viernes, 21 de enero de 2011

BCN Flâneur / 8







El día que decidí matar a Miguel lo invité a tomar un vino al bar Zodíaco de la calle Margarit. Le dije que pagaría yo y me miró extrañado. No sé si por el ofrecimiento o por el tono como lo dije.
Entramos, nos sentamos y pedimos. Una gota de sudor me cosquilleó la espalda. Miguel se arropó con su chaqueta de fieltro, como si el viento de la calle se hubiese colado bajo sus solapas.
Escondí los dientes tras los labios y ensayé una sonrisa ante sus ojos, más abiertos de lo normal. Él también trató de sonreír. Entrelacé los dedos sobre la mesa, él se puso a juguetear con el cenicero. Nadie se animaba a romper el silencio. Sin esperármelo, traicionado por mis bríos, formulé la pregunta que había reservado para el final:
–Quiero saber por qué te empeñas en despreciar cada texto que te enseño.
Tenía intenciones de comenzar con un prolegómeno, con algún tema absurdo de esos que hacen expulsar un suave chorro de aire por la nariz y motivan a bajar los hombros. Pero mi frase lo puso sobre aviso de que no iba a ser una tarde normal, porque tragó saliva y se inclinó hacia atrás.
Esa frase disparó en mí el magma de odio que estuve acumulando durante todo el año. Las mejillas se me enrojecieron, las orejas me vibraron, rechiné los dientes. Recordé todos los momentos desagradables que me había hecho vivir desde que concertamos nuestros encuentros sabatinos. Cada sábado por la tarde acudía a su habitación de la calle Tapioles para hablar sobre nuestros textos. Mi ímpetu siempre me empujaba a comenzar. Él escuchaba mi recitación y yo de reojo veía que, al avanzar la lectura, amontonaba los dedos de ambas manos, hasta convertirlos en un puño que martillaba sobre sus piernas. Después me disponía a escuchar su crítica. Y él, mordiéndose el labio inferior, lanzaba su invariable sarta de descalificativos. Los mejores días elegía adjetivos como inconstante, principiante, débil, irrelevante o inverosímil. Los más salvajes, ignorante, inhábil, ineficaz, idiota. Los seis días restantes me esforzaba en superar los errores señalados, tratando de concatenar las palabras adecuadas, evitando absurdas figuras retóricas, eligiendo el argumento justo y vistiendo de forma coherente a los personajes. Y el sábado siguiente regresaba a la calle Tapioles con mayor seguridad, para someter mi historia a su ojo adiestrado. Pero las respuestas, desde hacía un año, eran siempre las mismas.
Esa tarde en el bar Zodíaco, frente a dos copas de vino, se cumplía un año de nuestro primer encuentro.
La furia contenida me movió a largar una ardiente exhalación. Las manos me temblaron. Para simular mi furia las metí en los bolsillos de la americana, pero la mano derecha me recordó que, allí, la pistola esperaba su turno. Miguel insinuó un movimiento parecido, casi calcado. También largo aire caliente de la boca, lo sentí, también rechinó los dientes, lo oí. Ambas mandíbulas temblaron. Se inclinó hacia delante. Con espuma en la boca me respondió:
–Y yo quiero saber por qué te anticipas a todas mis ideas. Siempre que me traes un texto es exactamente el mismo que yo había imaginado la noche anterior.
Me levanté de la silla. Él también. Saqué la pistola justo antes que él sacara la suya tras la solapa de su chaqueta de fieltro. Le metí un balazo en el medio de la frente, justo antes de que él me diera en el pecho. Escapé por la calle Blai, seguramente la misma calle que él hubiera escogido para huir.



     

3 comentarios:

Pablo Gonz dijo...

Muy bueno, Franco. Tiene todo. Y todo en su sitio. Me lo apunto en la libreta y me llevo el link a facebook, con tu permiso.
Abrazos admirados,
PABLO GONZ

AngLee dijo...

¡Uau! Qué engaño. Malditos envidiosos... :-P

Carme Carles dijo...

¿Quién se anticipa a su asesino tiene también cien años de perdón?
Seguramente.
Salut