jueves, 30 de julio de 2009

Mi amigo Keith



Hace un par de semanas acudí a un concierto de jazz, en el que actuaba mi admirado Keith Jarrett. Era la primera vez que iba a ver en directo a este dios del piano y que tantas noches de whisky me había acompañado mientras lo escuchaba adormecido en el frío de mi habitación. Acompañado de Jack de Johnette y Gary Peacock, el concierto navegó por las notas y el virtuosismo innato de estos tres enormes músicos. Pero los tipos, al ser conscientes de lo grandes que son, no le pusieron ni una pizca así de sentimiento. Nada de alma, nada de espíritu. Sólo cumplir horario y marcharse. Seguir el guión, cerrar la tapa del piano y de vuelta pa' casa. Algo defraudado por ver que lo que solía escuchar en mi CD era mejor de lo que estaba presenciando en vivo, me dije "al menos me quiero llevar un souvenir". Entonces saqué mi cámara y comencé a hacerles fotos a los músicos. Debido a a mi cercanía con el escenario (estaba en un sitio que me había costado, dolorosamente, 70 euros), el señor Jarrett llegó a levantar la cabeza del mar de teclas y pudo ver que le estaba tomando varias instantáneas. Automáticamente paró de tocar, se levantó de la butaca y, él y sus dos compañeros, se retiraron de la escena. Segundos después, una voz por megafonía advertía que si el público seguía tomando fotos (o sea, se referían solamente a mí), los músicos no volverían al escenario. De inmediato varios espectadores comenzaron a reprobarme y a insultarme (sí, el público de jazz también sabe insultar). Yo me quedé empequeñecido, no sabía cómo esconderme en mi butaca de 70 euros. Quince minutos después los músicos reaparecieron. El señor Jarrett, se sabe en el ambientillo, es un acérrimo defensor de su imagen personal, y salvo contadas ocasiones, se niega rotundamente a ser fotografiado. Con mala (malísima) gana, continuaron con su repertorio de standards. Su ánimo no volvería a recuperarse. Y si antes del incidente el concierto carecía de alma, lo que vino después fue realmente una cagada.

Salí del Auditorio de Barcelona totalmente decepcionado y avergonzado, con las manos en los bolsillos. Entonces me puse a pensar "¿Quién mierda te crees que eres, Keith Jarrett? Claaaro, porque tocas jazz, porque te llamas Keith, te apellidas Jarrett, naciste en Pennsylvania, eres blanquito y con cara de protestante y anglosajón, porque vienes de los eeuu y, por antonomasia, todo el mundo te ve de una manera un pelín superior al resto? ¿Quién mierda te crees que eres, puto Keith Jarrett? Si te llamaras Zhong Lee, o Anastasi Ngomo o Juan Carlos Giarretti; si tocaras el bongó, las maracas o el mhorin khun (una guitarra mongola de una sola cuerda); si hubieses nacido en Nairobi, en las afueras de Lima o en una isla de Madagascar; o si tuvieras un aspecto aindiado, pelos mota u ojos rasgados; si algunas de esas posibilidades sucedieran... ¿te crees que podrías tener la libertad de actuar como actuaste? Pero claro, te llamas Keith, te apellidas Jarrett y eres anglosajón. ¿Eso te da superioridad? Y que sepas que mi dignidad cuesta más de 70 euros."

Todo eso pensé desde que salí del concierto hasta que llegué a casa. Allí me esperaba mi whisky y el frío de la habitación. Llegué, me acosté en la cama, encendí mi cámara y miré las fotos, esta vez con una mezcla de alivio y venganza. Y para rematarla, fui a mis discos y puse a todo volumen unos tangos de Julio Sosa. Y me dormí.


(El incidente del concierto se detalla en el final de este artículo aparecido en El Periódico de Catalunya).

miércoles, 22 de julio de 2009

Un cuento: Tres pétalos cayeron




Y de repente, un aire brusco entreabrió el ventanal. Todas las hojas secas que yacían en aquel balcón de la calle Hospital invadieron el interior del salón en un voraz torbellino. Desde el tocadiscos emergió un torrente de notas agudas que hizo temblar la púa sobre el vinilo. Las paredes aún conservaban viejos cuadros con fotografías de personas que ya nadie recuerda, en donde hombres de gruesos bigotes eran flanqueados por mujeres con ojos vacíos. Detrás, el papel pintado se resistía a caer, amenazado por enormes manchas de humedad. Y sobre el aparador, varios portarretratos –con gente más joven y sonriente que aquella que colgaban de la pared– descansaban entre medio del polvo: imágenes de niños sobre la hierba, de adolescentes felices, de padres con bebés en brazos. Esas sí eran a color. Los sones de Nessun Dorma, en tanto, salían del tocadiscos y dibujaban orlas sinuosas entre las motas de polvo, como resistiéndose a salir por la ventana entreabierta. Las motas giraban en ínfimos remolinos junto a un portarretratos apartado del resto, tumbado hacia abajo y cubierto de gruesas capas de hollín. De súbito, unas manos huesudas y resecas lo levantaron. Se vio la imagen en sepia de una joven de cabellos ondulados que presionaba un par de rosas a su pecho y, detrás, un jardín poblado de flores. La joven sonreía, mucho sonreía, mientras varios pétalos se desprendían de una de las rosas. El fotógrafo había capturado la imagen justo cuando tres de los pétalos se alineaban en el aire, casi en línea recta, como si fuesen puntos suspensivos. Las manos que sostenían el portarretratos empezaron a temblar. Con timidez, lo dejaron nuevamente sobre el aparador.
“Las rosas, cómo te gustaban las rosas”.
Las manos eran de Aurelio, el abuelo del sexto segunda. Aurelio se pasó las palmas por el pantalón raído para quitarse el polvo, al tiempo que lanzaba una mirada de hartazgo a sus arrugas. Se dio vuelta con lentitud, como el girar del tocadiscos, y fue hacia el ventanal para cerrarlo. Hizo fuerza, pero el viento era más enérgico que sus huesos. Echó una mirada a la polea adherida a la verja del balcón. Allí, de una soga, colgaba una canasta con comida. Era la compra que algún empleado del supermercado le dejaba a pie de calle semana tras semana, y él izaba a duras penas, con sus músculos casi atrofiados. Sin embargo hacía meses que Aurelio no salía siquiera al balcón. De la canasta emanaba un olor nauseabundo, y montones de moscas revoloteaban sobre lo que parecía ser una bolsa con carne. De repente, una súbita punzada le aguijoneó la nuca y lo empujó a asomarse al exterior, después de tanto tiempo. Sacó la cabeza con timidez y tragó aire. El hedor del balcón encontró resistencia en los pelos de su nariz. Sintió un mareo, se cogió del marco de la ventana, tosió durante minutos, los ojos enrojecieron. Acercó la mano a su pecho y permaneció de pie. Los engranajes de su organismo, oxidados y trémulos, se detuvieron durante unos segundos hasta que los dientes volvieron a encastrar, no sin dificultad, y decidieron seguir girando un poco más, con ritmo cansino. Por fin Aurelio se atrevió a cruzar el ventanal y salir al balcón. Se asomó al abismo. Las seis plantas que lo separaban de la acera le parecieron mucho más altas que aquella última vez que se había atrevido a mirar hacia abajo, varios meses atrás. Echó un vistazo hacia la derecha, allí donde nacía la Rambla del Raval. “¿Qué es todo aquello?”, se preguntó. Los edificios descascarados de enfrente comenzaron a girar de forma frenética, las ventanas vecinas se multiplicaron, el aire se envició aún más. Aurelio sintió ahogo y se sujetó nuevamente al marco de la puerta. Un humor fétido llegó desde la canasta. A pesar de ello, impactado por los rayos de sol, por el viento frío y el ruido callejero, fue invadido por montones de remembranzas que creía aniquiladas: evocó el aroma de un parque que hoy ya no existe, escalones de mármol calcinados por el sol, un jardín con la hierba recién cortada, y unas tímidas arrugas que nacían en la base de unos párpados, los de la joven del portarretratos. Aurelio se sintió ligero, como flotando. Cerró los ojos y sonrió. Los músculos de la cara le dolieron, la piel se estiró, el maxilar crujió. Inspiró aire nuevamente, esta vez los pelos de su nariz se relajaron y dejaron pasar más de esa atmósfera infecta. Abrió los ojos y su rostro volvió al gesto seco de antes. Lentamente, como el rodar del tocadiscos, Aurelio regresó al salón. Allí advirtió el contraste de los aromas que flotaban el ambiente; fuera, la repugnancia de la carne podrida agitada por los gusanos y las moscas, que bailoteaban bajo la bolsa del supermercado; dentro, el tufo encapsulado de polvo, ropa vieja, muebles carcomidos y paredes enmohecidas; y en su mente, aún ondulaban los efluvios adolescentes nacidos de la base de aquellos párpados. Aurelio sacudió la cabeza y caminó hacia el aparador. Echó otra mirada a la joven del portarretratos. Más abajo yacía el viejo teléfono negro que hacía meses no sonaba. Sus ojos dibujaron un paneo por el salón para otear todo lo que le rodeaba: el escritorio, la tinta seca, las cartas que no conseguía acabar, las capas de polvo, la puerta oxidada, el grifo goteando, el suelo gastado, los trozos de techo en el suelo. Y el disco, que se detuvo en el momento exacto. Aurelio oteaba. El tocadiscos. El portarretratos. El jardín florido. Las moscas. Las hojas secas. El ventanal.
“Basta. Me largo”.
Con parsimonia, como contando sus pasos, Aurelio se dirigió hacia la puerta. Antaño, cuando aún conservaba fuerzas para bajar la escalera y dar un paseo, siempre cumplía con la misma rutina: coger las llaves, el bastón, la boina, abrigarse con su sobretodo gris y, antes de abrir la puerta oxidada, mirarse durante un par de segundos al espejo. Aurelio contempló las llaves, el bastón y la boina, rodeados de gordas capas de polvo. Contempló el sobretodo que colgaba del perchero. Se contempló a sí mismo ante el espejo agrietado. Intentó recorrer todas las arrugas que poblaban su cara, notó sus gafas rotas aún más rotas y se tocó el mentón salido hacia fuera. Acercó su mano a la imagen que le devolvía el cristal y ensayó una expresión de asco, de hartazgo, de desprecio a sí mismo. Giró el pomo de la puerta y, como contando sus pasos, salió por fin del piso. Sin llaves, sin bastón, sin boina, sin sobretodo.
El retumbar de la puerta que se cerró tras sus espaldas permaneció durante varios segundos en el hueco de la escalera. Aurelio miró hacia abajo. Eso sí lo recordaba, eran ciento veinticuatro escalones. Lo que no recordaba era la última vez que los había bajado, ni siquiera cómo era el vestíbulo de aquel edificio. ¿Tenía vecinos? “Seguramente me imaginan enterrado en Montjuic”. Con pulso trémulo se acomodó el jersey que hacía semanas no se quitaba, se palpó el pantalón raído y notó que en el bolsillo conservaba una moneda de un euro. Tragó saliva, se cogió de la barandilla y se situó al borde del primer escalón. Como un bebé ante su primer paso, dudó. Las rodillas le temblaron, y sospechó que sus huesos casi centenarios no iban a soportar el peso de aquel cuerpo macilento. Se asió aún más fuerte de la barandilla y posó –o, mejor dicho, dejó caer– el pie derecho en el primer escalón. Hizo lo mismo con el pie izquierdo. Respiró profundo. Vamos, quedan ciento veintitrés. Los pelos de la nariz se abrieron de par en par. Repitió el movimiento. Pie derecho, pie izquierdo. “Sí, así”. Derecho. Izquierdo. Derecho. De pronto, un calambre. Aurelio notó que sus rodillas temblaban como flanes. Sus pies estaban situados en escalones diferentes. Empezó a respirar con agitación. Sudó. “No puedo acabar aquí, a dos palmos de casa”. Cerró los ojos e intentó serenarse. Inspiró un largo hilo de aire y bajó los hombros. Erguido de esa manera extraña, su nariz volvió a sentirse envuelta en una fiesta de esencias, vahos a cabello mojado, aromas que nacían de unos hombros quemándose al sol entre risas, pétalos volantes y dientes bellos como pétalos, olores que penetraban sus sentidos, acariciaban su conciencia y sobrevolaban cada uno de sus alvéolos hasta que, por fin, regresaban al exterior hechos seda, o arco iris, o todo a la vez. Aurelio abrió los ojos. Aún sentía el dolor en la rodilla, pero igualmente bajó el pie izquierdo hasta reunirlo con el derecho. Se envalentó y aumentó la velocidad. Sintió que nada lo detenía, ni los temblores del cuerpo, ni el mareo. Continuó bajando peldaño a peldaño. Perdió el sentido de la ubicación, ya no sabía dónde acababa la escalera. En el segundo o tercer rellano una puerta se abrió. Aurelio enfocó la vista todo lo que le permitían sus gafas cuarteadas. Distinguió unas botas negras, y muy raras. Unos pantalones, también negros, hechos de un material que brillaba y se adhería a la piel, como si ese material fuese la propia piel. La camiseta a tono, con extrañas inscripciones que no pudo comprender. Y más arriba, la expresión de una joven con montones de metales que le colgaban por todo el rostro, en las orejas, en los labios, en la nariz, hasta en la ceja. Aurelio abrió los ojos aún más. Sí, en la ceja había otro de esos metales. Concentró la vista en aquel rostro. No, no parecía una mujer. Tenía pelo largo, pero también barba. Se espantó y buscó la barandilla para asirse. En ese momento, la voz del individuo interrumpió sus conjeturas:
–¿Abuelo, se siente bien?
Aurelio permaneció en silencio. Continuó inspeccionándolo con la poca vista que le quedaba. El joven insistió:
–¿Vive en este edificio? Jamás lo había visto por aquí.
Aurelio callaba.
–¿Lo ayudo a subir?
El joven atinó a agarrarle un brazo. Movió la cabeza, y los pendientes y demás collares que le colgaban emitieron un tintineo estridente. Aurelio se asustó y lanzó un grito. Más que un grito fue un rugido grave, como un estertor doloroso. El joven dio un paso hacia atrás y le espetó una mirada de desprecio.
–Bah, apáñese solo. Y a ver si se ducha, que hace un olor que apesta.
El joven desapareció entre los ángulos de ese espiral de cemento. Aurelio aún se sentía aturdido, hacía meses que no veía tan de cerca a otra persona que no fuera él mismo tras las rajaduras del espejo. Todo volvió a girar a su alrededor. Buscó con desesperación la barandilla. Recordó la técnica para aplacar el mareo que tan bien le había funcionado un par de pisos arriba. Abrió los agujeros de la nariz, dejó pasar bastante más aire que las otras veces y, de manera automática, como deseándolo casi, Aurelio penetró en otro mar de evocaciones: el mismo jardín florido de antes, el mismo día de sol, y sus labios vírgenes que sobrevolaban los rizos de la joven de los pétalos, de pronto una comisura, dos bocas que se abrían, allí dentro las lenguas bailaban una danza caliente, primaveral, los dientes mordían, con timidez al principio y frenesí luego, una de las lenguas entraba y salía, la otra esperaba acurrucada en el fondo, después las bocas se separaron por unos segundos y un Aurelio adolescente observó un rostro que no era real, no, era de otro mundo, delante de él dos ojos vibraban, Aurelio volvió a la carga para recibir más de esos besos, besos narcóticos, la joven se apartó, dejó al descubierto la línea que nacía de sus pechos firmes y envueltos en aquel vestido con rosas estampadas, agitada cogió la mano de Aurelio, quería llevarlo a otro sitio, ¿más paradisíaco aún?, allí delante había otro rosal, todo verde alrededor y en el medio el rosal, que eyectaba un carnaval de aromas, “quisiera tomar otra foto” pensó él, igualmente se dejó llevar, qué mano suave, la joven tiraba de él, él cogía su mano y flotaba, pero la mano de ella se tornó fría, como de metal, giraba para un lado y para otro, Aurelio abrió los ojos y vio que estaba cogiendo el pomo de la puerta de calle. De súbito advirtió que había llegado a ese vestíbulo que hacía meses no pisaba. Inspiró y exhaló una decena de veces para disipar aquellas emociones. Se pasó la mano por la frente. Chasqueó la lengua. Giró el pomo, y con una fuerza desmedida para su estado, tiró. Tiró fuerte con su mano derecha. Sintió que los músculos se desgarraban. Pero Aurelio continuó tirando de aquel pomo, que ya no estaba tan frío como antes. Unos rayos de sol se colaron y le pincharon las mejillas. Por algún motivo que no comprendió, ese repentino calor le dio una pequeña oleada de vitalidad. Dio un paso. Otro. Y otro. Sus pies se arrastraron sobre la acera que seis pisos más arriba parecía una alfombra sucia. De pronto, volvió a sentir tras sus espaldas un temblor seco. El ruido se acopló a sus latidos casi mudos. La puerta de salida se había cerrado.


Una mujer ataviada en un velo azul caminaba rápido por la acera estrecha, con su bebé en brazos y un niño que la seguía detrás. Agitada, movió la cabeza para que el velo no le entorpeciera la vista. Soltó unas palabras indescifrables al pequeño, que más atrás se entretenía mirando un escaparate de Todo a Cien. La mujer repitió la frase anterior, poblada de jotas suaves y haches aspiradas. Visiblemente agobiada, hacía equilibrio con dos bolsas de supermercado en una mano, mientras que en la otra aguantaba al bebé. La mujer se puso nerviosa y le gritó con más jotas y más haches al niño. Al volver a girarse para seguir su camino, se topó con el pobre Aurelio que permanecía de pie, tambaleante, frente al bordillo de la calle Hospital. La mujer se asustó al ver a aquel viejo en pantuflas, con expresión cavernaria. Le pidió disculpas por el leve empujón, pero Aurelio no respondió. Lo creyó perdido, o sedado. Siguió su camino, aunque no pudo evitar volver la cabeza. Después pasó el niño, que lo miró con temor y escapó como flecha hacia el regazo de su madre. Aurelio permaneció allí durante un rato, ondeando en medio de la acera. Había olvidado lo que era caminar sin bastón. Pero esta vez no sintió mareos, estaba maravillado con la cantidad de aire que podía respirar, no recordaba que el mundo de allí fuera –ahora el de aquí fuera– contuviera tanto oxígeno. Poco a poco su vista fue encontrando un tenue foco. Así comprendió que eso que estaba allí enfrente era un supermercado, que aquello azul que se alejaba era una mujer con un bebé, que aquel bulto que se movía al lado era el niño que había pasado a su lado, que esa masa informe era un perro mordisqueando una bolsa de basura. De pronto, una moto pasó rauda a sólo unos metros de sus narices. El vehículo emitió un bramido espantoso, capaz de desgarrar los tímpanos, y dejó flotando un espeso vaho a gasolina. El viejo sintió que se desplomaba. Buscó con desesperación alguna superficie firme en la cual sostenerse, todo giró otra vez, pero aún más que antes, el asfalto, el cielo, la gasolina, los transeúntes, los pasos anónimos. Su mano derecha dibujó en el aire un aleteo, un estertor de supervivencia. Palpó algo firme, una pared quizás, segundos antes de que su enclenque humanidad se desplomara en la acera. Suspiró aliviado. Arqueó la espalda y sus vértebras filosas se vieron aún más filosas. Jadeó. Jadeó y jadeó y de su garganta brotó un hálito caliente, mientras la saliva empezaba a burbujear. El supermercado, el velo azul, el niño, el perro, todo se emborronó y se tornó humo, un humo rosado, del que salieron corriendo dos adolescentes, sí, otra vez en el jardín de aquel día ancestral, los jóvenes reían mientras corrían, las bocas se abrían, las lenguas sudaban, los brazos se multiplicaban, las caricias de él se atrevían a traspasar barreras infranqueables un rato antes, la mano exploraba los recovecos del vestido con rosas estampadas, mientras las otras rosas, las del jardín, eyectaban un aroma capaz de adormecer a una ciudad entera, de pronto el viento sopló y los pétalos trazaron curvas en el cielo, las lenguas eran pétalos envueltos en saliva caliente, los adolescentes cayeron sobre la hierba humedecida, el joven se mordió la lengua. Ay. Aurelio abrió los ojos. Tenía frente a sí su brazo apoyado en la pared, esa piel poblada de arrugas y marcas de soriasis. A pesar de sentirse extremadamente agotado, un fuego interior lo impulsaba a seguir. Empezó a andar, paso a paso, hacia la Rambla del Raval. Recordó aquellas tardes en el mismo banco, su banco, hace ya varios años. Solía sentarse allí para contemplar el final de cada jornada, el sol que desaparecía tras los viejos edificios de hormigón, las palomas que poco a poco abandonaban la explanada para volver a sus nidos. Épocas en las que recibía visitas con frecuencia, el teléfono negro sonaba y los vecinos lo reconocían. Incluso algunos le picaban la puerta para preguntarle si necesitaba algo, pobre viejo aquel, viudo y encima viviendo en un sexto sin ascensor. Aurelio siguió caminando, cada vez con mayor lentitud. La más tenue ventisca amenazaba con voltearlo, su estabilidad era cuestión de suerte y de su propio tesón. Pero él aguantaba, arrastrando los pies y con los brazos en cruz. A su alrededor pasaban perros, niños, vendedores de cerveza, hombres con túnicas blancas. Todos parecían ignorarle. Él andaba, flotaba, tan ligero como las plumas que se desprendían de las palomas que levantaban el vuelo. Ya no se sentía raro ante esos estímulos que hacía años no experimentaba, tanto aire suelto, nubes, gritos, vahos a gasolina. Las carnes flácidas bajo el mentón flamearon con suavidad, acariciadas por el viento que subía de la avenida Drassanes. Aurelio giró levemente la vista. Allí estaba, su antiguo banco. Rodeado de latas vacías de cerveza y excremento de paloma, aún podía distinguirlo del resto de bancos, detrás de un edificio negro que no recordaba. Con lentitud, como el tocadiscos que había abandonado allí arriba, Aurelio depositó su escualidez sobre la madera. Se sentó y sonrió por tercera vez en el día. Lo había conseguido: ser partícipe de otra tarde que se acaba, de la partida de las palomas a sus nidos, del aire otoñal penetrando los pelos de su nariz. Empezó a tararear los sones de Nessun Dorma que su sordera ya no le permitía disfrutar pero que, quizás por inercia, igual se obstinaba en reproducir en su tocadiscos de toda la vida, día tras día desde hacía años. Aurelio cerró los ojos y se adormeció. El sol se desdibujaba tras las penumbras de la tarde. La Rambla empezaba a vaciarse. Y de repente, despertó. Su nariz captó un efluvio conocido, demasiado conocido, proveniente de un lugar que no supo distinguir. Sus sentidos estuvieron a punto de transportarlo otra vez al jardín del portarretratos, a ese día del beso, al único recuerdo que conservaba en su memoria. Movió la cabeza para detectar el origen de la fragancia. Una voz desconocida y monocorde le habló.
–¿Rosa, amigo? Un euro. Un euro, amigo.
Aurelio abrió los ojos, vio las rajaduras de sus gafas, y detrás, el rostro de un hombre de tupida barba, con un sombrero de colores estridentes y un enorme ramo de rosas rojas en la mano. El hombre sonreía. El anciano volvió a escuchar:
–Un euro, amigo. Un euro.

El aroma de las flores era increíblemente intenso. Aurelio no resistió. Su conciencia le tocó el hombro para recordarle que, en el bolsillo, aún conservaba la moneda. Rascó el fondo de la tela. Con pulso trémulo extrajo el euro y se lo dio al vendedor, que le extendió la flor con un gran gesto de satisfacción. Aurelio se apresuró en acercar la flor a su nariz y aspirarla con deleite, con un deseo casi irrefrenable. La apretó a su pecho y entornó los párpados. El vendedor lo miró con melancolía durante unos segundos, con media sonrisa en su rostro, y se alejó.
Aurelio se encorvó, mientras la fragancia de la rosa entraba sin pedir permiso por los pelos de su nariz. Sintió un profundo cansancio y, por fin, se durmió. Un viento gélido comenzó a soplar. Tres pétalos cayeron y dibujaron una línea recta en el aire por una fracción de segundo. El sol se escondió tras los edificios de hormigón. Las palomas volvieron a sus nidos. Y a un par de metros, unas hojas secas levantaron el vuelo para perderse por las calles transversales de la rambla que, a esa hora, ya se había vaciado por completo.

viernes, 17 de julio de 2009

Teledicción

Charla entre amigos en un café. Yo a un lado, en silencio, bebiendo mi cortado.

-Hace dos días que ni siquiera me levanto a comer, no puedo despegarme del ordenador mirando Prison Break.
-Se comenta que quieren hacer una nueva temporada de Lost.
-¿Y Dr. House? Dicen que el actor va a trabajar en una nueva serie.
-Yo me quedo con Heroes.
-Faltan 74 días para que estrenen la peli de Buffy. ¿Alguien se apunta al cine conmigo?
-Leí comentarios sobre lo nuevo que se viene. Ya estoy contando los días para ver American Dad, The Inside y Boston Legal. ¿Quedamos para verlas juntos? ¿Quién se apunta? ¿Eh? ¿Eh?

Me parece que estoy perdiendo mis relaciones sociales. Creo que me voy comprar una tele.

Un microcuento: Calle del Malnom



En la calle del Malnom te conocí. Jugabas a capturar con una lupa el poco sol que dejaba pasar la estrechez de la calle. Semanas después lo hacías para quemar las cartas que te enviaba a escondidas. En la calle del Malnom, bajo el arco, por fin aprendí a andar en bicicleta sin rueditas. En la calle del Malnom perdí la virginidad y la inocencia con esa mujer carnosa que unos amigos –si hoy los puedo llamar amigos– contrataron a pocas calles de allí. En la calle del Malnom el coche fúnebre se atascó y no pudo salir hasta la llegada de la grúa, y yo pensé que el cajón de mamá caería y se abriría, y cerré los ojos fuerte, muy fuerte. En la calle del Malnom vi los primeros pasos de Mariona. Y dos años después los de Meritxell. En la calle del Malnom te vi girar la esquina, esa esquina que es como un abismo sin fondo porque todo lo que por allí gira nunca más se vuelve a ver. En la calle del Malnom sentí olor a vino, a sudor, a basura, a humo, a pan tostado. Escuché llantos, música, gemidos, risas. Probé ron, tarta de fresas, hachís, saliva. En la calle del Malnom, una tarde de abril, yo también decidí girar la esquina. Lanzarme al abismo para que todo desaparezca, las cartas quemadas, las rueditas de la bici, la señora carnosa, la grúa, la saliva, los pasos de Mariona, el llanto de Meritxell. Y me evaporé durante décadas. Sin embargo y contra todo pronóstico, un día volví a girar esa esquina, aunque en sentido contrario. Me costó más de la cuenta, claro, el bastón, la cojera, los achaques. Y allí volví a encontrarte, encanecida, minúscula, agachada a duras penas y con tu antigua lupa, buscando restos de esas cartas que décadas atrás te empecinabas en quemar. En la calle del Malnom.

lunes, 13 de julio de 2009

Ffffffssssss....





A veces me atacan días como el de hoy, en los que no puedo evitar desinflarme. Días en los que quiero escribir pero el aire que se escapa de mis dedos-válvula no me lo permiten. Mi cerebro-globo se deshincha poco a poco, las neuronas, pensamientos e ideas escapan por un orificio muy pequeñito, y en su partida emiten un molesto pitido. Días ffffssss. Ya no puedo seguir escribiendo este post. Mi látex cae a la tierra, ahogado, seco, sin aire.

domingo, 5 de julio de 2009

martes, 23 de junio de 2009

En exclusiva, la introducción de una novela en ciernes: "Si sientes el aire golpear tu rostro"



–Viento del oeste…
Naran tiene los ojos del viento, las mejillas del viento, el sol en las pestañas, los cabellos de arena. Los labios resecos pero rojos, muy rojos. Naran sale de la tienda, la tienda es blanca, la tarde roja. Sus ojos están habituados al contraste. Naran es hija del desierto.
–Viento del oeste…
Abandona por un momento la vasija con la que estuvo separando granos de arroz durante todo el día, junto a la tienda blanca, sobre la arena roja. Se aparta el cabello del rostro. Allá a lo lejos, donde el aire tiembla, una bola de polvo se aproxima. Sí, es el galope de su caballo. O eso parece. “Por fin, Batul, por fin”. Naran entorna los ojos, los ojos se vuelven aún más finos, son dos suaves pinceladas oblicuas sobre el lienzo de su rostro. El aire salado golpea la tela blanca. La tarde se enrojece aún más. Naran siente unos berridos desde el interior de la tienda, gira su figura empaquetada en pieles de yak, se muerde el labio inferior y eleva las cejas. El pequeño Altan está hambriento, otra vez. Por favor, aguanta un poco más cachorro, un poco más; hay que hacer el fuego, acabar con el arroz, hervir el agua, esperar a padre. Batul, Batul, tus ojos de luna. Naran aprieta los puños, entra a la tienda, el niño grita entre mocos salados y labios resecos. Altan es otro hijo del desierto. Naran lo arrulla, lo vuelve a acostar, pero el niño grita con más fuerza. Le enseña sus dientecitos de arena. Sobre el llanto se escucha la bola de polvo que gira allí fuera y que se acerca a la tienda. Echa una ojeada a la imagen del venerado Khan rodeada de velas y ofrendas. Naran debería sonreír, pero Naran no sonríe.
-–Viento del oeste…
Siente los galopes a dos palmos. Batul, Batul. El corazón de Naran galopa con furia. Batul, Batul, Batul. Tus ojos de luna. Deja al pequeño en el suelo con sus mocos de sal. Vuelve al exterior, la tarde roja ennegrece. Hace varias lunas llenas que Batul partió hacia el oeste. Semanas de espera. A Batul le encanta el arroz con carne de cordero. Hace varias lunas llenas que Naran prepara el arroz en el cuenco de barro. El cordero es lo que falta. Batul quiere agua caliente con el cordero. Batul también es hijo del desierto.
Afuera el viento es más salado. Granos de arena aterrizan en el rostro de Naran, movidos por el galope del caballo que se acerca. La tarde es negra, el viento salado, el galope ajeno, el jinete extraño, Naran no sonríe. Y en la tienda, sobre la alfombra de piel de buey, los berridos de Altan se silencian. Naran entrecierra los ojos aún más para distinguir la figura que proviene del horizonte retinto. Los cabellos se le pegan en su rostro de lienzo, el blanco de la tienda ya no contrasta con el rojo de la tarde, sino que desaparece con el negro de la noche del Gobi. El aire salado zumba. Los labios cuarteados de Naran. El silencio de Altan.
–Viento del oeste… Malos presagios…
Un relincho, espuelas que penetran la piel peluda, el choo del jinete que obliga al animal a detenerse. Sí, es su caballo. Sí, hay una bolsa que cuelga. Sí, la tarde está completamente negra. No, el que cabalga no es Batul.
La figura se hace visible, las ropas chirriantes de ese jinete anónimo contrastan con el negro del cielo y las crines del caballo. El hombre desmonta con dificultad, descuelga la bolsa y se acerca a Naran. Qué extrañas ropas lleva. Ese hombre camina con torpeza sobre la arena roja. Ese hombre no es hijo del desierto.
–¿Galantetichan Naran?
–Sí.
–Ay del viento cuando habla. Ay de la noche cuando ennegrece.
El hombre le extiende la bolsa de vejiga de yak. Naran la coge con pulso trémulo. Los cabellos se adhieren en su rostro de lienzo. Abre la bolsa y espía el contenido. De súbito, el hermoso rostro de la joven madre cincela una expresión de horror: los globos de los ojos saltan hacia fuera, la boca se abre hasta el límite, los cabellos se tensan. Naran expulsa un grito que corta en dos esa tardenoche, el eco del grito provoca remolinos sobre la arena roja. Dentro de la tienda, el pequeño Altan comienza a gatear hasta la puerta de salida. Naran, atontada, da un paso hacia atrás, trastabilla con la vasija de barro y cae sobre los granos de arroz. Deja caer la bolsa, de la que sale rodando una cabeza de hombre con ojos de luna. Naran grita espantada, llora, vomita. El hombre de extrañas ropas se le acerca y la coge del cuello. Los ojos, los labios, el cabello, todo en ella se vuelve rojo como la arena. El hombre de extrañas ropas extrae su puñal y acerca su rostro al de la mujer.
–Ay el viento cuando habla. Ay el viento del oeste…
Dentro de la tienda, Altan da pasos cortos y torpes hasta la salida. Los mocos salados le cuelgan. Esquiva la estufa de latón, el catre y los guijarros con los que suele jugar. Sus diminutas manos descorren la cortina. La luz de la noche le deja ver la imagen de un caballo que se aleja, los golpes de rebenque del jinete, la arena roja, un hilo de sangre aún más rojo que llega hasta la cabeza de su padre, que lo mira inerte con ojos de luna. A su lado, sobre el arroz desperdigado, su madre yace con el puñal hundido en el pecho. También con los ojos abiertos, también con ojos de luna. Sobre el pecho bañado de rojo descansa un mensaje escrito en hudum, sujeto por el mismo puñal que le atraviesa el cuerpo. Altan se queda inmóvil frente a la tienda. El viento hace rodar la cabeza del padre hasta los diminutos y cuarteados pies descalzos del niño. Altan absorbe sus mocos, el viento del oeste le golpea el rostro. Altan respira y abre bien grandes los minúsculos agujeros de su nariz. Altan ya no siente hambre.

martes, 16 de junio de 2009

Lisérgicas instantáneas de una semana de junio


No lo recuerdo muy bien, doctor. Creo que fue la tarde de un jueves. Había llegado a mi patio de todos los días con mis botines nuevos y mi camiseta que me regalaron para Navidad. Aún no sé por qué ese día decidí que quería ser abogado.



Como todos los días, me dirigí con ilusión y premura hasta esa estación de metro para ver a mi amada. No podía quitarme sus ojos de la cabeza, la sombra bajo los ojos, sus labios brillantes y espesos, su postura sugerente... Cuánta fue mi decepción al bajar y entender que nunca más volvería a ver aquel rostro. Nunca más.



Ese mañana, al salir para el trabajo, algo me decía que aquel no iba a ser un día normal.

lunes, 15 de junio de 2009

La literatura es venganza...

–¿Sí?
-¿Me cobras la caña que me he bebido, porfa?
-Muy bien. Sería 2,90.
-¿Cómo 2,90?
-Sí, 2,90.
-Pero si en el cartel que está ahí atrás dice claramente 1,50.
-Ah no, pero eso es sólo hasta las 20. Después de esa hora es 2,90.
-Pero son las ocho y cuarto.
-Por eso mismo.
-¿Y entonces por qué mierda no lo aclaras en ese puto cartel?
-¿Qué has dicho? Cuida el lenguaje y paga tu cerveza.
-No te pago una mierda, estafador hijo de puta. Éste es el vaso en el que he bebido. Mira cómo lo rompo contra la barra.
-¿Qué haces, desgraciado?
-Y ahora te clavo esta punta filosa en el ojo. ¡Toma!
-¡¡¡Ahhhhh, noooo. Ahhhhh, desgraciadooo. Médico, un médicooooo!!!



Ciertas veces nos enfrentamos a sucesos injustos a los que quisiéramos cambiarle el desenlace. Sucesos que, incluso, pueden ser de los más banales. Por suerte tenemos el arma letal más efectiva que puede existir, mucho más que la bomba de hidrógeno, las armas biológicas o las flatulencias que expele el desubicado de turno en el metro a las 8 de la mañana... La literatura. Arma de doble filo, arma seductora, peligrosa, hermosamente peligrosa...

El diálogo anterior ha sido un hecho real, excepto la parte en cursiva. Pero bien me hubiera gustado que así hubiese acabado la escena (mhujahujaju... risa malévola estilo Bela Lugosi).

martes, 2 de junio de 2009

Las palabras también mueren



Hace un par de meses me surgió el antojo de indagar en aquellas palabras que las circunstancias han determinado su fecha de defunción. Así, tras un sesudo análisis, pude determinar que cada día catorce palabras pasan a mejor vida. Recuerdo que, cuando leí el párrafo de las conclusiones por primera vez, me restregué los ojos y volví a leer los resultados. Sí: CATORCE PALABRAS POR DÍA DESAPARECEN DE NUESTRO VOCABULARIO... Esto significa que nunca más volverán a pronunciarse en el futuro, y serán reemplazadas por nuevos vocablos que ocuparán el lugar de los antiguos –por tener una fonación más adaptada a los nuevos tiempos–, o bien porque su significante (aquello a lo que refieren) desaparece por completo. Así me topé con fonemas como BIÓGRAFO (el antiguo nombre que se le daba al cine), ENDENANTES (para decir "hace poco") u HOGAÑO (que significa "en este año, actualmente", y es antónimo de la palabra "antaño"). Pero hubo una, sólo una palabra que me causó exactas dosis de ternura, encanto y afán de justicia. Un vocablo que por su construcción, su musicalidad y la posible reticencia a causa de su similitud con otra palabra soez de amplio uso aquí en la península, motivaron a que caiga en el olvido. Me refiero a la palabra...

EMPERIFOLLADO

El susodicho fonema no está registrado de esta manera en nuestro benemérito diccionario de la RAE. Si nos remitimos a su infinitivo, emperifollar, nos remite al (supuesto) neologismo EMPEREJILAR ("adornar a alguien con profusión y esmero").

Pero, qué quieren que les diga, yo prefiero que una maquilladora emperifolle a una modelo antes de que la emperejile. Que una madre se pase toda la mañana emperifollando a su hija el primer día de clases, y que ni se le ocurra emperejilarla; es más, si hace lo último, seguramente sus compañeras se burlarán de ella.

Otra cosa. Como he dicho, seguramente ahora nadie quiera EMPERIFOLLAR a nadie por miedo de olvidarse por el camino las tres primeras sílabas de ésa palabra y genere confusiones irreversibles (la vida, como los ordenadores, lamentablemente no tiene ningún comando CONTROL + Z). Pero si nos remitimos a la etimología de la palabra follar, descubrimos que un músico que toca la gaita se la pasa follando (porque "toca el fuelle" del instrumento). Un niño de tres años también puede follar tranquilamente, ya que es capaz de "soltar una ventosidad sin ruido". Incluso un leñador no hace más que follar y follar todo el día, ya que esta desgraciada palabra también es sinónimo de "talar".

Por tales motivos mi indignación creció debido al ninguneo que sufre la inocente, bella y musical palabra EMPERIFOLLAR. Es por eso que propuse la creación de una plataforma que defendiera a tan inocente fonema. Plataforma que ha sido bautizada con el nombre de ADVESA (Agrupación de Defensa del Vocablo Emperifollar, S.A.), cuya presentación en público se realizó en un conocido local cultural del centro de esta ciudad. En tal ágape hubo discursos, invitados especiales, canapés, champán, vestidos largos que enseñaban la espalda, hombres con frac. Y un salón, como no podría ser de otra manera, absolutamente emperifollado. Lo que no se supo es que, entre tanto espumante, algunos filólogos invitados y destacados lingüistas acabaron cometiendo desmanes de importancia, encendidos por discusiones bizantinas, que si fue debería ir sin acento, que si somos demasiado permisivos con los anglicismos, etc. Se montó una trifulca de dimensiones insospechadas. Un especialista en castellano antiguo se ensañó con una chica de vestido largo, al tiempo que se olvidaba adrede las primeras tres sílabas de la palabra homenajeada. Un licenciado en Filología Anglosajona, por su parte, comenzó a escupir canapés mientras gritaba "¡me las voy a emperifollar a todas vosotras, perras!". Entre otros incidentes e improperios que, por vergüenza, prefiero no reproducir. Finalmente, acudió la Guardia Urbana para disipar a los revoltosos especialistas, que en tal estado de ebriedad, no podían conjugar siquiera el verbo yacer.

Finalmente, la junta fundadora de ADVESA decidió disolver la organización el mismo día que fue creada. Y, acto seguido, decretar la defunción definitiva de esa palabra que tantos problemas causa y causó a la sociedad actual. Por todo esto, tras agudos planteamientos, he obtenido la siguiente conclusión: no podemos forzar el destino. Las palabras, como las personas, también mueren. Así sean catorce, veinte o doce mil seiscientos. Y no hay maneras de hacerlas revivir, por más adornadas con profusión y esmero que estén...

martes, 19 de mayo de 2009

INDEC (Instituto Nuboloso de Estadísticas Corrosivas)


Recuerdo que en una escena de la película Amélie, la protagonista se preguntaba cuántos orgasmos se estaban produciendo en ese preciso instante en el que se formulaba la pregunta, allí en París. Inmediatamente se respondió a sí misma: catorce. Bien, el INDEC ha llevado a cabo un sondeo de las mismas características en todo el territorio peninsular (aunque con métodos estadísticos más fiables) para obtener otros datos científicos de similar importancia. Se ha tomado como momento exacto para la ejecución de este trabajo el día 15 de mayo de 2009, a las 16:45 minutos, 24 segundos. Los resultados son los siguientes:

-Se escucharon 225 fshhhhsssss de latas de Coca Cola que se abrían.
-Se registraron 18 llamadas telefónicas que acababan en la frase “pues vete a la mierda”.
-Eran despedidas 9 personas de una planta termonuclear.
-Se caían al suelo 132 monedas de un céntimo que no eran recogidas. Lo que da la friolera de 1 euro con dos céntimos desperdiciados sin sentido.
-19 mujeres aceptaban practicarle sexo oral por primera vez a su novio/amante/marido.
-12 gatos negros eran atropellados en la carretera.
-Eran robadas 27 plátanos de Canarias de mercados municipales.
-A 18 mujeres se les enganchaba la media al subirse a la bicicleta.
-945 personas decidían no pagar su declaración de renta.
-121 individuos se tragaron su estornudo y le lloraron los ojos durante unos segundos.
-Se perdieron 72.123 llamadas por dejar el teléfono silenciado.
-Fueron robados 13 libros de Michel Foulcaut de las bibliotecas públicas.
-Fueron comprados y a continuación incinerados 21.450 ejemplares del último libro de Juan Carlos Petruza.
-14 personas se rascaron disimuladamente la axila y, a continuación, se rascaron la nariz para comprobar la intensidad de su sudor.
-24 hombres guiñaron uno de sus ojos a la chica que venía caminando en sentido contrario.
-19 escolares levantaron sus hombros y se rascaron la cabeza ante la pregunta "¿En qué continente queda la república de Timor Oriental?"
-12 madres suspiraron con preocupación cuando vieron que sus hijas se iban con ese nuevo noviecito en la parte de atrás de la moto.
-Fueron expelidos 289 escupitajos en la vía pública con mucha flema de color verde manzana.
-Se escucharon 13 "sí, quieros".
-Se pulsaron 2.348 veces las teclas CTRL + ALT + DEL al mismo tiempo, seguido de un improperio que mejor no reproducir en esta estadística.
-3.123 bebés pronunciaban su primera palabra, mientras que 4.213 adultos pronunciaban su última palabra.

El dossier de este informe cuenta con unas 724 páginas. Contenido que iremos publicando en este blog mugriento a medida que se verifiquen los datos, por tratarse de un material de importante valor.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Suicidios ejemplares. Caso 214.


Según las primeras fuentes interrogadas, la señora Gertrudis Guastavino Paez se había apersonado con sus mejores joyas y las más suntuosas ropas de su colección a la cena de gala ofrecida por la Embajada de Brunei, en respuesta a la invitación cursada por el quien fue el primer sospechoso del caso, el doctor Abdulá Moharas Gulli. Sin embargo, una segunda ronda de sospechosos y un nuevo interrogatorio demostraron que las ropas y las joyas de la difunta no le pertenecían a ella, sino que eran propiedad de la señora Marlene Alexander Schaffer, jefa de la señora Guastavino y la verdadera invitada a la cena de gala. La difunta trabajaba como empleada doméstica de la señora Alexander. El suicidio de Guastavino se produjo cuando los empleados de la embajada, al darse cuenta de la intromisión, le negaron la entrada a la cena. La señora Guastavino, en solución extrema, empezó a tirar de la piel de su cuello, como si quisiera quitarse una máscara pegada a su verdadero rostro, mientras vociferaba: “Les he gastado una broma. En realidad soy doña Alexander. Miren… ¡Miren!”. La señora Guastavino murió despellejada por sí misma. El señor Moharas Gulli fue absuelto.

Suicidios ejemplares. Caso 332.


Según fuentes anónimas, un joven de aproximadamente 17 años (cuyo nombre queda bajo secreto del sumario, pero que respondía al seudónimo de Spinoza), fue observado orinando las puertas de la iglesia de Nuestra Señora de los Suspiros de esta capital, a altas horas de la noche. Mientras que con su mano izquierda sostenía su miembro viril para dirigir el chorro de su líquido residual corporal, su mano derecha asía un ejemplar de La Náusea, de Jean Sol Partre. Según estas mismas fuentes, la gárgola que cayó sobre el cuerpo del joven y lo destrozó en exactamente catorce partes, había sido desprendida por un rayo cuyo origen aún se desconoce. Pero todo indica que esta muerte en un suicidio, aunque todas las pruebas digan lo contrario. Dios tenga al joven en la más excelsa de las glorias. Caso cerrado.

Suicidios ejemplares. Caso 724.


El señor Antonio Hugo de las Mercedes Iribanarreagonochea Gómez de la Cárcora Benitex aprovechó la concentración del sacerdote, mientras pronunciaba su nombre, para extraer del bolsillo de su frac una píldora de suicidio y colarla astutamente entre sus dientes. La muerte se produjo a las 19.26 horas del sábado 14 de enero, en el momento exacto en que el señor Iribanarreagonochea pronunciaba la letra “q” de la frase “Sí, quiero”.

(Un humilde homenaje a un no tan humilde autor llamado Vila-Matas).

Treinta maneras de usar un revólver


1. Como pisapapeles en un bufete de abogados.
2. De punto de libro para leer algo de Ken Follett.
3. Para conseguir un descuento al comprar un iPod.
4. Como argumento para pedirle a mi futuro suegro la mano de su hija.
5. Para usar como sustituto del telecomando.
6. Para rascarme el tobillo.
7. De adorno en el aparador.
8. Como souvenir para una comunión.
9. Jugando a la ruleta rusa.
10. Comiendo ensaladilla rusa.
11. Para pedirle al empleado que detenga la maldita montaña rusa.
12. Para ir a pagar la declaración de renta.
13. Como pisapapeles en un jardín de infantes.
14. Un juguete para mi perro Pupi.
15. Para nivelar la pata de una mesa.
16. Para nivelar la pata de una cuna.
17. Para cambiarlo por un sándwich de mortadela.
18. Para desconectar el móvil.
19. Un regalo en el huevo Kinder.
20. Un buen argumento de venta.
21. Una oferta que no podrás rechazar.
22. Que parezca un accidente.
23. Para matar un caballo, cortarle la cabeza y dejarla bajo las mantas de nuestro enemigo.
24. Como pisapapeles en un monasterio budista.
25. Apuntando al espejo diciendo "¿Me estás hablando a mí?"
26. Mientras me bebo un Martini mezclado, no agitado.
27. Para sacarme un trozo de carne entre un premolar y un incisivo.
28. Para ponerle punto final a una carta.
29. Pidiendo permiso en la cola de un banco.
30. Buscando por toda la ciudad al desgraciado que escribe este blog de mierda.

Veinte cosas que me dan rabia

1. Cuando estoy sacando las cosas del carro en el supermercado y la cajera me dice "Caja cerrada".
2. Terminar de enjuagarme con agua fría porque se acabó la fuckin' bombona.
3. Leer el cuento ganador del concurso literario en el cual participé, y comprobar la mierda que premió el jurado.
4. Salir del cine y darme cuenta de que me senté en una butaca con un chicle pegado.
5. El aire acondicionado del bus que (no sé por qué) siempre me da en la nuca.
6. Las mandarinas que por fuera están preciosas y por dentro saben a trapo embebido en lejía.
7. Los mensajes de Orange y su "descuento Amigos. Ahora, todos los mensajes de 1:00 a 1:05 AM... ¡a un euro!"
8. El borrador de la declaración de renta.
9. Que las cebollas ya no hagan llorar al cortarlas (¿qué raro, no?).
10. La musiquita de inicio de Windows.
11. Los test del Facebook.
12. El precio de los huevos en el Sorli Discount.
13. Éste mismo número, el 13.
14. El sobaco sudoroso del gordo que se pone al lado mío, en el metro.
15. Las curvitas que hacen los pelos de mi cepillo de dientes.
16. La pelusa que se junta bajo la cama.
17. Que los seguratas de los aeropuertos me revisen las piernas como quien amasa empanadas gallegas.
18. Tener que pedir la llave en las gasolineras para ir al baño.
19. La musiquita de Apagar de Windows.
20. El hambre en el mundo.

jueves, 7 de mayo de 2009

Ochenta maneras de usar una silla



1. Frente a un escritorio, pluma en mano y con una pistola al lado, redactando un testamento.
2. En un trono, dando la orden real de comenzar una guerra contra el reino del norte.
3. Una cena con la pareja en el restaurante más caro de la ciudad, con un anillo de bodas en el bolsillo de la chaqueta.
4. Sentado con la espalda donde va el culo, la cabeza colgando, las piernas apoyadas en el respaldo y los pies hacia arriba, mirando una película de Woody Allen.
5. Frente a un piano, tocando una pieza de Schubert.
6. Firmando el acta de divorcio en un prestigioso bufete de abogados.
7. En la butaca del coche que soñé tener toda mi vida después de haberme divorciado, por fin.
8. De pie frente a la silla, pensando que esa silla podría estar ocupada por una persona que ya no está.
9. Probando alguna nueva y complicada postura sexual hindú.
10. Junto a una vieja máquina de escribir, poniendo el punto final a una novela que el autor decidió titular La metamorfosis.
11. Sentado con la espalda recta, las piernas cruzadas en posición de loto, las manos descansando sobre las rodillas y juntando los dedos pulgar y medio.
12. Igual que la posición anterior, pero diciendo OM repetidas veces.
13. Haciendo fuerza con los brazos para mover las ruedas, frente al umbral de la entrada a un banco, para depositar el dinero cobrado en un seguro por accidente.
14. Con unos colegas mal afeitados, jugando póker, iluminados solamente por una pequeña vela, rodeados de humo.
15. Vendiendo billetes de la ONCE en una caseta de color azul.
16. Mirando a los Beatles en directo, pero con la imposibilidad de escucharlos a causa del ensordecedor griterío de las fans.
17. Tomando el té con mi nueva suegra, poniendo cara de yo no fui.
18. En un autobús a punto de arrancar, mirando las caras de la gente que llora allí fuera, caras que nunca más volveré a ver.
19. En el asiento trasero de un jeep, preparado para el relevo de los soldados que murieron en el frente de batalla.
20. En la clase ejecutiva de un vuelo de American Airlines con destino a las islas Mauricio.
21. En una butaca de la barra del Apolo, intentando ligar con una guiri.
22. En la sala de espera del dentista, escuchando los desgarradores gritos del pobre señor que entró antes que yo.
23. En el pasillo junto a la sala de partos, escuchando el llanto de un bebé recién nacido. Quizás sea mi hijo.
24. Volviéndome a poner los dolorosos zapatos de tacón, a las seis de la tarde, después de terminar los aburridos informes que me encargó mi jefe.
25. Tejiendo unos zapatitos rosas para esa niña que trae mi hija en brazos, y que aún no conozco.
26. Cantando con unos enormes auriculares frente a un enorme micrófono, en un enorme estudio, frente a un enorme vidrio con un técnico de sonido detrás, que regula los botones de una enorme consola.
27. Aguantando las ganas de estornudar en el panel de un importante congreso organizado por las Naciones Unidas.
28. Sentado junto al presidente de un país musulmán, firmando el alto el fuego por tiempo indeterminado.
29. Frente a un piano, tocando una pieza de Strauss.
30. Escuchando las confesiones de mi paciente, que está acostado en el diván.
31. En una tumbona mirando el color de las cometas de los niños que juegan en la playa.
32. En una tumbona, mirando a unas rubias haciendo topless.
33. Chateando horas y horas en el MSN con el amor de mi vida (versión de él).
34. Chateando horas y horas con el tío que se va a casar conmigo para hacerme los papeles (versión de ella).
35. Con la silla dada vuelta, viendo las telarañas.
36. Espalda al suelo, contando la cantidad de mocos que hay pegado debajo de la silla.
37. Con la cabeza hacia atrás, totalmente relajado, escuchando el último disco de Sigur Ros.
38. Fumando una maría con pipa, con las piernas abiertas y los brazos caídos.
39. Durmiéndome en la clase de geografía.
40. Con la chica que me gusta sentada en mis rodillas, haciéndome el amigo pero, con disimulo, oliendo el aroma de su cabello.
41. El poeta, derrotado y abatido, que escribe el último poema de su vida, pensando que eso no es lo suyo.
42. En un locutorio, llamando por teléfono a Ecuador, felicitando a la madre por su cumpleaños.
43. Frente a un piano, tocando una pieza de Bhetooven.
44. Gritando desesperado en el primer asiento de un autobús, viendo a ese camión que viene de frente y que no tiene intenciones de frenar.
45. En un estadio de fútbol, con la cabeza entre las manos, pensando que nunca más iba a volver a pagar para ver a esos once desastrosos.
46. Sin que los jefes lo vean, girando y girando en una silla de oficina, recordando lo divertido que es hacerlo.
47. De pie, ensayando un suicidio.
48. De rodillas, ensayando un suicidio un poco más complejo.
49. De rodillas, ensayando una nueva forma de rezar.
50. De rodillas, ensayando una nueva postura sexual.
51. Frente a una batería, tocando el solo de la canción The Mule de Deep Purple, en Japón, año 1973.
52. Frente a un piano, tocando una pieza de Puccini.
53. Aunque parezca imposible, intentando mantener la mente en blanco, no pensando en nada, bien acomodado en esa cómoda silla del Ikea.
54. Tomando mate amargo y agua bien caliente con una persona que acaba de preguntarle “¿Qué estás fumando?”
55. Jugando al ajedrez con un ordenador llamado Deep Blue.
56. En el asiento del Apolo XII a punto de pronunciar una famosa frase al centro de control de Houston.
57. Frente a un microscopio, viendo cómo bailan las bacterias.
58. Tomando whisky para olvidar.
59. En una cena romántica, mientras hurga en el bolsillo de su chaqueta le dice a la mujer de sus sueños la trillada frase: “¿Te quieres casar conmigo?”
60. Bostezando.
61. Intentando apartar con una mueca absurda la gota de sudor que baja lentamente desde mi frente, mientras comparezco sin muchas convicciones en este absurdo juicio, ante una horda de abogados.
62. Junto a la profesora de ruso que me explica las seis declinaciones del idioma, con total cara de desconcierto.
63. Aburrido, el nuevo empleado sella y sella detrás del mostrador de la oficina de Correos.
64. La empleada de al lado, contenta por ver que tiene como nuevo compañero de trabajo a un chico tan guapo, y que sella tan pero tan bien.
65. Un sacerdote que no escucha demasiado y dice lo mismo ante los pecados de sus fieles, en ese viejo confesionario.
66. Frente a un piano, tocando una pieza de Brahms.
67. Intentando dormir para amenizar la espera en la estación de Sants.
68. Llorando con desconsuelo frente a una gran caja de madera.
69. Contento, ilusionado, temeroso, escuchando a la maestra en su primer día de clases.
70. Conduciendo una Ferrari, acelerando en las curvas, camino al casino de Montecarlo.
71. Recordando sus primeros amores mientras lee una novela de Corín Tellado.
72. Acomodando el culo mientras escucha los consejos del profesor de ergonomía pagado por la empresa en la que trabaja.
73. Decepcionado, cierra ese libro de su autor favorito que tanto esperaba, pensando que ya no es más su autor favorito.
74. Nervioso, con profundo dolor de ojos y tras años de experiencia, reparando un reloj muy, muy, muy caro.
75. Totalmente harta de las quejas de los clientes, tras la caja de una sucursal del Condis.
76. Feliz porque hoy es su último día de trabajo, tras la caja de una sucursal del Caprabo.
77. Sorprendida por haber dado la pincelada justa en esa obra que le llevó ocho meses de trabajo. La última pincelada.
78. Leyendo La Razón y diciendo que sí con la cabeza.
79. En un sitio privilegiado del Gran Teatro del Liceu, habiendo disfrutado tres horas el virtuosismo de ese fantástico pianista.
80. Escribiendo con prisas un nuevo y absurdo post en este absurdo blog. Con prisas no por haber sido invadido por un rapto de inspiración, sino porque la batería de mi ordenador está a punto de agotarse.

(Refrito, pero vale –más cuando el cerebro deambula por carriles inciertos...–).

miércoles, 22 de abril de 2009

Crónicas de una tarde lisérgica...


Hoy por la mañana vine a comprar aquí. Yo sólo quería medio kilo de entrecot. Pero los dependientes, la cajera, e incluso los clientes que esperaban, todos me espetaron una mirada amargada, seca, triste... "Qué gente lúgubre", pensé; "qué infelices se ven". Hoy es domingo. Espero que nadie haya visto el acto de vandalismo que acabo de cometer. Pero ese cartel necesitaba un pequeño ajuste.


¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Veinte, treinta, cuarenta minutos? No, creo que estuve más de una hora mirando ese reflejo cóncavo. Sí, habrá sido una hora de estar ahí de pie... Ahora voy en este bus camino a casa, y estoy indignado con la alimentación que lleva la gente de este país. ¿Tantos gordos hay? Hasta yo mismo me veo mofletudo tras el reflejo de la ventana. Mierda...


En determinado momento de mi larga caminata me detuve frente a esta imagen. Me postré ante ella, recé, oré, pedí milagros. Esa cruz hace milagros, yo lo sé, lo he podido comprobar. Al menos en mí, venerar esta santa cruz me ha deparado momentos de gloria, de salvación eterna. Grité aleluya frente a esta cruz, mientras las señoras con sus carros de compra, las chicas con sus móviles y los abuelos con sus perros pronunciaban improperios al pasar a mi lado. Improperios que no me atrevo a reproducir por respeto a ésta, mi santa religión. Perdónalos padre, no saben lo que hacen.


Definitivamente, las estrategias de venta de las empresas constructoras desprecian el entendimiento humano. ¿Se creen que somos estúpidos? Ahora nos quieren hacer creer que con el arte y con la sensiblería barata y cutre caeremos en sus redes. Pero a mí no me pillan esos degenerados. ¿Se piensan que no me he dado cuenta de esa V-Grúa? Claaaro, V de Vivienda, V de Venta, V de Venga y aproveche. No Voy una mierda, malditos Vividores, Vacíen sus Vomitados Vestigios de Vulgaridad y déjennos Vivir. ¡Vasuras!


Después de un rato de tanta caminata aparece el hambre. Y es un hambre voraz. Mientras esperaba en la cola de esta verdulería para pagar las dos cebollas que había comprado, me sentí en el derecho de coger un puñado gratis de estas aceitunas. Minutos después me vi en la calle siendo expulsado a patadas por el dueño de la verdulería. Sólo recuerdo el "¡Fuera de aquí, imbécil!" que me gritaba el señor verdulero. Y mis gritos con la boca llenas de aceitunas gritando algo así como "¿Qué significa 'Assorit'?".

Ich bin...

Sie sagen, dass das Leben ist es, das Glück. Das Glück besteht darin, dass ein Kind mit Spielzeug, unterstützende Eltern, dann in einer Karriere, treffen ein Mädchen oder ein Junge zu kochen einfach und respektabel, verheiratet, Kinder haben, erhöhen sie besser als Sie, was Ihre Eltern, die Sie, Scheidung, zu wissen, eine Person, 15 Jahre jünger als Sie, haben einen Sohn, verwöhnt, fühlen sich alt, in Rente gehen, mit Krebs und sterben, um zu sehen, in einem Lager für ältere Menschen ...

(Hay días en los que ni yo me entiendo...)

viernes, 10 de abril de 2009

¨ .· ·. : :·




El ciego alzó la vista y percibió nubes en el cielo, montones de nubes que se reflejaron en sus pupilas fantasmales. Bajó la cabeza y siguió escribiendo: “Tenemos que hacer lo que esté en concordancia con el tiempo y el momento que vivimos. Si estamos enamorados, no debemos pintar noches oscuras; si nos empapamos bajo la lluvia mientras nuestro corazón llora de dolor, es incongruente imaginar arco iris de chocolate, mariposas que sonríen, pájaros que nos miran y nos saludan. No. Si vemos todo salado, no podemos escribir dulce… Los tiempos de la vida son procesos, etapas, momentos, instantes, que van, que vienen, se regeneran evaporan y vuelven a caer en gotas y se transforman en objetos, sujetos, sufijos, sonrisas. Hoy hay sol, mañana volverá a llover y los días serán tristes, nos suceden cosas que no quisiéramos que nos sucedan y nos lamentamos por los momentos malos que nos tocan vivir, pero si no existieran esos instantes malos no existirían los buenos, si no hay días de lluvia jamás habrá sol. Por eso me encantan los días nublados, no son ni tristes ni felices, son días punto medio, de paz, y lo mejor de todo es que son días que me motivan a escribir cosas como éstas. Yo soy el día nublado que ahora mismo imagino tras mis gafas”.

domingo, 5 de abril de 2009

Pase el que sigue


Tenía el cabello más pegoteado que nunca, la ropa hecha jirones, las axilas apestaban, las piel de sus pies quebrada de tanto arrastrarlos sobre la piedra, los ojos que goteaban marrón tras ver algo de luz después de tantos meses de encierro, los brazos atravesados por cortes culpa de la reja que no le permitía escapar de la viga con la que intentó colgarse de la cama sin colchón sólo una lámina helada de metal, las costillas les sobresalían, las pantorrillas como rama de rosal, los dedos eran lápices sin punta, cuatro dientes menos, corazón sin freno tum tum tum tum, la mano del verdugo que seguía tirando de ese cabello pegoteado a lo moco espeso, él que agachaba la cabeza y caminaba rápido para no caer, pero qué importaba tum tum tum tum, si pronto todo se acabaría, o comenzaría depende como se mire, qué peste de esas axilas, los otros presos que no hablaban solo miraban, lo compadecían lo admiraban lo envidiaban, el verdugo que mueve su brazo gordo instintivamente, el condenado que cae de cara sobre el suelo de piedra, un diente salta hacia cualquier parte, la sangre que chorrea, de qué sirve gritar de dolor, el ojo ya ni sangra, el verdugo que se gira tum tum tum quién mierda te crees no te vas a salvar ni tirándote a una piscina de ácido levántate cachomierda, los otros presos que cada vez miran con más indiferencia, pero qué pelo más pegoteado, allí está la guillotina, es sólo un segundo de dolor, peor hubiera sido la horca que son cuarenta segundos los conté cuando murió Lindson, tumtumtumtum, ponte aquí desgraciado, ni se mueve, se entrega el pobre, que flaco está dios mío, si hace una semana no como, el filo brilla, el verdugo el director del penal el fiscal la madre de alguien, Foster Dickson García Wong salud amigos, tumtumtum el filo la madera sobre mis muñecas y mi cuello astillas me pinchan, que madera más mala, dios te tenga en la gloria hijo mío el filo el verdugo uno dos tres en el nombre del padre el filo del hijo el filo del espíritu santo tumtumtum filo filofilofiloswiiishhhh pero tanto lío para esto que rápido todo, estos franceses sí que son prácticos pase el que sigue, que flaco que me veo de lejos, párenme, quiero dejar de rodar rodar rodar ahora sí todo se detiene, que hermoso día de sol que hermoso día de sol hermoso día sol sol sol...

martes, 24 de marzo de 2009

Putas

"Si Dios le dio un clítoris a la mujer es porque Dios quiere que las mujeres tengan orgasmos". PILAR

"Cuando hago el amor no pienso. El antiorgasmo es pensar". MAYRA

"El orgasmo es empezar y terminar algo". MARTHA

"Las mujeres le tienen miedo a la puta que llevan dentro. ¿Y quién es la puta? La que le gusta que se la metan, a la que le gusta que la posean, a la que le gusta poseer". LORE

"Yo le doy gracias a Dios por haberme infectado de VIH. Me ha traído cosas muy buenas. Yo he podido tener orgasmos gracias al VIH". MARI

(Comentarios recogidos en alguna sucia callejuela de México DF, o a la salida del Liceu de Barcelona, o frente al Café di Fiore de París, o en una cena de gala en Chicago, o frente a la Chiesa della Annunciazione de Milán).

miércoles, 18 de marzo de 2009

Veinte estúpidas maneras de perder el tiempo

1. Intentar recordar el sueño de la última noche. Si el sueño no vuelve a nosotros, es que no vale la pena recordarlo.
2. Rezar.
3. Besar mirando a los ojos (o lo que es lo mismo: no besar con los ojos cerrados).
4. Mirar un día de sol a través de un espejo.
5. Matar el tiempo matando gente.
6. Añorar.
7. Arrepentirse.
8. Hablar sobre sexo. El sexo no se creó para que se hable sobre él.
9. Escribir cartas de amor y esconderlas en un cofre. En ese caso, quemar el cofre: es como si las cartas se hubiesen enviado.
10. Corregir varias veces un poema. Si a la tercera vez crees que tienes que volver a corregirlo, es que ese poema no sirve. Destrúyelo.
11. Suicidarse arrojándose desde un edificio. El tiempo que transcurre desde que saltas hasta que tocas el suelo es absolutamente inútil. Mejor, una bala en la sien.
12. Intentar comprender el mundo leyendo a Nietzche. Nietzche no quiso hallar la respuesta al mundo con su obra, simplemente buscó jodernos la vida.
13. Dejar mensajes en el contestador (ésta es, particularmente, la forma más estúpida de perder el tiempo).
14. Mirar cine mudo siendo ciego.
15. Comenzar algo importante un domingo por la tarde.
16. Hacer cualquier cosa un domingo por la tarde.
17. Tener la idea de que perder el tiempo es algo improductivo, cuando lo improductivo es perder el tiempo pensando que se pierde el tiempo.
18. Desandar camino.
19. Escribir un estúpido listado como éste.
20. Leer un estúpido listado como éste.

lunes, 16 de marzo de 2009

Examen de Historia



“La llamada crisis del siglo XIV sumió a la sociedad europea en una crisis de la que hubo de esperar siglos para recuperarse. La población descendió a causa de la peste negra a niveles nunca antes vistos, la economía quedó enormemente dañada y no puedes hacerme esto, Mario, quiero estar contigo, no puedes dejarme, ya mi vida no tiene sentido sin ti, en ese momento la Iglesia Católica instó a sus fieles a que se sumara a las filas armadas para comenzar con la campaña que denominaron Cruzadas, y miles de personas es que no lo entiendes Mario, te amo, mi corazón late gracias a ti, no soy nada, no existo, no sirvo, cuando los Cruzados llegaron a Tierra Santa, jamás supusieron que iban a encontrarse con tal férrea resistencia de parte de las fuerzas de Mario, vuelve, por favor, te necesito, de verdad…”

jueves, 12 de marzo de 2009

Un cuento: Quiero tener tu mano


-Qué bueno, toda la casa para mí.
Alberto dejó caer la púa en el primer surco, orgulloso por el sistema neumático que la hacía bajar de esa forma tan suave. Era un placer verla bajar. Se escuchó un “pic”, un ruido como de papel de regalo arrugándose, unos arpegios y Blackbird singing in the dead of night… Alberto se desplomó en el sofá de felpa rojo, apoyó la cabeza en el respaldo y miró hacia el techo. Expulsó un suspiro que lo dejó sin aire. Ahí, en el techo, las manchas de humedad habían sido cubiertas con posters de Dylan, de Pink Floyd y de Los Gatos; las paredes eran propiedad exclusiva de los Fab Four. Alberto frunció la nariz, el olor a pie que brotaba de entre los almohadones del sofá salió disparado hacia su olfato como dardos venenosos. Menos mal que aún tenía algo de incienso. Sobre la puerta de entrada, junto al dibujo en tiza de una enorme flor multicolor, un reloj marcaba las seis y cincuenta de la tarde.
–Qué bárbaro, no lo puedo creer: hoy la casa es toda mía.
–Blaaaaackbird fly. –respondió McCartney desde el surco.
Suerte que Luis, su compañero de piso, se había ido a pasar un fin de semana al Tigre con su chica. “Con la del mes de abril”, subrayó. Y, obvio, también con su guitarra. Alberto estuvo toda la semana insistiéndole para que le enseñara, al menos, los acordes de Help o de Nowhere Man, que eran tan fáciles.
–Quedáte tranquilo, Beto, no te hace falta para el sábado. A Martita ya la tenés en el bolsillo.
Él no estaba tan seguro. El miércoles pasado, al salir de la clase de Antropología, había conseguido acumular todo el atrevimiento que le permitió su inseguridad para agarrar del brazo a Marta y girarla hacia él.
–Hola Marta, perdoná… Sabés que…
–Ah, sos vos, Beto. ¿Cómo andás?
La mandíbula de Alberto parecía de gelatina. El giro provocó que del cuello de ella brotara un hechizante perfume a claveles. Alberto dibujó un camino invisible con su mirada, que siguió el recorrido de su pelo negro cayéndole sobre los hombros. Incluso percibió el rayo de luz proveniente del foco que dominaba el aula y que aterrizaba en sus labios carnosos. Los ojos azules de Marta lo interpelaron. Alberto empezó a desesperarse. Vio un cartel en el pizarrón: “26 de abril, examen de Inglés”. Alguien pasó a su lado con una camiseta que decía Abbey Road. Por fin chasqueó la lengua.
–Marta, sabés que… que… me cuesta un montón Inglés. No sé nada para el examen. ¿Podrás venir a casa a darme una mano?
–¿A tu casa? ¿Por qué no quedamos en la cafetería de la facu?
Otra vez la gelatina entre los dientes.
–Porque… porque quería hacerte escuchar el último de los Beatles, me lo compré ayer, sabés.
Sus neuronas descifraron la fórmula perfecta. Se envalentonó.
–Y de paso me ayudás a practicar para el examen. Qué mejor que con Lennon y con McCarney como profes.
La sonrisa de estúpido que Alberto había puesto al escuchar el “Ok, sábado a las siete” de Marta, era más pronunciada que esa que lucía frente al espejo de su piso, mientras la esperaba y se acomodaba los rulos. “Malditos rebeldes, ni con fijador se quedan quietos”. Sea cual sea el tipo de sonrisa, nunca podía evitar mostrar los dientes. El salón aún olía a pie concentrado, pero el humo del incienso –que ascendía danzante junto a la luz roja de la lámpara de lava– estaba a punto de ganar la encarnizada batalla. “Las minas tienen ese sexto sentido –se dijo, aún frente al espejo–. Se dan cuenta enseguida cuando un chabón está caliente con ellas. Actuá con astucia, Beto, con astucia. ¿Entendiste?”.
Fue hacia el tocadiscos. Sobrevoló el dedo índice por su pila de vinilos. Sus dientes volvieron a ver el exterior.
–Qué bárbaro. Hoy la casa es mía, sólo mía. ¿Con qué la recibo? Can’t buy me love. Sí. Buena entrada. Nunca falla.
–…you will always waiting for this moment to arise…–replicó McCartney desde el surco.
–Blaaaackbird fly… –concluyó Alberto, mientras apoyaba la púa con lentitud sobre el nuevo disco. Justo en ese momento sonó el timbre.

–Hola Beto. Perdoná la tardanza. Espero tener tiempo para explicarte algo para el examen. Mirá que a las nueve tengo que irme.
Alberto iba a responderle antes de invitarla a entrar, pero le tembló la mandíbula y se quedó callado. “Como un pelotudo”, pensó. Nunca la había visto tan hermosa. Le pareció que tenía peinado nuevo. Luis le había dicho más de una vez que a las mujeres les encanta que se lo hagan notar.
–Fuiste a la peluquería.
–No, ¿por qué?
–Mmmno, por nada.
La hizo pasar al salón en el instante preciso en que el incienso se había fagocitado el olor a pie. Se apresuró en enderezar los libros de inglés que había puesto torpemente sobre la mesa frente al sofá, para simular que estaba estudiando. Marta lo miró y le regaló media sonrisa.
–Me engañaste Beto. Íbamos a escuchar Abbey Road y estás con A hard day’s night.
Para ahorrarse de responder, la invitó a sentarse en el sofá rojo. La ayudó a sacarse el abrigo y aprovechó para pasarle la yema de los dedos por los hombros. La púa saltó al siguiente surco.
–Yo creo que la clave del examen serán los phrasals. Podríamos empezar por ahí. ¿Sabés lo que son los phrasals?
En el viaje en colectivo para llegar hasta el piso, Marta se había tomado el trabajo de elegir varias canciones de los Beatles que contuvieran “¿Lo qué?”
–Phrasals, Alberto– replicó ella, sospechando que en esa hora y media iba a ser muy difícil que su alumno consiguiera entenderlos–. Son verbos combinados con preposiciones o adverbios, indispensables para tener un inglés fluido. Si a vos también te gustan los Beatles, pensé que escuchar algunas canciones y detectarlos sería la mejor manera para que los recuerdes.
Marta se arrellanó en el sofá y sacó unos papeles de su bolso.
–Veo que tenés todos los discos. Poné Help, vamos a empezar con Yesterday.
Alberto obedeció, sus movimientos se habían vuelto lentos, como la púa, y ahora disfrutaba de esa gelatina entre los dientes. Dientes que se dejaban ver hacia fuera y se secaban a la intemperie. Se levantó hacia el tocadiscos sin poder despegar la vista de ella. Aparentemente Marta estaba hablando, pero él sólo tenía oídos para los ecos de sus pensamientos: “Perfecta, es perfecta. Linda, inteligente y le gustan los Beatles.”
–Che, nene ¿me estás prestado atención?
Advirtió que el olor a incienso empezaba a disiparse. Se apresuró en encender otro. Al lado, la lava de la lámpara se movía inquieta y proyectaba su sombra encima de una cortina naranja que impedía el paso de las luces de afuera. Allí fuera la noche lo había invadido todo. “Pic”: la púa cayó en el momento justo.
–Yesterday, all my troubles seemed so far away.
Al volver al sofá, aprovechó para sentarse aún más cerca de ella. Marta olvidó por un rato su papel de profesora y lanzó un gemido que se acopló a la melodía. Permanecieron en silencio hasta que acabó la canción. En el último verso, los tres, Alberto, Marta y Paul, susurraron:
–I believe in yesterday…
Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, esa improvisada clase de Inglés pasó a convertirse paulatinamente en un pase de canciones a demanda, una detrás de la otra. Because, She Said She Said, Lady Madonna… De vez en cuando, ella señalaba “ahí, ¿escuchaste? Ahí hubo un phrasal”, pero sólo para mantener las formas. Ticket to Ride, Dear Prudence, Eleanor Rigby… Él estaba más preocupado en seguir el movimiento de los labios de ella al tararear que en escuchar la música. Sospechó que era una mirada bastante lasciva y, sonrojado, volvió a repetirse: “Astucia, Beto, astucia”. I Want to Hold Your Hand, Michelle, Strawberry Fields for Ever…
Alberto recordó que aún tenía cervezas en la heladera, quizás sobrevivientes de alguna fiesta: el néctar ideal para humedecer la garganta de Marta, seca de tanto tararear y suspirar. A unos metros, el segundo incienso se extinguía. La lava seguía bajando y subiendo. El tictac martillaba con suavidad. Ya nadie se acordaba de los libros de Inglés.
Marta citó la frase que salía del altavoz.
–Hey Jude, don’t make it bad… Me alucina la sutileza de McCartney. Esa dulce sutileza de McCartney. –repitió.
Alberto mostró sus dientes, hasta los premolares casi. Infló el pecho y retrucó:
–¿La sutileza de McCartney? A mí me matan los versos de Lennon: Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see…
–Beto, tenés buena pronunciación en inglés –puntualizó ella con cierta complicidad–. Me parece que vos no necesitás profesora particular.
–Es que aprendo muy rápido.
Cuatro fueron los segundos que se miraron sin decirse absolutamente nada, sin respirar siquiera. Cuatro segundos eternos, uno, dos, tres, cuatro, señalados rigurosamente por el tictac del reloj que, junto a la flor multicolor y de espaldas a Marta, marcaba las nueve y treinta de la noche.
Alberto salió de su trance, saltó del sofá y volvió al tocadiscos.
–Al final se nos pasó la tarde y no puse Abbey Road. No puedo dejarte ir sin que al menos escuches el segundo tema.
Marta dejó caer los brazos, los hombros y empezó a acariciar suavemente la felpa del sofá rojo. Sonrió con ternura al ver la forma en que Alberto empujaba hacia abajo, con evidente nerviosismo, la púa del tocadiscos. No había caído en la cuenta de que ese segundo tema era el que tanto la emocionaba. El tipo de canción que Marta consideraba propio, escrito exclusivamente para ella, el que debía ser la banda sonora de algún momento mágico de su vida.
Alberto regresó a su lado y sonaron los primeros acordes. Unas hormigas de pies de seda atravesaron en una milésima de segundo toda la epidermis de Marta. No pudo evitar cerrar los ojos e hinchar sus pulmones de aire. Something in the way she moves, attracts me like no other lover. Su oreja recibió el cálido aliento que desprendían las palabras de Alberto.
–Aprendo rápido, ¿viste?
Por fin el reloj se detuvo. Los labios se aproximaron hasta casi tocarse.
–Ay, Beto…
–Marta, my dear…


Una vez leí por ahí que el paso del tiempo emborrona los recuerdos, los modifica cada vez que se los evoca. No sé si ese momento fue tal cual lo acabo de describir, o forma parte de esas fábulas fundacionales que uno no sabe con certeza si existieron. Qué importa en realidad. Lo cierto es que escuché tantas veces esta historia de boca de mis padres que, la verdad, no estoy seguro si agradecer que estoy acá a la astucia de papá, a la inocencia de mamá, a los versos de Lennon o a esa dulce sutileza de McCartney.