Patrocinada por la Sociedad Agnóstica Totalmente Agresiva No Aceptamos Sotanas (más conocida por su sigla S.A.T.A.N.A.S.)
Tenga a vuestra merced responder sinceramente a las siguientes preguntas. Muchas gracias.
domingo, 11 de octubre de 2009
sábado, 10 de octubre de 2009
Denuncia: grave agresión a la prensa
(Agencia EFE)
Inquirido por el caso de corrupción en el que el Grupo Oca se ha visto involucrado en las últimas semanas, el señor José de las Mercedes Ganso salió al cruce de las acusaciones con serias agresiones a los periodistas que se apersonaron en su domicilio. El mencionado palmípedo se encontraba, en esos momentos, escoltado por dos de sus asesores, quienes se sumaron a los improperios que recibió la prensa, así como de su agente de seguridad, el señor A. V. Struz. Aquí, las imágenes:
La agresión ha sido fuertemente repudiada por la Sociedad de Periodistas Bufarras. Dicho organismo ha reclamado elevar acciones legales en contra del señor Ganso, de sus asesores y del señor Struz, por permanecer pasivo en todo momento.
Inquirido por el caso de corrupción en el que el Grupo Oca se ha visto involucrado en las últimas semanas, el señor José de las Mercedes Ganso salió al cruce de las acusaciones con serias agresiones a los periodistas que se apersonaron en su domicilio. El mencionado palmípedo se encontraba, en esos momentos, escoltado por dos de sus asesores, quienes se sumaron a los improperios que recibió la prensa, así como de su agente de seguridad, el señor A. V. Struz. Aquí, las imágenes:
La agresión ha sido fuertemente repudiada por la Sociedad de Periodistas Bufarras. Dicho organismo ha reclamado elevar acciones legales en contra del señor Ganso, de sus asesores y del señor Struz, por permanecer pasivo en todo momento.
NO-BEL
**********NO-**********

Doris Lessing

Herta Müller

Harold Pinter

Johannes Jensen

Jean-Marie Le Clezió
El crítico frívolo intelectualoide se hace algunas preguntas…
"¿Quiénes son?
¿Para quién coño escriben?
¿Qué coño van a hacer con el puto dinero que les dan los putos suecos del Nobel?"
Y, acto seguido, se responde a sí mismo:
"De algo estoy seguro… Tengo muchas, muchísimas cosas mejores que hacer que perder el tiempo leyendo a estos ignotos escritores."
**********-BEL**********

Joseph Conrad

Franz Kafka

Jorge Luis Borges

Philip K. Dick

Francisco Ayala
.jpg)
Javier Marías
El avezado erudito agrega: "¿Ellos? Ellos no necesitan dinero sucio. Para ellos no hay mejor premio que mis suspiros."

Doris Lessing
Herta Müller

Harold Pinter

Johannes Jensen

Jean-Marie Le Clezió
El crítico frívolo intelectualoide se hace algunas preguntas…
"¿Quiénes son?
¿Para quién coño escriben?
¿Qué coño van a hacer con el puto dinero que les dan los putos suecos del Nobel?"
Y, acto seguido, se responde a sí mismo:
"De algo estoy seguro… Tengo muchas, muchísimas cosas mejores que hacer que perder el tiempo leyendo a estos ignotos escritores."
**********-BEL**********
Joseph Conrad

Franz Kafka

Jorge Luis Borges

Philip K. Dick

Francisco Ayala
.jpg)
Javier Marías
El avezado erudito agrega: "¿Ellos? Ellos no necesitan dinero sucio. Para ellos no hay mejor premio que mis suspiros."
martes, 8 de septiembre de 2009
lunes, 7 de septiembre de 2009
Suplemento Ciencia y Tecnología
'Según el doctor William Tupra, decano de biología genética de la Universidad de Palo Alto (California), la esperanza de vida en la próxima década seguirá en aumento. En consecuencia, los países desarrollados contarán con una creciente franja de su población con edades comprendidas entre los 90 y los 100 años. Esto generará masas de personas que no representarán ninguna fuerza laboral pero que, gracias a los ingresos provenientes de sus pensiones, buscarán saciar su tiempo libre a través del turismo, de hobbies varios y de consumo desmedido. Por contrapartida, la falta de fuerza laboral joven y el endurecimiento de las leyes hacia los inmigrantes ilegales (quienes son, en su mayoría, los que cuidan de este colectivo) harán que estas personas entradas en años tengan que valerse por sí solas, al ducharse, al cambiarse los pañales, al bajar las escaleras, al cocinar, al hacer caca, al tirar la cadena después de hacer caca, al tomar la medicación. Los centros geriátricos quedarán colapsados, las plazas plagadas de migas de pan y las obras en construcción apabulladas de público que mira con las manos detrás. Sin embargo, las conclusiones del doctor Tupra y de la investigación que él mismo ha impulsado son más que positivas, ya que tal logro (la longevidad) puede considerarse “como una victoria de la ciencia por sobre el universo y el destino”. “Ahora podremos vivir cuanto queramos”, agregó el facultativo, en la conferencia de prensa.'
martes, 1 de septiembre de 2009
La rebelión de las letras
En las puertas del palacio real de Abecedario la confusión era mayúscula. Bajo la lluvia, un grupo de úes acentuaron su furia, mientras que las eses y las haches sumaron esfuerzos para pedir silencio. Un signo de interrogación fue nombrado delegado para ir a preguntar a los guardias de la puerta (dos fornidos paréntesis) qué se estaba discutiendo intramuros. Ambos caracteres se miraron y hablaron entre ellos al oído; quizás ignoraban la razón de tanto alboroto. Unos puntos suspensivos hicieron acto de presencia para persuadir a la multitud a que se esperen, que tengan paciencia. Entre la masa de enfurecidas grafías, una F silbó en señal de desaprobación, una pequeña coma saltó para ver mejor y una resuelta A lanzó un agudo grito de enfado. Vestidos de cortesanos, por fin salieron los dos puntos para anunciar la inminente salida del rey. Tras varios minutos de espera, se asomó al balcón el monarca, la R, luciendo su corona de asteriscos y flanqueado por sus dos asistentes, dos emperifolladas comillas, una a cada costado. La R carraspeó y habló a la multitud:
–Estimado pueblo Vocablo. Desde hoy, el régimen dará un giro de 360º, con perdón de la expresión. Para fortalecer nuestra presencia sobre una tierra plagada de números e imágenes, dejaremos de ser simples letras sin estilo. Desde hoy, todas y cada una de nosotras pasaremos a ser negritas y cursivas. ¿Sois lo suficientemente valiente como para aceptar el reto?
Se hizo un silencio tan grande que pareció que todas las letras iban a desaparecer. Por fin, una robusta O instó a la masa:
–¡Nosotros lo somos!
A lo que dos signos de admiración añadieron:
–¡Viva nuestro Rey!
Las letras todas comenzaron a gritar con desenfreno a favor de su soberano. Un punto saltó de alegría arriba de su correspondiente coma, un par de diéresis chocaron sus pechos en señal de festejo y una Ç casi pierde el equilibrio. La T mayúscula tomó la posta y dirigió la muchedumbre hacia un derrotero que nadie conocía en realidad, pero que estaban dispuestas a seguir. Paulatinamente, las letras empezaron a inclinarse en dirección al destino que iban a buscar. Nadie pudo escapar a la orden del Rey, nadie. Todas las letras se hicieron cursivas, todas. Henchidas de orgullo, camino a su horizonte de victoria, inflaron el pecho, engordaron, oscurecieron su piel. Y desaparecieron tras el monte a grito pelado. El palacio real de Abecedario se vació por completo. El monte fue invadido por un oscuro silencio. En el balcón real aún permanecía la R, también inclinada hacia delante. Satisfecha por su decisión, intentó cruzar los brazos, pero le fue imposible debido al engrosamiento de su masa corporal. Contrariada y solitaria, dio media vuelta y se retiró a sus aposentos. En el balcón aún permanecían las comillas, con una visible expresión de angustia. Sospechaban que, desde ahora, ya no iba a tener tanto trabajo. En la puerta de entrada, los paréntesis se recogían y entraban lentamente al palacio. Allí, con una enorme llave, esperaba para cerrar las puertas reales, y para siempre, un gordo, torcido y pesado punto final.
–Estimado pueblo Vocablo. Desde hoy, el régimen dará un giro de 360º, con perdón de la expresión. Para fortalecer nuestra presencia sobre una tierra plagada de números e imágenes, dejaremos de ser simples letras sin estilo. Desde hoy, todas y cada una de nosotras pasaremos a ser negritas y cursivas. ¿Sois lo suficientemente valiente como para aceptar el reto?
Se hizo un silencio tan grande que pareció que todas las letras iban a desaparecer. Por fin, una robusta O instó a la masa:
–¡Nosotros lo somos!
A lo que dos signos de admiración añadieron:
–¡Viva nuestro Rey!
Las letras todas comenzaron a gritar con desenfreno a favor de su soberano. Un punto saltó de alegría arriba de su correspondiente coma, un par de diéresis chocaron sus pechos en señal de festejo y una Ç casi pierde el equilibrio. La T mayúscula tomó la posta y dirigió la muchedumbre hacia un derrotero que nadie conocía en realidad, pero que estaban dispuestas a seguir. Paulatinamente, las letras empezaron a inclinarse en dirección al destino que iban a buscar. Nadie pudo escapar a la orden del Rey, nadie. Todas las letras se hicieron cursivas, todas. Henchidas de orgullo, camino a su horizonte de victoria, inflaron el pecho, engordaron, oscurecieron su piel. Y desaparecieron tras el monte a grito pelado. El palacio real de Abecedario se vació por completo. El monte fue invadido por un oscuro silencio. En el balcón real aún permanecía la R, también inclinada hacia delante. Satisfecha por su decisión, intentó cruzar los brazos, pero le fue imposible debido al engrosamiento de su masa corporal. Contrariada y solitaria, dio media vuelta y se retiró a sus aposentos. En el balcón aún permanecían las comillas, con una visible expresión de angustia. Sospechaban que, desde ahora, ya no iba a tener tanto trabajo. En la puerta de entrada, los paréntesis se recogían y entraban lentamente al palacio. Allí, con una enorme llave, esperaba para cerrar las puertas reales, y para siempre, un gordo, torcido y pesado punto final.
domingo, 30 de agosto de 2009
Doce ideas que tengo pensado desarrollar algún día para forjar mi imperio

1. Cigarrillos que se enciendan solos (¿cómo es que todavía no se le ocurrió a nadie?).
2. Ataúdes con un muerto de cera ya incorporado, con cara de madre, abuela o tía, para simulaciones o para alimentar la culpa de los hijos.
3. Terrones de azúcar con sabor a sal.
4. Melocotones y sandías con un sistema que permita pelarse tan fácil como los plátanos.
5. Huevos con ventanita para ver lo que hay adentro.
6. Cursos superrápidos de enseñanza para ser profesor de cursos superrápidos.
7. Set de uñas postizas, con la diferencia de que la uña correspondiente al dedo medio lleve incorporada un pequeño vibrador.
8. Toboganes con un sistema neumático que vuelva a subir a la persona, para que no tenga que regresar a la tan aburrida escalera.
9. Una raza especial de perros que se alimente de su propia caca. Y que esa caca sea su plato favorito.
10. Un tapón para ombligos, para que no se llenen de pelusa.
11. Guillotinas con pequeñas mangueritas en el filo para que absorban la sangre del decapitado, y de esa manera el suelo no se manche.
12. Un rectángulo de plástico con una banda magnética para introducir en una caja de metal con botoncitos y pantalla, y que nos permita sacar la cantidad de dinero que le ordenemos. Creo que ésta sí es una idea increíble. Espero un día ponerla en práctica, antes de que alguien me la robe.
sábado, 29 de agosto de 2009
Tres cosas del cine que ya me tiene harto
1.
Las típicas escenas en las que el protagonista recibe una noticia que lo conmociona e, inmediatamente, corre al baño para vomitar. La toma dentro del lavabo jamás enseña ni una partícula del vómito, entiendo que por cuestiones estéticas, pero no sé, al menos que se aprecie un trocito de pizza, un granito de arroz, unas gotas de café recién expulsado de sus tripas manchando el borde del retrete... Y otra cosa que también me sorprende: ¡qué facilidad que tienen para vomitar! Este tipo de escenas suelen ser prácticamente iguales: el personaje recibe la noticia, su estómago se revuelve de forma automática, corre al lavabo, abre la puerta (que, invariablemente, es de esas puertas tipo "Saloon" del lejano oeste que se cierran y se abren con insistencia), mete su rostro casi dentro del retrete y a continuación expele en típico "buooooo", sin siquiera atinar a introducirse un par de dedos en la boca para ayudar a las amígdalas a contraerse; y finalmente, el personaje sale más aliviado y sin una sola mancha en su comisura, sin un trozo de lechuga entre los labios.
2.
Los créditos iniciales que duran una eternidad me parecen una total falta de respeto al espectador. Películas como la tercera parte de "El Señor de los Anillos", "Ed Wood" o "Los bañeros más locos del mundo 2 (La playa loca)", tienen presentaciones iniciales que –en el caso de la primera– llega a durar hasta 10 minutos. Entiendo que sea el momento ideal para demostrar el despliegue técnico y alardear de la creatividad que se verá en unos minutos, ya que el espectador está impaciente por ver el comienzo de la trama y su atención está pendiente de ello. Pero cuando en las salas de cine se ve que la gente empieza a rebufar, hablar entre sí o moverse en la butaca, imagino que en ese momento todo el mundo estará pensando "cuándo empieza la puta película".
3.
Hay veces que tengo muchas ganas de darles una sonora patada en el culo a las personas encargadas de subtitular las películas. ¿Por qué si Harrison Ford dice "you fuckin' piece of shit", en el texto sobreimpreso ponen "maldito bastardo"? ¿O por qué "fuck off, you asshole" se transforma para esta gente en un inocuo "vete al demonio, estúpido"? A esto también se suman omisiones, errores bestiales o transcripciones equivocadas. Estos subtituladores de pacotilla se piensan que porque la gente no domina el inglés se pueden reír de nosotros en nuestras jetas, hasta el punto de, por ejemplo, llamar "El Notas" en lugar de "Dude" a Jeff Bridges en El Gran Lebowsky. ¿"El Notas"? ¿Why don't you stop bother us, you sucker, faggot, cunt, fuckin' pieces of shit?... En este trabajo lleno de desidia e inoperancia, el castigo que se merecen por tan nefasta tarea es que solamente se dediquen a a cortar y pegar las únicas frases que aparecen en las películas pornográficas, ya que su capacidad parece que no da para más. Frases que, en general, se suelen limitar a "cómo me gusta", "sí, chúpamela", "más, más" o gemidos y onomatopeyas guturales varios. Y después, si evolucionan, que vuelvan al ruedo para subtitular películas de Julio Medem.
Hoy fui al cine y salí rabioso. Me cago en el séptimo arte.
Las típicas escenas en las que el protagonista recibe una noticia que lo conmociona e, inmediatamente, corre al baño para vomitar. La toma dentro del lavabo jamás enseña ni una partícula del vómito, entiendo que por cuestiones estéticas, pero no sé, al menos que se aprecie un trocito de pizza, un granito de arroz, unas gotas de café recién expulsado de sus tripas manchando el borde del retrete... Y otra cosa que también me sorprende: ¡qué facilidad que tienen para vomitar! Este tipo de escenas suelen ser prácticamente iguales: el personaje recibe la noticia, su estómago se revuelve de forma automática, corre al lavabo, abre la puerta (que, invariablemente, es de esas puertas tipo "Saloon" del lejano oeste que se cierran y se abren con insistencia), mete su rostro casi dentro del retrete y a continuación expele en típico "buooooo", sin siquiera atinar a introducirse un par de dedos en la boca para ayudar a las amígdalas a contraerse; y finalmente, el personaje sale más aliviado y sin una sola mancha en su comisura, sin un trozo de lechuga entre los labios.
2.
Los créditos iniciales que duran una eternidad me parecen una total falta de respeto al espectador. Películas como la tercera parte de "El Señor de los Anillos", "Ed Wood" o "Los bañeros más locos del mundo 2 (La playa loca)", tienen presentaciones iniciales que –en el caso de la primera– llega a durar hasta 10 minutos. Entiendo que sea el momento ideal para demostrar el despliegue técnico y alardear de la creatividad que se verá en unos minutos, ya que el espectador está impaciente por ver el comienzo de la trama y su atención está pendiente de ello. Pero cuando en las salas de cine se ve que la gente empieza a rebufar, hablar entre sí o moverse en la butaca, imagino que en ese momento todo el mundo estará pensando "cuándo empieza la puta película".
3.
Hay veces que tengo muchas ganas de darles una sonora patada en el culo a las personas encargadas de subtitular las películas. ¿Por qué si Harrison Ford dice "you fuckin' piece of shit", en el texto sobreimpreso ponen "maldito bastardo"? ¿O por qué "fuck off, you asshole" se transforma para esta gente en un inocuo "vete al demonio, estúpido"? A esto también se suman omisiones, errores bestiales o transcripciones equivocadas. Estos subtituladores de pacotilla se piensan que porque la gente no domina el inglés se pueden reír de nosotros en nuestras jetas, hasta el punto de, por ejemplo, llamar "El Notas" en lugar de "Dude" a Jeff Bridges en El Gran Lebowsky. ¿"El Notas"? ¿Why don't you stop bother us, you sucker, faggot, cunt, fuckin' pieces of shit?... En este trabajo lleno de desidia e inoperancia, el castigo que se merecen por tan nefasta tarea es que solamente se dediquen a a cortar y pegar las únicas frases que aparecen en las películas pornográficas, ya que su capacidad parece que no da para más. Frases que, en general, se suelen limitar a "cómo me gusta", "sí, chúpamela", "más, más" o gemidos y onomatopeyas guturales varios. Y después, si evolucionan, que vuelvan al ruedo para subtitular películas de Julio Medem.
Hoy fui al cine y salí rabioso. Me cago en el séptimo arte.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Cada vez me pasa más a menudo
lunes, 24 de agosto de 2009
Las aventuras de José María Loucost
José María Loucost se levantó temprano por la mañana de su cama de nombre "Malm", montada por él mismo gracias a los dibujitos para estúpidos de IKEA. Se fue a su ordenador HP de superoferta –sin conexión USB, sin entrada para CD y con pantalla plana pero sucia– comprado en MediaMark (él no es tonto), entró a su conexión Jazztel de 14,99 al mes con fijo incluido y visitó la página principal de Ryanair para ver si conseguía vuelos a Londres (mejor dicho, a Standsted, 100 km al norte) a 1 euro ida y vuelta gastos incluidos impuestos indirectos no incluidos. Sólo encontró una oferta a un pueblo que está cerca de un pueblo un poco más grande cercano a una supuestamente alucinante ciudad de pescadores del norte de Letonia. Lo pensó dos veces mientras se comía un cruasán marca Eroski y se tomaba su café marca Hacendado. Acto seguido se levantó, se quitó su camiseta Quechua que usa para dormir y se fue a la ducha. Cogió su jabón Día ("compra uno, lleva dos") y su shampoo marca Delyplus ("si lleva uno le regalamos el cepillito para la espalda"), mientras seguía pensando donde demonios viajar gastando muy poco, sólo con el fin de hacerse la foto con su nueva cámara digital Sorny comprada de cuarta mano a un comerciante de ojos rasgados. Mientras se afeitaba con su espuma Sorli Discount, descubrió un bulto en su cuello. Un bulto rojo, venoso, que le latía y le dolía. Espantado, José María Loucost abrió los ojos con desesperación. El pulso le comenzó a temblar. De inmediato se untó una crema para ocultar imperfecciones del rostro, comprada en Schlecker ("de regalo, tres rollos de papel higiénico"). Se sintió más tranquilo y salió al trabajo. Dos días después, José María Loucost murió. El diagnóstico: galopante infección de tráquea. Después de muchas deliberaciones, los familiares decidieron no enterrar el cadáver, sino cremarlo: era mucho más barato. Al salir de la sala de cremaciones, una tía gorda se acercó al empleado y le pidió si le podía dar el tiquet por los servicios prestados. Lo necesitaba imperiosamente para juntar puntos y conseguir descuentos en Carrefour.
jueves, 20 de agosto de 2009
Librosvida

Letras tinta hojas cordones que entrecruzan mis ojos labios manos dedos, principio nudo desenlace, y un abismo se abre entre un punto y un aparte, y mis ojos zigzaguean y mi dedo sobre la esquina del papel se niega a pasar página, vuelvo a leer este último párrafo de esta última página, y el nudo se desanuda, el nudo del cordón que me une a estas páginas que baten mi sangre y me dan vida y me asesinarán al acabarlas, sí, al final todas las páginas asesinan a su lector, pero por suerte sé que este proceso vital no acaba, no, el cordón se cortará como los guiones cortan las palabras largas, sí, allí fuera hay más libros que aguardan mi muerte, libros-cordón dispuestos a devolverme la vida una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.
jueves, 13 de agosto de 2009
Noticia de última hora: Se suprime de forma definitiva la B.A.Q.E.P.

De nuestra agencia.
El presidente de la BRIGADA ANTISISTEMA QUE ESCRIBE PAREDES (B.A.Q.E.P), individuo que no quiso revelar su identidad, ha informado a la opinión pública, a través de un comunicado de prensa difundido en la tarde-noche de ayer, que la asociación creada en el post anterior de este blog cesa de forma definitiva sus actividades vandálicas y reivindicativas. El motivo que adujo su presidente fue, en declaraciones a este medio, "que se nos ha acabado la botella de spray que había comprado a cuatro euros en los chinos". Ante la pregunta de si la asociación volvería a la lucha ideológica con otros medios más efectivos, el citado presidente declaró: "Basta, no me toquen más los cojones". Y escapó cubriéndose la cara con el ejemplar del diario La Razón que estaba hojeando.
miércoles, 12 de agosto de 2009
B.A.Q.E.P. (Brigada Antisistema que Escribe Paredes)
El pasado jueves 30 de julio inauguré de forma unipersonal y unilateral la organización B.A.Q.E.P, dedicada a la incursión o intromisión de espacios públicos de manera ilegal e irresponsable, con el fin de modificar ciertas ideas preestablecidas que no hacen más que adormecer conciencias. En general, los objetivos principales estarán enfocados a iglesias, escuelas y oficinas estatales, verdaderos nidos de estupidización social y alelamiento ideológico. He aquí las primeras incursiones llevadas a cabo por este humilde servidor...
4 de agosto. Frente a la Oficina de Empleo de la calle Aragón.

2 de agosto. En una iglesia del siglo XVII de un barrio céntrico.

8 de agosto. En la tapia trasera de una escuela de barrio de clase media.

En un segundo término, las intervenciones tendrán una característica más literaria. El objetivo es que, a medida que la organización crezca, ir sumando mensajes más llenos de contenido, y no meros panfletos vacíos, sin un basamento teórico que convenza. Por tanto, las próximas intervenciones serán:
En un centro educativo del barrio de Sant Gervasi:
En un centro evangelista de la calle Rector Triadó:
En el Palacio Municipal:
Seguiremos informando.
Atentamente,
El presidente honorario del B.A.Q.E.P
4 de agosto. Frente a la Oficina de Empleo de la calle Aragón.
2 de agosto. En una iglesia del siglo XVII de un barrio céntrico.

8 de agosto. En la tapia trasera de una escuela de barrio de clase media.
En un segundo término, las intervenciones tendrán una característica más literaria. El objetivo es que, a medida que la organización crezca, ir sumando mensajes más llenos de contenido, y no meros panfletos vacíos, sin un basamento teórico que convenza. Por tanto, las próximas intervenciones serán:
En un centro educativo del barrio de Sant Gervasi:
"Nunca dejé que la escuela interfiriera en mi educación"
Mark Twain
En un centro evangelista de la calle Rector Triadó:
"Tener fe es no querer saber la verdad"
Friedrich Nietzche
En el Palacio Municipal:
"Un funcionario es al estado lo que una hernia al disco".
Anónimo
Seguiremos informando.
Atentamente,
El presidente honorario del B.A.Q.E.P
viernes, 7 de agosto de 2009
Imágenes y demás de las presentaciones del libro Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente
Mañana se cumple (o se conmemora) un mes de la última presentación del nuevo libro de relatos intitulado Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, editado por Hijos del Hule y cuyo autor es este humilde servidor. La promoción y autopromoción incluyó un artículo a página completa en el diario L'Independet de Gràcia, mención en la revista Time Out, en la publicación cultural Literata, en el suplemento cultural de La Vanguardia, recuadro en el matutino El Periódico de Catalunya y hasta una entrevista en la señal barcelonesa COMRadio, entre otras menciones o artículos (algunos están por venir en futuro).
Después de un mes, siento que todo ha sido demasiado rápido, que ha pasado mucho tiempo, que lo tantas veces deseado por fin se ha conseguido, y que ahora lo que toca es enfrentar ese tan extraño y molesto como necesario vacío del "después". Del "¿Y ahora qué?". Mientras aún sigo digiriendo tales elucubraciones, ahora prefiero compartir con la masiva audiencia de este blog las imágenes y palabras que ha dejado esta presentación en sociedad...

Viernes 29 de mayo. La Casa de los Cuentos, Gràcia, Barcelona. La primera de las presentaciones se desarrolló en este tan acogedor y ensoñador espacio. He tenido el honor de ser presentado por el gran escritor José Ignacio García Martín. Agradezco también a Daniel Hareg y a Numancia Rojas , por su gran aportación gran.

Lunes 15 de junio. Bar Eléctric, Barcelona. Servidor en plena lectura de uno de los relatos que componen el libro. En esta velada fui acompañado por la acuática y celestial música del fascinante grupo Selva de Mar.

Jueves 9 de julio. Leyendo mi discurso de presentación en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Av. Portal del Ángel, Barcelona, acompañado por Patricia Capdevila, mi estimable presentadora, y Lluc Berga, de Hijos del Hule. La velada fue cerrada por Helena Cuesta, cuentacuentos profesional, quien narró oralmente y de manera magistral algunos de los cuentos de la obra.
En este vínculo, más fotos de cada uno de los tres eventos.
Y a continuación, el discurso que leí en la última presentación del 9 de julio...
Después de un mes, siento que todo ha sido demasiado rápido, que ha pasado mucho tiempo, que lo tantas veces deseado por fin se ha conseguido, y que ahora lo que toca es enfrentar ese tan extraño y molesto como necesario vacío del "después". Del "¿Y ahora qué?". Mientras aún sigo digiriendo tales elucubraciones, ahora prefiero compartir con la masiva audiencia de este blog las imágenes y palabras que ha dejado esta presentación en sociedad...

Viernes 29 de mayo. La Casa de los Cuentos, Gràcia, Barcelona. La primera de las presentaciones se desarrolló en este tan acogedor y ensoñador espacio. He tenido el honor de ser presentado por el gran escritor José Ignacio García Martín. Agradezco también a Daniel Hareg y a Numancia Rojas , por su gran aportación gran.
Lunes 15 de junio. Bar Eléctric, Barcelona. Servidor en plena lectura de uno de los relatos que componen el libro. En esta velada fui acompañado por la acuática y celestial música del fascinante grupo Selva de Mar.

Jueves 9 de julio. Leyendo mi discurso de presentación en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Av. Portal del Ángel, Barcelona, acompañado por Patricia Capdevila, mi estimable presentadora, y Lluc Berga, de Hijos del Hule. La velada fue cerrada por Helena Cuesta, cuentacuentos profesional, quien narró oralmente y de manera magistral algunos de los cuentos de la obra.
En este vínculo, más fotos de cada uno de los tres eventos.
Y a continuación, el discurso que leí en la última presentación del 9 de julio...
En cierta ocasión, el poeta Oliverio Girondo había dicho “un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón”. Yo no sé si este libro-reloj que escribí lleva hoy la hora correcta, o si este libro-salchichón que estamos presentando esta tarde haya superado ya su fecha de caducidad. Pero les puedo asegurar que, en todo el proceso de creación de esta obra, he intentado ponerme siempre el traje de relojero. Aunque aún no sé si estoy cien por ciento de acuerdo con la sentencia de Girondo, hoy trataré de ponerme el traje de charcutero.
Podría hablar sobre muchas cosas esta tarde-noche. Podría contar las penurias que he soportado al peregrinar por varias editoriales para intentar publicar esta obra (con respuestas del tipo “lo sentimos, su manuscrito no se ajusta a nuestra línea editorial”, “lo sentimos, no publicamos relato”, “lo sentimos, no publicamos autores noveles” o “no lo sentimos, váyase de aquí”). Podría explayarme sobre el duro proceso de corrección. Sobre las musas, desventuras o anécdotas que me motivaron a escribir cada uno de los relatos. O también podría recordar que este libro-reloj o este libro-salchichón fue acabado de imprimir el día 24 de abril de 2009. Sí, justamente y muy a mi pesar, un día después de la diada de Sant Jordi.
Muchas anécdotas graciosas, tristes, insignificantes, desagradables o sorprendentes podría contar sobre el proceso de creación de este libro. Un libro que, a priori, podría decirse no tiene todas las de ganar. Porque es de relatos, –considerado hoy día un género menor en el mundo editorial–. Porque su autor tiene un apellido largo y difícil de pronunciar. Porque el título del libro es aún más largo y más complicado. Porque no tiene ninguna cita de recomendación en la contraportada. Y porque, para colmo, es una cosa rara, experimental, con dos portadas, impresa en dos direcciones. ¿Estará mal editado? ¿De un lado en castellano y del otro en catalán?
Entre todas estas cosas que podría contaros, ahora, con precisión de relojero, intentaré explicar un poco de dónde viene el cuentagotas, las gotas blancas y las gotas rojas.
Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente es un libro en el que he buscado encerrar varios sentimientos, producto de mis experiencias y mis elucubraciones en los últimos tiempos, podría decir en los últimos tres años: la ironía, la soledad, las relaciones edípicas, los amores trágicos, la literatura como válvula de escape, la búsqueda del yo, el vacío que deja el sexo… Sin embargo, todas esas musas se engloban en un solo tema principal: la creación y sus consecuencias. Sobre lo que se sufre más de lo que se disfruta durante el proceso de creación; o sobre aquello que sale de nuestro cuerpo y deja de pertenecernos para siempre. Porque crear, como explica el texto del prólogo, crear es sangrar. Es morir un poco: todos los días morimos un poco, pero al crear aceleramos el proceso… Aunque crear también es eyacular, es dar vida, es expulsar al exterior nuestra energía vital para donarla al universo, es sacar al exterior esas ideas que están alojadas en nuestra conciencia. Ideas que nos atraviesan y nos utilizan para tomar forma de texto, de pintura, de escultura o hasta de hijo. Porque, en realidad, toda creación existe incluso antes de que nosotros existiéramos, está viva desde el nacimiento mismo del universo. El artista sólo es el canal, el médium del que se vale esa creación para ver la luz.
Y así, bajo el paraguas de este tema que repica durante todo el libro, gotea una sucesión de relatos que, si bien tienen total independencia entre sí, están conectados por un mismo hilo argumental. Relatos con protagonistas como Aurelio y Glenda, por ejemplo, dos oscuros amantes que utilizan el sexo para olvidar su hartazgo por la vida, pero cuando advierten que ese mismo sexo que practican por hedonismo puede ser su vía de liberación, ya es demasiado tarde; personajes como Leopoldo, al que se le prohíbe la posibilidad de crear; o como Lucero, a quien sus universos paralelos acaban devorándolo; también aparece un mensajero medieval, una mujer que sueña al amor de su vida, un escritor fracasado, un asesino frente a su víctima… Sin embargo, el personaje que sobrevuela todos los relatos, diríamos el verdadero escritor de estas historias, es un tal Gregorio Jebluss, podría decirse el alter ego de este autor, mi antípoda como diría Millás, o mi heterónimo, a la manera de Pessoa y su Álvaro de Campos. Gregorio Jebluss es el personaje que este autor gesta y utiliza adrede para crear estas historias de vida y de muerte, de creación y vacío, de gotas blancas y rojas.
Este tal Gregorio Jebluss se vale de la escritura para descifrar una sensación de vacío y de deja vú permanente que lo persigue durante semanas. Para hallar la respuesta última creando historias, pariendo personajes, eyaculando, sangrando. Hasta morir. O hasta volver a nacer. Y en esa andadura, Jebluss es puesto a prueba en cada página, es condenado a muerte, es víctima de un complot, decide escapar, muere, resucita, experimenta aún más vacío… Y finalmente, cuando encuentra por fin su respuesta vital, se evapora. Y todo vuelve a empezar.
Y ahora, después de haber vomitado las letras que hoy forman parte de esta obra, que están elegantemente encoladas y expuestas en ese librito que está ahí a la venta, ahora soy yo el que siente en carne propia esa sensación de vacío, esa misma sensación a la que sometí a los personajes de cada relato. Y pienso: al final, los muy cabrones de mis personajes se salieron con la suya y consiguieron vengarse...
Pero igualmente soy de los que piensa que cuando algo muere, algo vuelve a nacer. Hoy, jueves 9 de julio de 2009, una parte de mí muere con la presentación de este libro, de este libro reloj o libro salchichón. Pero esa parte de mí que muere, también está naciendo. Estas gotas que están evaporando en esta presentación, muy pronto precipitarán y serán recibidas nuevamente por la tierra, por esta tierra. Y de esta manera, yo también, al igual que todos los que estamos aquí presentes, yo también volveré a nacer.
Para terminar, quiero agradecer a muchas, a muchísimas personas que, en mayor o menor medida, me dieron una gran mano para que este libro sea una realidad. Varias de esas personas están hoy en esta sala, otras se encuentran bastante lejos de aquí. Agradezco muy especialmente a José Ignacio García Martín, que desde el inicio se ha implicado tanto en la lectura del manuscrito, como en la corrección y en la primera presentación. A Patricia Capdevila, aquí a mi lado, por ceder su simpatía y su entendimiento para presentarme esta tarde. A la editorial Hijos del Hule, por darme la posibilidad de publicarlo y de inaugurar la colección Alambique. A Karina González por la paciencia y por la foto que aparece en la solapa. Y a David Padrosa, el diseñador de la portada, por haber sabido interpretar a la perfección el concepto de la obra, y haber traducido en gotas blancas y en gotas rojas lo que cierto día –con varias cervezas de por medio– le había explicado en un garito del barrio Gótico. Sin todos ellos, difícilmente este libro y esta presentación habrían sido posibles.
Y hasta aquí llegan mis palabras. Sólo deseo que el reloj que hoy estamos presentando aún conserve la hora exacta. Y que, durante mucho tiempo, el salchichón no supere su fecha de caducidad. Muchas gracias.
jueves, 30 de julio de 2009
Mi amigo Keith

Hace un par de semanas acudí a un concierto de jazz, en el que actuaba mi admirado Keith Jarrett. Era la primera vez que iba a ver en directo a este dios del piano y que tantas noches de whisky me había acompañado mientras lo escuchaba adormecido en el frío de mi habitación. Acompañado de Jack de Johnette y Gary Peacock, el concierto navegó por las notas y el virtuosismo innato de estos tres enormes músicos. Pero los tipos, al ser conscientes de lo grandes que son, no le pusieron ni una pizca así de sentimiento. Nada de alma, nada de espíritu. Sólo cumplir horario y marcharse. Seguir el guión, cerrar la tapa del piano y de vuelta pa' casa. Algo defraudado por ver que lo que solía escuchar en mi CD era mejor de lo que estaba presenciando en vivo, me dije "al menos me quiero llevar un souvenir". Entonces saqué mi cámara y comencé a hacerles fotos a los músicos. Debido a a mi cercanía con el escenario (estaba en un sitio que me había costado, dolorosamente, 70 euros), el señor Jarrett llegó a levantar la cabeza del mar de teclas y pudo ver que le estaba tomando varias instantáneas. Automáticamente paró de tocar, se levantó de la butaca y, él y sus dos compañeros, se retiraron de la escena. Segundos después, una voz por megafonía advertía que si el público seguía tomando fotos (o sea, se referían solamente a mí), los músicos no volverían al escenario. De inmediato varios espectadores comenzaron a reprobarme y a insultarme (sí, el público de jazz también sabe insultar). Yo me quedé empequeñecido, no sabía cómo esconderme en mi butaca de 70 euros. Quince minutos después los músicos reaparecieron. El señor Jarrett, se sabe en el ambientillo, es un acérrimo defensor de su imagen personal, y salvo contadas ocasiones, se niega rotundamente a ser fotografiado. Con mala (malísima) gana, continuaron con su repertorio de standards. Su ánimo no volvería a recuperarse. Y si antes del incidente el concierto carecía de alma, lo que vino después fue realmente una cagada.
Salí del Auditorio de Barcelona totalmente decepcionado y avergonzado, con las manos en los bolsillos. Entonces me puse a pensar "¿Quién mierda te crees que eres, Keith Jarrett? Claaaro, porque tocas jazz, porque te llamas Keith, te apellidas Jarrett, naciste en Pennsylvania, eres blanquito y con cara de protestante y anglosajón, porque vienes de los eeuu y, por antonomasia, todo el mundo te ve de una manera un pelín superior al resto? ¿Quién mierda te crees que eres, puto Keith Jarrett? Si te llamaras Zhong Lee, o Anastasi Ngomo o Juan Carlos Giarretti; si tocaras el bongó, las maracas o el mhorin khun (una guitarra mongola de una sola cuerda); si hubieses nacido en Nairobi, en las afueras de Lima o en una isla de Madagascar; o si tuvieras un aspecto aindiado, pelos mota u ojos rasgados; si algunas de esas posibilidades sucedieran... ¿te crees que podrías tener la libertad de actuar como actuaste? Pero claro, te llamas Keith, te apellidas Jarrett y eres anglosajón. ¿Eso te da superioridad? Y que sepas que mi dignidad cuesta más de 70 euros."
Todo eso pensé desde que salí del concierto hasta que llegué a casa. Allí me esperaba mi whisky y el frío de la habitación. Llegué, me acosté en la cama, encendí mi cámara y miré las fotos, esta vez con una mezcla de alivio y venganza. Y para rematarla, fui a mis discos y puse a todo volumen unos tangos de Julio Sosa. Y me dormí.
(El incidente del concierto se detalla en el final de este artículo aparecido en El Periódico de Catalunya).
miércoles, 22 de julio de 2009
Un cuento: Tres pétalos cayeron

Y de repente, un aire brusco entreabrió el ventanal. Todas las hojas secas que yacían en aquel balcón de la calle Hospital invadieron el interior del salón en un voraz torbellino. Desde el tocadiscos emergió un torrente de notas agudas que hizo temblar la púa sobre el vinilo. Las paredes aún conservaban viejos cuadros con fotografías de personas que ya nadie recuerda, en donde hombres de gruesos bigotes eran flanqueados por mujeres con ojos vacíos. Detrás, el papel pintado se resistía a caer, amenazado por enormes manchas de humedad. Y sobre el aparador, varios portarretratos –con gente más joven y sonriente que aquella que colgaban de la pared– descansaban entre medio del polvo: imágenes de niños sobre la hierba, de adolescentes felices, de padres con bebés en brazos. Esas sí eran a color. Los sones de Nessun Dorma, en tanto, salían del tocadiscos y dibujaban orlas sinuosas entre las motas de polvo, como resistiéndose a salir por la ventana entreabierta. Las motas giraban en ínfimos remolinos junto a un portarretratos apartado del resto, tumbado hacia abajo y cubierto de gruesas capas de hollín. De súbito, unas manos huesudas y resecas lo levantaron. Se vio la imagen en sepia de una joven de cabellos ondulados que presionaba un par de rosas a su pecho y, detrás, un jardín poblado de flores. La joven sonreía, mucho sonreía, mientras varios pétalos se desprendían de una de las rosas. El fotógrafo había capturado la imagen justo cuando tres de los pétalos se alineaban en el aire, casi en línea recta, como si fuesen puntos suspensivos. Las manos que sostenían el portarretratos empezaron a temblar. Con timidez, lo dejaron nuevamente sobre el aparador.
“Las rosas, cómo te gustaban las rosas”.
Las manos eran de Aurelio, el abuelo del sexto segunda. Aurelio se pasó las palmas por el pantalón raído para quitarse el polvo, al tiempo que lanzaba una mirada de hartazgo a sus arrugas. Se dio vuelta con lentitud, como el girar del tocadiscos, y fue hacia el ventanal para cerrarlo. Hizo fuerza, pero el viento era más enérgico que sus huesos. Echó una mirada a la polea adherida a la verja del balcón. Allí, de una soga, colgaba una canasta con comida. Era la compra que algún empleado del supermercado le dejaba a pie de calle semana tras semana, y él izaba a duras penas, con sus músculos casi atrofiados. Sin embargo hacía meses que Aurelio no salía siquiera al balcón. De la canasta emanaba un olor nauseabundo, y montones de moscas revoloteaban sobre lo que parecía ser una bolsa con carne. De repente, una súbita punzada le aguijoneó la nuca y lo empujó a asomarse al exterior, después de tanto tiempo. Sacó la cabeza con timidez y tragó aire. El hedor del balcón encontró resistencia en los pelos de su nariz. Sintió un mareo, se cogió del marco de la ventana, tosió durante minutos, los ojos enrojecieron. Acercó la mano a su pecho y permaneció de pie. Los engranajes de su organismo, oxidados y trémulos, se detuvieron durante unos segundos hasta que los dientes volvieron a encastrar, no sin dificultad, y decidieron seguir girando un poco más, con ritmo cansino. Por fin Aurelio se atrevió a cruzar el ventanal y salir al balcón. Se asomó al abismo. Las seis plantas que lo separaban de la acera le parecieron mucho más altas que aquella última vez que se había atrevido a mirar hacia abajo, varios meses atrás. Echó un vistazo hacia la derecha, allí donde nacía la Rambla del Raval. “¿Qué es todo aquello?”, se preguntó. Los edificios descascarados de enfrente comenzaron a girar de forma frenética, las ventanas vecinas se multiplicaron, el aire se envició aún más. Aurelio sintió ahogo y se sujetó nuevamente al marco de la puerta. Un humor fétido llegó desde la canasta. A pesar de ello, impactado por los rayos de sol, por el viento frío y el ruido callejero, fue invadido por montones de remembranzas que creía aniquiladas: evocó el aroma de un parque que hoy ya no existe, escalones de mármol calcinados por el sol, un jardín con la hierba recién cortada, y unas tímidas arrugas que nacían en la base de unos párpados, los de la joven del portarretratos. Aurelio se sintió ligero, como flotando.
Cerró los ojos y sonrió. Los músculos de la cara le dolieron, la piel se estiró, el maxilar crujió. Inspiró aire nuevamente, esta vez los pelos de su nariz se relajaron y dejaron pasar más de esa atmósfera infecta. Abrió los ojos y su rostro volvió al gesto seco de antes. Lentamente, como el rodar del tocadiscos, Aurelio regresó al salón. Allí advirtió el contraste de los aromas que flotaban el ambiente; fuera, la repugnancia de la carne podrida agitada por los gusanos y las moscas, que bailoteaban bajo la bolsa del supermercado; dentro, el tufo encapsulado de polvo, ropa vieja, muebles carcomidos y paredes enmohecidas; y en su mente, aún ondulaban los efluvios adolescentes nacidos de la base de aquellos párpados. Aurelio sacudió la cabeza y caminó hacia el aparador. Echó otra mirada a la joven del portarretratos. Más abajo yacía el viejo teléfono negro que hacía meses no sonaba. Sus ojos dibujaron un paneo por el salón para otear todo lo que le rodeaba: el escritorio, la tinta seca, las cartas que no conseguía acabar, las capas de polvo, la puerta oxidada, el grifo goteando, el suelo gastado, los trozos de techo en el suelo. Y el disco, que se detuvo en el momento exacto. Aurelio oteaba. El tocadiscos. El portarretratos. El jardín florido. Las moscas. Las hojas secas. El ventanal.“Basta. Me largo”.
Con parsimonia, como contando sus pasos, Aurelio se dirigió hacia la puerta. Antaño, cuando aún conservaba fuerzas para bajar la escalera y dar un paseo, siempre cumplía con la misma rutina: coger las llaves, el bastón, la boina, abrigarse con su sobretodo gris y, antes de abrir la puerta oxidada, mirarse durante un par de segundos al espejo. Aurelio contempló las llaves, el bastón y la boina, rodeados de gordas capas de polvo. Contempló el sobretodo que colgaba del perchero. Se contempló a sí mismo ante el espejo agrietado. Intentó recorrer todas las arrugas que poblaban su cara, notó sus gafas rotas aún más rotas y se tocó el mentón salido hacia fuera. Acercó su mano a la imagen que le devolvía el cristal y ensayó una expresión de asco, de hartazgo, de desprecio a sí mismo. Giró el pomo de la puerta y, como contando sus pasos, salió por fin del piso. Sin llaves, sin bastón, sin boina, sin sobretodo.
El retumbar de la puerta que se cerró tras sus espaldas permaneció durante varios segundos en el hueco de la escalera. Aurelio miró hacia abajo. Eso sí lo recordaba, eran ciento veinticuatro escalones. Lo que no recordaba era la última vez que los había bajado, ni siquiera cómo era el vestíbulo de aquel edificio. ¿Tenía vecinos? “Seguramente me imaginan enterrado en Montjuic”. Con pulso trémulo se acomodó el jersey que hacía semanas no se quitaba, se palpó el pantalón raído y notó que en el bolsillo conservaba una moneda de un euro. Tragó saliva, se cogió de la barandilla y se situó al borde del primer escalón. Como un bebé ante su primer paso, dudó. Las rodillas le temblaron, y sospechó que sus huesos casi centenarios no iban a soportar el peso de aquel cuerpo macilento. Se asió aún más fuerte de la barandilla y posó –o, mejor dicho, dejó caer– el pie derecho en el primer escalón. Hizo lo mismo con el pie izquierdo. Respiró profundo. Vamos, quedan ciento veintitrés. Los pelos de la nariz se abrieron de par en par. Repitió el movimiento. Pie derecho, pie izquierdo. “Sí, así”. Derecho. Izquierdo. Derecho. De pronto, un calambre. Aurelio notó que sus rodillas temblaban como flanes. Sus pies estaban situados en escalones diferentes. Empezó a respirar con agitación. Sudó. “No puedo acabar aquí, a dos palmos de casa”. Cerró los ojos e intentó serenarse. Inspiró un largo hilo de aire y bajó los hombros. Erguido de esa manera extraña, su nariz volvió a sentirse envuelta en una fiesta de esencias, vahos a cabello mojado, aromas que nacían de unos hombros quemándose al sol entre risas, pétalos volantes y dientes bellos como pétalos, olores que penetraban sus sentidos, acariciaban su conciencia y sobrevolaban cada uno de sus alvéolos hasta que, por fin, regresaban al exterior hechos seda, o arco iris, o todo a la vez. Aurelio abrió los ojos. Aún sentía el dolor en la rodilla, pero igualmente bajó el pie izquierdo hasta reunirlo con el derecho. Se envalentó y aumentó la velocidad.
Sintió que nada lo detenía, ni los temblores del cuerpo, ni el mareo. Continuó bajando peldaño a peldaño. Perdió el sentido de la ubicación, ya no sabía dónde acababa la escalera. En el segundo o tercer rellano una puerta se abrió. Aurelio enfocó la vista todo lo que le permitían sus gafas cuarteadas. Distinguió unas botas negras, y muy raras. Unos pantalones, también negros, hechos de un material que brillaba y se adhería a la piel, como si ese material fuese la propia piel. La camiseta a tono, con extrañas inscripciones que no pudo comprender. Y más arriba, la expresión de una joven con montones de metales que le colgaban por todo el rostro, en las orejas, en los labios, en la nariz, hasta en la ceja. Aurelio abrió los ojos aún más. Sí, en la ceja había otro de esos metales. Concentró la vista en aquel rostro. No, no parecía una mujer. Tenía pelo largo, pero también barba. Se espantó y buscó la barandilla para asirse. En ese momento, la voz del individuo interrumpió sus conjeturas:–¿Abuelo, se siente bien?
Aurelio permaneció en silencio. Continuó inspeccionándolo con la poca vista que le quedaba. El joven insistió:
–¿Vive en este edificio? Jamás lo había visto por aquí.
Aurelio callaba.
–¿Lo ayudo a subir?
El joven atinó a agarrarle un brazo. Movió la cabeza, y los pendientes y demás collares que le colgaban emitieron un tintineo estridente. Aurelio se asustó y lanzó un grito. Más que un grito fue un rugido grave, como un estertor doloroso. El joven dio un paso hacia atrás y le espetó una mirada de desprecio.
–Bah, apáñese solo. Y a ver si se ducha, que hace un olor que apesta.
El joven desapareció entre los ángulos de ese espiral de cemento. Aurelio aún se sentía aturdido, hacía meses que no veía tan de cerca a otra persona que no fuera él mismo tras las rajaduras del espejo. Todo volvió a girar a su alrededor. Buscó con desesperación la barandilla. Recordó la técnica para aplacar el mareo que tan bien le había funcionado un par de pisos arriba. Abrió los agujeros de la nariz, dejó pasar bastante más aire que las otras veces y, de manera automática, como deseándolo casi, Aurelio penetró en otro mar de evocaciones: el mismo jardín florido de antes, el mismo día de sol, y sus labios vírgenes que sobrevolaban los rizos de la joven de los pétalos, de pronto una comisura, dos bocas que se abrían, allí dentro las lenguas bailaban una danza caliente, primaveral, los dientes mordían, con timidez al principio y frenesí luego, una de las lenguas entraba y salía, la otra esperaba acurrucada en el fondo, después las bocas se separaron por unos segundos y un Aurelio adolescente observó un rostro que no era real, no, era de otro mundo, delante de él dos ojos vibraban, Aurelio volvió a la carga para recibir más de esos besos, besos narcóticos, la joven se apartó, dejó al descubierto la línea que nacía de sus pechos firmes y envueltos en aquel vestido con rosas estampadas, agitada cogió la mano de Aurelio, quería llevarlo a otro sitio, ¿más paradisíaco aún?, allí delante había otro rosal, todo verde alrededor y en el medio el rosal, que eyectaba un carnaval de aromas, “quisiera tomar otra foto” pensó él, igualmente se dejó llevar, qué mano suave, la joven tiraba de él, él cogía su mano y flotaba, pero la mano de ella se tornó fría, como de metal, giraba para un lado y para otro, Aurelio abrió los ojos y vio que estaba cogiendo el pomo de la puerta de calle. De súbito advirtió que había llegado a ese vestíbulo que hacía meses no pisaba. Inspiró y exhaló una decena de veces para disipar aquellas emociones. Se pasó la mano por la frente. Chasqueó la lengua. Giró el pomo, y con una fuerza desmedida para su estado, tiró. Tiró fuerte con su mano derecha. Sintió que los músculos se desgarraban. Pero Aurelio continuó tirando de aquel pomo, que ya no estaba tan frío como antes. Unos rayos de sol se colaron y le pincharon las mejillas. Por algún motivo que no comprendió, ese repentino calor le dio una pequeña oleada de vitalidad. Dio un paso. Otro. Y otro. Sus pies se arrastraron sobre la acera que seis pisos más arriba parecía una alfombra sucia. De pronto, volvió a sentir tras sus espaldas un temblor seco. El ruido se acopló a sus latidos casi mudos. La puerta de salida se había cerrado.

Una mujer ataviada en un velo azul caminaba rápido por la acera estrecha, con su bebé en brazos y un niño que la seguía detrás. Agitada, movió la cabeza para que el velo no le entorpeciera la vista. Soltó unas palabras indescifrables al pequeño, que más atrás se entretenía mirando un escaparate de Todo a Cien. La mujer repitió la frase anterior, poblada de jotas suaves y haches aspiradas. Visiblemente agobiada, hacía equilibrio con dos bolsas de supermercado en una mano, mientras que en la otra aguantaba al bebé. La mujer se puso nerviosa y le gritó con más jotas y más haches al niño. Al volver a girarse para seguir su camino, se topó con el pobre Aurelio que permanecía de pie, tambaleante, frente al bordillo de la calle Hospital. La mujer se asustó al ver a aquel viejo en pantuflas, con expresión cavernaria. Le pidió disculpas por el leve empujón, pero Aurelio no respondió. Lo creyó perdido, o sedado. Siguió su camino, aunque no pudo evitar volver la cabeza. Después pasó el niño, que lo miró con temor y escapó como flecha hacia el regazo de su madre. Aurelio permaneció allí durante un rato, ondeando en medio de la acera. Había olvidado lo que era caminar sin bastón. Pero esta vez no sintió mareos, estaba maravillado con la cantidad de aire que podía respirar, no recordaba que el mundo de allí fuera –ahora el de aquí fuera– contuviera tanto oxígeno. Poco a poco su vista fue encontrando un tenue foco. Así comprendió que eso que estaba allí enfrente era un supermercado, que aquello azul que se alejaba era una mujer con un bebé, que aquel bulto que se movía al lado era el niño que había pasado a su lado, que esa masa informe era un perro mordisqueando una bolsa de basura.
De pronto, una moto pasó rauda a sólo unos metros de sus narices. El vehículo emitió un bramido espantoso, capaz de desgarrar los tímpanos, y dejó flotando un espeso vaho a gasolina. El viejo sintió que se desplomaba. Buscó con desesperación alguna superficie firme en la cual sostenerse, todo giró otra vez, pero aún más que antes, el asfalto, el cielo, la gasolina, los transeúntes, los pasos anónimos. Su mano derecha dibujó en el aire un aleteo, un estertor de supervivencia. Palpó algo firme, una pared quizás, segundos antes de que su enclenque humanidad se desplomara en la acera. Suspiró aliviado. Arqueó la espalda y sus vértebras filosas se vieron aún más filosas. Jadeó. Jadeó y jadeó y de su garganta brotó un hálito caliente, mientras la saliva empezaba a burbujear. El supermercado, el velo azul, el niño, el perro, todo se emborronó y se tornó humo, un humo rosado, del que salieron corriendo dos adolescentes, sí, otra vez en el jardín de aquel día ancestral, los jóvenes reían mientras corrían, las bocas se abrían, las lenguas sudaban, los brazos se multiplicaban, las caricias de él se atrevían a traspasar barreras infranqueables un rato antes, la mano exploraba los recovecos del vestido con rosas estampadas, mientras las otras rosas, las del jardín, eyectaban un aroma capaz de adormecer a una ciudad entera, de pronto el viento sopló y los pétalos trazaron curvas en el cielo, las lenguas eran pétalos envueltos en saliva caliente, los adolescentes cayeron sobre la hierba humedecida, el joven se mordió la lengua. Ay. Aurelio abrió los ojos. Tenía frente a sí su brazo apoyado en la pared, esa piel poblada de arrugas y marcas de soriasis. A pesar de sentirse extremadamente agotado, un fuego interior lo impulsaba a seguir. Empezó a andar, paso a paso, hacia la Rambla del Raval. Recordó aquellas tardes en el mismo banco, su banco, hace ya varios años. Solía sentarse allí para contemplar el final de cada jornada, el sol que desaparecía tras los viejos edificios de hormigón, las palomas que poco a poco abandonaban la explanada para volver a sus nidos. Épocas en las que recibía visitas con frecuencia, el teléfono negro sonaba y los vecinos lo reconocían. Incluso algunos le picaban la puerta para preguntarle si necesitaba algo, pobre viejo aquel, viudo y encima viviendo en un sexto sin ascensor. Aurelio siguió caminando, cada vez con mayor lentitud. La más tenue ventisca amenazaba con voltearlo, su estabilidad era cuestión de suerte y de su propio tesón. Pero él aguantaba, arrastrando los pies y con los brazos en cruz. A su alrededor pasaban perros, niños, vendedores de cerveza, hombres con túnicas blancas. Todos parecían ignorarle. Él andaba, flotaba, tan ligero como las plumas que se desprendían de las palomas que levantaban el vuelo. Ya no se sentía raro ante esos estímulos que hacía años no experimentaba, tanto aire suelto, nubes, gritos, vahos a gasolina. Las carnes flácidas bajo el mentón flamearon con suavidad, acariciadas por el viento que subía de la avenida Drassanes. Aurelio giró levemente la vista. Allí estaba, su antiguo banco. Rodeado de latas vacías de cerveza y excremento de paloma, aún podía distinguirlo del resto de bancos, detrás de un edificio negro que no recordaba. Con lentitud, como el tocadiscos que había abandonado allí arriba, Aurelio depositó su escualidez sobre la madera. Se sentó y sonrió por tercera vez en el día. Lo había conseguido: ser partícipe de otra tarde que se acaba, de la partida de las palomas a sus nidos, del aire otoñal penetrando los pelos de su nariz. Empezó a tararear los sones de Nessun Dorma que su sordera ya no le permitía disfrutar pero que, quizás por inercia, igual se obstinaba en reproducir en su tocadiscos de toda la vida, día tras día desde hacía años. Aurelio cerró los ojos y se adormeció. El sol se desdibujaba tras las penumbras de la tarde. La Rambla empezaba a vaciarse. Y de repente, despertó. Su nariz captó un efluvio conocido, demasiado conocido, proveniente de un lugar que no supo distinguir. Sus sentidos estuvieron a punto de transportarlo otra vez al jardín del portarretratos, a ese día del beso, al único recuerdo que conservaba en su memoria. Movió la cabeza para detectar el origen de la fragancia. Una voz desconocida y monocorde le habló.–¿Rosa, amigo? Un euro. Un euro, amigo.
Aurelio abrió los ojos, vio las rajaduras de sus gafas, y detrás, el rostro de un hombre de tupida barba, con un sombrero de colores estridentes y un enorme ramo de rosas rojas en la mano. El hombre sonreía. El anciano volvió a escuchar:
–Un euro, amigo. Un euro.

El aroma de las flores era increíblemente intenso. Aurelio no resistió. Su conciencia le tocó el hombro para recordarle que, en el bolsillo, aún conservaba la moneda. Rascó el fondo de la tela. Con pulso trémulo extrajo el euro y se lo dio al vendedor, que le extendió la flor con un gran gesto de satisfacción. Aurelio se apresuró en acercar la flor a su nariz y aspirarla con deleite, con un deseo casi irrefrenable. La apretó a su pecho y entornó los párpados. El vendedor lo miró con melancolía durante unos segundos, con media sonrisa en su rostro, y se alejó.
Aurelio se encorvó, mientras la fragancia de la rosa entraba sin pedir permiso por los pelos de su nariz. Sintió un profundo cansancio y, por fin, se durmió. Un viento gélido comenzó a soplar. Tres pétalos cayeron y dibujaron una línea recta en el aire por una fracción de segundo. El sol se escondió tras los edificios de hormigón. Las palomas volvieron a sus nidos. Y a un par de metros, unas hojas secas levantaron el vuelo para perderse por las calles transversales de la rambla que, a esa hora, ya se había vaciado por completo.
viernes, 17 de julio de 2009
Teledicción
Charla entre amigos en un café. Yo a un lado, en silencio, bebiendo mi cortado.
-Hace dos días que ni siquiera me levanto a comer, no puedo despegarme del ordenador mirando Prison Break.
-Se comenta que quieren hacer una nueva temporada de Lost.
-¿Y Dr. House? Dicen que el actor va a trabajar en una nueva serie.
-Yo me quedo con Heroes.
-Faltan 74 días para que estrenen la peli de Buffy. ¿Alguien se apunta al cine conmigo?
-Leí comentarios sobre lo nuevo que se viene. Ya estoy contando los días para ver American Dad, The Inside y Boston Legal. ¿Quedamos para verlas juntos? ¿Quién se apunta? ¿Eh? ¿Eh?
Me parece que estoy perdiendo mis relaciones sociales. Creo que me voy comprar una tele.
-Hace dos días que ni siquiera me levanto a comer, no puedo despegarme del ordenador mirando Prison Break.
-Se comenta que quieren hacer una nueva temporada de Lost.
-¿Y Dr. House? Dicen que el actor va a trabajar en una nueva serie.
-Yo me quedo con Heroes.
-Faltan 74 días para que estrenen la peli de Buffy. ¿Alguien se apunta al cine conmigo?
-Leí comentarios sobre lo nuevo que se viene. Ya estoy contando los días para ver American Dad, The Inside y Boston Legal. ¿Quedamos para verlas juntos? ¿Quién se apunta? ¿Eh? ¿Eh?
Me parece que estoy perdiendo mis relaciones sociales. Creo que me voy comprar una tele.
Un microcuento: Calle del Malnom

En la calle del Malnom te conocí. Jugabas a capturar con una lupa el poco sol que dejaba pasar la estrechez de la calle. Semanas después lo hacías para quemar las cartas que te enviaba a escondidas. En la calle del Malnom, bajo el arco, por fin aprendí a andar en bicicleta sin rueditas. En la calle del Malnom perdí la virginidad y la inocencia con esa mujer carnosa que unos amigos –si hoy los puedo llamar amigos– contrataron a pocas calles de allí. En la calle del Malnom el coche fúnebre se atascó y no pudo salir hasta la llegada de la grúa, y yo pensé que el cajón de mamá caería y se abriría, y cerré los ojos fuerte, muy fuerte. En la calle del Malnom vi los primeros pasos de Mariona. Y dos años después los de Meritxell. En la calle del Malnom te vi girar la esquina, esa esquina que es como un abismo sin fondo porque todo lo que por allí gira nunca más se vuelve a ver. En la calle del Malnom sentí olor a vino, a sudor, a basura, a humo, a pan tostado. Escuché llantos, música, gemidos, risas. Probé ron, tarta de fresas, hachís, saliva. En la calle del Malnom, una tarde de abril, yo también decidí girar la esquina. Lanzarme al abismo para que todo desaparezca, las cartas quemadas, las rueditas de la bici, la señora carnosa, la grúa, la saliva, los pasos de Mariona, el llanto de Meritxell. Y me evaporé durante décadas. Sin embargo y contra todo pronóstico, un día volví a girar esa esquina, aunque en sentido contrario. Me costó más de la cuenta, claro, el bastón, la cojera, los achaques. Y allí volví a encontrarte, encanecida, minúscula, agachada a duras penas y con tu antigua lupa, buscando restos de esas cartas que décadas atrás te empecinabas en quemar. En la calle del Malnom.
lunes, 13 de julio de 2009
Ffffffssssss....

A veces me atacan días como el de hoy, en los que no puedo evitar desinflarme. Días en los que quiero escribir pero el aire que se escapa de mis dedos-válvula no me lo permiten. Mi cerebro-globo se deshincha poco a poco, las neuronas, pensamientos e ideas escapan por un orificio muy pequeñito, y en su partida emiten un molesto pitido. Días ffffssss. Ya no puedo seguir escribiendo este post. Mi látex cae a la tierra, ahogado, seco, sin aire.
domingo, 5 de julio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
En exclusiva, la introducción de una novela en ciernes: "Si sientes el aire golpear tu rostro"

–Viento del oeste…
Naran tiene los ojos del viento, las mejillas del viento, el sol en las pestañas, los cabellos de arena. Los labios resecos pero rojos, muy rojos. Naran sale de la tienda, la tienda es blanca, la tarde roja. Sus ojos están habituados al contraste. Naran es hija del desierto.
–Viento del oeste…
Abandona por un momento la vasija con la que estuvo separando granos de arroz durante todo el día, junto a la tienda blanca, sobre la arena roja. Se aparta el cabello del rostro. Allá a lo lejos, donde el aire tiembla, una bola de polvo se aproxima. Sí, es el galope de su caballo. O eso parece. “Por fin, Batul, por fin”. Naran entorna los ojos, los ojos se vuelven aún más finos, son dos suaves pinceladas oblicuas sobre el lienzo de su rostro. El aire salado golpea la tela blanca. La tarde se enrojece aún más. Naran siente unos berridos desde el interior de la tienda, gira su figura empaquetada en pieles de yak, se muerde el labio inferior y eleva las cejas. El pequeño Altan está hambriento, otra vez. Por favor, aguanta un poco más cachorro, un poco más; hay que hacer el fuego, acabar con el arroz, hervir el agua, esperar a padre. Batul, Batul, tus ojos de luna. Naran aprieta los puños, entra a la tienda, el niño grita entre mocos salados y labios resecos. Altan es otro hijo del desierto. Naran lo arrulla, lo vuelve a acostar, pero el niño grita con más fuerza. Le enseña sus dientecitos de arena. Sobre el llanto se escucha la bola de polvo que gira allí fuera y que se acerca a la tienda. Echa una ojeada a la imagen del venerado Khan rodeada de velas y ofrendas. Naran debería sonreír, pero Naran no sonríe.
-–Viento del oeste…
Siente los galopes a dos palmos. Batul, Batul. El corazón de Naran galopa con furia. Batul, Batul, Batul. Tus ojos de luna. Deja al pequeño en el suelo con sus mocos de sal. Vuelve al exterior, la tarde roja ennegrece. Hace varias lunas llenas que Batul partió hacia el oeste. Semanas de espera. A Batul le encanta el arroz con carne de cordero. Hace varias lunas llenas que Naran prepara el arroz en el cuenco de barro. El cordero es lo que falta. Batul quiere agua caliente con el cordero. Batul también es hijo del desierto.
Afuera el viento es más salado. Granos de arena aterrizan en el rostro de Naran, movidos por el galope del caballo que se acerca. La tarde es negra, el viento salado, el galope ajeno, el jinete extraño, Naran no sonríe. Y en la tienda, sobre la alfombra de piel de buey, los berridos de Altan se silencian. Naran entrecierra los ojos aún más para distinguir la figura que proviene del horizonte retinto. Los cabellos se le pegan en su rostro de lienzo, el blanco de la tienda ya no contrasta con el rojo de la tarde, sino que desaparece con el negro de la noche del Gobi. El aire salado zumba. Los labios cuarteados de Naran. El silencio de Altan.
–Viento del oeste… Malos presagios…
Un relincho, espuelas que penetran la piel peluda, el choo del jinete que obliga al animal a detenerse. Sí, es su caballo. Sí, hay una bolsa que cuelga. Sí, la tarde está completamente negra. No, el que cabalga no es Batul.
La figura se hace visible, las ropas chirriantes de ese jinete anónimo contrastan con el negro del cielo y las crines del caballo. El hombre desmonta con dificultad, descuelga la bolsa y se acerca a Naran. Qué extrañas ropas lleva. Ese hombre camina con torpeza sobre la arena roja. Ese hombre no es hijo del desierto.
–¿Galantetichan Naran?
–Sí.
–Ay del viento cuando habla. Ay de la noche cuando ennegrece.
El hombre le extiende la bolsa de vejiga de yak. Naran la coge con pulso trémulo. Los cabellos se adhieren en su rostro de lienzo. Abre la bolsa y espía el contenido. De súbito, el hermoso rostro de la joven madre cincela una expresión de horror: los globos de los ojos saltan hacia fuera, la boca se abre hasta el límite, los cabellos se tensan. Naran expulsa un grito que corta en dos esa tardenoche, el eco del grito provoca remolinos sobre la arena roja. Dentro de la tienda, el pequeño Altan comienza a gatear hasta la puerta de salida. Naran, atontada, da un paso hacia atrás, trastabilla con la vasija de barro y cae sobre los granos de arroz. Deja caer la bolsa, de la que sale rodando una cabeza de hombre con ojos de luna. Naran grita espantada, llora, vomita. El hombre de extrañas ropas se le acerca y la coge del cuello. Los ojos, los labios, el cabello, todo en ella se vuelve rojo como la arena. El hombre de extrañas ropas extrae su puñal y acerca su rostro al de la mujer.
–Ay el viento cuando habla. Ay el viento del oeste…
Dentro de la tienda, Altan da pasos cortos y torpes hasta la salida. Los mocos salados le cuelgan. Esquiva la estufa de latón, el catre y los guijarros con los que suele jugar. Sus diminutas manos descorren la cortina. La luz de la noche le deja ver la imagen de un caballo que se aleja, los golpes de rebenque del jinete, la arena roja, un hilo de sangre aún más rojo que llega hasta la cabeza de su padre, que lo mira inerte con ojos de luna. A su lado, sobre el arroz desperdigado, su madre yace con el puñal hundido en el pecho. También con los ojos abiertos, también con ojos de luna. Sobre el pecho bañado de rojo descansa un mensaje escrito en hudum, sujeto por el mismo puñal que le atraviesa el cuerpo. Altan se queda inmóvil frente a la tienda. El viento hace rodar la cabeza del padre hasta los diminutos y cuarteados pies descalzos del niño. Altan absorbe sus mocos, el viento del oeste le golpea el rostro. Altan respira y abre bien grandes los minúsculos agujeros de su nariz. Altan ya no siente hambre.
martes, 16 de junio de 2009
Lisérgicas instantáneas de una semana de junio

No lo recuerdo muy bien, doctor. Creo que fue la tarde de un jueves. Había llegado a mi patio de todos los días con mis botines nuevos y mi camiseta que me regalaron para Navidad. Aún no sé por qué ese día decidí que quería ser abogado.

Como todos los días, me dirigí con ilusión y premura hasta esa estación de metro para ver a mi amada. No podía quitarme sus ojos de la cabeza, la sombra bajo los ojos, sus labios brillantes y espesos, su postura sugerente... Cuánta fue mi decepción al bajar y entender que nunca más volvería a ver aquel rostro. Nunca más.

Ese mañana, al salir para el trabajo, algo me decía que aquel no iba a ser un día normal.
lunes, 15 de junio de 2009
La literatura es venganza...
–¿Sí?
-¿Me cobras la caña que me he bebido, porfa?
-Muy bien. Sería 2,90.
-¿Cómo 2,90?
-Sí, 2,90.
-Pero si en el cartel que está ahí atrás dice claramente 1,50.
-Ah no, pero eso es sólo hasta las 20. Después de esa hora es 2,90.
-Pero son las ocho y cuarto.
-Por eso mismo.
-¿Y entonces por qué mierda no lo aclaras en ese puto cartel?
-¿Qué has dicho? Cuida el lenguaje y paga tu cerveza.
-No te pago una mierda, estafador hijo de puta. Éste es el vaso en el que he bebido. Mira cómo lo rompo contra la barra.
-¿Qué haces, desgraciado?
-Y ahora te clavo esta punta filosa en el ojo. ¡Toma!
-¡¡¡Ahhhhh, noooo. Ahhhhh, desgraciadooo. Médico, un médicooooo!!!
Ciertas veces nos enfrentamos a sucesos injustos a los que quisiéramos cambiarle el desenlace. Sucesos que, incluso, pueden ser de los más banales. Por suerte tenemos el arma letal más efectiva que puede existir, mucho más que la bomba de hidrógeno, las armas biológicas o las flatulencias que expele el desubicado de turno en el metro a las 8 de la mañana... La literatura. Arma de doble filo, arma seductora, peligrosa, hermosamente peligrosa...
El diálogo anterior ha sido un hecho real, excepto la parte en cursiva. Pero bien me hubiera gustado que así hubiese acabado la escena (mhujahujaju... risa malévola estilo Bela Lugosi).
-¿Me cobras la caña que me he bebido, porfa?
-Muy bien. Sería 2,90.
-¿Cómo 2,90?
-Sí, 2,90.
-Pero si en el cartel que está ahí atrás dice claramente 1,50.
-Ah no, pero eso es sólo hasta las 20. Después de esa hora es 2,90.
-Pero son las ocho y cuarto.
-Por eso mismo.
-¿Y entonces por qué mierda no lo aclaras en ese puto cartel?
-¿Qué has dicho? Cuida el lenguaje y paga tu cerveza.
-No te pago una mierda, estafador hijo de puta. Éste es el vaso en el que he bebido. Mira cómo lo rompo contra la barra.
-¿Qué haces, desgraciado?
-Y ahora te clavo esta punta filosa en el ojo. ¡Toma!
-¡¡¡Ahhhhh, noooo. Ahhhhh, desgraciadooo. Médico, un médicooooo!!!
Ciertas veces nos enfrentamos a sucesos injustos a los que quisiéramos cambiarle el desenlace. Sucesos que, incluso, pueden ser de los más banales. Por suerte tenemos el arma letal más efectiva que puede existir, mucho más que la bomba de hidrógeno, las armas biológicas o las flatulencias que expele el desubicado de turno en el metro a las 8 de la mañana... La literatura. Arma de doble filo, arma seductora, peligrosa, hermosamente peligrosa...
El diálogo anterior ha sido un hecho real, excepto la parte en cursiva. Pero bien me hubiera gustado que así hubiese acabado la escena (mhujahujaju... risa malévola estilo Bela Lugosi).
martes, 2 de junio de 2009
Las palabras también mueren

Hace un par de meses me surgió el antojo de indagar en aquellas palabras que las circunstancias han determinado su fecha de defunción. Así, tras un sesudo análisis, pude determinar que cada día catorce palabras pasan a mejor vida. Recuerdo que, cuando leí el párrafo de las conclusiones por primera vez, me restregué los ojos y volví a leer los resultados. Sí: CATORCE PALABRAS POR DÍA DESAPARECEN DE NUESTRO VOCABULARIO... Esto significa que nunca más volverán a pronunciarse en el futuro, y serán reemplazadas por nuevos vocablos que ocuparán el lugar de los antiguos –por tener una fonación más adaptada a los nuevos tiempos–, o bien porque su significante (aquello a lo que refieren) desaparece por completo. Así me topé con fonemas como BIÓGRAFO (el antiguo nombre que se le daba al cine), ENDENANTES (para decir "hace poco") u HOGAÑO (que significa "en este año, actualmente", y es antónimo de la palabra "antaño"). Pero hubo una, sólo una palabra que me causó exactas dosis de ternura, encanto y afán de justicia. Un vocablo que por su construcción, su musicalidad y la posible reticencia a causa de su similitud con otra palabra soez de amplio uso aquí en la península, motivaron a que caiga en el olvido. Me refiero a la palabra...
EMPERIFOLLADO
El susodicho fonema no está registrado de esta manera en nuestro benemérito diccionario de la RAE. Si nos remitimos a su infinitivo, emperifollar, nos remite al (supuesto) neologismo EMPEREJILAR ("adornar a alguien con profusión y esmero").
Pero, qué quieren que les diga, yo prefiero que una maquilladora emperifolle a una modelo antes de que la emperejile. Que una madre se pase toda la mañana emperifollando a su hija el primer día de clases, y que ni se le ocurra emperejilarla; es más, si hace lo último, seguramente sus compañeras se burlarán de ella.
Otra cosa. Como he dicho, seguramente ahora nadie quiera EMPERIFOLLAR a nadie por miedo de olvidarse por el camino las tres primeras sílabas de ésa palabra y genere confusiones irreversibles (la vida, como los ordenadores, lamentablemente no tiene ningún comando CONTROL + Z). Pero si nos remitimos a la etimología de la palabra follar, descubrimos que un músico que toca la gaita se la pasa follando (porque "toca el fuelle" del instrumento). Un niño de tres años también puede follar tranquilamente, ya que es capaz de "soltar una ventosidad sin ruido". Incluso un leñador no hace más que follar y follar todo el día, ya que esta desgraciada palabra también es sinónimo de "talar".
Por tales motivos mi indignación creció debido al ninguneo que sufre la inocente, bella y musical palabra EMPERIFOLLAR. Es por eso que propuse la creación de una plataforma que defendiera a tan inocente fonema. Plataforma que ha sido bautizada con el nombre de ADVESA (Agrupación de Defensa del Vocablo Emperifollar, S.A.), cuya presentación en público se realizó en un conocido local cultural del centro de esta ciudad. En tal ágape hubo discursos, invitados especiales, canapés, champán, vestidos largos que enseñaban la espalda, hombres con frac. Y un salón, como no podría ser de otra manera, absolutamente emperifollado. Lo que no se supo es que, entre tanto espumante, algunos filólogos invitados y destacados lingüistas acabaron cometiendo desmanes de importancia, encendidos por discusiones bizantinas, que si fue debería ir sin acento, que si somos demasiado permisivos con los anglicismos, etc. Se montó una trifulca de dimensiones insospechadas. Un especialista en castellano antiguo se ensañó con una chica de vestido largo, al tiempo que se olvidaba adrede las primeras tres sílabas de la palabra homenajeada. Un licenciado en Filología Anglosajona, por su parte, comenzó a escupir canapés mientras gritaba "¡me las voy a emperifollar a todas vosotras, perras!". Entre otros incidentes e improperios que, por vergüenza, prefiero no reproducir. Finalmente, acudió la Guardia Urbana para disipar a los revoltosos especialistas, que en tal estado de ebriedad, no podían conjugar siquiera el verbo yacer.
Finalmente, la junta fundadora de ADVESA decidió disolver la organización el mismo día que fue creada. Y, acto seguido, decretar la defunción definitiva de esa palabra que tantos problemas causa y causó a la sociedad actual. Por todo esto, tras agudos planteamientos, he obtenido la siguiente conclusión: no podemos forzar el destino. Las palabras, como las personas, también mueren. Así sean catorce, veinte o doce mil seiscientos. Y no hay maneras de hacerlas revivir, por más adornadas con profusión y esmero que estén...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




