los camareros amortiguados por el suelo enmoquetado. Wilson subió al escenario, sus zapatos rechinaron en la madera lustrada de los escalones. El foco de luz le iluminó la frente vacía y húmeda, y sus ojeras experimentaron un efecto de hundimiento. Wilson sacó la lengua. Humedeció su labio superior. Humedeció su labio inferior. Tragó aire. Se inclinó para apoyar la maleta que colgaba de su la mano izquierda. Con la derecha empujó hacia delante el saxo que llevaba tras la espalda, de modo que la boquilla se detuvo a pocos centímetros de la boca. Exhaló. Advirtió que sobre el atril aún permanecía la partitura del anterior músico, un guitarrista que había interpretado fraseos de Pat Metheny. Wilson se agachó y pulsó el botón de la maleta, que se abrió como una almeja. Algunos papeles salieron despedidos hacia la madera lustrada. El silencio era tal que Wilson escuchó el eco del botón. Esas ondas viajaron parcas hasta el fondo del salón, allí donde un sonidista esperaba el comienzo de la interpretación para ajustar los agudos de la consola. Por aquel mismo sector unos espectadores empezaron a susurrar entre sí, a servirse más whisky, a toser. Se movían en la silla como si algo les molestara. Fijaban la vista en aquel músico que parecía flotar en medio de la oscuridad, y apreciaron su llamativa parsimonia al apoyar la partitura en el atril. Un concurrente bigotudo –que bebía brandy a pocos metros del escenario– sintió atracción por el gesto mustio de aquel músico cuando arrellanó los papeles. Notó su exagerada manera de tragar aire, quizás para capturar el oxígeno necesario antes de demostrar su habilidad con el instrumento. A un extremo del recinto, una pareja se veía expectante, quizás con ganas de escuchar algo mejor que el pastoso punteo anterior. La mujer vestía un ceñido traje rojo que le dejaba las piernas a la intemperie. Sus ojos marrones centraron la atención en el entrecejo del músico. Las arrugas de esa frente descendían levemente en aquel espacio vacío, formando una letra uve. Esa sutileza evocó en la mujer de bonitas piernas una sensación de abandono, de lejanía más bien. Por su parte, el hombre a su lado advirtió, no sin sospecha, que el músico contemplaba el atril más tiempo de lo habitual antes de empezar la interpretación. Sintió intriga al ver cómo los ángulos de aquellos ojos se inclinaban hacia abajo, como derritiéndose. Mientras tanto, una ebullición en forma de murmullo envolvió el salón oscuro. Habían pasado cuatro minutos desde la aparición del músico y aún seguía manipulando sus papeles. Al fondo, el sonidista tuvo una idea: subió una perilla de la consola y provocó un acople. Wilson sintió un pitido horrible, un clavo oxidado en el tímpano. Dio un pequeño brinco, despegó los ojos del atril y agitó la cabeza. Miró hacia el público, pero la luz que le apuntaba no le permitía ver más que oscuridad allí abajo. Enderezó la espalda, acercó los labios a la boquilla y accionó el mecanismo de octava. Un hilo de aire se inmiscuyó por los agujeros de su nariz. Volvió a fijarse en el atril y, de forma automática, los labios le temblaron, como quien aguanta un sollozo. La concurrencia regresó la atención al escenario. Por fin, del orificio salieron los primeros tonos. Resultó ser el standard I'm Old Fashioned, en versión de John Coltrane. Las notas empezaron a ser despedidas con apatía, eran burbujas negras que explotaban en el aire ante cada mirada, espinas secas pinchando carne viva. El público escuchaba indiferente, alguno se frotó la perilla, otro giraba con el dedo los hielos en el whisky. Pero las notas pasaron, las pulsaciones prosiguieron, y las burbujas fueron tornándose vivas, luminosas. La cabeza de Wilson empezó a dibujar ondas en el aire, mientras sus dedos penetraban en las teclas, que se tornaron de piel bañada en sol. Wilson jamás cerró los ojos, nunca despegó la vista del atril. Cada soplido era llanto, como si sus propias tripas salieran despedidas con forma de Fa Sostenido o de Do Menor. El público seguía en silencio, aunque ahora absorto, hechizado por el magma que eyectaba el escenario. El sonidista, el bigotudo, uno que fumaba, la de piernas bonitas, todos terminaron por entregarse a los acordes y compases de aquel saxofonista que había sido anunciado en los carteles de la entrada, pero que seguramente nadie recordara su nombre. La melodía era sencilla, no había virtuosismo, ni escalas exigentes, de hecho faltaba un buen piano que lo acompañara o un par de escobillas sobre platillos. Pero a nadie le importó. Wilson seguía con la vista hacia el atril, presionaba las teclas con un ardor sediento, besaba la boquilla con frenesí adolescente. Manaba gestos desconsolados, casi orgásminos. Su alma y sus vísceras ascendían por la tráquea y se transformaban en aire, aire que adoptaba forma de armonía, que surcaba el éter, que se depositaba sobre oídos ajenos, que mutaba en escalofríos o en latidos o en piel erizada. Wilson estiró las últimas notas hasta asfixiarse, pero no quiso acabar, no podía, no, continuó otro compás, y otro, le resultó imposible cerrar esa pieza que era lo único que le quedaba. Ni los aplausos, ni el saxo, ni el futuro ni el aire de sus pulmones, nada más importaba ya. Wilson miraba el atril con ojos desgarrados, aunque allí no había ninguna partitura, sino el retrato de una mujer lejana, ahora ajena, ahora humo, convertida en mero recuerdo. Una mujer que miraba a Wilson con aire de melodía e inspiración.

viernes, 11 de junio de 2010

Un microencuentro macrointeresante


Mi blogamigo Pablo Gonz (un maestro en el arte de la microficción) nos propone a todos los amantes, simpatizantes y/o cultores de este entrañable género a participar de una peculiar y fascinante propuesta. En palabras de Pablo, Vendaval de Micros consiste en "una fiesta del microrrelato, un lugar de encuentro anual donde todos los amantes de este género tan vivaz podamos compartir nuestra pasión en tiempo real".

Y agrega: "VENDAVAL DE MICROS 2010 se celebrará on-line el domingo 20 de junio 2010 y tendrá una duración aproximada de dos horas. En el primer minuto del vendaval se publicará en este blog una entrada con la dirección de correo electrónico a la que, a partir de ese momento y por espacio de dos horas, los participantes podrán enviar sus trabajos. La publicación de los microrrelatos se hará según su orden de llegada y con una periodicidad de algunos minutos para dar tiempo a que los lectores los lean y dejen sus comentarios".

Te animo a que participes, aunque no hayas escrito ni siquiera un albarán en tu vida. Yo ya me lo he apuntado en la alarma del móvil, a ver qué microrrelato espontáneo invento... Más información, aquí mismito.

Imagen tomada en una esquina del barrio de Sants, una mañana de junio



La imagen podría titularse "Soledad y doble interpretación" o "Busco señora y busco saber dónde va la coma", pero dejo la elección a criterio del lector.

Gente negativa / 8



El 24 de octubre de 2007 el periodista Gregorio Sambueza publicó un artículo en el suplemento de opinión de la revista cultural Palabras Mayúsculas cuyo título era –sin ningún tipo de eufemismos– “Steven Spielberg: eres una mierda”. A continuación, Decati Sonde Teibol ofrece unos extractos:

"Las normas sociales o ciertas reglas retóricas indican que, ante una crítica favorable, o bien ante una exposición de conceptos que apoya determinada ideología o persona, existe una licencia tácita que nos permite volcar todo tipo de elogios sin límite, florituras que exaltan hasta el extremo la ideología o persona apoyada. Por contrapartida, si el objetivo de esa crítica o exposición es el de censurar a esa ideología o persona, la norma dicta que se debe ser medido, que no hay que dejarse cegar por el fanatismo, que se requiere evitar el golpe bajo. Pero hoy, en este espacio, me voy a pasar por el forro este convencionalismo. Simplemente porque voy dedicarle mi tiempo y mi tinta a un personaje menor, que no se merece siquiera mi atención, por eso he titulado este artículo como lo he titulado. Pero ¿por qué tanta cólera hacia el famoso director de Cincinatti? Porque este personajillo apellidado Spielberg –que es más que una mierda, es una puta mierda–, ha sido y es la más obediente mano ejecutora de inoculación y manipulación ideológica en la sociedad de hoy, herramienta que colabora en la transformación de mente humana en mente sub-humana. Sionismo, marketing, capitalismo, ejército e industria armamentística son algunos de sus clientes. Por eso, aunque no sirva de mucho, hoy vengo a poner un poco de justicia.

miércoles, 9 de junio de 2010

Imagen tomada en una callejuela céntrica, una tarde de mayo


La foto podría titularse "Tienda paradoja", "Porque te quiero te baleo", o bien "Vendo armas pero en el fondo soy bueno", pero dejo la elección a criterio del lector.

(Para quien no ve correctamente esta foto hecha con el móvil, aclaro que la tienda en cuestión es una armería).

lunes, 31 de mayo de 2010

Obligación, placer...



Existen dos tipos de escritura: la escritura por trabajo (que aunque sea por placer tiene algo de obligación) y la escritura por puro placer (como la de esta bitácora). Este último tipo de escritura es como conducir borracho. Si no se está en condiciones de coordinar los sentidos, mejor detenerse junto a la carretera, respirar un poco, echar una cabezadita... Y algunas horas después, cuando despunten los primeros y reconfortantes rayos de la mañana, volver a emprender la andadura. Decati Sonde Teibol ha bebido demasiado estos días. Bebido la bebida más nociva que pueda existir: el pensamiento. Por eso se disculpa ante sus escasos lectores por la sequía de producción de estos últimos tiempos. Ahora me encuentro al lado de la carretera, con la cabeza sobre el volante, sintiendo el rumor de otros coches que pasan. Despertaré -lo prometo- dentro de unos días, cuando la carretera se presente llana y clara. Y cuando la escritura vuelva a ser (así lo espero) un puro placer.

martes, 25 de mayo de 2010

Gente negativa / 7

“¡Cuentos tan largos! ¡De una página!”,
gritaba Juan Ramón Jiménez...

Y ahora resulta que las historias mínimas hacen mal. Cada vez con más insistencia se escucha por ahí –en revistas culturales, en tertulias, en audiciones relacionadas con el mundo de los libros–, que ese género llamado microrrelato merece ser llamado sub-genero y estar ubicado en un escalón inferior –y bastardo– de lo que se considera literatura. ¿Los argumentos? Propensión al simplismo; género más ligado al chiste o a la anécdota que a la literatura; falta de esfuerzo; respuesta a la comunicación inmediata y mediocre de nuestros días, la de SMS o e-mails carentes de toda gramática u ortografía; búsqueda de la comodidad y el rechazo al embarazo que significa escribir novelas… Escritores de la talla de Javier Marías se cagan lisa y llanamente en el microrrelato. Esto, quizás, responda a que según ellos es un género (¡perdón! un subgénero) que está de moda. Y esta clase de críticos debe por fuerza vituperar hasta el paroxismo todo lo de-moda, ya que va dentro de su naturaleza ir siempre contracorriente. Para lo cual, echan mano a sus mejores armas: el célebre dinosaurio monterrosiano (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), o las intragables greguerías de Gómez de la Serna –textos tan ingenuos del tipo “El portero no la vio entrar, la vio salir (era la muerte)”–. Como si Monterroso sólo hubiese comido gracias al puto dinosaurio, o Gómez de la Serna no hubiese escrito más cosas que esos juegos de palabras. Como si la síntesis no fuera multiplicación. Como si un átomo no fuera el universo.

Un buen narrador de microrrelatos en un relojero. Cada minúscula pieza es vital para el funcionamiento del mecanismo. Si la pieza está mal puesta, el reloj se destroza. Borges sostenía que no había nada realmente importante para ser contado en demasiadas palabras. Por eso nunca escribió novelas.

Por todo esto, queridos enemigos del relato breve o hiperbreve, recuerden que el primer atisbo de literatura en la historia humana ha tenido forma de cuento. Al calor de la hoguera, los viejos de las cavernas no relataban a sus familias novelas épicas de tres o cuatro días de duración, sino simplemente sencillas historias de minutos, una tras otra, hasta que el sueño o la noche los vencían.

Considero que el cuento es el más noble de todos los géneros. Y cuanto más breve, más noble. Más cerca del universo, de la naturaleza. Más lejos del ego del autor. De hecho, estoy cada vez más convencido de que no hay nada, absolutamente nada que contar, absolutamente nada que leer. No-es-necesario-saber-nada. Todo ya viene escrito en el universo, en la naturaleza, en nosotros mismos. ¡Cómo voy a leer lo que piensan otros del mundo si todavía no sé lo que pienso yo!

Y además, que sepáis que los niños nunca piden novelas para irse a dormir. Piden cuentos. 

sábado, 22 de mayo de 2010

Apuntes en tinta / 6
Y dijo el narrador (que no el autor)…



Aquí estoy, tiempo presente del indicativo, en la frontera que me separa de las palabras. Espero tras la ventanilla diminutiva. Las palabras han llegado, sí, están allí, las veo. Pero han quedado demoradas en la aduana, sitio gigante, frío, seco, gris y plagado de adjetivos que ralentizan la escena. Las palabras están siendo custodiadas por horribles policías con diéresis sobre sus cabezas. Burocracia galopante, adverbio acabado en mente: las leyes señalan que las palabras se quedarán allí durante meses, sin poder ser utilizadas. Gestiono los trámites pertinentes, sellos, tum tum, papeles rosas, rúbrica, duplicado, enumeración. Busco sacarlas como sea. Pero pasan los años. Persisto. No cedo. Hasta que un día –por fin– se produce la caducidad de la burocracia, repetición, cacofonía. Me envían un telegrama: las palabras ya están disponibles para ser extraídas. Regreso a la frontera con ilusión para recuperarlas. Paso por Migraciones, pago la tasa correspondiente, cumplo con lo que encomienda la ley y la gramática. Las palabras por fin volverán a su dueño, o sea yo, o bien el narrador de esta historia. Allí están después de lustros. Sin embargo ahora las veo arrumbadas en el almacén. Viejas, inútiles, faltas de color, desposeídas, invadidas por adjetivos que restan fuerza, carcomidas por ratas. Mojadas, abandonadas. Ya no están unidas por conjunción alguna, despojadas de estilo, contaminadas de gerundios, oxidadas de clichés y faltas de ortografías. Exhalo una onomatopeya de aes y haches. Desisto. Vuelvo a casa con las manos en los bolsillos, con los papeles rosas y los comprobantes de pago. Con la boca vacía, la mente seca y la vergüenza de haber escrito en vano esta absurda monserga metaliteraria. Ahora me doy cuenta de que no hacen falta las palabras para contar nada, ya que no hay nada que contar en realidad. Nunca volveré a pisar aquella aduana. Las palabras ya no me sirven. Y este absurdo, metaliterario y repetitivo cuento, tampoco.